¿SE PUEDE EDUCAR SIN GRITAR?

¿Es posible no gritar, al ejercer de padres? De primeras, parece difícil. Pero según la maestra y escritora Alba Castellví, educar sin gritar es posible. Y necesario, porque beneficia las relaciones familiares. Así que la contacté, la entrevisté y publiqué ESTA CRÓNICA en el Magazine de La Vanguardia. Si no podéis acceder, aquí está el texto completo. Espero que eso sirva de ayuda.

Educar sense cridar ya lleva diez ediciones y ha ido ampliándose en paralelo a los talleres que Castellví imparte también en escuelas y centros cívicos. En los mismos ha ido detectando nuevos temas e inquietudes de los padres aunque la preocupación principal sigue siendo: “Cómo conseguir no tener que repetir las cosas cien veces… Es muy cansino repetir las órdenes una y otra vez, sin éxito”. Otras de las inquietudes de los progenitores están relacionadas “con los conflictos entre hermanos, el abuso de las pantallas, el dormir y la gestión de la frustración”.

A cualquier padre o madre estándar le sonarán, bastante, esas inquietudes. En especial, la impotencia que produce ese: “¡¿Te lo tengo que repetir cien veces?!”, o, en su defecto, ”¡¿Cuántas veces te lo tengo que repetir?!”). Todos hemos pronunciado ambas frases -incluso, más de cien veces-, al ejercer como padres y madres. Y, quizás, también más de cien veces, lo hemos hecho en voz alta. A gritos, en definitiva.

¿Es posible no gritar, al ejercer de padres? Así de primeras, en un país donde el griterío forma parte del día a día (en la televisión, en la aulas, en los bares, en la calle…), parece difícil. La propia Castellví lo corrobora: “Sí, aquí alzar la voz para subrayar nuestras emociones o, simplemente, para imponerse, es lo más normal del mundo. Se trata de un rasgo cultural que, como tal, se traspasa a padres e hijos. Si has estado educado en un entorno gritón es posible que grites”.

Sin embargo, insiste que es posible educar evitando este recurso. Y al conocerla, en persona, una cree que sí es posible. Castellví es puro zen. Destila calma y contención. Cuesta imaginarla dando una voz que zanja una cuestión o apremia a una criatura. Pero quizás es la excepción que confirma la regla: que es imposible educar sin gritar. Por lo menos de tanto en tanto.

Pero la autora me contradice: “Sí que se puede. Y hacerlo implica mucha más tranquilidad y bienestar para la familia”. Y aunque hay personas “de un temperamento sereno que están dotadas de forma natural para hacerlo, se puede aprender a educar sin gritar”, insiste.

En su libro se desgranan estrategias para ello: algunas son terriblemente básicas mientras que otras funcionan a largo plazo. Todas precisan de un buen autocontrol por parte de los padres y tener en cuenta algo que, en tiempos de inmediatez, cuesta entender: que la educación es un proceso relativamente extenso. Que lo que se siembra hoy quizás no se recogerá hasta dentro de meses, incluso años.

Las dos primeras tácticas que recomienda la autora para educar sin gritar son entrenar la paciencia y aprender a relajarnos. Dos consejos de cajón, sí, pero siempre valiosos. “La tranquilidad y el éxito educativo se alimentan, el uno del otro”, escribe Castellví antes de brindarnos un ejercicio (“el más sencillo de todos”), para el que no hace falta hacer un curso de meditación. Cuando detectemos que la situación se empieza a tensar, dice: “Encerraros en cualquier lugar tranquilo de la casa (vuestro cuarto, el lavabo) donde tengáis garantizado que nadie podrá abrir (o tirar al suelo) la puerta en los próximos dos o tres minutos”.

Es decir; si antes se encerraba al niño en la habitación, ahora son los padres los que han de retirarse. Superada esta contradicción cultural inicial lo que hay que hacer, una vez encerrados, es sentarse, tomar aire y expulsarlo lentamente, contando los segundos que tarda esta operación. “Haced este ejercicio dos o tres veces y basta. Salid de vuestro ‘santuario’ y volved a gestionar la situación con vuestro hijo; las cosas continuarán siendo complejas pero estaréis mucho más preparados para afrontarlas con éxito”, garantiza.

