LA CRISIS CONTADA A LOS NIÑOS

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Los niños se enteran de todo y por ello, son muy conscientes del momento socioeconómico tan delicado que estamos viviendo. El aluvión de malas noticias, la ansiedad generalizada y las precarias situaciones relacionadas con la crisis tienen un impacto en los más pequeños. Es responsabilidad de los adultos proteger a los niños en este contexto: sin ocultarles la realidad, pero incrementando la sensación de seguridad y tranquilidad que necesitan de sus padres. Texto Eva Millet

Publicado en ES/LA VANGUARDIA, julio 2012 ver pdf original crisis:niños

Javier, un niño de siete años, observa cómo su madre compra un pack de seis botellas de agua mineral. “Son nueve euros, señora”, le dicen, y ella contesta con un “Uy, ¿tanto?”. “Y mi hijo, al que yo creo que no le llegan los comentarios sobre la crisis, saltó como un angustiado resorte: ‘¿Es que no podemos pagarlo mamá?’”, explica su sorprendida madre.

Volviendo del colegio, Daniel, de diez años, se echa a llorar. Está triste porque en la fiesta de su escuela se han suspendido los bailes tradicionales que hacían cada año:  una actividad en la que participaban todos los alumnos, abierta a los padres y que le encantaba. “Son los recortes. Es culpa de Mas y de Rajoy, ¿por qué lo hacen? ¿por qué recortan la escuela?”, le pregunta, indignado, a su madre. Ella no sabe que responderle y habla con el colegio, un centro público de primaria en Barcelona. Entiende que, a causa de la falta de tiempo derivada de la supresión de la sexta hora y de los recortes de personal, a la escuela no le es posible organizar una actividad de esta magnitud, que será sustituida por otra más discreta.

Lina, con nueve años, está habituada a los términos “crisis” y “paro”. “Escucha los telediarios hace tiempo y, en el cole (un centro concertado de l’Eixample), también circulan esta palabras”, explica Manuela, su madre, una traductora free-lance a quien la recesión le ha afectado desde sus inicios. La situación laboral de su marido es también delicada: le han recortado su jornada y pasa más tiempo en casa. “La niña pregunta, obviamente, porque lo ve. Hemos tratado de enfocar el tema con naturalidad: sabe que la empresa donde trabaja papá no va bien”. Desde que empezó la crisis, Manuela, una excelente gestora familiar, se puso frente al Excel y recortó por donde pudo. “Las sacamos, a ella y a su hermana, del comedor escolar, pero les mantuvimos las actividades deportivas. No les molesta comer en casa (¡más bien me ha afectado a mi!)”. Manuela cree que lo que sí les supondría un trauma a sus hijas sería el no ir de vacaciones: “Eso sí que sería gordísimo…”. Afortunadamente, un familiar les ha invitado a pasar unos días en la playa y este aspecto está a salvo este año.

Belén, de once años, se irá de vacaciones con sus abuelos, en casa de los cuales vive desde que sus padres, hace tres años, se quedaran en el paro, se separaran y su madre tuviera que alquilar el piso donde vivían porque le resulta imposible mantenerlo. También la cambiaron de escuela. Iba a un centro concertado del Maresme y ahora, como viven en Barcelona, está en una escuela pública. Se ha adaptado bien al nuevo cole, aunque come en casa (“Las becas de comedor escasean”, explica Luisa, su madre). Pese a que define a su hija como “Muy madura, muy buena niña y con mucho aguante”, ve que tantos cambios la han afectado. Al principio, bajaron las notas y, aunque ahora ha remontado: “Los problemas le salen por en el peso: cuando esta mal, come”, explica. Ella nunca ha querido ocultarle su situación (“Siempre le he dicho la verdad, me lo exige”), pero es consciente que Belén no es inmune a lo que vive: “Todo le cala, las noticias, los programas… Yo la veo asustada así que controlo lo que mira en la tele pero ¡evadirnos de la realidad es imposible!”.

En casa de Laura y Jordi, de 13 y 16 años, los cambios empezaron en la mesa: cuando su madre, Ruth, perdió su trabajo en la hostelería y empezó a trabajar como limpiadora, ganando mucho menos. El sueldo apenas le alcanza para pagar el minúsculo piso al que van a trasladarse y que, como explica Ruth: “Está que te echas para atrás”. Por ello, el tema de la compra se vigila muchísimo: la familia prácticamente solo consume marcas blancas y Ruth dedica mucho tiempo a la caza de ofertas en el supermercado: “Alimentos como la ternera o el pescado fresco, ni soñarlos. Comemos mucho peor desde la crisis, no hay duda”, se lamenta. Ruth explica que sus hijos tratan de entender la situación:  “Cuando vamos a la compra me dicen ‘esto no puede ser, mamá, porque es muy caro’, pero por otro lado, les duele el hecho de que no pueda comprarles ni unos petardos para San Juan… Todo esto les está afectando mucho”, resume.

