LA HABITACIÓN DEL ADOLESCENTE: CAOS, CONFLICTO Y OPORTUNIDAD.

Ropa y zapatos esparcidos, camas deshechas, bolsas, envoltorios, cáscaras de pipas, latas vacías, papeles, libros, cargadores de móvil, vasos de agua a medio beber y bocadillos a medio comer que empiezan a ser colonizados por hongos del género penicillium… ¿Les suena? ¿Podría ajustarse esta descripción al dormitorio de sus hijos adolescentes?

Comparto mi último post del año, dedicado a un espacio de la casa que con la llegada de la adolescencia a menudo se convierte en fuente de conflicto en las familias. Pero también, si se gestiona bien, puede ser una oportunidad educativa. Como madre de dos adolescentes vivo alguna de las situaciones que describo en este reportaje, publicado en el Magazine de LA VANGUARDIA. Dejo el link aquí y el texto, a continuación.

La habitación del adolescente

Texto de Eva Millet y fotos de Ana Jiménez — 22/12/2019

Especialmente en la adolescencia, la cuestión del dormitorio, su uso y orden, se convierte en un foco de tensión en la familia, además de un reflejo de los profundos cambios que se producen en una edad en la que la habitación se convierte en un bastión frente al mundo. Bien gestionado, sin embargo, este espacio puede transformarse en una herramienta educativa más.

Un cuadro de Jackson Pollock”. “El big bang”. “Un horror”. “Puro caos”. Estos son algunos epítetos utilizados para describir el espacio del hogar que más conflictos provoca entre padres e hijos: la habitación de estos últimos. En especial, cuando alcanzan la adolescencia, etapa en la que para muchos chicos y chicas su dormitorio se convierte en el bastión de su privacidad, la fortaleza frente a un mundo que no les comprende.

El reguero de ropa, zapatos, camas deshechas, bolsas, envoltorios, cáscaras de pipas, latas vacías, papeles, libros, cargadores de móvil, vasos de agua a medio beber y bocadillos a medio comer que empiezan a ser colonizados por hongos del género penicillium es algo conocido por los progenitores. Madres y padres que observan, perplejos, como sus retoños han pasado de tener un cuarto razonablemente ordenado –y en el que no pasaban demasiado rato– a convertirse en reyes del caos y ermitaños domésticos. Como comenta Pilar, madre de una adolescente de 13 años: “Mi hija nunca había estado en su cuarto, pero ahora siempre está ahí metida, pese al desorden que tiene”.

Un desorden que, como a tantos jóvenes, no parece perturbarle. De hecho, se queda perpleja cuando su madre le insta a “recoger un poco” su dormitorio. Tumbada en su cama triunfalmente deshecha, rodeada de ropa tirada, la persiana echada en pleno día y la mesita de noche salpicada de restos de galletas, suele responder con un mudo encogimiento de hombros o un indignado: “Déjame en paz… ¡Es mi habitación!”. “Y lo que normalmente hago –explica Pilar, resignada– es cerrar la puerta aunque, eso sí, antes abro la ventana, para ventilar”.

Sonia vive una situación similar con su hijo de 15 años, experto en depositar la bolsa de deporte sobre la silla (“con la equipación, bien sudada, en su interior”, describe la madre). Y ahí se queda la bolsa, rodeada de una explosión de zapatillas, calcetines y otras prendas que le rinden pleitesía. “Mi hijo nunca ha sido muy ordenado, pero los niveles de ahora… ¡Pasa de todo! El orden, la limpieza, no son importantes para él”, comenta la madre, un punto indignada.

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“El big bang”. “Un horror”. “Puro caos”… ¿Les resulta familiar? Foto: ANA JIMÉNEZ

Algo similar le pasa a ­Federico, padre de Teo, de 17 años, que explica que su hijo “no es que sea desordenado: es lo siguiente”. La habitación del chico es peque­ña, lo que, para su padre, “sirve de atenuante”, pero el desorden es monumental. De nuevo: la bolsa con la ropa de deporte usada, vasos de agua medio vacíos y ropa desperdigada.

Salvo contadas excepciones, las habitaciones de los hijos, al llegar la adolescencia, se convierten en un foco de colisión con los padres. “Sí. Es un clásico de los conflictos entre padres e hijos. Lo sigo viendo cada día”, explica la psicóloga barcelonesa Maribel Martínez. “Es un tema, además, importante: para el hijo es su espacio, y les pide a sus padres que le dejen. Y para los padres es su casa. Esta contradicción establece una pequeña lucha de poder, y ya tenemos el conflicto servido”, agrega. Experta en terapia familiar, Martínez es autora del libro ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? (Arpa Editores), una frase que se pronuncia con mucha frecuencia en las familias de todo el mundo, y no sólo respecto al estado de la habitación.

“Terapéuticamente, esta cuestión en concreto no es lo que lleva a los padres a la consulta, pero siempre surge como algo transversal”, dice el también psicólogo Ángel Peralbo, director del área de adolescentes del Centro de Psicología Álava Reyes de Madrid. Sin embargo, añade, en ocasiones, el estado del cuarto preocupa a los padres más allá de un tema doméstico: “Creen que el desorden sería el reflejo de una desestructura mental que podrían tener los hijos o hijas”.