No siempre, por eso, se tiene un cuarto de baño a mano, así que la autora da otros recursos para una convivencia más serena frente a la resistencia filial. El primero es la consistencia: una herramienta clave para aspirar a esa educación responsabilizadora que reivindica. La consistencia es, en esencia, cumplir con lo que decimos. Es decir, si la hija no viene a cenar cuando toca, no se discute, ni se grita ni se interpela en el momento, pero se le avisa que, si no lo hace, la consecuencia será no leerle el cuento esa noche, porque no habrá tiempo. No vale la pena alzar la voz, aconseja Castellví: la decisión es suya. Esta es la primera parte de un ejercicio que requiere paciencia y contención.

La segunda parte llega cuando la hija, pese a haberse sentado media hora más tarde en la mesa, pide que le lean el cuento antes de dormir. Entonces entran la consistencia y, quizás, la respiración: porque la criatura, obviamente, querrá su cuento y montará un drama ante la negativa de sus padres. Pero habrá que decirle que no y mantenerlo. Y habrá que mantener la calma, por supuesto. Hay que evitar, dice Castellví, “enzarzarse en discusiones”, “repetir argumentos” y, sobre todo, “hay que mantenerse firmes”. Hoy no se explica el cuento y punto. La firmeza, reitera: “Es clave en este momento… y difícil”, reconoce. Pero si cedemos hemos perdido la oportunidad de educar en la responsabilidad, de hacer entender a los hijos que las acciones tienen consecuencias.

Otra herramienta útil es evitar los sermones, huir del “ya te lo dije”. Tratar de ser más británicos que latinos al “no hablar del asunto” y, el día después, seguir con la vida cotidiana, como si no hubiera pasado nada. E, importantísimo, evitar las prisas, que Castellví califica como “uno de los elementos que más afecta las relaciones entre padres e hijos”.

A la hora de ir al colegio, por ejemplo, las prisas se convierten en un elemento desestabilizador de gran potencia. Ante esto, esta educadora ve dos posibilidades, también relativamente sencillas. La primera, despertarse antes y así disponer de más tiempo. La segunda, que el hijo afronte las consecuencias de remolonear por sistema. Así, sugiere: “Salir a la hora tanto si se ha preparado como si no. Esto puede implicar salir de casa a medio vestir e, incluso, en pijama. Una experiencia no demasiado agradable (…) que, no obstante, permitirá poner fin al problema en vez de alargarlo durante días”.

Eso sí, antes habrá que “avisar bien” de lo que puede suceder. Pero siempre en un entorno tranquilo y sin amenazas. En Educar sin gritar se dan varios ejemplos de cómo explicar a los hijos las posibles consecuencias de sus actos.

La idea es que asuman responsabilidades pero… ¿No hay peligro que, con tantas explicaciones y preguntas, se pase a la permisividad?, le pregunto. A veces, la línea entre educar en positivo y la crianza permisiva es muy fina. “Yo soy partidaria de una educación que lleva a la libertad responsable, que no sé qué nombre tiene…”, responde. “A veces hará falta ser respetuoso con las decisiones del niño o del adolescente y otras hará falta ser estrictos e inflexibles”. La clave, dice, es encontrar el equilibrio entre ambas necesidades: “Porque si se cae en la permisividad habrá consecuencias negativas en los niños y los padres las sufrirán desde el primer momento; hay niños que deciden cosas en la familia que no deberían decidir y esto no es bueno para nadie”.

El mensaje de Castellví es recuperar “una autoridad tranquila, que proporcione seguridad” en las familias. Y sin gritos por en medio, por supuesto. Pero si a veces se nos escapan… ¿Pasa algo? ¿Se puede educar bien gritando de tanto en tanto? “Sí, claro”, concede, “pero si no gritamos ganamos en calidad de vida. Nuestros hijos y nosotros. Porque a nadie le gusta gritar ni que les griten. No nos hace más felices”.

¿MELATONINA PARA NIÑOS? Porqué los expertos la desaconsejan.

El tema de los hijos y el sueño es uno de los más candentes y que más hace sufrir a los padres. Hoy está dominado por el antagonismo entre el método conductual y la llamada crianza «respetuosa», al que ya he dedicado algún reportaje.
El último capítulo en este asunto, sin embargo, es la moda de suministrarles melatonina (la hormona del sueño). Un remedio cada vez más publicitado y normalizado.
De hecho, fue un anuncio en la televisión el que me motivó a escribir un reportaje sobre este tema, publicado en la sección Parenting del Magazine digital de La Vanguardia. Comparto el link al reportaje pero os adelanto que los expertos NO la aconsejan.
Por cierto; me encanta la foto con la que lo han ilustrado, con esta niña durmiendo a pierna suelta:

Captura de pantalla 2020-06-26 a las 19.54.58

QUÉ HACER ANTE LA AVALANCHA DE PANTALLAS QUE SE AVECINA.

