ADOLESCENTE BUSCA SITIO

Adolsecente busca sitio

Mientras que, cuando son pequeños, a los niños se les acoge con todo tipo de actividades y propuestas lúdicas y culturales, esta oferta disminuye considerablemente cuando llegan a la adolescencia. En esta etapa vital, en la que se rechaza a los adultos ¿se les debería dejar a sus anchas o habría que ayudarles a encontrar los espacios apropiados? Por Eva Millet

(Publicado en ES LA VANGUARDIA, agosto 2013 pdf original ADOLESCENTE BUSCA SITIO)

En general, los niños son monísimos. Tanto, que durante los primeros años de sus vidas sus familias y la sociedad están dispuestas a facilitarles todo tipo de espacios y actividades para que se desarrollen plenamente. Parques con múltiples equipamientos, ludotecas, extraescolares deportivas y artísticas, casales, espectáculos, actividades en museos, clases de yoga y de idiomas, chiquiparks, talleres de cocina, excursiones, colonias, áreas en las bibliotecas… La infancia hoy es un mundo con muchas posibilidades y muchos lugares para vivirla con esos hijos e hijas pequeños a quienes les encanta estar en compañía de sus padres.

Sin embargo, a medida que la infancia se acaba y a los hijos y las hijas les cambia la voz y crecen y empiezan a contestar, a rebelarse y a no resultar ni tan monos ni tan grata compañía… las cosas cambian. Ya no hay tantas actividades extraescolares, ni espectáculos, ni salidas, talleres y espacios públicos para ellos. En la adolescencia, las propuestas disminuyen considerablemente: un fenómeno que, además, se solapa con una etapa en la que chicos y chicas prefieren el grupo a la familia.  Y que los dejen en paz. A sus anchas. Pero… ¿dónde?

Para empezar, no en los parques. En estos lugares donde han pasado miles de horas de niños, los adolescentes ya no son tan bien recibidos. Laura, una estudiante de primero de Periodismo, recuerda la sensación de “incomodidad” cuando, a los “trece, catorce años”, acudía con su grupo de amigos al parque del barrio. “Como todavía no podíamos llegar muy tarde a casa, íbamos a la hora en la que estaban los niños más pequeños con los abuelos… Pero no podíamos gritar, ni hacer nada. No estábamos bien. Al final, la salida era ir a unos bancos en una plaza a comer pipas o buscarnos un parque grande, donde no nos vieran”.

Algo similar les sucedía a Marta, madre de dos niños, cuando todavía los acompañaba, con doce y trece años, al parque: “La sensación era que molestaban y entiendo que unos niños más mayores jugando a pelota entre los columpios no es lo más adecuado, pero lo que ocurre es que hay una falta de espacios específicos para ellos, como pistas deportivas públicas. La oferta de actividades de este tipo son de pago en su mayoría”, lamenta.

Yonay, un estudiante de primero de ESO coincide con que, a los doce años, al parque “ya no se va a jugar” sino, “a hablar o a sentarse”. Ahora tiene la sensación que “en estos sitios sobramos un poco”. Vive en Sant Fost de Campsentelles, un pueblo de la provincia de Barcelona, y este verano (el primero tras empezar en el instituto Alba del Vallés), al buscar actividades para las vacaciones, ha percibido también que no ya no se les tiene tanto en cuenta. “Antes habían muchas cosas para mi que me divertían… Ahora esto ya no pasa. Al final me he tenido que apuntar a lo único que se ofrecía”, explica. Marta, estudiante de tercero de ESO en Barcelona, notó hace tiempo una diferencia entre lo que había “antes, cuando podíamos jugar en todas partes” y lo que se encuentra ahora.

En su tiempo libre, a Marta le gusta ir a casa de sus amigas y, con ellas, mirar tiendas e ir al cine. De vez en cuando, van a bailar en las discotecas “sin alcohol”, los viernes por la tarde. A Yonay también le gusta “quedar en casa de alguno o ir al jugar al fútbol”, pasión que mantiene desde su niñez. Tiene suerte, porque en el pueblo donde vive las casas de los amigos quedan cerca y hay un campo de fútbol. No existe, en cambio, un centro comercial como “La Maquinista”, donde le encanta ir a Aitana, de trece años, también estudiante del instituto Alba del Vallés. A Rubén, de quince años, alumno del mismo centro, lo que le gustaría es que en el pueblo hubiera una Maquinista pero, como de momento eso no es posible, pasa mucho tiempo en el Ateneo, donde hace teatro. A Ona, también de quince años, le gusta ir a la playa con sus amigas, quedar “en casas” e ir en bicicleta pero, por desear, desearía tener cerca “un centro social, un bar, un espacio para nosotros, con muchos adolescentes”. Como todos los chicos y chicas entrevistados ha percibido un cambio entre la oferta lúdica y deportiva de cuando era niña a la de ahora: “No hay muchas cosas para hacer”, concluye.

