¿’Respetar’ a un hijo es dejar que siga usando pañal hasta que él decida?

El curso escolar está a punto de empezar. Recuerdo que, hasta no hace mucho, para los niños que iniciaban el parvulario, una condición sine qua non era que no usaran pañal de día. Recuerdo también que el verano era una época perfecta para sacarles el pañal (el ‘potty training’, que dicen los ingleses) y así enseñarles a controlar los esfínteres; sin duda, una capacidad importante para ir por la vida.

Pues bien, las cosas están cambiando. Las tendencias vinculadas a la llamada «crianza respetuosa» ahora reivindican «respetar los ritmos» de las criaturas y «no imponerse» a la hora de realizar este paso.

Es decir: no forzar, que el niño decida cuándo dejar el pañal. Respetarlo.

El tema está tan arraigado que hasta se usa para campañas de márketing: recuerdo que una firma de calzado infantil me mandó una nota de prensa, para proponerme «un tema de gran actualidad y relevancia social». Se titulaba: ‘Pañales y colegios: la gran contradicción de “respetar su ritmo” mientras se impone la retirada del pañal antes de P3‘ y hacía un llamamiento por las familias que «se ven presionadas para que sus hijos entren en P3 o P4 sin pañal, con fechas límite que no siempre tienen en cuenta la madurez real de cada niño».

La campaña, avalada por un experto en crianza respetuosa, abogaba por no tener prisa en dar este este paso porque, como se argumentaba: «No hay una edad mágica ni un calendario escolar que pueda imponer el control de esfínteres». 

Por cierto, sí la hay: como me explicó el pediatra Josep Serrano Marchuet, secretario de la Sociedat Catalana de Pediatria, el corte de edad que se establece normalmente para sacar el pañal (de día) es a partir de los 18 meses: “¿Qué quiere decir? Que por debajo de esta edad, a no ser que veas un interés sumamente elevado, no hace falta ni que lo pruebes… Pero si a los dos años y medio no ha aprendido aún, quizás hay que plantearse qué pasa: a partir de esa edad tendría todas esas capacidades desarrolladas de sobras”, me dijo en el artículo que escribí sobre este tema, en La Vanguardia.

Por cierto, este surgió a partir de una noticia en ABC, procedente de la ordenada Suiza, donde se explicaba que la cuestión de los pañales se está convirtiendo en un problema en las escuelas. La presidenta de la Asociación Suiza de Docentes explicaba que en este país cada vez es más frecuente que los niños se escolaricen, con cuatro años, llevando pañal. El tema estaba desatando un debate nacional sobre las responsabilidades de familias y centros educativos: para los maestros, el que aún lleven pañal se debía a la comodidad de los padres. Estos, por su parte, argumentaban que simpelmente se trataba de ser “respetuosos” con los ritmos de los niños, a los que no se debe forzar en el control de esfínteres.

Una rápida indagación me hizo ver el debate también existe aquí: “Hasta hace unos cinco años, de dieciocho criaturas, dos o tres aún usaban pañal… ¡Hoy es al revés! Son tres las que no lo llevan. Es un cambio total”, me explicó Eva, educadora en una guardería. Eva trabaja con niños de entre dos y tres años, una edad en la que —si no hay alguna dificultad específica—, ya se pueden empezar a controlar los esfínteres (por lo menos, de día). “Sin embargo, cuando les pregunto a los padres por qué no se lo han quitado aún, me responden que ‘no lo ven preparado’”. En consecuencia, y aunque las guarderías tienen infraestructura para esta eventualidad, Eva me contó que pasa cada vez más tiempo cambiando a los niños a su cargo.

También hablé con Alicia, maestra de Parvulario en una escuela pública cerca de Barcelona. Me comentó que más que niños sin pañal, lo que detectaba eran “más familias que preguntan si sus hijos pueden empezar la escuela llevándolo”. La respuesta es que, a no ser que hay alguna dificultad concreta, deberían venir sin. “En P3 (primer año de Parvulario) ya estamos hablando de una maestra sola y no podemos estar cambiando pañales. Además, en la mayoría de los colegios no hay cambiadores… Por eso les decimos a los padres que se encarguen. No podemos obligarles, claro, pero sí pedírselo”. ¿Les hacen caso? “Cuando se lo explicas, lo hacen, y al final vienen todos sin pañal… Aunque hay algunos a quienes se lo han sacado el día anterior”, puntualizó.