En general, la relación de los hijos con las pantallas crea un desasosiego entre los padres que se manifiesta en un cúmulo de preguntas. Desde las clásicas ¿Qué miran? y ¿con quién se relacionan? a la ya angustiante: ¿Son nativos digitales o adictos digitales?… No conozco a un padre ni a una madre que no sufra por este tema.
Pero durante este confinamiento las pantallas se han convertido en unas grandes aliadas. ¿Qué hubiéramos hecho sin ellas? Nos han ayudado muchísimo: a trabajar, estudiar, conectar con la familia y los amigos. Y su presencia en la era post-Covid 19 va a ser cada vez más abrumadora… Ahora toca aprender a gestionarlas y, para ello, tendremos que cambiar un poco el chip respecto a nuestro prejuicios sobre el tema. Eso lo que me recomiendan los tres expertos entrevistados para este reportaje que he escrito sobre el tema en el Magazine de La Vanguardia. ¡Espero que os guste!

 

 

COSAS QUE LAS FAMILIAS HEMOS APRENDIDO DURANTE EL CONFINAMIENTO

Os comparto mi último artículo en el MAGAZINE de LA VANGUARDIA donde expongo cuatro aprendizajes familiares muy valiosos durante la cuarentena.

— Podemos parar.

— Nuestros hijos son capaces de tolerar la frustración.

— Nuestros hijos son autónomos.

— Las emociones se gestionan en casa.

Porque, como decía el dicho, “si te dan un limón, hazte una limonada” o “no hay mal que por bien no venga”. Un abrazo y cuidaros mucho. Aquí el link de nuevo. 

Captura de pantalla 2020-05-18 a las 21.51.19

Virus, familia y ansiedad ¿Cómo lidiamos con esta emoción ambivalente?

La crisis sanitaria del Covid-19 está provocando ingentes dosis de ansiedad en todo el planeta. Una ansiedad que crece de forma exponencial a medida que conocemos las consecuencias económicas y sociales del dichoso virus. Comparto este reportaje escrito para la nueva sección de Parenting del Magazine de La Vanguardia, con consejos de expertos para lidiar con esta emoción tan compleja en estos tiempos turbulentos.

Aprovecho para mandaros también un abrazo (virtual, por supuesto). Y muchos ánimos.

 

 

LA NIÑA MÁS MIMADA DEL MUNDO

Se llama Ivanka Trump y es una persona que se me hace sencillamente insoportable. Después de su última actuación: saltarse el confinamiento en una  crisis sin precedentes para ir a celebrar la Pascua en el club de golf de su papá, no puedo resistirme a escribir unas líneas sobre ella.

No es la primera vez que aparece en este blog: en una entrada antigua dije que ella y su esposo, Jared, son el epítome del concepto de “entitlement”: esas personas que se creen con derecho a todo tipo de privilegios y no manifiestan ningún tipo de agradecimiento por su suerte.

Esa es Ivanka Trump: la niña mimada más mimada de la tierra. La niña que, pese a no estar cualificada, se ha convertido en asesora presidencial. La niña arrogante  que no ha mejorado en nada la vida de los ciudadanos estadounidenses porque, sencillamente, no le interesa.

La niña a la que solo parece preocuparle acertar en una cosa: sus estilismos y lucir unas cejas perfectamente depiladas. La niña que por ser “hija de”, va a una reunión del G-7 y hace comentarios banales con completa naturalidad. La niña que enchufa a su marido (tan o más inútil que ella) en la maquinaria de la Casa Blanca. La niña que, con voz susurrante insta a los norteamericanos a quedarse en casa y después coge un avión para irse al club de golf con su familia.

Captura de pantalla 2020-04-17 a las 13.59.27
Después de instar, con su voz aterciopelada, que nadie saliera de casa, la niña cogió un avión con su familia y se fue al club de golf de su padre, a celebrar la Pascua. Hipocresía en estado puro.

Ivanka y Jared son el colmo del nepotismo y la soberbia y un perfecto ejemplo de lo tremendos que pueden llegar a ser los niños mimados. Porque los niños mimados no solo son insoportables: su falta de empatía los hace también peligrosos. Ese es precisamente el caso de Ivanka: una niña consentida que, como su padre, desconoce un concepto tan básico como es el del bien común.

