¿PADRES O ESPÍAS? De la ética de controlar la vida virtual de los hijos.

En la vida de nuestros hijos existen cada vez más pantallas y, en consecuencia, en el mercado hay cada vez más herramientas para controlar el uso que hacen de estas. Herramientas cada vez más sofisticadas que convierten a los padres en una especie de espías amateur.

Pero, ¿es ético rastrear en sus vidas ‘on line’? Esta es la pregunta que me formulé para plantear este reportaje, en la sección de Parenting del Magazine de La Vanguardia. Os comparto el link, como siempre, y si tenéis algún problema en leerlo, os paso el texto a continuación.

EVA MILLET

La aplicación se llama Qustodio y se describe como “la solución para los padres preocupados con lo que sus hijos hacen online”. En su web se explica que los niños comienzan su vida digital cada vez más pronto y se detallan, con porcentajes, los peligros que existen en este mundo (cyberbullying, 34%; depredadores online 41%; sexting 31%…). Ante estos datos alarmantes, la empresa propone “un entorno digital seguro y productivo” gracias a sus dispositivos.

Las posibilidades son muchas: hay filtros que bloquean el contenido inapropiado y limitan el tiempo de conexión. Otros controlan los juegos y las aplicaciones que se utilizan, además de las llamadas y mensajes que los hijos hacen y reciben. Asimismo, se puede saber lo que comentan cuando están en redes sociales y, gracias a su “localizador familiar”, se da la posibilidad de “recibir actualizaciones sobre sus desplazamientos en tiempo real”.

Es decir, que si queremos saber por dónde andan nuestros hijos, solo hay que apretar un botón. En el siglo XXI, los padres disponen de la tecnología más avanzada para saber, en directo, por dónde caminan sus retoños, qué webs visitan, a quién llaman y qué chatean. El del control parental es un mercado cada vez más sofisticado y, también, demandado.

El mercado de las aplicaciones para controlar (o espiar, todo depende de cómo se enfoque) las vidas digitales de los hijos es cada vez mayor.

Sí, el principal motivo para darles el primer móvil a los hijos es para tenerles localizados y controlados”, ratifica María José Abad, coordinadora de contenidos de empantallados.com; una plataforma cuyo objetivo es ayudar a los padres a educar en el entorno digital. Junto a la consultora GAD3, empantallados.com ha publicado recientemente el estudio El impacto de las pantallas en la vida familiar, del que se traduce que “el 38% de los padres afirma que les entregó un móvil para tenerle localizado”.

Esta localización, a menudo, se complementa con herramientas como las descritas, convirtiéndose en una exhaustiva forma de control que cuestionan algunos (empezando por los propios hijos). Porque, haya o no conocimiento previo, el saber a quién llaman y quién les llama, lo que escriben, miran y dicen genera dudas. La principal: ¿Es ético controlar (que, recordemos, es un sinónimo de espiar) la vida online de nuestros hijos?

Le formulo la pregunta a Begoña Román, profesora de ética de la Universidad de Barcelona. Ella tiene clarísimo que, especialmente si no hay consentimiento del afectado: “Claramente la respuesta es «no». No es ético, porque estamos hablando, por un lado, de la intimidad de la persona y por otro, fundamental, del hecho de que se haga sin su consentimiento; lo que quiere decir que te ocultas. Y en la ética”, señala, “hay un criterio bastante orientativo, que es la transparencia”.

Con las nuevas tecnologías un clásico como son los límites y el control a los hijos, se magnifica.

Pero en una era en la que la sobreprotección predomina en muchas familias, la tentación de utilizar estas herramientas es grande. De hecho, en sociedades hiperprotectoras, como la estadounidense, esta forma de vigilancia tecnológica se ha convertido en lo más corriente. Un imperativo, casi, para demostrar que uno es un padre o una madre responsable.

