¿Qué es exactamente la CRIANZA CONSCIENTE?

La primera vez que escuché este término fue en una reunión de madres, cuando una de ellas aseguró que había tenido un «embarazo consciente». Me sorprendió la afirmación, porque, en general, las mujeres somos conscientes de que estamos embarazadas. Con el tiempo, la tendencia de la crianza consciente se ha ido instalando hasta convertirse en una nueva etiqueta. A mí me parece que su punto de partida (analizar cómo fuimos criados y, en caso de que hubieran modelos perjudiciales, no replicarlos), es bueno. Sin embargo, como tantas cosas en esta vida, en la «crianza consciente» también se han instalado el ruido, el negocio y la polarización. Pasen y lean, el artículo original está en este link del Magazine de La Vanguardia aunque lo comparto tambén a continuación:

De primeras, la crianza consciente es extenuante. Cuando un profano se adentra en la ya considerable bibliografía que existe alrededor de este concepto, se agota ante la cantidad de requerimientos para ser un padre y, en especial, una madre, “conscientes”.

Tomemos, por ejemplo, el libro Padres Conscientes: educar para crecer (B de Blooks), de la psicóloga estadounidense Shefali Tsabary: más de trescientas páginas en las que se insta a los padres a emprender “una profunda búsqueda interior” para poder criar a los hijos. En otro ebook: Padres Conscientes, hijos felices (Diversa Ediciones), su autora, Helen Flix, dedica catorce capítulos a explicar cómo ser progenitores conscientes. 

El primer Congreso sobre Maternidad y Crianza Consciente, organizado por Penguin Random House y Cursiva, ofreció más de veinte ponencias on-line. Entre ellas, la intervención más ajustada al título del evento fue la de Yvonne Laborda, que habló de Crianza consciente y educación emocional. Laborda, que se describe como “terapeuta humanista” y asegura ser la persona que acuñó el término de crianza consciente, es autora de Dar voz al niño (Grijalbo), un libro en el que, casi trescientas páginas mediante, nos explica cómo ser “los padres que nuestros hijos necesitan” a través de la crianza consciente, por supuesto.

La psicóloga estadounidense Shefali Tsabary es una de las especialistas en crianza consciente, la última etiqueta en el universo de la maternidad, especialmente.

Los artículos en los medios especializados son menos densos, aunque el autor del texto ¿Sabes qué es la crianza consciente? publicado en la revista Ser Padres, facilita casi una decena de instrucciones para “empezar a ser un padre o una madre muchísimo más conscientes”. Entre ellas: “aprender a perdonar”, “escuchar más y hablar menos” y “amar incondicionalmente a tu hijo”. Desde la web de la Universidad de Padres se explica también el camino hacia una crianza consciente a partir de la publicación Emoemprende en Familia: una guía práctica de educación positiva y consciente (Khaf), de los doctores en psicopedagogía José Rabanal y Eva Peñafiel.

“Para comenzar nuestro proceso de crianza consciente es fundamental conocer cuáles han sido nuestros modelos educativos”, escribe Eva Peñafiel en la Universidad de Padres. Porque, como sostiene esta terapeuta: “Todos aquellos modelos que hemos tenido a lo largo de la vida, sobre todo los de nuestros principales referentes (padre, madre, maestros, abuelos…) han ido modelando nuestro propio estilo educativo, de manera inconsciente la mayoría de las veces”.

Si tuvimos suerte durante esta etapa, añade Peñafiel: “Descubriremos que muchos modelos fueron positivos y que gracias a ellos hoy podemos ser lo que somos”. Sin embargo, la autora matiza que tal vez esto no siempre fue así: pueden haber modelos, tics o automatismos “que no nos hacen sentir bien a nosotros o a nuestros hijos”. Para no repetirlos, se necesitará un trabajo personal para reconvertirlos. Esa sería la esencia de la crianza consciente: una reflexión sobre cómo fuimos educados y un trabajo de mejora sobre lo que no estuvo bien. 

La madre consciente vive en un permanente estado de mindfulness: toma aire tres veces antes de actuar y trata, siempre, de sentir y comprender al hijo. Jamás alza la voz. FOTO: fizkes/iStock

El punto de partida parece lógico: si hay cosas erróneas del pasado, ¿por qué no revisarlas y cambiarlas? Sin embargo, a partir de aquí el camino de la crianza consciente empieza a tomar una deriva hacia los extremos, porque para algunas de sus divulgadoras, todo tiempo pasado no es que fuera peor, sino que era… un horror.

“Venimos de muchísimos siglos de un paradigma de crianza tradicional, donde la educación y la crianza se hacían de una forma jerárquica, donde el adulto es el que sabía y el niño simplemente tenía que obedecer”, explica la periodista Míriam Tirado en su intervención Claves de la crianza consciente y respetuosa de la plataforma Aprendemos Juntos. Tirado, descrita como experta en crianza consciente, asegura que “en nuestro ADN” está incrustada una forma de educar “desde el ‘yo ordeno y tú obedeces’”, basada “en el utilizar estrategias y técnicas de control del otro: el chantaje, el soborno, la amenaza, el castigo”. La humanidad lleva siglos maltratando a la infancia y de este maltrato surgen todos los males del mundo.

