RESILIENCIA Y VALENTÍA; ANTÍDOTOS CONTRA LA «ANSIEDAD EXTREMA»

Captura de pantalla 2017-10-17 a la(s) 09.53.22La llamada “ansiedad extrema” adolescente se está convirtiendo en algo habitual en los centros de Secundaria de Estados Unidos. Este excelente reportaje publicado en The New York Times (NYT) con el título ¿Por qué cada vez más adolescentes americanos sufren ansiedad severa?, se hace eco de este fenómeno y se pregunta las causas del mismo.

Asimismo, el autor, Benoit Denizet-Lewis, plantea si la fórmula más común que utilizan padres y centros educativos para mitigar la ansiedad; basada en evitar y no confrontar las causas de la misma, no resulta contraproducente.

El artículo explica el caso de Jake, quien empezó a padecer ansiedad extrema a los diecisiete años; cuando una mañana se negó a ir a la escuela y se acurrucó en el suelo, en posición fetal. “¡No puedo más! Vosotros no podéis entender lo que siento”, les dijo a sus padres.

Lo cierto es que Jake, como escribe el autor: “Tampoco era bueno en verbalizar lo que intuía que le pasaba: que ir a la escuela era algo que le parecía imposible, que sentía que la gente le juzgaba y que nada de lo que hacía era lo suficientemente bueno”.

Equivocarse era uno de sus grandes miedos. Como el no estar a la altura de sus compañeros y no poder “triunfar” en la vida.

Así que Jake se quedó en casa incapaz de ir a clase. La angustia se lo impedía.

UN MALESTAR EN AUMENTO

El de Jake no es un caso aislado, ni mucho menos. Hace unas semanas entrevisté a la autora y psicóloga irlandesa Stella O’Malley, para el segundo libro que estoy preprando. Ella también me comentó que en su país se ha disparado el rechazo a ir a la escuela debido a la ansiedad: “Adolescentes que son buenos chicos, obedientes y estudiosos, normalmente de familias de clase media y alta, pero que de repente, no se ven capaces de ir a la escuela… Pasan muchísimo tiempo en casa, en la cama. Recuerdo a una chica que no podía ir porque, sencillamente, no podía salir del coche. Es una pesadilla. Cada vez hay más”.

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“¡Hola! Tengo ansiedad. Pregúntame sobre ella”. Este es uno de los ejercicios que forman parte de la terapia de un centro dedicado al tratamiento de la ansiedad extrema adolescente, que están proliferando en EEUU ante un problema cada vez más común. Foto de Sasha Rudensky, del mencionado artículo de NYT

Como se explica en el reportaje del NYT, en la última década en EEUU la ansiedad ha superado a la depresión como el motivo de consulta de los estudiantes en los centro de orientación y atención. La última encuesta de la Asociación de Salud de escuelas de Secundaria en EEUU detectó que el 62% de los alumnos aseguraban sufrir de “ansiedad aplastante”. Esta estadística se suma a un aumento —el doble—, de ingresos hospitalarios por intentos de suicido adolescente en los últimos diez años. En especial, poco después del inicio del curso, en septiembre.

“Estas cifras”, asegura el autor, “no sorprenden demasiado a los responsables de los centros de Secundaria de todo el país, que han ya ha alertado de un exceso de estudiantes ansiosos y abrumados”.

Lo curioso es que este aumento de la ansiedad, como en Irlanda, no se da entre los adolescentes más desfavorecidos —quienes técnicamente, tendrían más razones para experimentarla—, sino entre chicos y chicas de clases medias y altas. En el reportaje se cita de la profesora Suniya Luthar, una de las primeras en analizar los problemas psicológicos más habituales en este segmento social. Luthar ha concluido que los jóvenes de clase social privilegiada están dentro de los jóvenes más emocionalmente angustiados del país. “Estos chicos tienen unos niveles muy elevados de ansiedad y de perfeccionismo, pero existe un cierto desdén hacia la idea de que adolescentes privilegiados puedan sufrir”, dice.

Pero sufren. Sufren, en especial, por no sacar un excelente en ese examen y no poder entrar en la universidad soñada. Por no ser «los mejores» y no tener «éxito»; un concepto que en mi opinión, precisa de una revisión urgente.

CAUSAS DE LA ANSIEDAD

Una de sus principales fuentes de estrés, como señala Luthar: “Es que nunca pueden llegar a un punto en el que dicen «ya he hecho suficiente, y ahora puedo parar». Siempre hay una actividad extraescolar más, otra clase de repaso o algo más para hacer y conseguir entrar en la mejor universidad.”

Y es que en muchos casos, la ansiedad de los hijos es una respuesta a la ansiedad de los padres. 

Una ansiedad que, como me señalaba otra especialista, la psicóloga Madeline Levine, ya han interiorizado los propios chicos. “¡Hemos llegado a un punto en el que son ellos mismos los que se inculcan la presión!”, me dijo.

Las redes sociales son otra de las causas del incremento del estrés. En estos foros los jóvenes se exhiben, se comparan, se miran los unos a los otros. De todos modos, como señala el autor del reportaje, los teléfonos móviles también sirven como estrategia de evasión ante los problemas: una ventana donde puedes pasar horas y horas antes de ir a esa clase a la que no te vez capaz de acudir.

PROTOCOLOS PARA ALUMNOS «FRÁGILES»

El sistema educativo de Estados Unidos cuenta con los llamados 504 Plans, que son protocolos instituidos para facilitarles la vida a chicos y chicas “que tienen un impedimento físico o mental” que afecta o limita alguna de sus habilidades para asistir a clase en condiciones.

