CUANTO MÁS RICOS SOMOS, MÁS MALCRIAMOS A NUESTROS HIJOS.

Esto es una de las conclusiones de la entrevista con la periodista californiana Michaeleen Doucleff, con la cual hablé para la sección de Parenting en el Magazine de La Vanguardia. Doucleff, que es una mujer muy preparada (periodista de la radio pública de Estados Unidos, con un doctorado en Química) se sintió completamente abrumada cuando nació su hija. Se sentía incapaz de hacer medianamente bien lo que, razonaba, no debería de ser tan complicado.

Como vio que los referentes con lo que se encontraba en su comunidad, en San Francisco, no eran lo que buscaba, sino un compendio de maneras de ejercer la hiperpaternidad («Es muy competitivo. ¡A ratos, parece que criar hijos sea un deporte de competición!»,) hizo algo radical: se embarcó en un viaje por tres países para buscar referentes perdidos en la educación.

Y de ahí surge su libro El arte perdido de educar (Grijalbo), una crónica sobre su singular viaje además de un libro de crianza donde comparte los secretos para  educar de la tribu de los hadzabe en Tanzania, los maya en México y los inuit en el Círculo Polar Ártico. Y ella lo tiene clarísimo: «No tengo ninguna duda de que estas culturas son superiores a la Occidental en sus estilos de crianza”

Os comparto el link de la entrevista y —si no se puede acceder—, aquí la tenéis en formato cortar y pegar.

EVA MILLET

Michaeleen Doucleff es corresponsal de la sección de Ciencia de la radio pública de Estados Unidos. Tiene un doctorado en Química de la Universidad de Berkeley y ha cubierto acontecimientos como el brote de ébola en África Occidental. Sin embargo, nada la había preparado para la tormenta que se desató en su familia cuando nació su hija, Rosy, hace casi seis años. A medida que la niña crecía, Michaeleen descubrió que no estaba preparada como madre y que “nunca había sido tan incompetente en algo en lo que quería ser buena”.

Berrinches, broncas, noches sin dormir… La vida era una batalla constante con su hija a la que, confiesa: “No sabía cómo tratar”. La situación llegó a tal extremo que a Michaeleen se le ocurrió que, para salir de ella, solo podía hacer una cosa: acudir a los orígenes. A los orígenes de la crianza.

Y con este premisa se embarcó en un viaje (junto a Rosy, entonces de 3 años) para aprender las estrategias educativas en tres comunidades ancestrales: los maya en México, los inuit en el Círculo Polar Ártico y los hadzabe en Tanzania. El resultado se recoge en El arte perdido de educar (Grijalbo/Columna, en catalán), un curioso libro que combina el rigor académico con la visión personal de su autora, que ha concedido esta entrevista a Magazine Lifestyle.

Cuando se tiene un bebé es habitual tratar de conectar con otras nuevas madres, para compartir inseguridades y experiencias. Usted vive en San Francisco: ¿Cómo era el ambiente allí cuando nació su hija?

También hay muchas madres tratando de relacionarse con otras, sí. Pero yo las llamo «super-madres», porque invierten mucho tiempo y energía y ansiedad intentando hacer que las vidas de sus hijos sean perfectas. Creo que hay una especie de competición para ver quién es la madre y el padre más perfecto y por tener el niño perfecto al que darle la infancia perfecta. Es como una performance: se educa no para la familia, sino de cara a la galería. Es muy competitivo. ¡A ratos, parece que criar hijos sea un deporte de competición! Y lo que descubrí en otros lugares es que los padres no compiten en este terreno. No consideran tanto que la manera en la que se comportan sus hijos sea un reflejo de ellos mismos.

La hiperpaternidad o crianza-helicóptero, es la que predomina en su país. ¿Era usted una hipermadre antes de emprender su búsqueda de otros modelos de educación?

En comparación con otras madres de San Francisco, pensaba que no lo era, pero durante mi viaje me di cuenta de lo mucho que sí. También me di cuenta que era posible reducir la cantidad de atención y órdenes que le daba a Rosy y que… ¡No pasaba nada! Que podía retirarme un poco y observarla, estar en segundo plano y que las cosas, mejoraban. Así que no, en California no era una hipermadre, pero sí que lo era en comparación con el resto del mundo (y, probablemente, con la crianza que se ha hecho durante a lo largo de la historia).

¿Por qué tuvo que ir tan lejos a buscar respuestas? ¿No podía encontrar buenos consejos más cerca de casa?

