FATIGA FAMILIAR: otra consecuencia del virus.

Llevamos casi un año viviendo bajo la amenaza del coronavirus, que ha impactado en nuestras vidas. La familia, por supuesto, no se ha librado de sus estragos y por ello he dedicado mi último artículo en la sección de Parenting del Magazine de La Vanguardia al fenómeno de LA FATIGA FAMILIAR; una de las consecuencias de la pandemia. Este cansancio afecta tanto a padres como a hijos (especialmente, a los adolescentes, hartos ya de aguantarnos tantas horas). Así que os comparto el enlace al artículo y, si por cualquier cosa no lo podéis leer, aquí lo tenéis:

Daniela, una free-lance barcelonesa, ha decidido irse a un coworking para trabajar fuera de casa. Hasta hace un año, su hogar era su oficina y estaba encantada. Sin embargo, desde la irrupción del coronavirus, las cosas han cambiado. Su marido ahora trabaja también en casa y su hija, universitaria, estudia on-line. Desde hace unos meses, su despacho parece el camarote de los hermanos Marx y ella ha decidido saltar del barco. Se autodescribe como “una madre a la fuga” durante unas horas del día.

Daniela no es malamadre ni una egoísta ni abandona a nadie. Simplemente, estaba un poco cansada de la intensa convivencia con su familia, a la que, por otro lado, adora. No es la única: hay millones de personas que, en estos últimos meses, se han sentido así. La fatiga familiar es una derivada importante de la fatiga pandémica; y afecta tanto a padres como a hijos.

“Sí, es cierto que, a estas alturas, las familias están muy cansadas de tener que desempeñar o ser recipientes de tantos papeles: profesores, cuidadores, terapeutas, compañeros de juegos, guardianes… Ahora que se ha vuelto a la escuela, las cosas se han relajado un poco pero la logística familiar en este último año ha aumentado mucho y ha habido una carga enorme. Sobre todo para las madres”, reflexiona la terapeuta familiar Agnès Brossa.

El problema, resume, es que las obligaciones ha aumentado pero el esparcimiento se ha reducido de forma drástica. Cuesta oxigenarse. “Apenas se puede salir a ningún sitio, lo que implica que si te quedas en casa sigues en la rueda del recoge, limpia, cocina, convive…”. Una convivencia que sigue siendo muy intensa y que, añade la también psicóloga Amalia Gordóvil: “Tiene un efecto acumulativo, porque llevamos muchos meses con esto”. En consecuencia: “Esta fatiga familiar es algo muy realista y no solo la experimentan los adultos: también la sufren los adolescentes, que empiezan a transgredir”.

Algunos de los cambios de este año de pandemia han llegado para quedarse. Entre ellos, el teletrabajo: una aspiración que parecía ser la panacea pero que tiene sus claroscuros: “El teletrabajo ha cargado a mucha gente”, observa Gordóvil. 

El caso de Daniela es un buen ejemplo de que, por muy bien que te lleves con tu pareja o con tus hijos, compartir espacio todo el día… ¡cansa! En especial, si el hogar —como suele ocurrir en nuestro país—, es de dimensiones reducidas. Por ello, su solución de salir y buscarse un lugar durante unas horas está en sintonía con lo que recomiendan las psicólogas.

¿Qué ocurre si no se tienen los medios para alquilar algo? La opción, sugieren, sería tratar de acotar bien los espacios propios, tanto a nivel de metros cuadrados como de esparcimiento personal. “Los espacios, en el sentido amplio del término, son muy importantes; los niños han de poder jugar solos y estar en su cuarto. Las madres y los padres irse a correr o a pasear o encerrarse en su habitación, como hacen los adolescentes cuando buscan privacidad… Que cada uno tenga su espacio en casa es muy saludable.”

