El efecto tóxico de los padres ‘hooligans’ (o por qué los niños chutan mejor durante la pandemia)

Con este título publiqué en la sección de Parenting de LA VANGUARDIA MAGAZINE este artículo sobre los padres hooligans; un tipo de hiperpadre que detesto, por su alta toxicidad. No se los ha echado de menos, durante las restricciones de público por la pandemia. De hecho, el deporte infantil ha ido mejor que nunca. Os comparto el tema también por el blog. No os perdáis el testimonio del joven árbitro.

La Fundación Brafa, en Barcelona, es como un oasis sobre la Ronda de Dalt, una de las principales vías de la ciudad. En las instalaciones de esta veterana entidad deportiva, sombreadas por hermosos pinos, acuden alrededor de trescientos niños a partir de los siete años. El fútbol es la actividad principal pero también se practican otras disciplinas, como el baloncesto y el judo. 

Aquí el propósito no es ganar a toda costa, sino utilizar el deporte como una herramienta para educar en valores como “el respeto, el compañerismo, el esfuerzo y la generosidad”. Aprender, en definitiva, el concepto del fair-play (el juego limpio) que debería ser el pilar del deporte.

Sin embargo, en los últimos años, los responsables de Brafa se han encontrado que estos valores están siendo arrastrados por los suelos. Y que los principales artífices de esta demolición son, nada más y nada menos, que los padres de los jugadores. Progenitores que no entienden que el deporte a estas edades es, ante todo, un juego. Padres (y, también, madres) cada vez más beligerantes e incluso agresivos en los partidos de sus hijos.

Los ejemplos abundan. Ignasi Taló, director de Brafa, recuerda un encuentro “de los más pequeños, los benjamines, de entre siete y ocho años”, al que el equipo rival llegó pertrechado con varios tambores y muchas ganas de dar caña: “Empezó el partido y empezó la juerga: ruido, gritos, presiones y un padre metiéndose constantemente con nuestro portero: un niño de siete años”. Llegó un punto en que el chaval salió corriendo de la portería para decirle al árbitro que él, así, no podía jugar.

Imagen de uno de los videos de la campaña #NOSEASHOOLIGAN de la Fundación Brafa.

Antoni Villanueva, el jefe de estudios de la fundación, tampoco olvidará el día en que llegó un árbitro nuevo: “Nosotros siempre les decimos a los niños que los árbitros tienen tanto derecho como ellos a equivocarse. Y en este caso, el nuevo árbitro cometió unos errores”. 

Era su primer día, pero algunos padres no fueron comprensivos: “Empezaron a increparlo y a insultarlo y, al final, el chico, de diecisiete años, acabó llorando, diciendo que no servía y con miedo de lo que le harían a la salida… ¡También era un partido de benjamines! Se le dio apoyo, por supuesto, pero lo pasó fatal”.

Bienve Gómez, el coordinador deportivo, subraya que cada fin de semana “hay faltas de respeto y subidas de tono” por parte de los padres que vienen a ver a sus retoños. Ha sufrido tantas, asegura, “que ya no sabría decirte, pero lo que me preocupa es la creciente tensión de los padres de cara a la competición con los hijos. Hace diez años los veías relajados, venían a ver el partido pero también, a tomarse un café, hablar con otros padres… Antes se iba a pasar un poco más el rato y que los niños hicieron deporte. Pero ahora veo que esta tensión es la tónica; como si se estuvieran jugando una cosa importante, lo que no es así”.

Para Ignasi Taló, estos detalles reflejan muy bien lo que está pasando: “Estamos imitando en el deporte de base lo que vemos en el deporte de élite. Y no tienen nada que ver. El deporte de base es aprender, divertirse, disfrutar… Les estamos poniendo a los niños una presión que no les corresponde de ninguna manera”. 

Entre otros, estos comportamientos paternos, a medio camino entre el hooliganismo, el “soy el representante de mi hijo” o “yo sé más que el entrenador”, provocan vergüenza y ansiedad y también deserciones de las criaturas. Muchas abandonan el deporte porque no pueden más de las actitudes y exigencias de sus padres. 

“Yo he visto niños llorando en un partido o pidiendo cambios porque su padres estaba gritando y diciendo barbaridades. Los niños se avergüenzan, mucho. Ellos no tienen la culpa ni son el problema, el problema son los padres”, reitera Bienve Gómez.

«SON NIÑOS»; «ESTO ES UN JUEGO»; «LOS ENTRENADORES SON VOLUNTARIOS»; «LOS ÁRBITROS SON HUMANOS» Y «AQUÍ NO SE JUEGA LA CHAMPIONS (DE MOMENTO)». Humor y pedagogía en las instalaciones de la academia BRAFA.

Estos tres expertos tiene muy claro que un ambiente así “afecta, y mucho”, al juego y a los jugadores. Durante la pandemia, debido a las restricciones, se ha jugado sin público durante varios meses y, aseguran: “Ha sido una balsa de aceite. Juegan mucho mejor sin público. Lo hemos comprobado estos meses: están concentrados. No hay ningún conflicto”.

