BEBÉS BLINDADOS; UNA NUEVA TENDENCIA ENTRE LOS PADRES.

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«El bebé, ni se mira ni se toca: las parejas que vetan las visitas a su recién nacido tras el parto», así ha titulado LA VANGUARDIA este artículo mío, en el que explico una nueva tendencia entre los padres: «blindar» el acceso al recién nacido de familiares y amigos durante las primeras semanas tras el nacimiento. Es decir: no permitir visitas —ni, mucho menos, arrumacos— hasta que ellos decidan.

Las razones —como leeréis a continuación—, son variadas: de evitar contagios a facilitar el vínculo con los padres, pasando por velar por el descanso de la madre.

Hay parejas que, incluso, mandan un «decálogo» a la familia, estableciendo claramente las condiciones para visitar al bebé. Marc y Júlia, padres recién estrenados, me pasaron el suyo. Así pude detallar algunos de los supuestos: como esperar a ser convocados para venir; no presentarse con síntomas de resfriado u otro malestar; no fumar antes de ir a la casa ni utilizar cremas ni perfumes intensos y, si los padres autorizan coger en brazos a la criatura, lavarse las manos ante de hacerlo y evitar darle besos. “Las visitas no nos han de implicar trabajo extra”, decía el punto 9. “Si queréis ayudar, ofreced ayuda concreta”, rezaba el 10. También se pedía no compartir fotos del bebé y, si se quieren dar consejos y opiniones: “preguntad antes de hacerlo”.

El tema ha tenido muchísma repercusión y un montón de comentarios. En su mayoría de abuelos bastante indignados o sarcásticos («Año 2030. El hijo de Marc y Julia empieza el cole. Los abuelos les pasan una lista de condiciones para ir a buscarlo y cuidarlo hasta que salgan del trabajo»; «Egoísmo puro y duro!»; «Que tontería más cruel, prohibir a los abuelos que interactúen con sus nietos!»).

Otros comentarios son más conciliadores: «Por supuesto hay que dejar que los padres conozcan a su bebé y viceversa, pero muchos abuelos necesitamos contacto con nuestros nietos y tenemos una ilusión enorme con su llegada. Quizá habría que no dejarse llevar por los extremos». Otros están totalmente a favor del deseo de privacidad: «Me parece bien. Yo lo pasé fatal teniendo que aguantar visitas indeseadas —aunque con buena intención—, con fiebre, mastitis y la barriga abierta», escribe una lectora, mientras que otra aporta lo siguiente: «Lástima que en mi época esta postura aislacionista no estuviera de moda: me habría ahorrado un montón de visitas a regañadientes para conocer a hijos de parientes por los que no sentía el menor interés».

Un comentario manifiesta tener «sentimientos encontrados al respecto», mientras que hay quien lo tiene clarísimo: «No podría imaginar, ni sería capaz de excluir a mi madre cuando llega uno de los momentos más hermosos de mi vida: dar a luz».

En fin, que no todo es blanco o negro, así que pasen y lean (y si queréis comentar, al final de la nota):

Cuando, hace dos años, nació el primer nieto de Miranda, ella y su marido se desplazaron a Madrid, a conocerlo. “Nos dijeron que podíamos venir al hospital, estábamos muy ilusionados”, recuerda. Pero al llegar, se llevaron una sorpresa: “En cuestión de horas, las cosas habían cambiado: mi hijo y su esposa nos dijeron que ya no éramos bienvenidos y que no podíamos tocar al bebé, por miedo a los contagios”. Así, en aquel primer encuentro, los abuelos contemplaron al nieto desde una prudente distancia y se marcharon. “Me quedé de piedra, porque en casa somos muy de achucharnos, pero vi el estrés en los ojos de mi hijo y seguí las normas”, recuerda Miranda. No pudo coger a su nieto hasta varios días después: “Aunque le pusieron una tela, para protegerlo”.

Por lo menos, dice, “pude verlo al poco de nacer; tengo una amiga a la que su hija, después de dar a luz, le pidió que no fuera a visitarla durante un mes”. Eso mismo le sucedió a Beatriz cuando nació su primera nieta, el pasado mayo: “Mi hija es médica y vive en el norte de Europa. Siempre ha sido muy independiente. Antes de nacer el bebé ya nos dijeron que no querrían recibir visitas durante el primer mes, para evitar infecciones y preservar su intimidad”. Beatriz se sorprendió (“en un primer momento me sentó mal, sí”), pero respetó el deseo de los nuevos padres. “Porque, aunque yo soy más relajada y me pareció que ahí había quizás hiperprotección —o hipercontrol—, los tiempos cambian y lo importante era que ellos estuvieran bien”.

