GENERACIÓN “PHOTOCALL” o porqué no hay que hacerles tantas fotos a los hijo@s (ni compartirlas en internet)

Generación PhotocallJuventud, divino posado.

Para millones de niños y jóvenes, fotografiar y ser fotografiado es parte de su día a día. Sin embargo, ya hay expertos que aconsejan, a padres e hijos, sacar y compartir menos fotos- Texto: Eva Millet 

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Verano del 2014. Dos niñas de 9 años caminan hacia la playa. Llevan sombreros de paja y vestidos largos. Están de foto y lo saben. Por eso, cuando un adulto saca la cámara, posan. Una se contonea un poco hacia un lado y hace la V con los dedos, la otra, echa la cabeza hacia atrás y sonríe a modo de artista de cine, haciendo también la V. La foto está bien, es divertida, pero adolece de algo que, hasta no hace mucho, hacía especiales las imágenes infantiles: la espontaneidad. En un mundo que los retrata constantemente, los niños están desarrollando a toda velocidad una precoz percepción de sí mismos y, como los adultos, a menudo actúan de forma diferente si saben que la cámara está ahí. En consecuencia, cada vez es más difícil lograr una foto natural, sin poses, a unas edades en las que esto no debería ser un problema.

Por supuesto, no es culpa suya. Que los niños de hoy en día emulen a los modelos profesionales se debe, en gran parte, a que están siendo más retratados que nunca. “A medida que filmamos más y más –e, indiscutiblemente, hoy en día filmamos y fotografiamos mucho–”, escribe el periodista David Zweig en The New York Times, “aumentamos las probabilidades de que nuestros hijos nos representen una escena o posen ante la cámara, en vez de que vivan el momento”. En un artículo titulado “Por qué deberíamos hacer menos fotos de nuestros hijos”, Zweig parte de su experiencia como padre para abordar una tendencia que, en su opinión, está acabando con la preciada naturalidad infantil. En el reportaje, describe como su hija de tres años le pedía, prácticamente desde que empezó a hablar, que le enseñara las fotos que tomaba de ella en el móvil. Al principio, el periodista (que está especializado en nuevas tecnologías), creyó que el interés de la niña era debido a las maravillas de la pantalla táctil. Sin embargo, pronto se dio cuenta que su hija no tenía ningún interés en manipular el móvil, sino que quería ver fotos suyas, ya fuera en el teléfono o en el ordenador.

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Inicialmente, a Zweig le pareció que aquella obsesión era algo “benigno” incluso, beneficioso: “Los niños necesitan desarrollar una noción de sí mismos y de su relación con los otros, y mirar fotografías suyas, con sus amigos y su familia, les ayudará a construir esa noción”, escribe. Sin embargo, el día en el que su hija le instó a tomar una foto en lo que supuestamente era un momento espontáneo (la niña estaba abrazando a su hermano pequeño), a Zweig le empezó a preocupar aquella precoz consciencia de cámara. “Un niño de tres años no debería saber cuáles de sus acciones valen la pena para ser documentadas; simplemente, debería disfrutar del momento”, resume.

Los posados infantiles no se hacen sólo en familia. También han llegado a otros ámbitos. Hace pocos meses, esta periodista vio que en el patio de un campus de verano de un colegio de Barcelona se había instalado una hollywoodense alfombra roja. Detrás de ella, en la pared, se habían dibujado siluetas de personas, a modo de público de un photo-call. Algunas tenían sus correspondientes globos de cómic, con palabras escritas como: “¡Tom!”, “¡Penélope!” y, por supuesto: “¡Guapa!”.

Todavía con la pregunta en la cabeza de qué finalidad pedagógica puede tener un photocall para niños, quien esto escribe descubre que esta actividad es cada vez más habitual en las fiestas de cumpleaños. “Todo el mundo lo expresa de una forma distinta: ‘me gustaría hacer un photocall infantil para una comunión’, ‘¿ya has visto el photocall para la fiesta infantil de cumpleaños de mi hija?’”, cuentan, entusiasmados, en la web de Animarius, una empresa de fiestas infantiles. El cumpleaños con photocall se vende como “una idea original para fiestas que divertirá a niños y grandes”. Se ofrecen distintos modelos y, también, la posibilidad de personalizarlos al gusto del consumidor.