¡Qué familia!

 

CONFINAMIENTO: UNA PRUEBA DE FUEGO PARA LA FAMILIA

Estamos, sin duda, en una de las situaciones más extrañas que viviremos en nuestras existencias. Recluidos en casa, las 24 horas del día y sin fecha clara de salida, debido a un virus con forma de corona que ha puesto el mundo patas arriba. ¡Más de un tercio de la población del planeta estamos confinados!

Esta situación inédita pone a prueba a la familia que se ver forzada a convivir de una forma intensísima. En mi caso, de tener dos hijos adolescentes que entraban y salían, nos vemos los cuatro en casa, 24/7, con una gata gordísima por testigo. Incluso ella parece estar algo agobiada por tenernos en su territorio todo el día.

Frente a los que quieren que esta vivencia se convierta en otra competición para demostrar que somos los mejores padres —los más activos, entregados e imaginativos— y que vamos a pasar esta prueba con sobresaliente, yo reivindico otra cosa.

Reivindico, más que nunca, el aprobado. Y un cierto laissez faire en estas anormalísimas circunstancias. Con un cinco, repito, basta. Lo explico en este reportaje en la nueva sección de Parenting del Magazine de La Vanguardia que aprovecho para presentaros. Espero que os sea útil. Un abrazo (virtual, por supuesto).

Molly, confinamiento.
Nuestra gata, Molly, levemente molesta por nuestra presencia constante en “su” casa.

REFORMATORIO DE PADRES Y MADRES

“Estamos en el año 2030. La obsesión de los padres por educar a sus hijos –en la mayoría de los casos hijos únicos–, para un mundo extremadamente competitivo genera una tensión emocional que a menudo se desborda y provoca situaciones agresivas. En ellas, invariablemente, han estado implicados los progenitores…”. Así empieza “Reformatorio”, una ficción sonora de Radio Nacional de España (RNE), con guión de la escritora Elvira Lindo.

Lo escuché por casualidad y obviamente, lo he disfrutado muchísimo: narra la historia de un matrimonio de profesionales de clase media-alta dispuestos a darle TODO y hacer TODO por su hijo, que son  internados por orden judicial en un “reformatorio para padres”. ¿Las razones? Sendas agresiones a la profesora de piano de su hijo y al árbitro del partido del balonmano de la criatura. El niño se va a una familia de acogida porque la relación con los padres es “tóxica”.

Como se desgrana en los primeros e impagables minutos del docudrama, el Estado tiene que reaccionar ante la avalancha de progenitores sobreprotectores, agresivos e hipercompetivos que agreden a  maestros, jugadores, entrenadores y árbitros y/o se enzarzan entre ellos en batallas campales en chiqui-parks porque una madre ha osado llamar la atención a un niño ajeno. Los niños reaccionan quedándose atónitos o experimentando su primer ataque de ansiedad.

Captura de pantalla 2020-02-03 a las 18.31.52
Elvira Lindo, autora del guión, colabora también como actriz radiofónica en esta ficción sonora que tiene mucho de realidad.

Los disturbios son alarmantes y el Ministerio de Educación en la ficción de Lindo decide tomar medidas para “anteponer el bienestar del menor”. La medida estrella, en los casos más alarmantes (“porque hay padres reincidentes”, dice el personaje de la ministra de educación), es la retirada momentánea de la custodia de los hijos y un proceso de reeducación a los padres (“no sólo como padres sino también como ciudadanos”, recalca).

Preguntada por las causas de este fenómeno, el personaje de la ministra responde:  “Son muchos los factores: podríamos hablar de una competitividad enfermiza, proyectada en los hijos, de una vanidad delegada que consiste en ser alguien a través de los éxitos de los hijos, una compensación de las frustraciones y, desde luego, una mal entendida sobreprotección”. La idea es reinsertar para que no delincan porque, como dice el personaje de la ministra de educación: “Agredir es delinquir”.

Captura de pantalla 2020-02-03 a las 19.18.02
El equipo, al final de la grabación.

¡No se lo pierdan! Aquí está el link al podcast. Con estupendas interpretaciones de Cecilia Freire, Víctor Clavijo, Carmen Ruiz, Eulalia Ramón, Rodri Martín, Juan MegíasJuan Suárez y la colaboración especial de Íñigo Alfonso (director y presentador de Las mañanas de RNE) y la propia Elvira Lindo.