En cierto modo, los temores de estos padres tienen su lógica. Incluso el progenitor más avezado se asusta ante ciertos niveles de dejadez, pero, especialmente, ante la indiferencia que sus hijos sienten por su entorno decadente. Ante el aire enrarecido, el reguero de ropa, la cama deshecha, los restos de comida…  No sorprende que, ante este cuadro, sean muchos los padres y las madres que se pregunten, algo alarmados: ¿Qué le pasa?

“¡Lo que le pasa es que es adolescente!”, responde Francisco Mora Teruel, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Neurociencia por la de Oxford. En uno de sus libros, Mitos y verdades del cerebro (Paidós), ya detalla lo que sucede en el cerebro durante una etapa que, “en términos de conducta, es una vorágine”, dice, “el periodo de la vida humana en el que realmente se vive en riesgo”. Este experto recuerda que en las fases comprendidas entre la pubertad (de los 12 a los 14 años) y la adolescencia (de los 14 a los 18), el cerebro experimenta “cambios profundos”. Se conforma nada más y nada menos que el cerebro adulto. “Ello conlleva vicisitudes y tiempos convulsos que se expresan en la conducta, y que tantas veces sufren los padres de algunos adolescentes al manifestarse en forma de desajuste o falta de acomodo en las relaciones con la familia, el colegio o la sociedad”.

Como neurocientífico, Mora Teruel recuerda que “una de las características principales del adolescente es que se trata de un individuo siempre en busca de recompensas. De placer con inmediatez, además”. El cerebro adolescente está en una situación de querencia constante de halago. “¿Y qué ocurre con eso? Pues que esta urgencia le hace prestar muy poca atención a lo que significa la inmediatez de su entorno. Incluso en la cuestión de las relaciones, pero, sobre todo, en aspectos como el desorden”.

El cerebro adolescente, todavía inmaduro pero en plena trasformación, no tiene tiempo de pensar en hacerse la cama o en recoger la ropa tirada. “El adolescente no planifica a largo plazo, lo hace a corto término. Y eso provoca que ni clasifique ni ordene lo que no le interesa. Y que tampoco piense en los demás (como sus padres), que son los que tienen que hacer esa tarea por él”, resume Mora Teruel.

El cerebro no adquiere su madurez hasta los 25 años, edad en la que la mayoría de los jóvenes españoles aún no se han independizado. ¿Quiere esto decir que muchas familias tendrán que aguantar el caos doméstico durante varios años? En principio, no debería ser así porque, como señala Mora Teruel, “aunque la genética nos determina en un 25%, el 75% restante de la persona son la cultura y la educación que se recibe. Y en función de ambas, esos periodos de pubertad y adolescencia se pasan de una u otra manera”.

Por ello, resultará mucho más fácil la convivencia con un adolescente al que ya de pequeño se le asignaron tareas en el hogar que con uno que nunca ha movido un dedo en casa. “Es cierto, si jamás les hemos pedido que pongan una mesa o doblen un jersey, no podemos pretender que, por arte de magia, a los 13 años tengan su habitación impecable: tenemos que empezar a educar en el orden y en las tareas domésticas desde pequeños”. Así de claro lo tiene la organizadora personal Marta Fernández, cuya empresa, Bye-Bye Caos, ha ordenado más de un cuarto adolescente. “El mayor problema es la ropa –cuenta–; una clienta me llamó para organizar el vestidor de su hija. Tenía más de cien tejanos y docenas y docenas de pares de zapatos. ¡No había días en un año para ponerse todo!”.

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La genética importa pero la educación, más: resultará mucho más fácil la convivencia con un adolescente al que ya de pequeño se le asignaron tareas en el hogar que con uno que nunca ha movido un dedo en casa. FOTO: ANA JIMÉNEZ

Marta siempre ha sido “muy ordenada” y así ha educado a su hija, que ahora tiene 14 años. Por ello, le cuesta entender la fase actual de la adolescente, que consiste “en cambiarse tres o cuatro veces al día y dejarlo todo acumulado en la clásica silla de la ropa… ¡que odio!”, dice. De todas maneras, está convencida de que es algo pasajero. “Ahora estamos en un momento delicado, no dudo que volverá a la normalidad, porque siempre ha sido ordenada. Entre tanto, mucha paciencia”, concluye, resignada.

2 comentarios en “LA HABITACIÓN DEL ADOLESCENTE: CAOS, CONFLICTO Y OPORTUNIDAD.

  1. Nena, ho he penjat al Facebook de Madrid i Barcelona, i més de 300 entrades!!!! Bon article!!!! 😊

    Petons i Feliç 2020

    De: cristinag@la-granja.net Enviado el: dimarts, 31 de desembre de 2019 17:28 Para: ‘educa2’ Asunto: RE: [Nueva entrada] LA HABITACIÓN DEL ADOLESCENTE: CAOS, CONFLICTO Y OPORTUNIDAD.

    Gràcies Eva!!! Ho publico a xarxes 😊

    Feliç any guapa!!!

    Me gusta

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