Los photocall empiezan a verse asimismo en las celebraciones de los adolescentes españoles. En especial, en las fiestas para celebrar los dieciocho años en bares y discotecas, donde se coloca una alfombra roja como preludio al acontecimiento. Esta práctica es habitual en las fiestas de quince años, el equivalente latinoamericano a las puestas de largo. La última moda allí es el photocall con presentador incluido: un supuesto periodista que entrevista a amigos y parientes del homenajeado u homenajeada, mientras una cámara graba y otra dispara, flash tras flash.

Un photocall como parte del rito de pasaje que es la mayoría de edad no deja de ser algo natural para unos jóvenes criados en la era digital. Chicos y chicas para los cuales hacerse fotos es parte de su día a día, algo casi banal. En especial, desde que los móviles incorporan cámaras y existen un montón de lugares para compartir imágenes. Del ya anticuado e-mail a WhatsApp y Snapchat, pasando por Twitter, Instagram y Facebook. Un abanico de redes sociales de las cuales los jóvenes hacen un debido uso, atiborrándolas de fotos y videos que ilustran sus vidas.

photocall 4Sin embargo, no son los únicos: los adultos también sacan y cuelgan fotos de manera masiva. Y, en un extraño círculo vicioso, gran parte de las mismas son de niños. De sus hijos: esos retoños de los cuales uno se siente tan orgulloso que resulta lógico compartir ese orgullo con el mundo (y más ahora que es posible gracias a las nuevas tecnologías). De este modo, las imágenes de bebés dormidos y de bebés despiertos, de niños gateando o dando sus primeros pasos, de niños y niñas de vacaciones, en eventos deportivos y familiares, viajes, primeras comuniones y un largo etcétera, llevan años acumulándose en el espacio virtual.

Los padres no sólo comparten imágenes: también hay quienes tuitean cada gracia de sus hijos o tienen un blog donde documentan sus vidas para todo aquel que quiera conocerlas. Estos progenitores ya tienen un nombre en el mundo anglosajón: son los sharents (de parents, padres, y del verbo to share, compartir). Según el diario The Guardian, los sharents han participado en las redes sociales desde sus inicios, experiencia que les hace sentirse muy cómodos compartiendo sus vidas con desconocidos virtuales. En consecuencia, al ser padres, les parece lo más natural del mundo seguir compartiendo con ellos cada etapa de sus retoños.

Aunque los blogs y los tuits abundan, son las fotografías y los vídeos los que reinan. Padres y madres fotografían y filman, convirtiendo a nuestros hijos en los niños y niñas más documentados de la historia pero, también, en los que más percepción de su imagen tienen de la historia. Porque, con tanta cámara enfocándoles desde bebés, saben que su existencia viene acompañada de una serie de aparatos destinados a inmortalizarla. Y, dada la persistencia de sus progenitores en plasmar el más mínimo de sus movimientos, la idea que se les transmite es que su imagen es algo importante.

Para el doctor Alain Morin, psicólogo canadiense especializado en el estudio de la autopercepción, este exceso de imágenes puede derivar en actitudes negativas. Entre ellas, “la autocrítica y una constante autoevaluación de uno mismo”, con las ansiedad que todo ello conlleva. Sin olvidar la vanidad que probablemente se estimule, con tantas fotografías, vídeos y alfombras rojas.

Ningún padre o madre normal quiere tener hijos ansiosos ni vanidosos. Detrás de cada fotografía hay más buena voluntad que otra cosa. Pero, al documentar tan exhaustivamente, ¿no estaremos creando narcisos ya desde la cuna? Para el filósofo y docente Gregorio Luri, el narcisismo en nuestra sociedad es una realidad incontestable: “De hecho –señala– en uno de los manuales de psiquiatría más importantes del mundo, publicado en Estados Unidos, ha desaparecido ya como enfermedad, porque cuando algo se convierte en un rasgo habitual de la población se considera como la norma y no como la excepción”. Sin embargo, Luri advierte que el narcisismo tiene su cara oculta, que es su fragilidad: “Y si nuestros niños tienen ese componente narcisista pero no están compensados con algún tipo de resistencia a la frustración, están condenados a sufrir”.