 

 

 

LA HABITACIÓN DEL ADOLESCENTE: CAOS, CONFLICTO Y OPORTUNIDAD.

Ropa y zapatos esparcidos, camas deshechas, bolsas, envoltorios, cáscaras de pipas, latas vacías, papeles, libros, cargadores de móvil, vasos de agua a medio beber y bocadillos a medio comer que empiezan a ser colonizados por hongos del género penicillium… ¿Les suena? ¿Podría ajustarse esta descripción al dormitorio de sus hijos adolescentes?

Comparto mi último post del año, dedicado a un espacio de la casa que con la llegada de la adolescencia a menudo se convierte en fuente de conflicto en las familias. Pero también, si se gestiona bien, puede ser una oportunidad educativa. Como madre de dos adolescentes vivo alguna de las situaciones que describo en este reportaje, publicado en el Magazine de LA VANGUARDIA. Dejo el link aquí y el texto, a continuación.

La habitación del adolescente

Texto de Eva Millet y fotos de Ana Jiménez — 22/12/2019

Especialmente en la adolescencia, la cuestión del dormitorio, su uso y orden, se convierte en un foco de tensión en la familia, además de un reflejo de los profundos cambios que se producen en una edad en la que la habitación se convierte en un bastión frente al mundo. Bien gestionado, sin embargo, este espacio puede transformarse en una herramienta educativa más.

Un cuadro de Jackson Pollock”. “El big bang”. “Un horror”. “Puro caos”. Estos son algunos epítetos utilizados para describir el espacio del hogar que más conflictos provoca entre padres e hijos: la habitación de estos últimos. En especial, cuando alcanzan la adolescencia, etapa en la que para muchos chicos y chicas su dormitorio se convierte en el bastión de su privacidad, la fortaleza frente a un mundo que no les comprende.

El reguero de ropa, zapatos, camas deshechas, bolsas, envoltorios, cáscaras de pipas, latas vacías, papeles, libros, cargadores de móvil, vasos de agua a medio beber y bocadillos a medio comer que empiezan a ser colonizados por hongos del género penicillium es algo conocido por los progenitores. Madres y padres que observan, perplejos, como sus retoños han pasado de tener un cuarto razonablemente ordenado –y en el que no pasaban demasiado rato– a convertirse en reyes del caos y ermitaños domésticos. Como comenta Pilar, madre de una adolescente de 13 años: “Mi hija nunca había estado en su cuarto, pero ahora siempre está ahí metida, pese al desorden que tiene”.

Un desorden que, como a tantos jóvenes, no parece perturbarle. De hecho, se queda perpleja cuando su madre le insta a “recoger un poco” su dormitorio. Tumbada en su cama triunfalmente deshecha, rodeada de ropa tirada, la persiana echada en pleno día y la mesita de noche salpicada de restos de galletas, suele responder con un mudo encogimiento de hombros o un indignado: “Déjame en paz… ¡Es mi habitación!”. “Y lo que normalmente hago –explica Pilar, resignada– es cerrar la puerta aunque, eso sí, antes abro la ventana, para ventilar”.

Sonia vive una situación similar con su hijo de 15 años, experto en depositar la bolsa de deporte sobre la silla (“con la equipación, bien sudada, en su interior”, describe la madre). Y ahí se queda la bolsa, rodeada de una explosión de zapatillas, calcetines y otras prendas que le rinden pleitesía. “Mi hijo nunca ha sido muy ordenado, pero los niveles de ahora… ¡Pasa de todo! El orden, la limpieza, no son importantes para él”, comenta la madre, un punto indignada.

Captura de pantalla 2019-12-31 a las 11.28.46
“El big bang”. “Un horror”. “Puro caos”… ¿Les resulta familiar? Foto: ANA JIMÉNEZ

Algo similar le pasa a ­Federico, padre de Teo, de 17 años, que explica que su hijo “no es que sea desordenado: es lo siguiente”. La habitación del chico es peque­ña, lo que, para su padre, “sirve de atenuante”, pero el desorden es monumental. De nuevo: la bolsa con la ropa de deporte usada, vasos de agua medio vacíos y ropa desperdigada.