María, la hija de Beatriz, entiende que tanto para su familia como para la de su marido “fue muy raro el no poder venir esos primeros días, pero para nosotros lo más importante era estar con nuestro bebé en casa, solos”, recalca. “Mi lógica fue: «Yo a este bebé no lo conozco y este bebé no me conoce ni a mí ni a mi marido». Por tanto, queríamos vivir esta experiencia de la forma más íntima posible”. Sin olvidar que, con las vacunaciones a la baja, las enfermedades infecciosas son más frecuentes: “Y los bebés, muy vulnerables”. Además, María no tuvo un embarazo fácil y se hartó de escuchar consejos y comentarios. “Estuve muy susceptible y sabía que, en el posparto, todo me iba a afectar. Fue otra de las razones para tomar la decisión”.

También Júlia y Marc, una pareja que vive en el Maresme, quisieron establecer unos límites antes de ser padres, hace apenas un mes. “No sabíamos cómo estaríamos tras el nacimiento y no queríamos estar pendientes de que vinieran terceras personas, así que quisimos dejar claro que las visitas las decidiríamos nosotros, en nuestro espacio”, explica la nueva mamá. Para ello, elaboraron un decálogo con directrices, que enviaron a familiares y amigos. Entre otros, se indicaba no vinieran al hospital a no ser que ellos avisaran; que abuelos y hermanos serían los primeros ver al bebé y que las visitas se irían ampliando “cuando nos sintamos preparados”.

A las visitas se les pedía no presentarse sin avisar ni con síntomas de resfriado u otro malestar; no fumar antes de ir a la casa ni utilizar cremas ni perfumes intensos. Si los padres les daban permiso para coger a la criatura, lavarse las manos y evitar darle besos. “Las visitas no nos han de implicar trabajo extra”, decía el punto 9. “Si queréis ayudar, ofreced ayuda concreta”, rezaba el 10. También se pedía no compartir fotos del bebé y, si se quieren dar consejos y opiniones: “preguntad antes de hacerlo”.
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​¿Cómo surgió la decisión de organizar así las visitas? “Fue algo que se habló en el grupo de pre-parto y vimos que tenía mucha lógica”, responde Júlia. Este blindaje también se fomenta desde internet, donde desde cuentas como @partofelizytranquilo se esgrimen argumentos similares al citado decálogo. También se añaden nuevos: la privacidad “ayudará a establecer el vínculo y la lactancia” y sin la presión de las visitas “mamá y papá pueden conocerse en esta nueva etapa”. Echando mano de la antropología, se afirma que “en muchas culturas existe la tradición de respetar los primeros 40 días porque entienden que el nacimiento de un bebé también marca el nacimiento de una nueva familia”.

Lo cierto es que, en la vasta mayoría de las culturas, tras el nacimiento de un bebé solían pasar dos cosas: por un lado, la celebración social del evento y, por otro, la ayuda inmediata de las mujeres más cercanas a la nueva madre. A destacar, las abuelas.

Pero, como decía Beatriz, los tiempos cambian. Y una de las razones es que hoy los padres cada vez están más implicados en la crianza. En parte, es gracias a la ley: en España, los permisos de paternidad han ido aumentado hasta igualarse con el de la madre (16 semanas de prestación para ambos, las 6 primeras obligatorias). Es un factor crucial, aunque no explica por sí solo este fenómeno del blindaje de la nueva familia. Y es que, como apunta la psicóloga Cristina García, aquí hay varias cosas ocurriendo a la vez: “En primer lugar, estamos asistiendo a una corrección de algo que durante mucho tiempo era normal: que el parto y el posparto fueran acontecimientos casi públicos”, explica la responsable del Espacio Dalia.