Estas cinco historias, de circunstancias muy diferentes (algunas de poca importancia, otras bastante serias), son un minúsculo ejemplo del impacto que tiene en los más pequeños la larga situación de crisis económica que se vive en España. Estas realidades: adolescentes que no comen bien, niñas que tienen que amoldarse a súbitos cambios de colegio y domicilio o niños a quienes les preocupa que sus padres puedan pagar las cosas, son tanto producto de situaciones familiares concretas como del aluvión de informaciones pesimistas, apocalípticas en muchos casos, que ya son parte del día a día de los españoles.

Porque desde que empezó, en 2008, esta crisis enquistada y agresiva, las malas noticias están en los medios de comunicación, en la calle y las conversaciones familiares… Y si agobian a los propios adultos, ¿cómo no van a afectar a los niños? Estos, a diferencia de los mayores, no puede apagar la televisión ni tratar de comprender qué es la prima de riesgo o para qué sirven los recortes. O, sencillamente: qué es la crisis, que en tantos casos ha invadido sus vidas o las de sus familiares y compañeros. “La crisis se ha planteado a los niños como un nuevo hombre del saco: no saben exactamente qué es pero están aterrorizados por ella”, explica Jaume Clupés, presidente de la FEDAIA, la Federació d’Entitats d’Atenció i d’Educació a la Infància i l’Adolescència. “Mi nieta de 4 años me pregunta por ella: ‘¿Qué pasará?…’, me dice. No sabe lo que es pero como todos hablamos de la crisis debe de pensar que es una cosa que la atacará en cualquier momento.” Este pedagogo, responsable de coordinar las 85 entidades de la FEDAIA (que atienden a más de 35.000 niños y jóvenes desamparados o en riesgo de exclusión social), se pregunta cómo pueden maniobrar los niños en estas circunstancias, “Si a los mismos adultos nos cuesta poner orden la información que recibimos con la realidad que vivimos”.

Con él coincide la psicóloga infantil Beatriz Salzberg, quien cree que la crisis afecta a todas las familias, independientemente de la posición. “Hoy las familias españolas están viviendo en lo que Ulrich Beck llamó ‘la sociedad del riesgo’”, explica: “Una buena parte de hogares han aumentado su incertidumbre hacia el futuro. Y no transmitir esto a los hijos se hace difícil”. Para esta experta en clínica infantil, “los niños se enteran de todo”, y de lo que no se puede hablar en casa, lo hablarán en la escuela. “Yo creo que en este momento hay muy pocos niños en este país que no se han enterado del clima apocalíptico que estamos viviendo”,  concluye.

La psicóloga cree que, aunque los adultos eviten hablar de ello, los niños perciben emocionalmente, a veces sin necesidad de palabras, de que hay un empeoramiento de las condiciones de vida en su entorno. Entre otras cosas: “Se dan cuenta que hay menos actividades extraescolares o mayor ratio de alumnos por clase; lo cual implica que hay menos tiempo para cada niño. También ven que hay más irritación e incertidumbre por parte de los padres y por tanto, menos paciencia y tranquilidad para hablar con ellos, lo que es negativo para el clima familiar”.

Porque hablar con los hijos, explicar lo que está pasando, coinciden los dos expertos, es algo esencial. Pero, matizan, con prudencia. Tratando de evitar dramatismos  excesivos: “Yo creo que la realidad se ha de poner siempre al abasto de la comprensión de los niños. Hay que intentar hablar de todo aquello que implica malestar, pero no de una forma dramática ni conflictiva”, recomienda Clupés. Beatriz Salzberg también es de la opinión que compartir las dificultades familiares es importante “Pero tenemos que saber encontrar el punto para no sobrecargarlos. No son lo mismo los primeros 5 años de vida, en los que los niños tienen una relación más complicada entre realidad y fantasía, que un niño entre 9 y 12 años”.

Para ambos, la tranquilidad de los padres es fundamental para mantener la armonía en estos tiempos de crisis. A veces, los nervios provocados por situaciones derivadas de ésta hacen que se descarguen las tensiones dentro en la familia. Una tentación en la que no se puede caer porque, como explica Salzberg “Lo que no podemos es pelearnos entre nosotros y meter la crisis en el hogar”. Así, para ella lo primero es tratar de preservar el ambiente de la casa con la unidad, la tranquilidad y el diálogo. Para después, “Poder explicar a los niños que estamos pasando una situación difícil pero que esperamos poderla resolver”.

 Eso fue lo que, tras unas primeras semanas de confusión, hicieron Silvia y Fernando, un matrimonio de Barcelona con dos hijas de seis y ocho años. Hace unos meses, Fernando se quedó en el paro y la primera reacción, recuerdan: “Fue no contarlo a nadie, empezando por ellas”. Sin embargo, los cambios familiares (el padre empezó a venirlas a buscar al colegio, estaba más en casa) no pasaron inadvertidos a la niñas, a quienes no les convencía demasiado el ‘Papá entra más tarde a trabajar’ que les explicaban. “Al final decidimos contárselo; suavemente pero diciendo la verdad: les dijimos que en la empresa de su padre ya no había sitio para todos los que trabajaban allí y que ahora él está buscando otro trabajo”. Las niñas, prosigue Silvia, “están entendiendo bien la nueva situación”. La familia no tiene agobios económicos aunque las niñas, explica su madre, “Tienen obsesión con la pobreza, sobretodo si ven a alguien pidiendo en la calle: me preguntan si somos pobres o vamos a serlo… Hay que estar atentos, seguir transmitiéndoles tranquilidad”, concluye.