“Sí, los niños son muy ricos y les hacemos mucho caso pero, cuando crecen, las cosas se complican… Es cierto que los adultos no les proporcionamos lugares donde divertirse”, afirma la especialista en educación María de la Válgoma. Profesora de derecho y autora, entre otros, del libro ‘Padres sin derechos, hijos sin deberes’ (Ariel), de la Válgoma también ha percibido este desajuste entre las posibilidades de ocio entre la infancia y la adolescencia. “De todos modos”, puntualiza, “esta diferencia también tiene que ver con una cuestión de circunstancias: la adolescencia es la edad en la que se buscan la autonomía, la identidad, y por eso, salvo durante la muy primera adolescencia –doce, trece años- en general los jóvenes no quieren en esta etapa nada que sea proporcionado por los adultos. El grupo se convierte en su familia”.

Este cambio de actitud hace que, como explica la psicóloga Maribel Rodríguez Peinado, a muchos padres les cueste acercarse a los hijos durante la adolescencia: “Es una etapa muy compleja; los adultos no sabemos muy bien como abordarlos sin resultar entrometidos y ellos, por su parte, suelen rechazar todo lo que venga de nuestro mundo”. Esta falta de sintonía provoca que la comunicación sea difícil, lo que acentúa la sensación de incomprensión que a menudo se da en este periodo.

“El adolescente necesita su sitio y su distancia para perfilar una personalidad propia pero esto, a los padres, a menudo les cuesta mucho entender”, añade esta especialista en infancia y adolescencia. Esta rechazo por parte de los hijos produce una “sensación de pérdida” en los padres, quienes ven cómo a sus niños y niñas les cambia el carácter, cómo ya no les explican nada…. Unos cambios difíciles de asimilar para los padres aunque, también los sufren los hijos, quienes dejan de percibir a sus progenitores como las figuras que idealizaron durante la infancia. “Por eso buscan sus amigos y sus espacios, que son fundamentales para poder separarse de la familia y construirse como adultos”.

Un proceso, el de la construcción de su personalidad, donde hablan muchísimo entre ellos. “Sí, hablar es importantísimo, en esta época existe una absoluta necesidad de ello”, ratifica Maribel Rodríguez: “Necesitan compartir y contrastar mucho con los iguales estas emociones y esta ‘revolución’ de sentimientos, ideas, hormonas, incertidumbres y proyectos en la que viven”. La necesidad del acompañamiento es una respuesta natural a la sensación de soledad que, según esta experta, sufren tantos adolescentes: “Como no tienen espacio en el mundo infantil ni, tampoco, en el mundo adulto todavía, se sienten desorientados. Hay una soledad interna que necesitan compartir pero solo se sienten entendidos por los iguales. Por eso esta es también la época de los amigos íntimos”, indica.

La adolescencia es asimismo el periodo de las primeras relaciones íntimas, que se inician, como señala María de la Válgoma, a partir de los “catorce-quince años”.  “Conviene distinguir entre la primera y la segunda adolescencia, donde la necesidades son distintas. En la primera, a partir de los doce años, hay un cambio importante, con la entrada en Secundaria. El otro gran cambio se produce alrededor de los catorce-quince años: esta es la edad en que está comenzando en España la primera borrachera, y un poco después, las primeras relaciones sexuales completas”, explica la catedrática.

Dos cosas que se realizan en lugares muy distintos y cuyos emplazamientos han cambiado considerablemente en los últimos años. Si hasta no hace mucho el tema de llevar el novio o novia a dormir a casa era impensable, hoy cada vez son más los progenitores que aceptan que sus hijos o hijas duerman acompañados cuando están ellos. “Sí, hay padres más flexibles, que prefieren que sus hijos tengan relaciones íntimas en casa que en cualquier otro lugar”, dice Maribel Rodríguez. Una cuestión delicada, que si se aborda en su consulta, ella recomienda tratar a partir de lo que les haga sentir cómodos a los padres: “Si el que el novio o la novia estén en casa les causa pudor, es mejor que sean coherentes con sus sensaciones”. De todos modos, recomienda encontrar un equilibrio en este tema porque “estos padres tan permisivos, que aceptan ya el primer día la entrada de la pareja en casa, no favorecen que el hijo o la hija se tengan que ganar las cosas, sino que se que se salten etapas. Y las cosas hay que argumentarlas, ganarlas, lo que ayuda en el desarrollo”.

