EL NIÑO QUE ODIABA EL TENIS, LOS PADRES-MANAGER Y “LA PEQUEÑA NADIA”.

Cualquier hiperpadre que sueñe con convertir a su hijo en un astro del deporte debería leer OPEN, las muy recomendables memorias del tenista André Agassi.

En la primera página del primer capítulo, cuando recuerda sus primeros golpes a la pelota, Agassi lo dice bien claro: “Detesto el tenis, lo odio con toda mi alma, y sin embargo sigo jugando, sigo dándole a la pelota toda la mañana, y toda la tarde, porque no tengo alternativa”.

No tiene alternativa porque su padre, el señor Emmanuel “Mike” Agassi, no se lo hubiera permitido. André era la única esperanza que le quedaba para tener una estrella del tenis en la familia. Con él iba a conseguirlo, costara lo que costara, aunque, en ocasiones, su hijo lo odiara a él tanto como odiaba el tenis (Nota: los hijos nos odian de tanto en tanto, así que tampoco es tan grave).

Con una determinación a prueba de bomba —que incluyó construir con sus manos una pista de tenis en el jardín de su casa—, el señor Agassi convirtió a su hijo en el producto soñado: un campeón.

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Portada de las memorias de Agassi en español, editadas por Duomo editorial.

Sin embargo, el campeón sigue odiando el tenis durante las más de cuatrocientas páginas del libro. Y eso que gana un montón de torneos y se casa con otra campeona, Steffie Graff (cuyo progenitor, por cierto, es muy similar al de Agassi: un padre-manager de manual).

“Narcisista es alguien que solo piensa en sí mismo. También quien cree que su hijo es una posesión personal suya. Tiene una visión de cómo va a ser su hijo y le importa un pimiento cual es la visión que su hijo tiene de su propio futuro… Me suena de algo”, escribe Andre Agassi, en referencia a su padre.

Otra frase significativa: “Nadie me preguntó nunca si quería jugar al tenis y mucho menos si quería hacer del tenis mi vida”.

Creo que las memorias de Agassi han funcionado porque es un libro muy sincero: no te cuenta la película, el ¡Hola! al que los famosos nos tienen acostumbrados. Al revés: habla más de dolor, de lesiones, de derrotas y de frustraciones que de victorias y momentos maravillosos. Cuando suena más feliz es cuando se refiere de su familia: asegura que tanto él como Graff no piensan ejercer de padres-manager. Sus hijos se dedicarán a lo que quieran.

A esta periodista le quedó la duda de si, realmente, los hijos de Steffie Graff y André Agassi —¡con todos esos genes a su favor!—, no iban a dedicarse al tenis. Esta entrevista en El Mundo resolvió mis dudas: Preguntado por si juega al tenis con ellos, Agassi responde de esta forma tan contundente: “¡No! Ya no juego al tenis. A mi hijo Jaden, de 14 años, le divierte mucho más el béisbol. Y Jaz, que ya tiene 12, prefiere bailar y cuidar de sus animales”.

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“Jamás elegí jugar al tenis. No fue mi decisión. Puede que, sobre los 27 ó 28 años, sintiera que tenía cierto sentido, porque viví cosas maravillosas. Pero esa sensación de malestar volvió a regresar más tarde. El tenis me causaba demasiados trastornos personales, demasiadas rupturas… El amor desapareció por completo y sólo permaneció el odio”.

El de los padres-manager es un modelo clásico de hiperpaternidad. Normalmente se da en el mundo del deporte y del espectáculo y el objetivo es muy concreto: en vez de conseguir un niño o niña perfecto y multidisciplinar, renacentista casi, la idea era exprimir al máximo un talento en particular del hijo o hija, llevándolos al límite si es necesario.

Los padres-managers suelen ser hombres y suelen ser ellos los que ejercen de entrenadores o profesores de sus hijos. De tenistas a gimnastas, pasando por futbolistas, nadadores y pilotos. Algunos hijos triunfan, aunque la mayoría no lo logra. Cuando hay dinero por medio, las relaciones paterno-filiales suelen acabar mal (véase los Jackson Five; tenistas como Jennifer Capriati, Arantxa Sánchez Vicario y la propia Steffi Graff).

No puedo dejar de mencionar en este post destinado a los padres-manager a un subgénero que ha aparecido en estos tiempos de reality-shows, redes sociales y la caridad como sustituta de la justicia social: se trata de Fernando Blanco, el padre de Nadia —la “pequeña Nadia”, como la llamaba la prensa—, una niña que ha sido noticia en España porque su enfermedad ha servido para que sus progenitores acumulen una abultadísima cuenta corriente. Un dinero que, parece ser, no ha sido utilizado para tratarla, como aseguraban.

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El acertado titular del diario “Público”.

La hija vista como un negocio. Aunque la pobre Nadia se haya limitado a posar en las fotos y visitar platós televisivos, su caso no deja de ser una flagrante explotación infantil. Ha pasado siempre, lo sé, pero quizás por ello resulta aún más escandaloso que todavía suceda.

 

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