Ahora que sé lo que quiero, sé que lo puedo encontrar aquí, en Estados Unidos. Pero en mi país las cosas son complicadas, porque la crianza que se considera adecuada, la ideal, es la crianza “híper” y se desdeñan otros estilos posibles. Por eso tuve que marchar fuera, en busca de respuestas. Gracias a mi trabajo de periodista tenía relación con estas comunidades en otros países y pude detectar otro modos de crianza, así que pude acudir a ellas, porque tenía conocidos entre los mayas, los inuit y los Husaybah.

¿Qué se llevaría de cada comunidad que visitó?

Los padres mayas me enseñaron cómo incluir a Rosy en mi vida, invitándola a participar en tareas de la casa (lavar los platos, cocinar), a compartir mis hobbies, mi vida social e, incluso, mi trabajo. Y descubrí cómo esta inclusión motiva a los niños a ayudarte y a ser cooperativos de forma espontánea. Con los Inuit descubrí que —al contrario de la tendencia que tenemos en Occidente—, cuando un niño está enfadado o se comporta mal, no es que te esté manipulando ni poniendo a prueba… Me enseñaron a reaccionar con calma y comprensión ante una rabieta. Si yo reacciono así, ella aprenderá a calmarse. Y los Husayabh en Tanzania me enseñaron a no ser una madre helicóptero, a dejar de sobrevolar constantemente sobre mi hija. No se trata de ignorar a los hijos sino de observarlos, desde un segundo plano, sin intervenir a la mínima de cambio.

En comunidades como la Maya la pobreza es flagrante: ¿las sociedades más pobres educan a sus hijos en la cooperación porqué no tienen otro remedio?

Una de mis fuentes en el libro es Lucy Akela, que ha investigado sobre este tema. Sus datos demuestran que esta colaboración no ocurre a causa de la pobreza. También muchas familias que emigran a Estados Unidos y consiguen un mayor nivel de vida, se llevan consigo este estilo de crianza y los educan igual que en sus países de origen.

En ocasiones, leyendo algunas de las descripciones de las culturas que ha visitado, tengo la sensación que las idealiza. ¿Me equivoco?

Muchas de estas culturas son reflejadas en los medios de forma muy negativa: siempre se pone el foco en sus problemas. Y yo, de forma intencionada, he querido resaltar sus aspectos positivos. No tengo ninguna duda de que estas culturas son superiores a la Occidental en sus estilos de crianza y eso puede molestar algunos. No lo veo en absoluto, como una idealización: solo tiene que pasar diez minutos con una familia como las que aparecen en mi libro y verá de lo que estoy hablando.

Cuanto más ricos somos, ¿más malcriamos a nuestros hijos?

Yo creo que sí, aunque no sé si hay datos para avalar esta afirmación. Creo que no es solo una cuestión de dinero: también intervienen el declive de la familia extensa, la imposición de la familia nuclear y la hipercompetitvidad. Cuando las familias son más reducidas, todo se concentra en el único hijo. Y hoy ha infinidad de recursos para darles. Pero no sé si saber jugar al fútbol o bailar ballet con cuatro años te va a ayudar en la vida. Quizás aprender a preparar la cena sea más útil.

Al volver de su periplo, optó por una vida familiar más relajada, sin planes y actividades constantes. ¿Se siente a veces ansiosa de que su hija se esté perdiendo cosas?

Quizás un poco, al principio, pero en cuanto vi cómo había cambiado nuestra relación y lo bien que estábamos cuando hacíamos cosas juntas, supe que no. Cuando veo cómo Rosy está aprendiendo a cocinar, a cuidar del perro y a adquirir habilidades sociales —como cooperar con las personas y empezar tareas por su propia iniciativa—, tengo la sensación de que no se está perdiendo nada… De hecho, creo que está aprendiendo mucho más que muchos niños que son constantemente instruidos; tanto, que no aprenden a tener iniciativa. Para Rosy esto es una oportunidad, porqué no tengo duda que, para muchos niños, ser autónomos es mucho mejor para su salud mental. ¡Y no digamos ya para la salud mental de los padres!

¿Cuál es la reacción de sus amigos ante su actitud de crianza más relajada?

Mi marido dice que no podemos volver atrás, porque nuestro hogar hoy es mucho más tranquilo. Hay menos conflictos y nuestra relación familiar es mejor. ¡No es posible volver a lo anterior! Creo que algunos amigos se están apuntando a nuestro sistema de no estar todo el día encima de los hijos, dándoles órdenes, sino dejarlos más a su aire. Creo que es contagioso porque ven que funciona muy bien.

2 comentarios sobre “CUANTO MÁS RICOS SOMOS, MÁS MALCRIAMOS A NUESTROS HIJOS.

  1. [signature_361509660]
    Eva, guapa, com estàs?
    Super entrevista!!! La comparteixo a xarxes!!! 😊
    Estàs bé? Estiu bé?

    petooons
    [signature_729784867]
    CRISTINA GUTIÉRREZ
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