Sin un pan bajo el brazo: el coste cada vez mayor de tener hijos

Con cada vez más exigencias, la crianza moderna es económicamente deficitaria pero tiene un valor emocional incalculable. ¿Suficiente para seguir teniendo hijos? Respondo a esta pregunta en el siguiente artículo. Lo puedes leer en link aquí o a continuación:

La infancia actual es un invento relativamente nuevo. Hasta no hace mucho los niños —a excepción de los de las clases más pudientes—, ayudaban en casa por sistema y a la que podían, trabajaban, colaborando en la economía familiar. Hoy esto ha cambiado radicalmente: pese a que necesidades básicas como la salud y la educación están cubiertas, una sociedad hipercompetitiva y una oferta descomunal en el mercado hace que los hijos cuesten más que nunca. En dinero, tiempo y esfuerzos por parte de los padres.

En las sociedades ricas del siglo XXI, los hijos se han convertido en el eje de las familias y alrededor de ellos orbitan sus bienintencionadas padres dispuestos a darles… ¡Todo! Es la hiperpaternidad, un estilo de crianza que ve a las criaturas como un signo de estatus además de una inversión futura en la que hay que volcarse al máximo. La maternidad y la paternidad se han profesionalizado; los hijos hoy se gestionan, casi, y su crianza sale cada vez más cara.

Estas nuevas exigencias en una tarea que debería de ser instintiva y mucho más relajada, es una de las razones por las que en países como el nuestro nazcan cada vez menos criaturas. Según la última encuesta de Fecundidad del Instituto Nacional de Estadística, en 2019 se registró la menor tasa de nacimientos desde 2001: una media de 1,23 hijos por mujer. Antes de la pandemia, la natalidad en España ya caía en picado: un descenso del 27,3% en la última década.

Este no es el único país en el que se tienen cada vez menos hijos. En potencias como Estados Unidos el fenómeno también existe. Se creía que se debía a la coyuntura económica pero, como desveló The New York Times, esta no es la única razón. Una encuesta del citado diario reflejó que las parejas estadounidenses decidían no tener hijos —o tener menos de los deseados— por un abanico de razones que iban de los altos costes que implica su crianza (un 64%) a la falta de tiempo para estar con ellos (54%), pasando por la escasez de ayudas públicas (39%), el cambio climático (33%) y, también, el deseo de los progenitores de tener tiempo para ellos (42%).

En España, un estudio realizado por la organización Save the Children en 2019 concluía que los tres principales frenos para la natalidad eran la precariedad laboral, además de los costes de la vivienda y de la crianza. El informe señalaba que el gasto mínimo para criar a los hijos en condiciones dignas oscilaba entre los 480€ y 590€ mensuales. Esta cifra podía crecer en la adolescencia.

En definitiva, los niños hoy no vienen con un pan bajo el brazo, sino que cada vez requieren más atenciones y dinero. Y, como observa Vicent Borràs Català, profesor de Sociología de la UAB: “No debería de serlo, si se tienen la educación y la sanidad pagadas y a los dieciséis años ya se puede trabajar”. Pero lo que ocurre: “Es que las expectativas son tan altas que es un pago constante. Hemos pasado del ‘no lo saco de la escuela y dejo que estudie’ a que solo se dedique a los estudios y curse dos carreras y un máster. Con el mantra ‘que tenga lo que yo no he tenido’ le queremos dar todo. Hoy todo es más caro porque la expectativa es mayor”, resume.

Borràs —especializado en los ámbitos de la vida cotidiana y el trabajo—, señala otros factores que inciden en nuestra baja demografía. “Como todo fenómeno social, hay varias causas: de la falta de ayudas públicas, que es clave, a otros aspectos, como el control de la natalidad. Los hijos ya no vienen ‘cuando Dios quiera’ y las mujeres de clase media —todavía la franja social que dicta las tendencias sociales— han descubierto que la vida no es solo casarse y tener hijos, sino hacer muchas otras cosas, como estudiar, trabajar, viajar… Y como saben que la carga de la familia mayoritariamente les caerá a ellas, pues consideran que vale la pena esperar”.

Y este retraso de la maternidad provoca problemas de fertilidad que dificultan tener el primer hijo o ir a por un segundo. “No es que no se quieran tener más, es que, a menudo, el segundo no llega”, dice Borràs. Este experto señala otro aspecto interesante en la maternidad actual: la influencia del “apego”, un estilo de crianza que implica una atención muy intensa a la prole y en la que la madre es la principal responsable. “Con tendencias con el apego, que hoy es dominante, el trabajo de cuidado de las criaturas se ha multiplicado por veinte pero, irónicamente, no se produce el reparto con la pareja”.

Y qué hay de la autoexigencia? De este concepto, cada vez más extendido, de ser los padres —y, especialmente, las madres— perfectas. Para Borrás, esta autoexigencia es una construcción social, iniciada en Estados Unidos, a través de las primeras revistas femeninas. “Se crea esta idea de la mujer que ya no tiene solo que ser ama de casa y madre sino también, consumidora y, más adelante, experta en la crianza: nutricionista, psicóloga, maestra…» 

Es entonces cuando empiezan las exigencias sobre la maternidad, aunque aún no triunfan: “Porque los niños todavía no eran importantes: ¡había muchos!”. Pero hoy son escasos y muy deseados y, en consecuencia: “Como el niño es el centro absoluto, la autoexigencia como madre es cada vez mayor. Se retroalimentan… Fíjate que la gente hoy mide su tasa de bienestar en función del bienestar de los hijos. Si hablas con las abuelas, especialmente las burguesas, están alucinadas con lo que sus hijas hacen”.

Sin olvidar, señala Borrás, la importancia que en nuestra sociedad se le da al triunfo profesional: “Y muchas mujeres, cuando están alcanzando la cima de su carrera se enfrentan con la disyuntiva de decidir si tener hijos o no. Esto no les pasa a los hombres”.

Para este experto, para fomentar la natalidad no sirve aprobar una jornada de cuatro días: “Lo que hay que hacer es trabajar menos horas cada día. ¡Los hijos los tenemos toda la semana!” Y para que los hombres participen en la crianza es clave, asegura: “Que él salga antes que ella del trabajo. Eso aumenta muchísimo la participación en el cuidado, como una hora y pico. Hay estudios que lo demuestran”.

La natalidad se fomenta con una menor centralidad en lo productivo y unas sólidas políticas familiares, además de la corresponsabilidad en los cuidados. Entretanto, la crianza moderna es económicamente y demográficamente deficitaria. La compensa el incalculable valor emocional que, supuestamente, dan los hijos. Pero, como señala Borras: “Este valor no es suficiente. Hasta que las personas en la edad fértil de crianza no tengan unas buenas expectativas de vida, seguiremos teniendo hijos tarde y eso significa, pocos”. //

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