Nunca olvidaré la primera vez que conocí a alguien que se autolesionaba. Fue hace años, en Inglaterra. Era la hermana de un amigo y aún recuerdo con nitidez esos brazos surcados de docenas de pequeñas cicatrices: líneas precisas y rosadas que destacaban sobre su piel blanquísima. La chica contaba que se hacía esos cortes “para aliviar el dolor”.
Yo jamás había visto ni escuchado algo así, porque la España de principos de los 2000 las autolesiones eran prácticamente desconocidas; hasta hace relativamente poco, las conductas autolesivas eran algo inusual en este país. Nuestros adolescentes tenían problemas, por supuesto, pero entre estos no abundaba el lastimarse el cuerpo a propósito, con cortes o quemaduras, para lidiar con el dolor emocional. O por lo menos, no se hablaba de ello.
Sin embargo, hoy: “Suponen un importante problema clínico y social a nivel mundial y nacional”, como explican desde la Asociación Española de Pediatría. Los datos sugieren que en Europa la prevalencia estimada de autolesión en adolescentes es de casi un 28% (en España, estas cifras oscilan, según los estudios, entre el 15 y el 25%).
Este es un artículo que quería publicar hace tiempo, pero no había contado con un testimonio hasta ahora. Entrevisté a una madre y a una hija que se autolesionaba, la cual —al preguntarle si era consciente que se hacía daño— me dijo que no: «Porque como lo hacía cuando estaba triste o depresiva, el dolor de estas emociones era más fuerte que el de los cortes”. En el texto también cito a la psicóloga Raquel Duque, que alerta del papel de las redes sociales en esta práctica. “Desgraciadamente, hay muchísimo contenido que normaliza e, incluso, idealiza, la autolesiones», explica.
Aunque tanto Unicef como otras fuentes hacen hincapié que una autolesión es un acto no suicida, si estas son recurrentes, se consideran un factor de riesgo. Por tanto, hay que prestarles mucha atención y ayudar a los jóvenes a gestionar el dolor emocional de otra manera
Comparto el artículo:


Hasta hace relativamente poco, las conductas autolesivas eran algo inusual en España. Nuestros adolescentes tenían problemas, por supuesto, pero entre estos no abundaba el lastimarse el cuerpo a propósito, con cortes o quemaduras, para lidiar con el dolor emocional. O por lo menos, no se hablaba de ello.
Todo esto ha cambiado. En esta última década, las autolesiones han aparecido entre las problemáticas de los adolescentes españoles. El último Barómetro Juventud, Salud y Bienestar, publicado en 2025 por Fundación Mutua Madrileña y Fad Juventud, revelaba que 1 de cada 3 jóvenes (el 34,7%) había realizado prácticas autolesivas y que el 6,8% lo hacía “con frecuencia o continuamente”.
Los porcentajes son también altos en el informe Evaluación y manejo clínico de las autolesiones en la adolescencia, un estudio de 2023, avalado por el Ministerio de Sanidad que indica que en Europa: “La prevalencia estimada de autolesión en adolescentes es de 27.6%”. En España, estas cifras varían según los estudios, oscilando entre el 15% y el 25%. El informe también señala que las conductas autolesivas podrían ser más frecuentes en mujeres; sobretodo, en la primera adolescencia. Como sintetizan desde la Asociación Española de Pediatría, co-autores del trabajo, hoy la autolesiones: “Suponen un importante problema clínico y social a nivel mundial y nacional”.
Unicef define una autolesión como “cualquier comportamiento que cause daño a uno mismo con la intención de hacer frente a emociones difíciles”. Lo más frecuente es que se produzcan “en forma de cortes, quemaduras u otros comportamientos de alto riesgo”, que suelen empezar como una forma de aliviar sentimientos angustiosos. Aunque puede proporcionar un consuelo temporal, Unicef añade que tras autolesionarse es frecuente que aparezcan sentimientos de culpa y de vergüenza y que el ciclo vuelva a empezar.
“Yo no me di cuenta que mi hija se autolesionaba, me lo contó ella. A menudo, cuando entraba en el lavabo la encontraba sentada en el suelo, rascándose lo que parecían unos granitos o picadas. Pasaba mucho rato haciéndolo, pero no lo relacioné con que se hacía daño”, explica S., barcelonesa y madre de dos preadolescentes. Fue su hija, que aún no había cumplido los diez años, la que le explicó lo que pasaba: “Me enseñó unos pequeños cortes en las piernas y me dijo que se los había hecho con un cuchillo. Cuando le pregunté por qué, me contestó que estaba muy estresada por la situación familiar. Estábamos pasando un mal momento: tenía a menudo discusiones con mi hija mayor y en casa el ambiente estaba muy tenso”, describe S.
Tras aquella revelación, recuerda “asustarse muchísimo” y pedir ayuda a la escuela. Se acordó vigilar de cerca a la niña. “Retiré todos los objetos punzantes del lavabo y estuve observándola, para detectar cortes. Intenté que en casa hubiese un ambiente más relajado”. Durante un tiempo, hubo tranquilidad, pero un cambio de ciudad hizo que volviera a cortarse: “Esta vez peor, con un cúter y en los brazos”, describe la madre.