Como también es saludable, recomiendan las terapeutas, expresar esta fatiga familiar, sin culpabilidades. “La culpa no ayuda. Tenemos que poder decir que estamos cansados, hartos… Tenemos todo el derecho a expresar la emoción negativa, porque si se oculta, puedes hacer sentir culpable a otro, que no sabrá lo que pasa. Pero si expresas lo que dices y se puede compartir esta fatiga, esta será menos pesada”, dice Brossa.

ALGUNAS PISTAS PARA AGUANTAR LO QUE AÚN NOS QUEDA.

Aunque estamos objetivamente mejor que hace un año y con la vacunación ya en marcha, todavía queda convivencia intensa en familia para rato. Por ello, tanto Brossa como Gordóvil recomiendan tratar de gestionar la fatiga y buscar “algo a lo que agarrarse”; algo de lo vivido durante estos meses de lo que se pueda aprender o que nos haya enriquecido.

Ellas ya lo han hecho, en forma de libro. Se titula Compartir la vida educa (Eumo editorial), donde se recopilan testimonios positivos de familias a partir de la experiencia del confinamiento. Lo han hecho con la intención de demostrar que no todo está siendo malo. “En los medios se ha hablado mucho del aumento de la depresión y la ansiedad entre los adolescentes por la pandemia pero, aunque no decimos que no existan, nosotras no hemos tenido ni una consulta tipo ‘mi hijo ha cogido una depresión durante la pandemia’. Creemos que si los niños y adolescentes han pasado un confinamiento protegidos, en una familia sin carencias, esta experiencia no tiene por qué derivar en estos trastornos”, aseguran.

También les parece “una barbaridad” que se hable de una generación perdida. “Es una posición catastrofista, que puede angustiar mucho a los padres y que no ayuda a las familias”, comenta Gordóvil, para quien decir que son una generación perdida “es el primer paso para que lo sea». Una etiqueta errónea.

¿Han cambiado, sin embargo, las familias durante esta crisis? En algunas cosas sí, y mucho. Antes de la pandemia, por ejemplo, ambas veían en consulta muchos casos de hiperactividad familiar. Familias desbordadas por unas dinámicas y unas prisas, observa Brossa: “Que generan estrés y enmascaran carencias, porque la convivencia se pone en manos de terceros o de este constante ir y venir”. Con el virus, y por razones de fuerza mayor, esta hiperactividad se ha ralentizado. 

“Para mí, el hecho de parar ha sido la lección más positiva de estos meses. No nos lo inventamos: hay familias a las que les ha sentado bien el confinamiento en este sentido”, añade Gordóvil. En gran parte, porque ha servido para mejorar la comunicación con sus hijos. En el libro hay testimonios de padres que cuentan que, al pasar más tiempo con ellos, los han conocido mejor.

La situación ha afectado de manera diferente a niños y adolescentes. “Los niños que han tenido un entorno favorable y positivo, los más pequeños, sobre todo, se han adaptado bien. Quizás los adolescentes, por el tema de la socialización, son los que peor lo han pasado: es una etapa que necesitan el grupo de iguales y los amigos y eso sí que los ha estresado”, dice Brossa.

De todos modos, su colega apunta que hay muchos “que han generado estrategias para no liarla, han sido conscientes de la situación y han hecho un ejercicio de autocontrol. Muchos adolescentes también han reconectado con la vida familiar: ¡Han descubierto que tenían unos padres y unos hermanos que no estaban tan mal!”.

Otro cambio interesante es el descubrimiento, por parte de los padres, de que sus hijos son más fuertes de lo que se pensaban. Que son capaces de aguantar un encierro prolongado y soportar situaciones complicadas. Para Brossa, esta noción les ha sido especialmente útil… a los propios hijos. “Porque muchos de ellos son criaturas a las que no les faltaba nada, que no han tenido carencias sino, más bien, demasiadas cosas… Y si de esto extraen una lección de su capacidad adaptativa: de que no necesitan tanto y pueden tolerar la frustración, creo que habrán hecho un gran aprendizaje”. //

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