Para esta especialista en psicología perinatal, este deseo de mayor intimidad tiene mucha lógica: “Porque no estamos hablando de madres que no quieren que nadie vea a su bebé, sino de mujeres que acaban de parir, están doloridas, sangrando, durmiendo a ratos, intentando establecer una lactancia y con una revolución emocional y hormonal…”. En estas circunstancias: “La prioridad no es que el resto de la familia conozca al nuevo miembro, sino recuperarse y sentirse seguras durante estos primeros días, aunque una de las cosas que veo en terapia es que muchas mujeres ni siquiera podían identificar que estaban incómodas: recibieron a gente ‘porqué tocaba’ y aguantaron. Por eso me parece un cambio importante el que esta generación diga: «No solo ha nacido un bebé, ha nacido una mamá» y ponga límites claros”, resume la terapeuta.

La pandemia, añade, fue otro factor clave para este cambio. “Con las restricciones de visitas tuvimos una especie de experimento. Algunas madres echaron muchísimo de menos a sus familias y vivieron un aislamiento muy duro, pero otras describieron más intimidad, descanso, menos presión social, más facilidad para dar el pecho o más tiempo para conocer al bebé con su pareja”.

Cristina fue madre durante este periodo: “Parí en 2022, con mascarilla, y no recibimos visitas en el hospital. El covid me hizo más sensible y no dejaba que nadie tocara a mi hija, por temor al contagio. A casa solo vinieron mi suegra y mis padres. Si alguien quería ver al bebé, era al aire libre”, describe. Pero no todo estuvo motivado por miedo: “También buscábamos tener intimidad en este momento”, dice Cristina. Una tendencia que, para ella, va al alza: “Lo veo con mis amigos, las cosas han cambiado mucho”. ¿Repetirían estas dinámicas si tuvieran otro bebé? “Sin dudarlo”.

Una ayuda, subraya, que debería organizarse bien: “La madre debe dejar muy claro lo que se necesita y los familiares, recoger el mensaje”. Para evitar luchas de poder y otros dramas, Camacho se remite al capítulo de su libro titulado: La abuela que me gustaría ser. “Las abuelas, aportan mucha experiencia, pero es un rol que se está perdiendo un poco”, lamenta, Para preservarlo, aconseja: “No dar por hechas ciertas cosas, preguntar si va bien visitar, qué se necesita y ayudar”.

Pedro Camacho, enfermero especializado en Pediatría y Neonatología y autor de Mi único plan es quererte (Espasa), también detecta un deseo de mayor privacidad entre los padres: “Especialmente en los primeros días, cuando iba todo el mundo a verte ‘para cumplir’ y la madre acababa agotada”. Eso lo ve lógico, pero no comparte el blindaje posterior: “Me parece un poco extremo. No solo porque tienes que entender que los abuelos quieren ver a sus nietos, también es contraproducente: es una época en la que necesitas ayuda”.

Cristina García coincide con Camacho que la ayuda es clave: “El apoyo social está relacionado con mejor bienestar psicológico y hay investigaciones que encuentran una asociación positiva entre apoyo de los abuelos y salud mental materna”. Pero, como matiza: “A veces la familia está disponible para ver al bebé, pero no para acompañar un posparto. Hay visitas que cuidan y visitas que hay que cuidar”. Sugiere rediseñar esas primeras semanas y encontrar un equilibrio: “Que haya menos gente visitando y más llevando comida, menos consejos no pedidos y más preguntar ¿qué necesitas? Menos «déjame al bebé» y más «ve a ducharte, yo me ocupo»”.

El posparto no debería ser un circo, pero tampoco un búnker construido a base de normas, a menudo dictadas desde internet. “Las redes tienen tendencia a transformar los matices en normas que generan desconfianza”, advierte esta psicóloga. También generan bulos, como el que por compartir tu bebé, este va a quererte menos: “No conozco evidencia que diga que, para proteger el vínculo con sus padres, un recién nacido sano deba permanecer cuarenta días sin que una abuela o una persona cercana puedan cogerlo… El vínculo no funciona como si cada abrazo que recibe de otro se lo restáramos a su madre”, dice Cristina García. De todos modos, esta terapeuta matiza que los abuelos pueden ser figuras importantísimas para un bebé: “Pero el puerperio de una mujer no es un reparto de derechos entre adultos; no se llega en igualdad de condiciones y es razonable elegir con quién se quiere vivir esa vulnerabilidad”.//

Quien firma esta nota con su madre y su abuela materna, que vino a visitarnos al hospital, al poco de nacer.

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