¿COMIDA SANA U OBSESIÓN? La moda del «clean eating».

Comparto este artículo publicado en la sección de Parenting en el Magazine de La Vanguardia. El tema: cómo conseguir un equilibro en la alimentación de los hijos, en una época de auge por lo orgánico y la comida limpia; en la que la buena madre es la que no permite que sus hijos prueben el azúcar y los hábitos de millonarias ensimismadas se convierten en referentes para las clases medias.

No me malinterpreten: alimentar bien a los hijos es fundamental. De hecho, desde siempre, el tener un hijo “bien alimentado” ha sido sinónimo de buena progenitora. Este concepto, sin embargo, ha variado con el tiempo: aquí en España, por ejemplo, en la Posguerra, criar un hijo gordo era un signo de estatus, de una despensa llena. Hoy, el sobrepeso infantil se da en las clases bajas y es casi un signo de negligencia. En el otro extremo, los niños orgánicos y veganos son patrimonio de los más pudientes.

O de los más obsesionados: me ha llamado mucho la atención una noticia, referente a uno de los cabecillas del asalto al Capitolio, el 6 de enero. Resulta que el hombre de los cuernos de bisonte solo come orgánico. Y como está en prisión preventiva, su madre está preocupadísima porque su pobre hijo “se enferma si no come alimentos orgánicos”. Es una criatura muy especial, delicada.

Fuente: DIARIO PÁGINA 12, enero 2021.

En fin, pasen y lean. Aquí esta la versión web y, en las siguientes líneas, bajo la foto el texto seguido:

En el siglo XXI, que se está convirtiendo en el de la polarización, encontramos dos llamativos grupos de criaturas. En uno estaría el nieto de los dueños del colmado de mi barrio: un niño de unos once años que se pasa la tarde en la tienda, con sus abuelos, comiendo ganchitos, chucherías y bollería industrial y si tiene sed, bebiendo un refresco de naranja.

El chaval, tímido y educado, ya está en dos estadísticas: forma parte de ese 34% de menores con sobrepeso que hay en España y de esos tres de cada diez niños con “obesidad abdominal” que ha detectado un reciente estudio de la Sociedad Española de Cardiología. Entre otros, la obesidad abdominal está relacionada con un mayor riesgo de sufrir problemas cardiovasculares y enfermedades como la diabetes tipo 2.

Pero vayamos al segundo grupo, en apariencia, mucho más amable y aún minoritario: sería el de los niños alimentados con lo que se conoce como “comida limpia”. Hijos de progenitores de clases medias y altas cuyos padres han llevado el concepto de comida saludable varios grados más allá. Están obsesionados. Por ello, sus hijos únicamente comen productos orgánicos y no han probado el azúcar, que es visto como el demonio en algunos hogares. Ni la sal, el gluten y, por supuesto, la comida procesada.

Como tantas otras, la tendencia del “clean eating” empieza en Estados Unidos, donde ya existe una potente industria a su alrededor. Algunos de sus paladines son personajes como la actriz Gwyneth Paltrow, que en 2013 reveló en un libro de cocina que ni ella ni sus hijos comían hidratos de carbono, arroz, leche y huevos. Paltrow explicó que después de hacerse una serie de análisis descubrió que toda la familia “éramos intolerantes a estos alimentos, además de a otros que siempre pensé que eran saludables”. Controvertida divulgadora de todo tipo de pseudociencias, Paltrow añade que en su conversión a una “dieta muy limpia y muy sana” la guió un doctor “que combina la medicina tradicional con la nutrición, la osteopatía, el Ayurveda, la medicina tibetana, la antroposofía, la acupuntura y la sanación por energías”. Si nos atenemos a las recetas de su libro, ella y sus hijos se alimentan a base de quinoa, aguacate, kale y pescados salvajes. Beben leche de almendra y de coco y endulzan con azúcar de abedul lo que consideran conveniente.