Estos comportamientos inaceptables no se dan exclusivamente en el fútbol ni tampoco son una cuestión de clase social (“Diría, incluso”, añade Bienve Gómez, que a más nivel económico, peor”). Son, insisten, un reflejo de una sociedad crispada y de unos padres que pretenden realizarse a través de sus hijos. 

Sin olvidar “un querer justificar cosas que no son justificables” además de una obsesiva necesidad de sobreproteger a los niños antes la frustración. “¡Y entonces, los frustran!, apunta Ignasi Taló.

Ante el panorama, la Fundación Brafa decidió lanzar una campaña para educar… ¡a los padres! Se llama #NoSeasHooligan y ya comprende nueve vídeos, con temáticas que van de las agresiones e insultos que reciben los jóvenes árbitros pasando por las figuras del padre entrenador y el padre hooligan, que a menudo coinciden en una sola. 

Los vídeos no tienen desperdicio y su objetivo es “invitar a todos los padres y madres a que reflexionen sobre cómo queremos que sea el deporte de base y los valores que debe enseñar a los jóvenes”.

Educar, aseguran desde Brafa, es la mejor herramienta para combatir lo que se está convirtiendo en una plaga. Porque, de momento, poco más se puede hacer: “Nuestros entrenadores saben que, si vemos que el ambiente del partido se crispa demasiado, podemos decirle al árbitro que suspenda o que nos vamos; aunque perdamos los puntos y nos sancionen”, ilustra Taló. 

Lo han hecho alguna vez, como también han rechazado ir al partido de vuelta si una hinchada se ha comportado en su casa de forma inaceptable. “Vivimos el deporte como algo sano, como un instrumento para educar a las criaturas, no como una actividad para pasar un mal rato”, dice Antoni Villanueva.

#NoSeasHooligan ¿está teniendo efecto? ¿O predican en el desierto? Sin duda, explican, en su organización ha habido un cambio que ha ayudado a concienciarse y a ser más cuidadosos. Además, el club tiene muy buena fama entre los árbitros: “Saben que aquí serán respetados porque hay clubs que son más permisivos, más guerreros”, dice Taló. “Aunque yo creo que la mayoría están en nuestra línea y ponen los medios que pueden”.

¿Y qué hay de los ministerios, consejerías y federaciones deportivas? ¿Se actúa con políticas? La respuesta es “apenas”, por no decir nada. Y eso que en otros países hay iniciativas que funcionan, como la llamada Tarjeta Blanca, en Portugal. Instaurada a nivel nacional, premia las acciones de fair-play y el comportamiento de la afición en fútbol infantil y juvenil. 

“De este modo, los niños no ven al arbitro como alguien que castiga sino como alguien que hace que se cumplan las reglas. Tiene un cariz educativo, de resaltar aspectos positivos y la experiencia ha propiciado un cambio de ambiente en los partidos”, explica Ignasi Taló, director de la Fundación Brafa. 

La pedagogía, insiste Taló, es la mejor vía para hacerles entender a esta ruidosa generación de padres hooligan que, “en el sentido más filosófico; el deporte es un juego. Un juego para disfrutar”.//

Guillem Gómez Meneses, árbitro: “Hay padres que se transforman”. 

“Yo arbitro desde los catorce años, la edad en la que se puede empezar; ahora tengo dieciocho. Siempre he jugado a fútbol, desde los cinco, seis años… Se pueden llegar a arbitrar tres partidos cada fin de semana y se paga según la categoría. Puede ser a partir de veinte, treinta euros, y va subiendo. 

A menudo, yo desde dentro del campo veo que el partido está tranquilo pero que desde fuera lo calientan. Se protesta por cualquier jugada y cada vez se va a más. Algún día he pensado que acabarían a tortas fuera. 

Me han insultado, sí, los padres. En muchos partidos. Me han dicho de todo. ¡De todo! Lo hagamos bien o mal, se meten con todos los árbitros. Conmigo se meten especialmente porque soy muy joven. Es como un impulso. 

¿Si me preparan? Bueno, en cierto modo no hay otra, hemos de aguantar. Aunque hasta cierto punto, claro. Ahora podemos parar el partido y pedir calma. Y, si no hacen caso, el árbitro puede acabar el partido. Yo he pedido calma pero aún no he llegado al punto de suspender. 

La presión de los padres afecta a los jugadores. A veces, se creen los entrenadores. Yo les diría que ya hay un entrenador, que no hace falta que ellos ejerzan. Esto pasa mucho con los niños pequeños, hay padres que piensan que sus hijos serán los nuevos Messi y bueno… se pasan. 

Me compensa este trabajo, aunque es cierto que hay algún partido (bueno, una vez), en el que pensé que no. Intento concentrarme y hacerlo bien. ¿Lo mejor? Cuando he acabado de arbitrar y el entrenador y los jugadores me felicitan. ¿Lo peor? Pues cuando los padres se pasan, cuando se les va la olla.//

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