Salvo contadas excepciones, las habitaciones de los hijos, al llegar la adolescencia, se convierten en un foco de colisión con los padres. “Sí. Es un clásico de los conflictos entre padres e hijos. Lo sigo viendo cada día”, explica la psicóloga barcelonesa Maribel Martínez. “Es un tema, además, importante: para el hijo es su espacio, y les pide a sus padres que le dejen. Y para los padres es su casa. Esta contradicción establece una pequeña lucha de poder, y ya tenemos el conflicto servido”, agrega. Experta en terapia familiar, Martínez es autora del libro ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? (Arpa Editores), una frase que se pronuncia con mucha frecuencia en las familias de todo el mundo, y no sólo respecto al estado de la habitación.

“Terapéuticamente, esta cuestión en concreto no es lo que lleva a los padres a la consulta, pero siempre surge como algo transversal”, dice el también psicólogo Ángel Peralbo, director del área de adolescentes del Centro de Psicología Álava Reyes de Madrid. Sin embargo, añade, en ocasiones, el estado del cuarto preocupa a los padres más allá de un tema doméstico: “Creen que el desorden sería el reflejo de una desestructura mental que podrían tener los hijos o hijas”.

En cierto modo, los temores de estos padres tienen su lógica. Incluso el progenitor más avezado se asusta ante ciertos niveles de dejadez, pero, especialmente, ante la indiferencia que sus hijos sienten por su entorno decadente. Ante el aire enrarecido, el reguero de ropa, la cama deshecha, los restos de comida…  No sorprende que, ante este cuadro, sean muchos los padres y las madres que se pregunten, algo alarmados: ¿Qué le pasa?

“¡Lo que le pasa es que es adolescente!”, responde Francisco Mora Teruel, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Neurociencia por la de Oxford. En uno de sus libros, Mitos y verdades del cerebro (Paidós), ya detalla lo que sucede en el cerebro durante una etapa que, “en términos de conducta, es una vorágine”, dice, “el periodo de la vida humana en el que realmente se vive en riesgo”. Este experto recuerda que en las fases comprendidas entre la pubertad (de los 12 a los 14 años) y la adolescencia (de los 14 a los 18), el cerebro experimenta “cambios profundos”. Se conforma nada más y nada menos que el cerebro adulto. “Ello conlleva vicisitudes y tiempos convulsos que se expresan en la conducta, y que tantas veces sufren los padres de algunos adolescentes al manifestarse en forma de desajuste o falta de acomodo en las relaciones con la familia, el colegio o la sociedad”.

Como neurocientífico, Mora Teruel recuerda que “una de las características principales del adolescente es que se trata de un individuo siempre en busca de recompensas. De placer con inmediatez, además”. El cerebro adolescente está en una situación de querencia constante de halago. “¿Y qué ocurre con eso? Pues que esta urgencia le hace prestar muy poca atención a lo que significa la inmediatez de su entorno. Incluso en la cuestión de las relaciones, pero, sobre todo, en aspectos como el desorden”.

El cerebro adolescente, todavía inmaduro pero en plena trasformación, no tiene tiempo de pensar en hacerse la cama o en recoger la ropa tirada. “El adolescente no planifica a largo plazo, lo hace a corto término. Y eso provoca que ni clasifique ni ordene lo que no le interesa. Y que tampoco piense en los demás (como sus padres), que son los que tienen que hacer esa tarea por él”, resume Mora Teruel.

El cerebro no adquiere su madurez hasta los 25 años, edad en la que la mayoría de los jóvenes españoles aún no se han independizado. ¿Quiere esto decir que muchas familias tendrán que aguantar el caos doméstico durante varios años? En principio, no debería ser así porque, como señala Mora Teruel, “aunque la genética nos determina en un 25%, el 75% restante de la persona son la cultura y la educación que se recibe. Y en función de ambas, esos periodos de pubertad y adolescencia se pasan de una u otra manera”.

Por ello, resultará mucho más fácil la convivencia con un adolescente al que ya de pequeño se le asignaron tareas en el hogar que con uno que nunca ha movido un dedo en casa. “Es cierto, si jamás les hemos pedido que pongan una mesa o doblen un jersey, no podemos pretender que, por arte de magia, a los 13 años tengan su habitación impecable: tenemos que empezar a educar en el orden y en las tareas domésticas desde pequeños”. Así de claro lo tiene la organizadora personal Marta Fernández, cuya empresa, Bye-Bye Caos, ha ordenado más de un cuarto adolescente. “El mayor problema es la ropa –cuenta–; una clienta me llamó para organizar el vestidor de su hija. Tenía más de cien tejanos y docenas y docenas de pares de zapatos. ¡No había días en un año para ponerse todo!”.