Luri es autor de varios libros de educación. En el último, Mejor educados (Ariel), reivindica el sentido común y la prudencia como herramientas a la hora de ejercer como padres. Pero, aunque coincide con que hay un exceso de imágenes, cree que todavía es pronto para saber cómo puede afectarles a los niños esta sobreexposición. “Quizás nos estemos encontrando con un nuevo dandismo, un mirarse constantemente, en especial, entre los adolescentes”, apunta. Una franja de edad muy activa a la hora de retratarse y colgar imágenes en internet. En muchas ocasiones, sin pensar demasiado, lo que en el futuro les pueden causar algún dolor de cabeza. “Porque la adolescencia y la ingenuidad vienen de la mano”, señala Luri: “Y ahí está el drama: que se creen extraordinariamente adultos e inteligentes, cuando en realidad son muy ingenuos. Y cuando se han dado cuenta, ya han metido la pata, colgando algo, una tontería, de la que luego se arrepienten”. La diferencia es que, en la vida real, dentro de un grupo de amigos, las tonterías suelen olvidarse, pero en internet quedan para siempre.

De todos modos, Luri tiene muy claro que las mayores barbaridades en internet “te las encuentras con los padres, los adultos”. Ilustra este comentario con un caso sucedido este año en Sabadell, donde varios adolescentes grabaron y colgaron en la red la brutal paliza que una chica le dio a otra, en vez de intervenir para separarlas. “Es una historia escandalosa y me llamaron de un diario para comentarla. La periodista estaba escandalizada pero, cuando le pregunté si ellos tenían el vídeo en su web, me dijo que sí”. Otra contradicción de una sociedad que ahora pone alfombras rojas a los niños sin advertirles que, en la vida real, por la alfombra se pasea una ínfima parte de la población mundial.

 

Precoces rastros digitales

El natural orgullo paterno y materno, que antes consistía en tener media docena de fotos de los niños en una estantería de casa, se está expandiendo a velocidad supersónica en el mundo digital. En consecuencia, cada vez son más los niños y niñas cuyas vidas están documentadas en la red desde el día que nacieron. Incluso desde antes, porque también son cada vez más los futuros progenitores que cuelgan en las redes sociales las imágenes de las ecografías de sus futuros bebés.

Los testimonios no son sólo fotográficos. En la red también proliferan los blogs donde se cuentan, con todo lujo de detalles, las cosas tan fabulosas que hacen los hijos pero, también, otros aspectos más privados y menos fabulosos. De las depresiones posparto a los problemas que dan las enuresis nocturnas, pasando por fotos de las cacas y los vómitos de los retoños e incluso, confesiones sobre la preferencia de un hijo sobre otro. Aunque este intercambio de experiencias se puede ver como una forma de compartir los agobios y los placeres de ser padres, más de uno se pregunta cómo va a afectar todo esta biografía on line a los niños protagonistas cuando crezcan.

En el aspecto práctico, los expertos en seguridad digital advierten que una vez colgada esta información es casi imposible de controlar y que ya se está utilizando para suplantaciones de identidad. Además, los padres han de tener en cuenta que están difundiendo informaciones privadas sobre sus hijos, y que lo que parece hoy gracioso, en unos años puede resultar embarazoso. Sin olvidar que la personalidad de cada uno está formada, en parte, por esas cosas que les sucedieron y que, quizás, se desean guardar para sí o compartir con personas escogidas… Pero, con la exposición precoz a las redes sociales se está acabando con la diferenciación entre la idea de lo que es público y lo privado, con todo lo que ello implica.

Poses y ‘selfies’ globales

M. y Z. son dos adolescentes de la misma edad. No se conocen de nada porque una vive en Terrassa y la otra en Canberra, la capital de Australia, pero en las fotos salen prácticamente de la misma manera. En sus perfiles de Facebook se plasman algunas de las típicas poses de los adolescentes de este siglo: la pose morritos; la pose cabeza ladeada y signo de V; la pose de mirar a cámara desde arriba y, por supuesto, el selfie (el autorretrato con móvil), que se ha convertido en un genero fotográfico por derecho propio.

La era de la imagen, de captarlo todo a un golpe de vista, está aquí para quedarse. Por ello, y dado que las imágenes son parte del día a día, expertos como Gregorio Luri aconsejan a los padres ayudar a los hijos a trabajarlas: “La fotografía y el audiovisual son dos artes complejas, que desarrollan nuestras capacidades. Así que, ya que hacen fotos o vídeos, intentemos introducirles un criterio estético. Llevarles a un taller de fotos, salir a filmar con ellos… Sin negar la realidad, hagamos la realidad virtud”, resume.

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