LO QUE EL MIRLO ME ENSEÑÓ… (sobre cómo sacar adelante a los hijos).

Es mi pájaro preferido. En parte, porque a los mirlos comunes (Turdus merula) tienen la deferencia de vivir en las ciudades y deleitarnos con su presencia. Me parecen aves excepcionales y su canto, un lujo.

Pero nunca pude imaginar que, además, sean madrazas y padrazos.

Hace un par de meses teníamos un mirlo rondado por el jardín; un macho con un plumaje negro, precioso, y un pico muy naranja, que trinaba y trinaba en busca de pareja mientras se posaba, muy erguido, en diferentes ramas. Tras varios días de cantos —entusiastas por la mañana, algo melancólicos por la tarde, pero siempre preciosos—, se produjo un súbito silencio.

No pudimos desentrañar el motivo hasta al cabo de unos días, cuando mi marido me informó que «seguramente» había un nido de mirlos en el Pittosporum. Un arbusto perfecto —con bastante altura, frondoso y resguardado— para instalar su hogar. Leo en la web de Sociedad Española de Ornitología SEO Birdlife que los nidos de mirlo son un diseño de la hembra, que los construye con la ayuda del macho: “Consiste en una taza de hierbas y hojitas, tapizada de musgos y barro”.

Emocionados, a los pocos descubrimos a la mirla empollando los huevos. Pude incluso, tomar esta foto:

(Si os fijáis, sobresale la cola del nido).

Y así transcurrieron los días, hasta que los mirlos pasaron a la fase 2 de su vida familiar y nacieron los polluelos. «Tres», según me informó mi hijo que fue el primero en verlos abriendo los picos hasta el paroxismo, cada vez que su madre o su padre acudían a alimentarlos.

Optamos por evitar utilizar al jardín, para no molestarlos, pero ello no impidió una prudente observación del fenómeno: fue entonces cuando me di cuenta que la cuestión (fundamental, obsesiva, incluso) de la alimentación de las crías, sean humanas o aves, es universal. El frenesí de la pareja de mirlos en busca de lombrices e insectos por cualquier rincón del jardín no es muy diferente al de los humanos llenado el carrito en el super o trajinando en la cocina. Un no parar; especialmente los primeros días, cuando las crías, insaciables, son más vulnerables.

Así que si uno se quedaba en silencio, a distancia, observando el nido, pronto aparecían el padre o la madre (también preciosa, con plumaje marrón oscuro y un pico de color amarillo pálido). Su llegada era recibida con un coro de histéricos tri-tri-tris por parte de los polluelos, que seguían abriendo los picos hasta la extenuación.

La cosa, por eso, parecía ir bien. Padre y madre se afanaban en busca de comida y, con precisión germánica, se turnaban para acudir al nido en intervalos, calculamos, de entre cinco y diez minutos. Cada aparición era recibida con un griterío entusiasta que, a medida que pasaban los días, era cada vez más potente.

Y entonces, llegó la fase 3, esa que provoca que, como me anunció mi marido: «La tasa de mortalidad de las crías de mirlo, en general, sea bastante elevada». La fase en la que el polluelo decide irse del nido… aunque no sepa volar.

Primero saltó uno: me lo encontré un lunes por la mañana, posado en la rama de una madreselva, indiferente a los esfuerzos de su padre que, a medio metro suyo, y pese a mi presencia, saltaba como un loco llamándole la atención con unos curiosos chasquidos.

El padre saltaba, le reclamaba, y él miraba hacia otro lado, como si la cosa no fuera consigo.

«Resulta que es común que las crías de mirlo salten del nido, antes de tiempo, y como aún no saben volar —porqué entre otras cosas, no tienen aún cola—, no pueden volver al nido y se quedan por el suelo, con el peligro que eso representa. Entretanto, los padres tienen que seguir alimentándolos», me informa mi marido, que ha seguido leyendo sobre el tema.

Los peligros, en nuestro caso, son una sucesión de gatos de barrio, normalmente gordos y aburridos de la vida (empezando por la nuestra), para los que encontrarse un polluelo desvalido representa un chute de adrenalina.

Así que se hace un llamamiento a los vecinos, se ponen los gatos a buen recaudo y se confía en el buen hacer de los padres mirlo, que tienen que seguir alimentado a sus hijos, para sacarlos adelante. Por ello siguen dando constantes chasquidos por el jardín, reclamando a la estúpida cría. Esta, por su parte, va dando saltos y torpes aleteos, como una gallina diminuta, y tanto puede aparecer encima de una tumbona como esconderse tras unos helechos o quedarse en el suelo, quieta como una estatua, tratando de mimetizarse (infructuosamente) con el muro.

Cada vez hay más chasquidos y los padres vuelan y saltan por el jardín, con los ojos desorbitados, en busca de lombrices y de hijos a los que alimentar. Entendemos que hay más pollos fuera del nido. De hecho, un día después vemos a otro, también precioso y con cara de malas pulgas:

Los padres siguen incansables en su deber alimenticio y protector. Al tercer día, a las seis de la madrugada, nos despiertan una serie de chasquidos a gran volumen que nada tienen que ver con el normalmente precioso canto del mirlo. En el jardín, sobre el muro, se perfila la ahora siniestra silueta de un gato negro que amenaza a uno de los polluelos. Se procede a espantar al gato con la manguera y el griterío cesa. Se reanundará una hora después, por el mismo motivo. Se procederá de la misma manera.

«Los padres, cuando detectan que sus crías están en peligro, lo que hacen es cacarear, como una gallina, casi, para desviar hacia ellos la atención del depredador», me informa de nuevo mi marido. «¿Y cuanto pueden tardar en aprender a volar, las crías?», le pregunto, algo desesperada. «Hasta tres semanas», me responde, sin inmutarse.

Pero parece que, afortundamente, estas crías son espabiladas. Un par de días después del incidente del gato me encuentro a una posada sobre la valla, frente a la cocina. Como siempre, no se digna ni a mirarme, ajena a la ansiedad que su supervivencia y la de sus hermanos está provocando en sus padres y en nuestra familia.

Cuando me fijo que la cola está empezando a crecer y me inunda la esperanza, me responde emprendiendo un torpe vuelo hacia la casa vecina. Las crías no solo están desafiando a sus padres y a las leyes de aerodinámica sino que están saltándose los límites de su hogar; están saliendo de noche más allá de la hora permitida, causando un estrés cada vez más palpable en sus pobres progenitores.

Al día siguiente, la pareja de mirlos, unida ante la adversidad, chasquea, trina, cacarea, hace lo que puede y más para localizar a su prole más allá del jardín y seguir alimentándola.

Me doy cuenta de que no somos tan diferentes, los mirlos y nosotros (bueno, quizás sí: los mirlos macho parecen compartir las tareas de cuidado con la pareja al 50%, cosa que no suele suceder en la sociedad humana).

De todos modos, me identifico con su tesón por atender a sus polluelos desgradecidos, con su palpable angustia por encontrarlos cuando los creen perdidos, con su valentía al protegerlos de felinos y otros maleantes y, en definitiva, con su afán por ayudarles a crecer mientras confían que —más pronto que tarde—, maduren y puedan echar a volar.//

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