Lo ideal sería que estas visitas sucedieran cuando los padres estén fuera de casa.  Hacer un poco “la vista gorda”, dejando a los hijos estos espacios donde puedan estar solos en la vivienda, “pero acotando”, matiza Rodríguez. “Delimitando la habitación de los padres, por ejemplo: es algo saludable para ellos, porque los límites ayudan a definir cual es el espacio de cada uno”. La psicóloga recalca que, como sucede con los niños, los límites son fundamentales para los adolescentes. “Siempre hay que encontrar el equilibrio entre el controlarlos y darles excesiva libertad”. Y, aunque parezca contradictorio, los adolescentes necesitan esta sensación del “yo te importo”: “Quieren a los padres lejos pero, a la vez, necesitan que les demuestren que son importantes para ellos. Y esto, a veces, es algo difícil de entender, pues necesitan distancia y cuidado a la vez”.

Otra característica de la adolescencia es la necesidad que chicas y chicos tienen de estar en lugares al aire libre. Eso explicaría esas horas y horas sentados en la calle, en las escaleras, bancos o aceras. Lugares que a los adultos les parecen incomodísimos para socializar pero en los que ellos parecen sentirse muy a gusto. “La idea que tenemos de ponerles locales es bien intencionada pero ellos para reunirse, prefieren lugares abiertos, donde no tengan control ni barreras físicas. Por eso les gusta estar tanto en la calle. Si te fijas, muchas veces van a la discoteca y salen y entran y vuelven a salir….”, ilustra Maribel Rodríguez. Esta sería, en su opinión, una explicación (junto a otras de carácter socioeconómico), al fenómeno del botellón, extendido en España desde hace algo más de una década. Una práctica en la que jóvenes (se calcula que a partir de trece años), se dedican a consumir grandes cantidades de alcohol en el espacio público.

El botellón es un hábito controvertido, que desconcierta a personas con tanta experiencia en el mundo adolescente como el sociólogo Javier Elzo. Este catedrático emérito de la Universidad de Deusto y autor de varios libros sobre la adolescencia, lleva tiempo estudiando esta práctica, que achaca a la conjunción del modo de vida nórdico (durante la semana se es “un ciudadano productivo” pero, el fin de semana llega “la desbandada”, normalmente vinculada a una gran borrachera), con los casi ilimitados horarios españoles. Sin olvidar otros factores, como la cuestión económica (los jóvenes no pueden pagarse las copas en el bar), ni lo que él define como “una respuesta a una sociedad muy controladora, en la cual se pretende que todo esté muy organizado”. Así, como contestación a la ley que impide que los jóvenes no pueden beber públicamente hasta la mayoría de edad, ellos se organizan para hacerlo en otros lugares, saltándose las normas.

Elzo es de la opinión que, en esta edad, es fundamentalmente el adolescente el que busca su propio espacio, apartándose de los adultos: “Es un periodo en el que quiere salir de casa y autonomizarse y esto quiere decir entrar en su grupo natural de amigos”. El problema, recalca, es que “la inmensa mayoría de amigos, lo que hacen es eso: el botellón. Tienen que estar ahí; esa es su forma de expresarse, de probar la libertad. Es el juego (de a qué hora llego a casa, tengo eso prohibido pero lo hago…), y este juego la mayoría, afortunadamente, lo pasa sin mayores traumas pero, en el camino, se han perdido muchas otras cosas”.