Captura de pantalla 2019-12-31 a las 11.29.10
La genética importa pero la educación, más: resultará mucho más fácil la convivencia con un adolescente al que ya de pequeño se le asignaron tareas en el hogar que con uno que nunca ha movido un dedo en casa. FOTO: ANA JIMÉNEZ

Marta siempre ha sido “muy ordenada” y así ha educado a su hija, que ahora tiene 14 años. Por ello, le cuesta entender la fase actual de la adolescente, que consiste “en cambiarse tres o cuatro veces al día y dejarlo todo acumulado en la clásica silla de la ropa… ¡que odio!”, dice. De todas maneras, está convencida de que es algo pasajero. “Ahora estamos en un momento delicado, no dudo que volverá a la normalidad, porque siempre ha sido ordenada. Entre tanto, mucha paciencia”, concluye, resignada.

NIÑOS, ADOLESCENTES Y ANSIEDAD — (mi nuevo libro)

En dosis adecuadas, puede ser una aliada. Porque si no sintiéramos una cierta ANSIEDAD en nuestro día a día no saldríamos de la cama cada mañana. Sin una cierta ansiedad perderíamos todos los aviones y trenes de nuestra vida, solo los genios sacarían sobresalientes en un examen y nadie entregaría una tarea a tiempo o ganaría un torneo deportivo. Tampoco seríamos buenos cuidadores, porque esta emoción fundamental nos ayuda a crear lazos afectivos y fomenta la empatía.

Sin embargo, la ansiedad tiene un lado oscuro muy poderoso, que se manifiesta en su capacidad de fastidiarnos la existencia si se presenta en dosis excesivas.

A esta emoción fundamental y compleja, que tiene una posición central en el pensamiento psicológico, y que sedujo al mismísimo Freud, he dedicado mi último libro, que se publica esta semana.

Captura de pantalla 2019-10-12 a las 23.40.03

NIÑOS, ADOLESCENTES Y ANSIEDAD (Plataforma) pone el foco en la ansiedad entre los menores. En parte porque, si hasta hace relativamente poco se consideraba que los trastornos de ansiedad no eran cosas de niños, hoy se habla —especialmente en los medios anglosajones— de una epidemia entre los más jóvenes.

Mi percepción es que ni lo uno ni lo otro. Como el dinosaurio, la ansiedad entre niños y adolescentes siempre ha estado allí. Lo que ocurre hoy es que hay más consciencia y se diagnostica más: la Organización Mundial de la Salud calcula que, en el mundo, entre el 10% y el 20% de los niños y los adolescentes experimenta trastornos mentales, siendo los relacionados con la ansiedad los más comunes.

Los terapeutas, eso sí, están sorprendidos ante una ansiedad entre los menores cada vez más precoz y virulenta. Una ansiedad que no deja de ser un reflejo de la actual sociedad ansiosa e hipercompetitiva y de una crianza sobreprotectora, cada vez más en boga (la hiperpaternidad, ¿les suena?). Con esas infancias cada vez más frenéticas y con menos tiempo para el juego: un derecho de la infancia que, junto a los abrazos, es uno de los mejores ansiolíticos.

“Niños, adolescentes y ANSIEDAD” pretende ser una radiografía de esta emoción compleja, poniendo el foco en los menores. A través de reflexiones de numerosos expertos, entrevistas con niños y adolescentes y una bibliografía seleccionada, he tratado de explicar de una forma clara y concisa cómo y por qué afecta la ansiedad a nuestros hijos.

Cómo la describen y la enfrentan. Cuáles son las nuevas fuentes de ansiedad —con las redes sociales como uno de los factores estrella— y porqué el padecerla se está convirtiendo en algo codiciado entre algunos jóvenes. Qué síntomas deben de alertarnos y de qué manera padres e hijos podemos lidiar con ella, para aprender a convivir en paz con esta emoción clave.

Os invito a leer la Introducción a mi nuevo libro deseando que sea de vuestro interés. Yo he experimentado no pocas dosis de ansiedad al escribirlo, pero creo que ha valido la pena profundizar en esta emoción que, nos guste o no, nos acompaña durante toda la vida.

Captura de pantalla 2019-10-12 a las 23.34.40Captura de pantalla 2019-10-12 a las 23.34.45Captura de pantalla 2019-10-12 a las 23.34.52