Aunque las cosas se han calmado, S. asegura sentirse “desbordada y culpable” ante el malestar de su hija, a la que describe como: “Muy sensible, con tendencia a comportamientos depresivos, por lo que temo que pueda volver a hacerlo”. S. también ha pensado que lo hacía para culpabilizarla: “Enseñándome los cortes y diciéndome: ‘Mira lo que hago por tu culpa…’”. Sin embargo, la hija no recuerda por qué empezó a cortarse: “Creo que fue algo espontáneo, que hacía cuando me sentía mal”, dice. ¿Era consciente que se hacía daño? “No, porque como lo hacía cuando estaba triste o depresiva, el dolor de estas emociones era más fuerte que el de los cortes”, responde.
A la psicóloga clínica Raquel Duque, vocal del Col•legi Oficial de Psicologia de Catalunya, esta descripción le resulta muy familiar. “Atiendo a muchos adolescentes y veo muchísimas autolesiones. Chicos y chicas a quienes les parece más soportable el dolor físico que el emocional. Al autolesionarse, la atención se va al cuerpo y, de alguna manera, sienten alivio”, explica.
Especialista en adolescencia, Duque ha detectado un aumento de estas conductas: “Trabajo en la unidad especializada en trauma y te diría que el 60%-70% de los adolescentes que atiendo se autolesionan o se han autolesionado. Aunque este contexto es sesgado, también se ven en la psicología general sanitaria: si hace unos años se daba de forma muy ocasional, ahora, desgraciadamente, es bastante habitual. Parece que está como ‘de moda’”.
Aquí Duque alerta del papel de las redes sociales. “Desgraciadamente, hay muchísimo contenido que normaliza e, incluso, idealiza, la autolesiones. Hace poco atendí a un chico que se había autolesionado y cuando le pregunté qué le llevó a hacerlo, me dijo que había visto un vídeo en TikTok que aseguraba que era una manera de ‘controlar tu mente’”. En internet, denuncia: “Las autolesiones se presentan como algo normal. Incluso, como una seña de identidad. Por lo tanto, la resistencia a hacerlo será menor”.

Las autolesiones son más frecuentes entre adolescentes, con una edad promedio de inicio alrededor de los 13 años. “Es una etapa en la que sientes las emociones más intensamente y, además, el cerebro está cambiando, por lo que las estrategias de autorregulación aún no están totalmente instauradas: no hemos madurado”, explica esta especialista. Una etapa muy vulnerable en la que otros factores: eventos traumáticos (un fallecimiento, un divorcio, sufrir malos tratos o acoso escolar); la presión y el miedo al fracaso e, incluso, la sobreprotección, pueden tener un efecto desencadenante. La situación económica es otra variable importante: como denuncia el Barómetro Juventud, Salud y Bienestar, el sufrimiento emocional está profundamente atravesado por las desigualdades. Entre jóvenes que viven con carencias severas, uno de cada cuatro reconoce haberse autolesionado con frecuencia.
Al ser conductas clandestinas, las autolesiones suelen ser difíciles de identificar. Pero hay señales de alarma: físicas (cicatrices o quemaduras en brazos, piernas y abdomen), conductuales (llevar siempre manga larga o pulseras para esconder los cortes, pasar mucho tiempo en el baño) y emocionales. Entre estas últimas se incluyen cambios bruscos del ánimo, desesperanza e, incluso, la expresión de ideas de suicidio. Aunque tanto Unicef como otras fuentes hacen hincapié que una autolesión es un acto no suicida, si estas son recurrentes, se consideran un factor de riesgo. Por tanto, hay que prestarles mucha atención: “Porque aunque no haya una intención autolítica manifiesta, son una señal a atender de inmediato. Y, si se detectan ideas suicidas, activar los protocolos necesarios”, insta Raquel Duque.
“Se trata de una estrategia, muy disfuncional, de aliviar el dolor emocional”, resume la psicóloga. ¿Y cómo se afronta, a nivel familiar y terapéutico? “Para empezar, hay que darl a los adolescentes un espacio para contar su malestar, porque muchas veces, solo se ve la conducta disruptiva y se olvidan las preguntas: en consulta tengo pacientes a los que casi nadie les ha dicho: ¿Qué te pasa?… Sacar de la cabeza ese caos de pensamientos y ponerlos un poco en orden ya es terapéutico”.
El siguiente paso, explica Duque, será una terapia para gestionar el malestar que lleva a hacerse daño. “Es importante facilitar una psicoeducación básica, darles herramientas como la respiración y enseñarles conceptos como ‘ola emocional’: que tomen conciencia que ese pico que les genera tanto malestar y les empuja a hacerse la autolesión va a disminuir. Que es cuestión de parar, respirar y buscarle nombre a lo que sienten. ¡Que sepan que pasará!”. Es asimismo importante tener alguien a quien acudir en momentos de crisis: una red de seguridad que les transmita que no están solos y que hacerse daño no es ninguna solución.//

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