De Caperucita Roja a la autoayuda, ¿qué leen hoy nuestros hijos?

Con motivo de la fiesta de Sant Jordi —el día en el que prácticamente todo el mundo, aquí en Catalunya, se lanza a comprar libros—, he escrito este artículo para preguntar a un experto en literatura infantil y juvenil qué es lo que leen los niños de este siglo (si leen, claro). ¿Han cambiado las formas de narrar? ¿Ha llegado lo políticamente correcto también al género infantil? ¿Es necesaria una ‘autoayuda’ para niños? En este link está el artículo que también es comparto en el post. Las buenas noticias son que, según mi entrevistado, un experto en el tema, hoy se lee más. Tengo mis dudas pero, aquí está el artículo:

EVA MILLET.

Pese a la invasión de las pantallas y a la hiperactividad características del siglo XXI, los niños y adolescentes… todavía leen. De hecho, la literatura infantil y juvenil española es uno de los sectores más dinámicos de la industria editorial. Y, aunque aquí no tiene el estatus de otros países, goza de buena salud.

Así lo asegura Gabriel Abril, director de Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil (CLIJ) que este 2021 celebra sus 300 números. La revista empezó a publicarse en 1988 y desde entonces ha reseñado casi doce mil libros. Sin duda, su director es uno de los expertos más acreditados para explicar cómo está el panorama literario en España en este ámbito.

Para empezar, Gabriel Abril tumba una de las ideas que desasosiegan a tantos padres y madres: que sus hijos no leen, porque están abducidos por las pantallas. “Hace 34 años, los que lleva editándose la revista -explica Abril-, leer era algo muy personal, que solo se podía compartir a través del boca a oreja. Ahora se lee más, porque hay más producción y más facilidad para acceder a los libros, por ejemplo, desde las bibliotecas escolares y públicas”.

Las distracciones, dice, siempre han estado ahí. Lo importante: “Es fomentar desde casa unos límites con los móviles o las tablets”. Y, por supuesto: “Sugerir que la lectura de un libro puede ser apasionante… con el ejemplo”. El problema “es que los padres no leen, ni siquiera conocen la literatura infantil y juvenil”. 

Y precisamente ese es uno de los objetivos de su publicación: facilitar a los adultos —padres y maestros—, la selección de buenas lecturas para sus hijos y alumnos. Lo hacen número a número aunque cada año, en su número de mayo, publican La lista de honor de CLIJ, que consta de cien libros.

A lo largo de estas tres décadas los gustos, lógicamente, han cambiado, aunque Abril señala que a los lectores más pequeños “les siguen fascinando los cuentos de fantasía, los álbumes ilustrados, los libros de curiosidades (el cuerpo humano, animales y mascotas, espacio y extraterrestres…) y, a poder ser, con humor”. 

También hemos pasado de los clásicos (Verne, Salgari, Stevenson), a otros clásicos modernos: “Como Harry Potter, Michael Ende y su La historia interminable, o la recuperación de Tolkien gracias a las películas de El Señor de los anillos”, enumera Gabriel Abril.

Algo que sí ha cambiado son los ritmos narrativos de algunas de las nuevas novelas, especialmente, las de género fantástico. Cualquier persona de mediana edad que se asome a ellas se sentirá apabullada por la sucesión de acontecimientos, personajes y aventuras que se encadenan página tras página. Una especie de literatura videojuego que es reflejo de las trepidantes narrativas audiovisuales a las que los niños hoy están acostumbradas. 

Pero no solo ha cambiado los ritmos. Abril explica que hay un gran número de novelas juveniles “en las que la narrativa pretende emular a las pantallas, ya sea simulando mensajes de wasap o conversaciones que imitan las abreviaturas que usamos en los móviles. Es una manera de buscar lectores poco habituados y que necesitan algo rápido”. 

De todas maneras, este experto señala que “hay de todo” y que hoy siguen publicándose “muy buenas novelas, bien escritas y con historias que seducen al lector” sin tener que arrollarlo con acontecimientos cada dos párrafos.

Los cuentos infantiles clásicos nunca mueren, aunque la actual ola de corrección política también les afecta. De hecho, cada vez hay más padres y madres que se niegan a comprar según qué libros, modifican el género de sus personajes (para hacerlos más inclusivos) e, incluso, cambian partes de la trama para que los críos no se traumaticen si la bruja mete a Hansel y Gretel en una jaula, o para reivindicar derechos. 