No es la única celebridad que presume de ser la madre que alimenta más “limpio” del mundo. Alicia Silverstone, otra intérprete, explica que su hijo Bear, pese a tener el nombre de un enorme omnívoro, es vegano. La actriz está “comprometida” a procurarle “una dieta orgánica, basada en vegetales; solo los más puros y saludables posibles. Queremos que tenga un sistema inmune fuerte, que sea super sano”.

Aunque las vidas de estas millonarias de Hollywood parecen estar a años luz de las nuestras, la sociología ya ha demostrado que los hábitos de los ricos se traspasan a las capas sociales inferiores. El movimiento por la crianza natural, por ejemplo, que se está convirtiendo en tendencia dominante, también tiene su origen entre las clases altas californianas. En sintonía, la obsesión por la comida híper saludable está llegando a los hagstags de Instagram (#cleanfood #cleaneating) y a nuestros lares. Como las ganas de explicarlo, para demostrar que somos los mejores padres. Así, si nuestras criaturas comen un huevo ecológico al día o desayunan aguacate, se cuenta en las revistas. Hoy, la buena madre es la que alimenta orgánico y “limpio”. La que veta productos que hasta ahora nos parecían inocuos.

Y escribo «madre» porque, culturalmente, la responsabilidad de alimentar a los hijos ha recaído en las mujeres. Desde siempre, el tener un hijo “bien alimentado” ha sido sinónimo de buena progenitora. Este concepto, sin embargo, ha variado con el tiempo: en la Posguerra criar un hijo gordo era un signo de estatus, de una despensa llena. Hoy, el sobrepeso infantil se da en las clases bajas y es casi un signo de negligencia. En el otro extremo, los niños orgánicos y veganos son patrimonio de los más pudientes.

Todo ello con un coste y no solo económico. La alimentación de la prole, desde tiempos inmemoriales, genera grandes dosis de estrés. “Sí, es así: hay algo muy ancestral, muy visceral, con la cuestión de que tenemos que tener a nuestras criaturas bien alimentadas”, explica Roger Ballescà, coordinador del Comité de infancia y adolescencia del Col•legi Oficial de Psicologia de Catalunya. Esta preocupación “tenía mucho sentido en momentos de carencia de alimento. Sin embargo, ahora estamos en una época de abundancia. Lo que ocurre es que hay un elemento cultural: la alimentación en la infancia, que está un poco sobredimensionado, tanto por lo que respecta a la cantidad como a la calidad”. Y para algunas familias, añade: “La preocupación por los los hábitos alimentarios de los hijos, a priori normal y saludable, se puede convertir en una obsesión”.

Ballescà trabaja mucho los trastornos obsesivos compulsivos. Y no duda que, llevada al extremo, esta tendencia por la “comida limpia” puede convertirse en uno. Me remite al término “ortorexia”, que aunque aún no está reconocido como enfermedad por la OMS, se utiliza para denominar la obsesión por la comida sana. “Es un trastorno obsesivo, sí. Del mismo modo que una persona obsesiva comprueba si ha cerrado el gas quince veces, pues es exactamente lo mismo: es un hábito saludable que se convierte en un trastorno por la vía de llevarlo a su extremo. Aquí está la paradoja”.

¿Dónde estarían las líneas rojas entre comer sano y obsesionarse? “Cuando hay una ausencia de flexibilidad. Esa es la clave”, responde. “Una cosa es que quieras alimentar a tu hijo de forma correcta y no pasarte con los azúcares o los alimentos procesados, y la otra es que no se pueda hacer ningún tipo de excepción con estas rutinas”. Otro elemento que nos indica que hay algo problemático: “Es saber de dónde viene esta inquietud; si es desde el sentido común o desde el miedo y la ansiedad”.

Aunque es muy positivo desarrollar buenos hábitos alimenticios desde la niñez, una obsesión por la comida sana también tener consecuencias. Como niños y adolescentes que sienten culpables, ansiosos —incluso, sucios—, por comer un día alimentos prohibidos, como unas patatas fritas, un helado o una pizza.