En el texto también entrevisté a Eva Sargatal, secretaria de l ’Asociación de Maestros Rosa Sensat. Me confirmó que, en efecto, «cada vez hay más niños que dejan de usar pañal más tarde», pero me reiteró que «es importante analizar el por qué y ver que este tiene que ver con el hecho de que los niños han sido tenidos en cuenta”, explica. Para ella, dejar el pañal es un hecho fisiológico, que forma parte de un proceso madurativo e, históricamente, en nuestra cultura lo que se ha hecho es «adiestrar» a los niños para que hagan los aprendizajes y el momento de aprender a hacer un pipí también era así. Para Sargatal esa imagen del niño “sentado en un orinal o en el váter, que no se podía levantar” es un método “que, evidentemente, acaba dando sus resultados, pero no tiene en cuenta el proceso fisiológico y madurativo”.

De nuevo, se esgrimen vagos estudios relacionados con la neurociencia que indican que cualquier proceso madurativo que no respete los ritmos puede tener un impacto negativo en su psique. Incluido algo tan fundamental como aprender a dejar el pañal.

Pero: ¿de verdad que respetar a un hijo es dejar que se siga haciendo pipí o caca a unas edades en las que, en niños sin patologías, esto es algo controlable? En la noticia sobre el caso suizo se apuntaba que hay niños de hasta once años que van a la escuela en pañales. Ahí sí que tenemos un problema: no solo a nivel de logística, sino también de posible bullying y autoestima: el respeto, entonces, se convierte en negligencia.

Por otro lado, la propia Sargatal me dijo que el proceso evolutivo que indica la neurociencia no son ni los cuatro ni, por supuesto, los once años. La edad adecuada para dejar el pañal, explicó: “Oscila entre los dos y los tres años, que es una normalidad amplia».

El ya citado Josep Serrano Marchuet me comentó que hoy ya no se habla de ‘adiestramiento’ a la hora de sacar el pañal, sino de ‘acompañamiento’, aunque el proceso, dijo, es un poco el mismo: «Primero, detectar que el niño esté capacitado, después, ponérselo fácil y premiarlo cuando lo haga bien. Tercero: no castigarlo ni reprenderlo nunca cuando lo haga mal y, por último, para mí muy importante, si cuando se intenta no funciona… no insistir”

Para dejar el pañal, continúa este experto: “El niño tiene que tener un desarrollo cognitivo capaz de entender lo que le estás explicando y una capacidad motriz suficiente”. Si cuenta con ambas cosas, se consigue en tres o cuatro días. “Pero si no es así, eso significa que no está preparado o que hay algo que los padres no están haciendo bien”. Recomencaba que si se recogen más pipís del suelo que en el pañal, es mejor esperar: “Tres, seis meses… Y volver a probar”.

Para este pediatra, la idea de crianza “respetuosa” está muy bien: “Siempre y cuando tenga unas normas de base y un conocimiento para llevarla a buen término: así que tan mal está como que forcemos quitar el pañal porque tiene que ir a la guardería —y no está preparado— como que hagamos al revés. Ni un extremo ni lo otro”, sintetiza.

¿Puede “dañar” a la criatura sacarle el pañal antes de tiempo? “No, en absoluto”, responde. “Lo que sí puede hacer es que el niño tenga un rechazo a la situación y el proceso tarde más. Pero eso no significa que tenga consecuencias nefastas ni le cause ningún tipo de traumatismo o una futura enuresis”, resume.

Por cierto, no solo rescato este tema porque estamos a punto de empezar el curso. Ha surgido en una novela que acabo de leer: ¿Dónde están los adultos? de la escritora noruega Nina Lykke. El libro está protagonizado por una terapeuta de mediana edad que, desde su consulta: «Observa cómo el espíritu de los tiempos ha trastocado las relaciones: hijos que mandan y padres que obedecen; adultos que se comportan como adolescentes, eluden el compromiso o abrazan la última moda afectiva».

Os comparto el fragmento donde aparece la cuestión de los pañales; la narradora es la terapeuta:

La verdad es que la novela está muy bien. Muy recomendable.

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