CÓMO EDUCAR CON ESPERANZA EN EL FUTURO.

¿Les podemos decir a nuestros hijos, sin mentirles, que se puede salvar el planeta?Uno de los retos a los que se enfrentan los padres hoy es el de inculcar a sus hijos esperanza en el futuro. De primeras, el entorno no invita a ello: a la crisis ecológica  y el calentamiento global, se le han añadido una pandemia y una guerra, en Ucrania. Entre otras consecuencias, este conflicto implica el resurgimiento de una amenaza que parecía superada; la guerra nuclear.

Ante este panorama, resulta cada vez más complicado educar a los hijos con un cierto optimismo ante el futuro. Por eso es reconfortante el discurso de Pedro Cifuentes, profesor de Ciencias Sociales de un instituto de Valencia. Su labor didáctica mereció, en 2010, el premio Nacional de Educación para el Desarrollo, lo que le dio la oportunidad para divulgar más allá de las aulas de Secundaria. Para ello ha utilizado una herramienta, el cómic: su serie Instrucciones para salvar el mundo (ed. Plan B) está dedicada a explicar a los más jóvenes los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. Una muestra, según él, de que el planeta puede salvarse.

Aquí os dejo la entrevista, publicada también en la sección de Parenting de LA VANGUARDIA MAGAZINE.

El libro ¡Planeta a la fuga! es el segundo volumen de la colección Instrucciones para salvar el mundo, que usted ha escrito e ilustrado. ¿De dónde surge la idea para esta serie?

Pues surge, sobretodo, de la inmediatez de las clases, de mi experiencia dentro del aula. Porque aunque es cierto que hoy tanto la escuela como los medios de comunicación y las familias conciencian a la chavalería de temas como la ecología y la justicia social, desde mi punto de vista se hace todo de una forma un poquito “estética”. Es decir: hoy hay que celebrar el día de la Tierra pues todos hacemos una pancarta… y ya está. U hoy toca hablar sobre los objetivos de desarrollo sostenible: pues hacemos algo con los 17 puntos y… pasamos a otra cosa.

Eso no es suficiente, dada la situación…

No. Creo que nos faltaba un poco de reflexión y profundidad y creo que eso desde el aula se puede lograr. La idea es dar un poco de sustrato a la necesidad de activar el chip ecológico, hacer que la ecología sea una asignatura transversal.

Pero, ¿no están ya muy enterados los jóvenes de la crisis medioambiental mundial?

Sí, en general lo están. Y esto se nota cuando llegan al instituto, porque muchos ya llevan bastante educación ambiental encima, que se les impartió en Primaria. Pero en educación los resultados se miden a largo plazo: te das cuenta de que están cambiando las cosas cuando como yo, que llevo trabajando en esto desde el 2008, percibo un cambio paulatino pero firme. De todos modos, todavía queda mucho por hacer, confiando en sus capacidades y dándoles más voz.

Los adolescentes, ante realidades como el cambio climático: ¿Están interesados, con ganas de implicarse, o sencillamente, están asustados?

Una de las problemáticas que hay dentro del aula es que la mentalidad de un adolescente es muy cortoplacista: pensar a largo plazo les cuesta muchísimo. Por eso, creo que es más importante hablar no tanto de las consecuencias que va a tener el cambio climático sino de las co-dependencias que se crean y la manera en la que pueden combatirlo.

¿Por dónde empezar?

La educación en el consumo es fundamental, porque los niños y adolescentes no son científicos ni climatólogos, pero sí consumidores, como todos nosotros. Y el consumo responsable se puede educar con pequeños gestos. La ventaja que se tiene al explicarlo en clase es que se está partiendo de una perspectiva micro: de la situación del alumnado, que a partir de ahí se traslada a situaciones globales.

Portada del libro e imagen del autor, Pedro Cifuentes, maestro que en 2010 ganó el premio Nacional de Educación para el Desarrollo.

Deme un ejemplo…

Les propongo trazar los orígenes de los alimentos que cenaron la noche anterior. En mi centro —que es un instituto con un alumnado de clase media-baja—, por desgracia la mayoría han cenado algo que tiene que ver con comida rápida: algún plato precocinado o una pizza congelada. Pero a partir de ahí, si analizamos los componentes y los ponemos en un mapa y descubrimos dónde se producen los ingredientes o de dónde viene el plástico que envuelve su cena, ellos empiezan a entender la interdependencia y ven que algo tan liviano y tan simple como una salchicha de frankfurt ha experimentado una cantidad de procesos a escala global que nos puede hacer reflexionar.