En Estados Unidos, un estudio de la Universidad de Pensilvania demostró que los niños criados con muchas restricciones en la dieta, en familias donde la comida “apetecible” está prohibida, son más ansiosos ante esta. Por contra, los que han podido probar de todo se sienten más tranquilos ante las tentaciones. “Es lógico”, dice Roger Ballescà. “De la misma forma que forzar a un niño a comer genera rechazo y aversión, la prohibición estimula el deseo”.

Este experto aboga por vigilar y ser un poco flexibles; “Es decir, dentro de una dieta saludable se pueden incorporar algunos elementos que tienen más que ver con el placer que no con la dietética y la nutrición. El placer también forma parte de la alimentación”, señala.

Ni el terapeuta ni esta periodista ni el equipo de la Universidad de Pensilvania que elaboró el citado estudio sugieren dejar que los hijos coman todas las porquerías que quieran… Lo que se recomienda es no planificar una alimentación desde la ansiedad, el miedo, la inflexibilidad e incluso, las modas: “Porque es muy probable que esto genere dificultades alimentarias en el futuro”, señala Ballescà. Si esta cuestión, en cambio: “Se enfoca desde el sentido común, la flexibilidad y el respeto a la características de sus hijos, siguiendo sus ritmos, no se deberían generar problemas”. Al final, se trata de una cuestión de extremos y aquí el punto medio, como tantas otras cosas en la vida, es el que interesa.//

Sobre la cuestión de “acabarse el plato”, otro clásico en la crianza.

“We love you, you’re all very special”

«Os queremos, sois muy especiales». Estas fueron las palabras que Donald Trump dirigió a la horda de seguidores que irrumpió en el Capitolio, el edificio que alberga las dos cámaras del Congreso de los Estados Unidos, paralizando durante unas tensas horas la democracia del país.

Los seguidores, como reza esta crónica de El País, se abrieron paso al grito de: «Este es nuestro Congreso, tenemos derecho a estar aquí». Y bajo este lema: “Rompieron ventanas, arrojaron gas pimienta, colocaron banderas y pancartas en las estatuas del Capitolio. Se fotografiaron en los pupitres de los senadores, en el estrado de mármol reservado al vicepresidente y en los despachos de los congresistas, posando con los pies sobre las mesas”.

Las hordas de Trump atentaron contra la democracia de su país porque, según ellos, tenían derecho.

Muchos derechos, ningún deber y un egocentrismo desbocado. Esta es la esencia de todo niño mimado, una figura que, en el siglo XXI, tiene su epítome en el que ha sido el 45 presidente de EEUU. Una persona llena de privilegios pero incapaz de agradecerlos ni de asumir las responsabilidades que estos conllevan. Una persona que no sabe perder, con tolerancia nula a la frustración y a la que solo le importa ÉL —y, de vez en cuando, sus también mimadísimos descendientes, a los que ya me he referido en alguna ocasión en este blog.

Un hombre que nunca ha dejado de ser un abusón malcriado y mentiroso, características que se han exacerbado en estas últimas semanas —la prensa, de todo el mundo se ha referido con normalidad a los «berrinches» y «rabietas» de Trump— y que tuvieron su punto culminante en la jornada de ayer.

Una de las consecuencias inmediatas al comportamiento de Trump durante la crisis del Capitolio fue suspenderle su cuenta en Twitter y en otras redes sociales (¿le habrán confiscado el móvil, también?) Confiemos que caerán algunas más graves pero no tengo demasiada esperanza: los niños mimados e hiperprotegidos suelen salirse con la suya.

Hagan lo que hagan, «son muy especiales»; una expresión habitual en las crianzas en Estados Unidos, de la que ha derivado la cultura del «eres especial», sobre la que se ha escrito mucho (a destacar, el libro You are NOT Special). En el se describen a esas personas educadas con la idea de creer que tienen derecho a todo simplemente por el mero hecho de existir. Esos individuos que se sienten superiores y destinados a grandes cosas porque, desde el día uno, les han repetido, mil y una veces, lo especiales que son.