Los protocolos incluyen, entre otros, la posibilidad de “sentarse en un lugar preferente”, “dar más tiempo para hacer exámenes y tareas escolares”, la reducción de la cantidad de las mismas y el “permiso para llegar tarde, faltar a clase o saltarse tareas escolares”.

Estos protocolos son adecuados para chicos y chicas con afectaciones serias. De hecho, las dificultades físicas y mentales que se detallan son: “impedimentos para andar, respirar, comer o dormir”; “comunicarse, ver, oír o hablar”; “leer, concentrarse, pensar o aprender” y “ponerse de pie, doblar el cuerpo, levantar objetos o trabajar”.

El problema es que los 504 Plans se están aplicando para chicos y chicas quienes objetivamente, no están tan seriamente limitados y a los que se etiqueta como «frágiles». Y, además, los protocolos se están ampliando. Así, también se contemplan que estos estudiantes coman en comedores especiales —lejos del barullo de la cantina—, accedan a la escuela por la puerta trasera y, si hay partidos en las clases de educación física, no haya un marcador (para no provocar el ya mencionado «miedo a perder»).

El maestro adquiere una implicación muy activa, extracurricular, que entre otros implica llamar por la mañana al alumno para comprobar que no se haya dormido y estar en permanente comunicación con sus padres.

Pero repito: no se trata de adolescentes de familias desestructuradas ni en situación de desamparo. De hecho, los padres de estos chicos podrían calificarse como «devotos»: son ellos los que se comunican con la escuela y sus maestros (porque sus hijos se ven incapaces de hacerlo) y hacen todo por y para sus hijos.

UNA HERRAMIENTA VITAL

Con buena voluntad, las escuelas y las familias tratan de adaptarse a las ansiedades cada vez mayores de sus alumnos e hijos, pero esta postura puede ser contraproducente.

El NYT cita varias opiniones de expertos quienes alertan que con la mejor de las intenciones, lo que están haciendo estos protocolos es aumentar la ansiedad —un estado o emoción, por cierto, que forma parte de la naturaleza humana y que todos experimentaremos incontables veces en la vida—.

La ansiedad se basa en la incertidumbre y el malestar, y si no dejamos que estos chicos aprendan a afrontar el problema, lo que hacemos es debilitarlos.

La resiliencia (“la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado de situación adversos”) se esgrime en todo el reportaje como el mejor antídoto para esta ansiedad extrema.

Se trata de acompañar a los hijos y a los alumnos hacia el enfrentamiento con el problema, y en darles herramientas para solucionar lo que les angustia. En afrontar, no en evitar. En ver la ansiedad y sus posibles derivadas (como trastornos obsesivo-compulsivos y miedos), no como algo paralizante, que solamente se trata evitándolo o medicándolo, sino como situaciones a superar.

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Web del centro de tratamiento para adolescentes Mountain Valley; especializado en trastornos de ansiedad y obsesivo-compulsivos. El lugar aplica básicamente técnicas de enfrentamiento. Su coste va a partir de los 910 dólares (diarios). La estancia media de los pacientes, en régimen de internado, es de entre 60 y 90 días.

El NYT visita una clínica especializada en “adolescentes con ansiedad aguda”. Centros que están proliferando y donde se tratan chicos como Jake. ¿La metodología? Del ya omnipresente mindfulness a la terapia con caballos pero, especialmente, técnicas de exposición: un tratamiento que enfrenta a las personas a sus miedos.

En el caso de Jake, los terapeutas detectaron rápidamente su miedo a fracasar y le asignaron ejercicios en los que le presentaban situaciones que le parecían insoportables, como suspender un examen. Situaciones que, poco a poco, fue afrontando y superando durante su estancia en el centro (cuyo precio ronda los mil dólares… ¡diarios!)

“Desarrollada en 1950, la técnica de exposición es esencial en la terapia cognitivo-conductual para la ansiedad”, escribe el periodista, quien añade que se ha demostrado que es más efectiva (60%) que el tratamiento con antidepresivos (55%). La combinación de ambas, explica, aumenta los resultados de éxito a un 81%. 

Pero, como también sucede en otros países, la medicación sigue siendo el tratamiento más utilizado para combatir la ansiedad. En parte, porque las técnicas de exposición son más “duras” para el paciente (en especial, si tiene poca o nula práctica en afrontar los problemas) y porque los propios terapeutas no se sienten cómodos en un papel que “empuja” a sus pacientes a exponerse a sus fuentes de angustia. Sin olvidar la falta de tiempo en las terapias y la presión de la industria farmacéutica. Sin embargo, un estudio de la Universidad de UCLA demostró que “cuanto más ansiosa está la persona que se somete a un ejercicio de exposición, más efectivo es el resultado”.

Mi última reflexión es que, como padres, hemos de ayudar a los hijos a afrontar sus miedos, no evitárselos. Ser buenos padres, insisto, no significa resolver sistemáticamente los problemas de los hijos ni justificarlos a toda costa, sino darles herramientas para resolverlos. Hablando, escuchando y, también, con prácticas como el ejercicio de «¿qué es lo peor que puede pasar?», del que todos hemos echado mano frente a alguna situación de angustia y que, la verdad, funciona bastante bien. Porque en esta vida, casi, casi, todo tiene remedio y tener coraje para enfrentarse a lo que nos paraliza es fundamental. //

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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