¿Les anima a cambiar después de este experimento?

Sí, les animo a preguntarse cómo pueden cambiar esto, a partir de otros hábitos saludables, como tratar de comer algo más cercano y no procesado. Pero no solo por su salud sino también por reducir la cantidad de cadenas que implica un plato precocinado. La huella ecológica: el peso que cada uno deja en el planeta, los residuos que generamos, es otro concepto que trabajamos mucho en clase.

¿Les podemos decir a nuestros hijos, sin mentirles, que se puede salvar el planeta?

Yo en esto soy totalmente optimista, por supuesto. No podría dedicarme a lo que me dedico si no lo tuviera claro. Lo que sí que es cierto es que cuesta mucho transmitir lo que no quiero llamar un acto de fe, pero sí un acto de confianza. Porque ellos todavía no pueden abordar o solucionar esta problemática pero sí que podemos formarlos para lo que hagan: y aquí entra la educación.

Interior del libro, PLANETA A LA FUGA.

Tengo la sensación de que los adultos les hemos pasado el problema… Y que nos creemos que concienciándolos, ellos van a resolverlo. ¿Están capacitados?

Sí, parece que les estemos pasando la patata caliente a esta generación. Lo que pasa es que en educación, como se trabaja a largo plazo, vemos que están muy capacitados en los cambios que estamos viviendo: del uso del lenguaje inclusivo a un enfoque diferente al que tenemos nosotros. Yo creo que no son tan derrotistas como nosotros. Son críos, se van a comer el mundo a bocados, y lo que no podemos hacer es abocarlos al fracaso y decirles: «Esto está cada vez peor». Hay que poner soluciones, pero las hemos de poner nosotros, no ellos.

¿Hay que dejar de educarlos en el nihilismo y apostar por un cierto estoicismo?

Bueno, más que en el estoicismo, creo que hay educarles en la justicia social. Hay que plantearles las consecuencias de sus actos como consumidores, que algunos tan sencillos como comprar una camiseta pueden repercutir en un tema de contaminación o de injusticia social y laboral en otro país. Están capacitados para entender estas interdependencias del mundo en el que vivimos.

El otro día hablaba con una adolescente que me aseguraba que no iba a tener hijos… “Porque no hay futuro”. No estaba deprimida, simplemente: lo tenía muy claro. ¿Qué le respondería?

Es difícil, porque son decisiones muy personales, pero estoy seguro que en su cabeza está pensando en cosas de este mundo que se pueden cambiar.

Otra amenaza, la de un conflicto nuclear, que sufrimos los boomers, está volviendo al tablero mundial. ¿Qué les decimos a los hijos si nos preguntan?

Creo que, de nuevo, una forma de contrarrestarlo es con la educación y la información. «Sí, ahora esto está pasando, pero hace unas décadas sucedió algo similar y se solucionó…». Insisto que no podría dedicarme a la docencia si no creyera que mis alumnos vayan a vivir mejor.

¿Cuáles están implementándose?

Un indicador que se nota un montón es el tema de la educación primaria universal, que antes no se garantizaba en la mayoría de los países. Para mí, es fundamental, pero también hay que destacar el empoderamiento de la mujer, el tema del género. Hay asimismo un progreso en los referidos al clima y con los que tienen que ver con la búsqueda de un cambio energético.

Hay que ser optimistas…

Sí, claro. Lo que pasa es que el optimismo necesita de una lectura a largo plazo. No se cambia de un día para otro: me imagino que en el 2030 se volverá a reformular esta apuesta en común para seguir trabajando.

Y ahí estarán los adolescentes de hoy, para coger el testigo… ¿Cómo ve a sus alumnos? ¿Nos van a salvar?

Ahora estoy en primer ciclo de la ESO y, si te digo la verdad, yo parto de la idea de que no los entiendo: noto la brecha generacional. Pero si los escuchas, hablas con ellos y atiendes su inquietudes, sí que te das cuenta de que están mucho más concienciados sobre temas de justicia social, de igualdad; que son más abiertos de mente que lo que éramos nosotros.//

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