Y sí, los hijos pueden ser muy especiales para los padres pero no para el resto del mundo. Un mundo con casi ocho mil millones de individuos y en el que uno no siempre tiene la razón en todo ni, por supuesto, es el más especial.

Una realidad con la que chocan personas como “Elizabeth, de Knoxville, Tennessee”, una de las asaltantes al Congreso, que estaba indignada, en shock total, porque como explica en tono lastimero en este video: «Me han echado gas pimienta». Los policías. ¡A ella! Que estaba asaltando el Capitolio. ¡¿Cómo se atreven?!

Francamente, no sé que ve Trump de especial en los vándalos que ayer tomaron el Capitolio; yo solo veo violentos malcriados dirigidos por el más malcriado de todos.

Uno de los asaltantes llevaba una bolsita con el lema: MY MOM THINKS I AM SPECIAL.

 

EL “GOLPE DE AIRE”: un mito a derribar.

EL GOLPE DE AIRE o el terror de incontables generaciones de padres latinos que, ante la mínima brisa, hemos perseguido a nuestros retoños a la voz de “¡Ponte la chaqueta!, vas a constiparte”. Y hemos recibido, invariablemente, la respuesta “¡Pero si NO tengo frío!” de la criatura objeto del abrigo.

EL GOLPE DE AIRE o ese un enemigo invisible, terrible, dispuesto a desatar la enfermedad de nuestros preciosos hijos. Y pese a que nuestros climas cada vez son más tórridos en verano y más suaves en invierno, este temor, atávico, sigue muy arraigado.

A mí me ha ayudado mucho hablar con un experto sobre este tema, para derribar mitos sobre una cuestión que, junto al “corte de digestión” fue uno de los pilares de mi infancia.

Además, resulta que en tiempos de pandemia, la ventilación es la mejor aliada contra el covid y una de las razones por las que las escuelas no se han convertido en los focos de infección que se temía. Gracias a la ventilación suave y sostenida las clases han dejado, además, de oler “a hacinamiento” y se han reducido considerablemente otras enfermedades respiratorias infecciosas.

Así me lo cuenta el doctor Juan Antonio Ortega, de la Asociación Española de Pediatría, que también me revela: 1) Que el golpe de aire, a diferencia del golpe de calor, NO es dañino 2) Que uno se resfría si hay virus, NO si enfría y 3) Que los niños toleran mejor las bajas temperaturas: su confort térmico se alcanza a temperaturas más bajas que las de los adultos. Así que perdamos el miedo AL GOLPE DE AIRE. Yo voy a intentarlo… Os dejo el artículo que he escrito en la sección de Parenting del Magazine de La Vanguardia, solo tenéis que clickar en este link.

HIJOS Y ROPA: EL CONFLICTO ESTÁ SERVIDO.

Comparto la crónica publicada en el Magazine de La Vanguardia sobre un tema tan cotidiano como espinoso. Si no podéis acceder, el texto está más abajo.

Sin llegar al paroxismo de Ana Mato (aquella ministra del PP cuyo momento preferido del día era “por la mañana, cuando veo cómo visten a mis niños”), una de las cosas más agradables de la maternidad y la paternidad es preparar el armario del bebé. Esos pijamas de algodón, esos tejanos diminutos, las chaquetas de punto…A menudo, antes de que los hijos existan ya existe un ropero y, cuando nacen, el cambiarlos se convierte en una de las primeras formas de establecer un vínculo.

Durante los dos, tres primeros años, este romance continúa: en parte porque vestimos a los hijos como queremos y, obviamente, nos encanta el resultado. Sin embargo, cuando empiezan el colegio el romance empieza a enfriarse: por las mañanas la criatura es incapaz de vestirse o tarda demasiado y, por muy mona que sea la ropa, se escapan algunos gritos. Es el primer bache en una larga relación en la que pueden surgir nuevos tira y afloja. Como que quiera ir vestido de Superman al colegio. O exija que le compren, ¡ya! esas deportivas de cien euros, tan de moda. 

