MASTUERZOS E HIPERPATERNIDAD

Desde hace unos meses doy charlas sobre la hiperpaternidad. En escuelas, en jornadas sobre educación e, incluso, en universidades, como la de Vic.

Fue precisamente en el DIXIT VIC —la charla organizada por esta universidad—, donde alguien del público me preguntó si estos niños educados así (con sobreprotección, hiper atención, justificación a ultranza e hiperestimulación), ya habían alcanzado la edad adulta. Yo le respondí que creía que sí, porque aunque este tipo de crianza hoy vive su apogeo en España, yo ya empecé a detectarla incluso antes de que naciera mi hijo mayor, que ya ha cumplido quince años. Así que algunas de estar hornadas de hiperniños ya son universitarios e, incluso, ya trabajan.

Lo cierto es que a las universidades españolas ya han llegado tanto los hiperpadres como los hiperhijos. Lo que antes era un rito de pasaje a la edad adulta se está convirtiendo, a toda velocidad, en una nueva expresión de esta paternidad excesiva. Me cuentan que cada vez hay más progenitores que acompañan a sus hijos al examen de Selectividad y cada vez hay más padres que irrumpen en los despachos de profesores y catedráticos para protestar sobre la nota que le han puesto a sus retoños.

Ya hace más de un año que la periodista Mayte Rius publicó este revelador artículo en La Vanguardia, titulado  Universitarios poco adultos donde se explicaba que “la incertidumbre que pesa sobre su futuro y la sobreprotección familiar con la que muchos han crecido, está haciendo mella en los universitarios”.

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Aunque no se puede generalizar, puntualizaba la autora, profesores y directivos de los campus observan comportamientos que antes no se veían entre la población universitaria: padres omnipresentes, jóvenes incapaces de resolver un problema sin supervisión adulta, falta de autocontrol, poca responsabilidad y una baja tolerancia a la frustración.

Estos jóvenes parecen estar llegando al mundo laboral. Hace unas semanas, en otra charla, una mujer de unos cuarenta años, que trabaja en el sector sanitario, me comentó que había reconocido las características de los hiperniños que desgrano en mi charla en muchos de sus nuevos colegas. “Vienen con prepotencia, sintiéndose los reyes del mundo porque les han dicho siempre que son lo más y se les ha dado todo lo habido y por haber, pero, a la mínima, se hunden. Tienen una tolerancia muy baja a la frustración”, me contó.

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En EL PAIS SEMANAL, 30/4/2017

Aún no conozco estadísticas ni si existe un estudio sociológico sobre este tema, pero lo que sí detecto es que hay voces que también detectan cambios. La última, la de mi admirado Javier Marías; escritor y articulista en El País, de cuya reciente columna (titulada Generaciones de Mastuerzos); no puedo dejar de compartir algunos fragmentos, empezando por el primer párrafo:

“TENGO UN vago recuerdo de una viñeta de Forges que quizá cuente veinte o más años. La escena era algo así: un niño, en una playa, se dispone a cortarle la mano a un bañista dormido con unas enormes tijeras; alguien avisa al padre de la criatura –“Pero mire, impídaselo, haga algo”–, a lo que éste responde con convencimiento: “No, que se me frustra”. Hace veinte o más años ya se había instalado esta manera de “educar” a los críos. De mimarlos hasta la náusea y nunca prohibirles nada; de no reñirlos siquiera para que no se sientan mal ni infelices; de sobreprotegerlos y dejarlos obrar a su antojo; de permitirles vivir en una burbuja en la que sus deseos se cumplen, de hacerles creer que su libertad es total y su voluntad omnipotente o casi; de alejarlos de todo miedo, hasta del instructivo y preparatorio de las ficciones, convenientemente expurgadas de lo amenazante y “desagradable”; de malacostumbrarlos a un mundo que nada tiene que ver con el que los aguarda en cuanto salgan del cascarón de la cada vez más prolongada infancia.

En un solo párrafo Javier Marías ha descrito los principales rasgos de los hiperniños (me saco el sombrero. Yo necesito varios minutos de charla).

A continuación, Marías recalca que “hace tanto de esta plaga pedagógica que muchos de aquellos niños son ya jóvenes o plenos adultos, y así nos vamos encontrando con generaciones de cabestros que además irán en aumento”.

En la adolescencia, los cabestros (que no son aquí “el buey manso que sirve de guía a las reses bravas” según la RAE —y de la que Marías es miembro—, sino más bien “persona torpe o ruda”, siempre según el diccionario), son esos seres a los que nunca se les ha dicho NO. Esos jóvenes que son capaces de pegar a sus profesores: “Porque éstos los han echado de clase o los han suspendido; o pegan a sus propios padres porque no los complacen en todo o intentan ejercer algo de autoridad, tarde y en vano”.

(Sucede. Una de las razones de la violencia filio-parental es la falta de límites durante la infancia).

Pero “lo grave y desesperante”, añade el escritor: “Es que son ya muchos los adultos –hasta el punto de ser padres– que se comportan de la misma forma o peor incluso”. Marías desgrana esas noticias —cada vez más habituales—, en las que se informa de padres que pegan a profesores y no puede dejar de mencionar: “Las reyertas de progenitores varios en los campos de fútbol infantil en los que sus hijos ensayan para convertirse en Messis y Cristianos: palizas a los pobres árbitros, peleas feroces entre estos pueriles padres-hinchas, amenazas a los entrenadores por no alinear a sus supuestos portentos”. 

(Los padres-mánager en pleno apogeo, vaya).

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ILUSTRACIÓN DE MARÍA ELLA CARRERA (http://tallerdeoquis.blogspot.com.es/)

La hiperpaternidad, en definitiva, que genera mastuerzos (personas, según definición de la RAE, “necias y porfiadas”) y que para Marías hoy ya son hombres y mujeres hechos y derechos: “Me temo que son los coetáneos, ya crecidos, de aquel niño de Forges. Gente a la que nunca, a lo largo de la larga infancia, se le ha llevado la contraria ni se le ha frenado el despotismo (…) Como esa forma de “educar” sigue imperando y aun va a más (hay quienes propugnan que los niños han de ser “plenamente libres” desde el día de su nacimiento), prepárense para un país en el que todas las generaciones estén dominadas por mastuerzos iracundos y abusivos. La verdad, dan pocas ­ganas de llegar vivo a ese futuro”. 

Realmente, ningunas, sr. Marías.

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