Para el sociólogo “la gran pregunta es ¿cómo es posible que hayamos llegado a una situación en la cual los jóvenes entiendan como normal el encerrarse en un sitio, como ahora el Madrid Arena, con mucho ruido, haces de luces y bebiendo de esa manera?” o que se haya aceptado que las noches del fin de semana “ya no tienen límite” y que pasárselas en la calle, bebiendo sin parar, es la única opción. “Este sistema está fallando”, sentencia Elzo, quien urge a plantearse por qué se ha llegado hasta aquí e insta a buscar alternativas, urgentes, a todos los niveles. Con él coincide plenamente Maribel Rodríguez, especialmente cuando esta periodista le explica que en Barcelona ya existen “discotecas para bebés”, donde se invita a los padres a que traigan a sus hijos “a partir de cero años”, para pasar la tarde “en familia”, “escuchando a un Dj en directo y bailando, cantando y brincando como locos”… “El joven tiene que encontrarse los límites pero los adultos también”, reflexiona la psicóloga. “Los adolescentes están confundidos y perdidos porque la sociedad está perdida y los adultos somos muy responsables de lo que está pasando: el adolescente es un reflejo de nuestra sociedad”.//

ALTERNATIVAS Y ESPACIOS

 Como recuerda María de la Válgoma, los intentos de promover un ocio juvenil saludable no son nuevos. “Se intentaron ludotecas para adolescentes, sin mucho éxito. Sin embargo sí que ha sido más exitosa la iniciativa de abrir los patios de los centros escolares los días de fiesta, ya que ponen a su disposición un lugar protegido donde reunirse”.

“Las actividades deportivas tienen una importancia educativa formidable”, añade esta experta en educación. Con ella coincide Mercedes Blasco, maestra del Instituto Alba del Vallès: la práctica del deporte ha salvado esa situación de “tierra de nadie” en la que se encontraban sus hijos adolescentes: “Porque en este mundo hay una línea que no se corta nunca”, asegura. Su colega, la también profesora Ana María Pérez, destaca la influencia saludable de las actividades culturales, como la música y el teatro en esta edad, sin olvidar los beneficios que tienen las asociaciones excursionistas como pueden ser los grupos scouts o los ‘esplais’, tan populares en Cataluña. Para Javier Elzo, llenar las mañanas de los sábados y domingos con salidas al campo o actividades deportivas es otra forma de evitar prácticas como el botellón.

En los grupos excursionistas se potencia el voluntariado (cuando crecen, los chicos y chicas se convierten en monitores voluntarios de los niños más pequeños). Esta actividad es para María de la Válgoma importantísima: “Es algo que se fomenta mucho en Estados Unidos de cara a los jóvenes”. Pone como ejemplos el learning service: una metodología educativa que combina el currículo académico con el servicio a la comunidad. “Por otro lado, se está constituyendo con éxito una red de ciudades (Asset-Bassed communities) que ofrecen oportunidades a gente joven. Firman una carta de ayuda a los adolescentes”. En España existen también posibilidades para ser voluntario antes de la mayoría de edad, aunque se tiene que consultar primero con la entidad organizadora, presentando un permiso de consentimiento de los padres.

Desde las instituciones también se ha hecho un esfuerzo para fomentar aspectos como la participación juvenil y el asociacionismo con servicios como el Vivero de Proyectos Juveniles del Ayuntamiento de Barcelona, y los Puntos JIP “Joven, Infórmate y Participa”. Los Espais joves i Casals de joves son equipamientos específicos que fomentan la toma de decisiones autónoma y responsable y el trabajo en grupo. Esta autonomía es importante porque, como señala la psicóloga Maribel Rodríguez: “Si en este tipo de equipamientos sienten que la dirección y gestión les vienen impuestas, en consecuencia, aparece de nuevo la crítica o el rechazo a la autoridad.”

La psicóloga destaca el esfuerzo hecho en los últimos años a nivel de equipamientos municipales para jóvenes (instalaciones deportivas al aire libre, parques de skates, circuitos, redes de vóley en la playa, muros para que puedan hacer graffiti…). Cree que estas iniciativas de procurarles sus espacios, “valen muchísimo la pena” y no deberían recortarse. “El problema es que muchas veces les hemos dados las herramientas que no son las realmente las que necesitan. Aquí entraría un diálogo con ellos, saber qué quieren”, puntualiza.

Sin olvidar otros lugares importantísimos para “estar” y conectar en esta edad, que son los espacios virtuales. Internet, los móviles y las redes sociales les han abierto un mundo enorme, donde encuentran sus espacios y a sus amigos. Su gestión es uno de los retos de padres y madres actuales y, como en todo, se recomiendan los límites y los pactos. “Los límites dan contención y seguridad y aunque el joven los viva como opresión, internamente los necesita, porque también son un acto de amor”, concluye Maribel Rodríguez.//

 

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