Una famosa actriz española explicaba que, en su versión de Cenicienta, cuando el príncipe le pide matrimonio, ella respondía con un “No, gracias, no quiero ser una princesa. Quiero ser astronauta o chef”.

Ante esto, Abril es más partidario de “analizar y entender el contexto”, lo que ayudaría a situar ciertas obras y a valorar lo que cuentan y cómo lo cuentan. De todos modos, matiza: “Mucho se ha dicho de que los cuentos clásicos eran terribles en algunos aspectos, principalmente el machismo y la violencia. Pero después toleramos esos bestsellers en los que se trata de una manera moderna esos mismos temas”. 

Un ejemplo serían exitosas series como After —firmadas algunas por escritoras jóvenes—, que arrasan entre los lectores adolescentes, en parte por su alto contenido erótico. Para Gabriel Abril, esto último no representa ningún problema, “porque cualquier adolescente necesita saber qué es eso del amor, cómo serán sus relaciones… Todas esas cosas que, en ese momento, son el foco principal de su vida y, desde ese punto de vista, leer puede ayudar mucho”. El problema es cuando “lo que se plantea son relaciones tóxicas y esto se convierte en un fenómeno de masas”.

Afortunadamente, Gabriel Abril señala que “hay obras notables de escritores serios que tratan el tema de sexo en la adolescencia con valentía y honradez: sin medias tintas, pero con respeto y conocimiento”. Destaca asimismo una amplia corriente realista que, además de los primeros amores juveniles, aborda todo tipo de temas y problemas sociales como la emigración, el bullying, el racismo, el rechazo a los diferentes y el cambio climático.

El actual boom de las emociones, hoy convertidas en producto comercial que sirve para vender cualquier cosa, también ha entrado en las lecturas para niños. En algunas librerías, los libros específicos sobre emociones tienen su propia sección. Algo que, de primeras, parece algo innecesario, porque la literatura ya está inundada de emociones, presentes en toda buena historia. 

Mi aportación (de momento), al género.

“Sí, la literatura es pura emoción”, coincide Gabriel. “Cómo, si no, podríamos definir todo lo que hemos encontrado en los libros. Hemos entendido el amor, la amistad, la vida, la muerte, la soledad, a través de historias maravillosas. Pero hemos tenido que hacer el esfuerzo mental de encontrar todo eso en novelas y poemas que nos lo contaban. Ahora se persigue esa inmediatez para identificar lo que sentimos. Pero, en su mayoría, no es literatura, sino manuales de autoayuda”.

Otro mercado editorial importantísimo, la autoayuda, que también ha encontrado su lugar en las estanterías de las secciones infantiles. Y parece interesar a muchos padres, más preocupados por que las lecturas tengan un rendimiento que por un disfrute espontáneo. 

En 2018, la librera Silvia Broome se preguntaba en la web Cuarto Poder si los niños necesitaban libros de autoayuda. Detectaba cada vez más padres reticentes a comprar “un cuento normal” a sus hijos: “Quieren libros de gestión de las emociones, de yoga o de mindfulness”. Libros útiles

Parece que las historias de ficción de toda la vida, con protagonistas como Elmer, un estupendo elefante multicolor, ya no sirven: “¿Cómo le voy a comprar ese libro a mi hija? ¿Qué le va a enseñar un elefante sobre la vida real?”, cuenta Broome que le respondió una madre cuando le recomendó esta lectura.

En la revista de Abril detectan también esta corriente: “No sabemos si hay que darle el título de género, pero sí, se editan muchos libros sobre autoayuda”. Algo que, reflexiona, no deja de asustar un poco. “Porque si es un reflejo de lo que la sociedad necesita, es la prueba de que nos enfrentamos a unas carencias que habría que resolver. Leer sobre ello puede ayudar, claro está (sobre todo a los adultos), pero para los niños resultan, en general, lecturas aburridas, cuando no incomprensibles”.

Este excesivo afán por planear, supervisar y pretender que los niños lean libros que sirvan, ¿puede derivar en un odio eterno por la lectura? Abril cree que no, porque “a quien le gusta leer, leerá a pesar de todo”, pero sí que recomienda el respeto a los tiempos. Y, por supuesto, tratar de apostar por la calidad y la variedad. Se trata, como dice: “Que cada lector madure como tal y sea capaz de elegir sus lecturas”. Que tome, en definitiva, su propio camino.//

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