Martes, cinco y media de la tarde. Entra un padre, con su hija de la mano, en la cafetería. La niña, que debe de tener un año y medio, quizás un poquito más, llora y llora. No suena a llanto de aburrimiento o de mimancia, sino a llanto genuino. Efectivamente: el padre informa a la camarera, una vez ha aposentado a la niña en el taburete frente a la barra, que esta acaba de caerse, en la calle. Se le ve un poco nervioso. A la niña, informa a la camarera, le está saliendo un chichón en la frente… ¿Tendría un hielo?, le pregunta.
La niña continúa llorando. No es un berrido, sino un llanto constante, grave, un punto desolado. El padre, mientras espera que le den el hielo, le pregunta a su hija:
— ¿Qué quieres tomar?
Frente a la niña hay un mostrador con donuts, croissants de mantequilla y de chocolate, bocadillos de jamón, de queso y de chorizo, magdalenas simples y salpicadas de chocolate, bolsas de patatas, chee-tos y almendras. La niña no contesta, sigue llorando.
— ¿Quieres un croissant de chocolate?
La niña sigue sin responder, llora y llora, así que el padre, aprovechando que le han traído el hielo, envuelto en una servilleta, pide un croissant de chocolate a la camarera. Entonces, vuelve a preguntarle a la niña:
— ¿Quieres un poco de hielo?
Si la niña supiera que el hielo, tras darse un golpe, es un remedio casero para parar la inflamación, quizás le hubiera contestado que sí. Pero como la niñas de esta edad normalmente desconocen los usos del hielo envuelto en servilletas y su padre tampoco le ha informado de ello, sigue llorando y sin contestar.
— ¿Quieres aguantarte tú el hielo?
Tampoco hay respuesta.
— ¿Quieres que te lo aguante yo?
Hipidos y el mismo llanto desolado. El padre, mientras le aguanta el hielo sobre la frente, consigue extraer el móvil de su bolsillo:
— ¿Quieres que llamemos a mamá?
La niña, de nuevo, no contesta. Llora. El padre llama a su mujer. Al hablar con ella, le cambia el tono de voz por completo. Hasta ahora, su voz, cada vez que se dirigía a su hija, era aguda, un punto infantil. Ahora es adulta y seria. Informa a la esposa que su hija «se ha dado un tortazo tremendo» en la calle. Sí, iba con él, de la mano, pero se ha caído. Ha tropezado. No sabía bien cómo… «Tiene un chichón enorme, en la frente», añade. Para después dirigirse a la niña, cambiando automáticamente el tono de voz, y preguntarle:
— ¿Quieres hablar con mamá?
Aquí sí que la niña sabe perfectamente lo que le preguntan. Coge el móvil del padre y contesta con monosílabos, hipidos y algún sollozo a su madre. El intercambio apenas dura medio minuto. El padre, esta vez sin preguntar, le coge el móvil a la niña, se despide de su esposa y cuelga. Es entonces cuando la camarera, que está pasando el trapo por la barra, comenta en voz alta que, realmente, la niña «tiene un chichón grandísimo». Pese a que son casi las mismas palabras que él acaba de utilizar en la charla con su mujer, el padre no está de acuerdo con esa apreciación:
— No, no es tanto… – dice – No es un chichón tan grande. Ella es que tiene la frente grande. ¿Verdad hija? ¿A qué tienes las frente grande?
Y la niña, por supuesto, sigue sin contestar. Sigue llorando.
Demasiadas preguntas para alguien de su edad. Quizás si el padre, en vez de consultarle cada una de la acciones que ha llevado a cabo desde que han entrado en la cafetería, se hubiera mostrado más seguro («Ven, siéntate, tómate un croissant de chocolate, que te gustan, mientras, te voy a poner un hielo en la frente, que te ayudará a que te duela menos el chichón» y «después, llamamos a mamá y hablas con ella, ¿de acuerdo?»), si en vez de preguntarle cada acción a una cría que ni puede (ni quiere) decidir cómo hay que gestionar su situación post-caída en la calle, la niña ya estaría más tranquila.
Pero esta es una tendencia imperante hoy: preguntarles prácticamente todo a los hijos, ya desde muy pequeños. Me lo comentó hace tiempo ya Jo Frost, la célebre supernanny inglesa, en una entrevista. Le parecía una tendencia poco pedagógica, preguntarles constantemente, hasta lo más básico, como el: ¿Quieres ir a la cama? a un niño de un año. Sin olvidar, ¿te quieres bañar?, ¿vestir?, ¿ponerte el pijama?, ¿quieres cenar?… O, si se encuentra mal (también lo he oído, lo juro), el ¿quieres tomar un Dalsy? Los niños son muy inteligentes, pero hay cosas (como lo que les conviene comer, las horas que necesitan dormir o la medicina que puede bajarles las fiebre), que aún no están capacitados para decidir.
Frost, gran defensora de las rutinas y los límites, considera que es papel de los padres guiarles en estos pasos, con firmeza y tranquilidad. «Es hora de bañarse y ponerse el pijama y, después de cenar, a la cama». Entre otros, eso les dará seguridad para poder dedicarse a otras actividades seguramente más interesantes para ellos que decidir, con año y medio, qué van a tomar o si les conviene o no bañarse esa noche… No se trata del ordeno y mando de hace unas décadas sino de encaminarlos, dirigirlos bien, sin necesidad de preguntarles todo, como el padre de la cafetería.//
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