Algo similar sostiene Yvonne Laborda, quien en Dar voz al niño dibuja un desolador panorama educativo en la aún reciente era de la pre-crianza-consciente; unos tiempos basados en castigos, humillaciones y amenazas, en los que no se escuchaba a las criaturas. Unos tiempos que perviven: “La vivencia infantil de cada niño demuestra que aún estamos muy lejos de respetarlos, tratarlos y amarlos como legítimamente merecen y necesitan”, escribe. En el libro de Laborda, no hay ni una sola referencia bibliográfica, pero está salpicado de frases lapidarias en las que se insta “a tomar conciencia de nuestra incapacidad de dar y amar” y a “sanarse” para dejar de ser madres autoritarias, controladoras y abusivas.

La polarización está presente en ciertos discursos de la crianza consciente, que dividen el mundo entre madres respetuosas, que quieren ser conscientes, y madres inconscientes, ancladas en tiempos autoritarios, controladores y abusivos.

El camino que van a emprender las primeras —guiadas por libros, webs, consultorios y podcasts—, está trufado de metáforas relacionadas con la naturaleza, de voces interiores y ejercicios de búsqueda, aceptación, sanación y respiración. Hay un punto New Age en las propuestas de la crianza consciente que, al no tener un reconocimiento científico, da pie a todo tipo de postulados y consejos. Algunos son viejos conocidos, fruto del sentido común. Otros están más relacionados con disciplinas como el mindfulness y el yoga, porque la madre consciente respira profundamente varias veces al día, para lograr el autocontrol. 

De hecho, la madre consciente vive en un permanente estado de mindfulness: toma aire tres veces antes de actuar y trata, siempre, de sentir y comprender al hijo. Jamás alza la voz. En la crianza consciente los gritos están prohibidos. Dañan al niño y son un signo de flaqueza.

En la crianza consciente el niño es el centro absoluto de la familia; se trataría de otra forma de hiperpaternidad o, en este caso, hipermaternidad, porque parecería que el peso de esta crianza lo llevan las madres.

La función de la madre consciente es dejar todo a un lado y entender, de forma calmada, las razones de esa pataleta o de esa patada que la criatura le acaba de propinar. Si el niño le pega porque ha dejado de jugar con él para hacer la cena, la cena puede esperar: antes, la madre ha de averiguar lo que ella ha hecho para que eso ocurra. La madre consciente, como se explica en un artículo en The New Yorker: “Debe de dejar todo de lado para completar una transformación en un humanoide perpetuamente presente, que lo único que tiene es tiempo y está programado para la calma”

La madre consciente tampoco utiliza frases hechas (como ‘No pasa nada, solo es un rasguño’, ‘Cuántas veces te lo tengo que repetir’ o ‘Cuántas veces te he dicho que en el coche hay que ponerse el cinturón’). Estos tics educativos, escribe Yvonne Laborda, no validan las emociones del hijo, uno de los principales objetivos de la crianza consciente: “Cuando la madre le dice que solo es un rasguño, es como si negara que el niño siente”, afirma. Con la situación del cinturón de seguridad recomienda, de nuevo, simpatizar: “Te gustaría ir sin atar, te molesta el cinturón, ¿verdad? A mí también me gustaría no tener que llevarlo, pero, por seguridad y por ley, tenemos que llevarlo”, ilustra. De este modo, el niño sabe que tiene a su mamá a su lado: “No en contra, criticando, juzgándonos y quejándose”.

En la crianza consciente el niño es el centro absoluto de la familia, en la que desaparece la tradicional jerarquía: la doctora Tsabary, por ejemplo, rechaza la clásica relación padres-hijos (“basada en que los primeros lo saben todo”) y la lleva a “una relación mutua”, en la que los padres también aprenden de los hijos. “Es un: Te doy la mano y crecemos juntos. Yo crezco como madre o como padre a tu lado”, ilustra Míriam Tirado en la citada intervención en Aprendemos Juntos. La idea es que los niños sí vienen con instrucciones: es labor de los padres adaptarnos a ellos.

Pero, a diferencia de las crías de cocodrilo, nuestros hijos necesitan del saber y la dirección de los padres. En las familias hay una jerarquía, necesaria para su buen funcionamiento, aunque en tiempos de confusión entre autoridad y autoritarismo, está cada vez más cuestionada. Por supuesto, los hijos han de ser respetados y amados, y si ello implica una revisión de nuestra experiencia, adelante. Pero de ahí a ponernos etiquetas (“crío conscientemente”, “con apego”, “con respeto”…) ¿Qué padre o madre normal no respeta, es consciente y está apegado a sus hijos? Frente a los dogmas y el ruido, no estaría mal reivindicar el concepto de “la madre suficientemente buena”, del pediatra y psiquiatra Donald Winnicott. Pese a tener varias décadas, sigue siendo la mejor receta para evitar crianzas conscientemente ansiosas.//

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