No le doy el pecho a mi hijo, ¿será sano y feliz?

Nadie discute que la lactancia materna es muy beneficiosa. Sin embargo, empiezan a surgir voces que cuestionan la implementación de esta práctica como ÚNICA vía para conseguir una crianza satisfactoria. Os comparto el tema que he escrito sobre esto, publicado en la sección de Parenting en Magazine de La Vanguardia:

Cuando nació su primera hija, hace diez años, a Emma, la lactancia no le funcionó. “Tuve mastitis y rozaduras en el pezón. Y, aunque le daba el pecho cada hora y media, noches incluidas, mi hija lloraba y lloraba de hambre… Yo no entendía nada. ¿Esto es la maternidad? Sin dormir, los pechos destrozados, con mastitis, fiebre de 40 grados. La comadrona me decía que tenía que persistir, que lo que me sucedía era por ‘una cuestión de carácter’… ¡de la madre! Fue quien me hizo sentir peor”.

En medio de aquella situación extenuante, a Emma le asaltaron una certeza y una pregunta: “Hay lactancias que son malas. ¿Cómo es que parece como que no hay resquicio para ellas?”. Algo similar le sucedió, hace unos meses, a Mónica, cuando nació su bebé. Pese a que contrató a una asesora de lactancia —perfil profesional cada vez más demandado—, tampoco pudo darle el pecho a su hija. Hoy comenta, aún sorprendida que se informó muchísimo sobre la maternidad pero: “No sabía que pudiesen haber problemas con la lactancia”.

Las dos acabaron dando el biberón. Y a ambas, esta opción les hizo sentirse mal. Emma dice que la primera vez que se lo dio, cuando su hija tenía cuatro meses: “Me sentía tan culpable que parecía que le estaba poniendo lejía”. Sin embargo, también recuerda, todavía maravillada, “que la niña se quedó dormida, panza arriba, tres horas seguidas… ¡No lo había hecho en la vida!”.

Los casos de Emma y Mónica son anecdóticos, no son datos, pero reúnen dos aspectos clave en las maternidades actuales. Por un lado, que la lactancia no siempre es fácil, aunque la narrativa diga que es natural e instintiva. Por otro, la demonización del que, hasta hace relativamente poco, era un medio de alimentación completamente respetable: el biberón.

A esto último ha contribuido un movimiento, llamado lactivismo, que considera que la única forma válida de alimentación para el bebé es la lactancia materna. Su afán es tal que sus críticos le acusan de ejercer excesiva presión sobre las madres en una opción que debería ser personal y respetada.

Los orígenes del lactivismo están vinculados a la creación, en 1956, de La Leche League; una organización fundada por un grupo de siete amas de casa de Illinois que reivindicaban la vuelta a la práctica de lo que llamaron “el arte femenino de amantar”. Muy religiosas, entre todas sumaban 56 hijos y creían que la lactancia era el designio de Dios: un deber moral, imprescindible para conseguir un vínculo con el bebé. En ese momento, sin embargo, las estadounidenses estaban bastante alejadas del designio divino: la gran mayoría optaban por la lactancia artificial, método que les había permitido alimentar a sus hijos de forma segura y tener vidas fuera del hogar.

Porque, aunque suene a una herejía, históricamente no todas las mujeres han querido dar de mamar. Así lo explica la feminista Beatriz Gimeno en su ensayo La lactancia materna, Política e identidad (Cátedra) donde, entre otros, desgrana el papel fundamental de las nodrizas. Una figura ya documentada en el antiguo Egipto y que no desapareció hasta la consolidación de la leche de fórmula, en el siglo XX.

Hoy las cosas han cambiado mucho en la crianza, que en el mundo desarrollado, con demografías a la baja, ha puesto al niño en el centro. Conseguir el vínculo con el hijo —que antes no preocupaba a las madres—, se ha convertido en un objetivo. Por ello muchas practican la llamada “crianza de apego”, que tiene como uno de sus pilares la lactancia exclusiva y a demanda. En estos cambios sociales ha influido La Leche League, cuya expansión ha sido remarcable: hoy tiene con presencia en más de 80 países, una gran red de voluntarias e interlocución directa con la OMS. Su misión, sin embargo, es la misma: fomentar la lactancia natural, cueste lo que cueste.

Pero hay circunstancias en las que el pecho no puede ser lo mejor. La lactancia no siempre sucede. Más allá de las cuestiones psicológicas, hay mujeres que físicamente, no pueden. En 1990, la doctora Marianne Neifert, de la Universidad de Colorado, dirigió un estudio que concluía que un 15% de las madres no producían leche suficiente tres semanas después del parto. En un artículo posterior, titulado Prevention of Breastfeeding Tragedies, alertaba que una lactancia inadecuada, si no se controla a tiempo, puede ser crítica para el desarrollo del bebé, llegando, incluso, a poner en peligro su vida. Neifert ha dedicado su vida a promover y estudiar la lactancia, pero por eso señaló que la reticencia a decir algo negativo sobre ella, por miedo a interferir en su promoción: “Contribuye a una conspiración de silencio que impide la comprensión del problema”.