No bajar la guardia, coincide Beatriz Salzberg, es muy importante. “Los padres son los primeros amortiguadores de los impactos del mundo externo. Una de las cosas que los niños necesitan, que les da tranquilidad, es que los padres los pueden proteger del mundo. Un niño de 4-5 años necesita sentir que su papá y su mamá son los más poderosos…”. Evitar que se sientan vulnerables, angustiados; porque si aparece la angustia aparecen las pesadillas, los trastornos de sueño, los peleas con otros niños, los problemas en la escuela… “Un niño, cuando está muy angustiado, no puede jugar ni prestarle atención a las matemáticas porque está pensando en cómo va a vivir su familia”, describe Salzberg.

La crisis ha irrumpido sin miramientos en las familias españolas y, por ello, es fundamental que los progenitores hagan un sobreesfuerzo para proteger a sus hijos. Sin embargo, el bienestar de los niños, como señala Culpés, no es responsabilidad única de los padres. La Administración, con sus recortes en sus políticas sociales, educativas y sanitarias, es también culpable de esta precariedad que nos invade: “Y es su deber reforzar la protección a la infancia y la familia”, recuerda, “Dar políticas de atención más claras, más organizadas, y no medidas paliativas, que no son suficientes”. Pero, mientras que las soluciones políticas no llegan, ambos expertos instan a las familias a recurrir al afecto, una herramienta fundamental, gratuita y gratificante, para mantener la armonía en casa. “A los hijos hay que darles explicaciones pero también, afecto: hacerle entender al niño que es querido, que eso sigue intacto, proteger su espacio vital en la familia, dice Culpés. Beatriz Salzberg recuerda que en los años previos a la crisis “Se ha crecido mucho más económicamente que emocionalmente”. Quizás ahora sea un buen momento para revertir esta tendencia y apostar por lo emocional frente a lo material.//

LOS MÁS PERJUDICADOS.

La FEDAIA (la Federació d’Entitats d’Atenció i d’Educació a la Infància i l’Adolescència) acaba de publicar un informe que alerta sobre el empeoramiento de la pobreza infantil en Cataluña en los dos últimos años. Según el informe, cada vez son más los niños que se van a dormir sin cenar, viven en condiciones de hacinamiento, no disponen de material escolar ni de ropa apropiada, no pueden asistir a salidas escolares ni atender clases de refuerzo. “La crisis nos está llevando a una “nueva pobreza” que son las clases medias que se han quedado sin trabajo, castigadas por la situación económica: está afectando a familias que estaban bien avenidas, que mantenían un cierto equilibrio entre su trabajo y la cuestión emocional de atender a sus hijos”, explica Jaume Culpés, presidente de la Federación. También es cada vez más habitual que haya niños que no vayan de vacaciones, lo que él describe como “Una pequeña tragedia”. Asegura este experto que, lejos de ser una frivolidad, las vacaciones en la infancia: “Son una necesidad vital: una forma de salir de casa, de desconectar, de tranquilizarse, reencontrarse con los padres y concentrarse en la relación familiar. Son importantísimas”.

MÁS TIEMPO Y MÁS MESURA.

Uno de los pocos aspectos positivos de esta crisis es que a los niños ya no se les da todo y ya. La tendencia de cargar de bienes materiales a los hijos hasta casi dejarlos sin deseos, está a la baja: “Muchos padres llegaron a la conclusión que a los hijos hay que darles todo para que vivan felices”, explica la psicóloga Beatriz Salzberg. “Y yo creo que eso es confundir, no funciona, porque una niña no jugará más porque tenga cincuenta muñecas”. Hace tiempo que esta especialista se ha encontrado en su consulta con muchos niños que quisieran “Tener más tiempo con sus padres que tener padres que cuando están con ellos están pegados al móvil o tienen que trabajar un número excesivo de horas para pagar la hipoteca de la primera o de la segunda residencia”. En una extraña vuelta de tuerca, para muchas personas que están en el paro, el poder pasar mayor tiempo con sus hijos es lo único bueno de su nueva situación. Así le sucede a Alex, un directivo cuya compañía cerró hace unos meses y que hoy, por lo menos, disfruta de poder estar más horas con sus hijos. Ello le permite dedicarse más a su educación y, también, hacerles entender que tenerlo todo no es posible: “Hay que cambiar el chip. Decir que ‘no hay’, ‘no se puede’ y que no pasa nada… Haciéndolo, estoy preparando a mi hijo para un futuro”, reflexiona.

 

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