“Sí, la cuestión del control a los hijos y los límites al ejercerlo, es un viejo tema”, continúa Begoña Román. “Lo que hoy ocurre, añade, es que con las nuevas tecnologías, todo se magnifica, porque no son meramente un aparato o una técnica… ¡Sino que son un mundo!”.

Un mundo con amenazas que asustan a los padres, pero que, paradójicamente, no los frenan a la hora de comprarles la tableta, el móvil o la pantalla que toque. Y, además, cada vez más precozmente: según los datos del Instituto Nacional de Estadística, a los 10 años uno de cada cuatro niños españoles ya tiene móvil propio, a los 11, cerca del 40% y a los 12, más del 60%.

“Al inicio, el darles un móvil genera en los padres una ilusión de control mientras los hijos lo viven como una puerta a la libertad: un acceso a un mundo ilimitado de contenidos, comunicación y entretenimiento”, detalla María José Abad. Y esto produce una nueva paradoja, porque pronto aparece la sensación de arrepentimiento entre los padres: “Sí, después de haber entregado el primer móvil, cuatro de cada diez opinan que fue un error y que llegó demasiado pronto”.

Un error que, en cada vez más casos, se remedia instalando una aplicación de control o rastreo parental cuyas posibilidades convierten a los padres en una especie de detectives privados o grandes-hermanos de sus hijos. Un papel que a estos les puede resultar insoportable. “Es como crecer en una cárcel virtual”, me dice una adolescente de quince años. En un artículo en el The New York Times sobre este tema, otra joven se manifestaba desesperada por el rastreo constante de su madre: “Recibe notificaciones cuando conduzco por encima del límite de velocidad, cuando salgo de casa e, incluso, cuando mi batería del móvil está baja”. La joven aseguraba que la situación estaba afectando su relación con ella y que, como regalo de 18 años, iba a pedirle que acabara con el seguimiento.

“Cómo psicóloga, me preocupa que estas herramientas de control confundan a los adolescentes sobre si son ellos o sus padres los principales responsables de su seguridad”. El New York Times también toca el tema de los límites del control parental.

En ocasiones, estas posibilidades tecnológicas también afectan a los padres, generando situaciones extrañas. Como la de una madre que, en tiempos pre-pandémicos, cuando su hijo adolescente salía, se despertaba en medio de la noche y activaba el geolocalizador. “Entonces veía que estaba en una discoteca, en un polígono a las afueras y me entraba una inquietud tremenda…”. En consecuencia: el hijo se quedaba bailando y ella, desvelada, presa de la angustia. “A veces me pregunto si no sería mejor no saber, pero como la posibilidad está ahí, lo haces”.

¿Dar o no dar? ¿Saber o no saber? He ahí las dos cuestiones que le planteo a Begoña Román. Para la primera, esta doctora en filosofía cita a Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”, dice. “Antes de proporcionar un móvil a un hijo, lo primero es ver el nivel de exclusión que genera el privarle de uno y la necesidad real que tiene”. Y respecto al saber, Román tiene clarísimo que, en caso de que se opte por el control tecnológico, hay que informar, “por supuesto”.

¿Y qué pasa cuando hay sospechas de que un hijo consume drogas o es acosado? ¿Puede estar justificado este espionaje parental? “Yo diría, de nuevo, que no”, responde. “Creo que la pregunta ética es qué nivel de riesgo estamos dispuestos a asumir y aquí, el riesgo es que, al espiar, se rompa el vínculo, la confianza. Si tú estás muy preocupado por tu hijo: házselo saber pero no lo hagas a escondidas”.

La vigilancia electrónica, reitera, no es la solución. La solución, dice, “es la educación que les damos” al proporcionarles un aparato que, insiste, es un mundo. “Y cada vez que a nuestros hijos se les abre un mundo, los padres hemos de enseñarles a manejarse en él”. Sería, ilustra, como enseñarles a nadar: “Tu no tiras a un niño a la piscina, lo acompañas, lo sujetas, le explicas los riesgos… Le educas, en definitiva”. Y con el móvil, concluye: “Deberíamos hacer lo mismo”.//

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