La noción de que se debe dar de mamar, a toda costa, empieza a ser cuestionada, tanto por madres como por profesionales de la salud. Son voces aisladas y algunas han recibido respuestas furibundas. Es el caso del doctor José Maria González Cano, exjefe del servicio de Pediatría del Hospital General de Castellón quien, en 2015 escribió un libro Víctimas de la lactancia materna ¡Ni dogmatismos ni trincheras! (Ediciones intrépidas), donde argumentaba que en países desarrollados, como España, no es necesaria una lactancia tan intensiva y prolongada. El médico sostenía que la presión por dar el pecho ha derivado en una obsesión, que puede perjudicar tanto al bebé como a la madre.

Con una premisa similar nació en Estados Unidos Fed is Best (alimentar es mejor); fundación que considera que el principal objetivo no debería ser si el bebé se alimenta con leche materna o leche artificial, si no… si se alimenta. Punto. Sus responsables también piden dejar de estigmatizar a las que dan el biberón, algo que ocurre en nuestros lares: madres que, por vergüenza, lo dan a escondidas.

Pero la polarización teta/biberón continúa. En parte porque, como señala la socióloga canadiense Courtney Jung —autora de Lactivism (Basic Books) —, la influencia de este movimiento ha hecho que dar el pecho: “Ya no sea una manera de alimentar al bebé; se ha convertido en un indicador moral que distingue a los buenos de los malos padres”, escribe. A este indicador moral se le han añadido los argumentos científicos: las virtudes de la leche materna (apodada el “oro líquido”), parecen inagotables.

En sintonía con los tiempos, la forma de divulgar los beneficios de la lactancia ha cambiado: se informa de un modo contundente, comparando niños alimentados con leche materna y niños no alimentados así. Este es el enfoque de la Asociación Española de Pediatría que en sus Recomendaciones sobre la lactancia materna señala: “El mayor riesgo de numerosos problemas de salud” en los niños alimentados con leches artificiales.

La lista pone los pelos de punta: los riesgos van de la muerte súbita del lactante a padecer infecciones gastrointestinales, respiratorias y urinarias “y de que estas sean más graves y ocasionen ingresos hospitalarios”. También se desgranan problemas “a largo plazo” de los no amamantados: de la dermatitis atópica, a la obesidad y la diabetes, pasando por peores resultados en los test de inteligencia y un riesgo más elevado de padecer: “Hiperactividad, ansiedad y depresión, así como de sufrir maltrato infantil”.

Dados estos datos, formulo a la Asociación Española de Pediatría una pregunta que hoy ya parece urgente: ¿Se puede criar un hijo sano y feliz sin que haya sido amamantado? La respuesta es… sí: “Un niño puede criarse sano y feliz con la administración de las fórmulas adaptadas”, responde Rosaura Leis Trabazo, coordinadora del Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la AEP. Sin embargo, esta doctora matiza: “Varios estudios ponen en evidencia diferencias entre los niños alimentados al pecho o con fórmulas en el riesgo de determinadas patologías, tanto en la edad infantil como en la adulta, así como en la composición del microbiota intestinal, que se asocia a múltiples enfermedades. Por estos motivos, siempre que sea posible, debemos promocionar la alimentación del lactante con leche de mujer”.

La frase: “Varios estudios ponen en evidencia” tendría que dar por finalizada la discusión. Sin embargo, existe una amplia literatura que los cuestiona. Sus autoras suelen ser mujeres, preocupadas por el determinismo que rodea el tema de la lactancia materna.

Una de las últimas en abordarlo ha sido la economista Emily Oster; según la revista TIME, una de las personas más influyentes de 2022. Especialista en estadística, su experiencia como madre le llevó a analizar los principales estudios sobre crianza. Oster cree que los datos contrastados son el mejor remedio contra las ansiedades de los padres. El resultado es un libro: Educar sin mitos ni complicaciones (Zenith).

Respecto a la lactancia materna, Oster escribe que la mayoría de los estudios sobre este tema «están sesgados». ¿La razones? Para empezar, en los países desarrollados esta práctica es más frecuente entre las mujeres de clase media y alta. No sorprende, por tanto, que un niño en este entorno crezca más sano, más delgado y obtenga mejores resultados escolares, independientemente de si le dieron o no el pecho.

Otro aspecto clave es la metodología de los estudios. El sistema de investigación más valioso es el de “control aleatorio”, que divide al azar dos grupos de población, evitando los posibles sesgos. En el caso de la lactancia, no es posible intervenir así, ya que pocas madres accederían que otro decidiera por ellas. En consecuencia, la mayoría de los estudios que señalan los beneficios de la lactancia no son el mejor tipo de evidencia médica: no son ensayos aleatorios.

En su veredicto, Oster escribe que la lactancia temprana “brinda algunos beneficios para la salud” (menos infecciones gastrointestinales y menos eccemas), “aunque la evidencia que los respalda es más limitada de lo que se puede afirmar”. Observa que la relación entre la lactancia y la muerte súbita del bebé es “difícil de probar” y desvincula su relación con la obesidad y una mayor inteligencia. “Los datos sobre la lactancia”, añade, “no proporcionan evidencia sólida sobre los beneficios para la salud o cognitivos a largo plazo para tu hijo”. En cambio: “Posiblemente existan algunos beneficios para la salud de la madre, relacionados con el cáncer de mama”. Si una madre decide dar el pecho: “Maravilloso”, dice Oster. Pero lo contrario no es una tragedia: “Puede que sea más trágico que pases un año sintiéndote mal por no darlo”.//EVA MILLET

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