Esta relación se remata en la adolescencia, periodo en el que el sentido de la estética de los hijos y los padres está a años luz. La brecha generacional nunca es tan aguda como en este momento de la crianza. El look, además, no se ciñe a las prendas de vestir: intervienen otros factores. Uno es un clásico: el peinado, que lleva generaciones escandalizando a los progenitores (¿se acuerdan de los Beatles?). Sin embargo, en el siglo XXI no hay que desdeñar los complementos, destacando las ristras de pendientes en las orejas de hijos e hijas, los piercings y, como remate, los tatuajes. 

En millones de familias el look de la prole provoca disgustos, discusiones y añoranzas: el duelo por las adorables criaturas que fueron.No es tema baladí y lo confirma la terapeuta familiar Agnès Brossa, que trata en su consulta cuestiones vinculadas con este tema: de lo que tardan en vestirse a lo que se ponen. Sin olvidar “que el tema de la ropa también está vinculado con trastornos alimentarios como la anorexia, relacionados a su vez con la importancia exagerada que hoy tiene la imagen”.

La psicóloga explica que ha visto niños (y sobre todo, niñas), “con tres, cuatro años, muy preocupados por lo que visten, estrenan, lo que está conjuntado, el qué dirán…”. Las vidas y atuendos de muchos de ellos han sido documentados por sus padres en las redes sociales, un hábito que acentúa esta obsesión precoz por la imagen.

Debido a la democratización de la moda, los niños hoy tienen gran cantidad de ropa. Y más allá de la cuestión ética de la cultura del usar y tirar, otra de las consecuencias son los armarios atiborrados. Espacios donde, a menudo, encontrar lo que ponerse no es fácil. Por ello, algo tan sencillo como preparar el conjunto la noche anterior ahorra tiempo y discusiones. 

De todos modos, aquí las cosas también han cambiado: en muchas familias hoy son los hijos los que escogen la ropa, por pequeños que sean. Es uno de los pilares de la llamada crianza “respetuosa” en la que niño, sabio por naturaleza, dirige su educación. Y entre el abanico de aspectos a escoger en la vida cotidiana está la ropa. 

En una entrevista reciente, otra ministra, Irene Montero, de Podemos, explicaba que cada mañana sus hijos de dos años eligen entre las tres camisetas que ella les ofrece. ¿Qué piensa la psicóloga? “En principio, el que los niños aprendan a escoger es bueno. Pero al final les damos tanto poder y estos mensajes de que todo ha de ser en función de sus deseos que… ¿Qué pasará cuando no se puedan cumplir? ¿Realmente hay que dar a elegir entre tres camisetas? ¿O te pones la azul, que está limpia, y ya está? Son muy pequeños, no sé si es necesario”, reflexiona Brossa.

Este dar a elegir también puede aumentar el estrés matutino, intenso en muchísimas familias. A diferencia de Ana Mato, la mayoría de los mortales no disponen de alguien que les vista a los hijos. Y la lentitud en esta operación suele ser motivo de conflicto. En muchas ocasiones, los padres acaban haciéndolo. “Creo que tenemos un problema con los hábitos y las rutinas. Y esto deriva en una sobreprotección en la que los padres lo hacen todo, son como sirvientes de sus hijos”, dice Agnès Brossa. Para esta terapeuta, el estrés empieza con el hábito de ir a dormir tarde. “Es fundamental que los niños duerman sus horas porque si no, por la mañana les cuesta despertarse, tienen malhumor y no se establecen los tiempos adecuados. Todo se retrasa y el vestirse se convierte en un drama”. 

Y los niños, asegura Brossa, pueden empezar a vestirse antes de lo que creemos: “A los dos años ya se sacan la ropa solos y a los tres empiezan a poderse ponerse algunas prendas, como la ropa interior, los calcetines…. Nosotros podemos acabar de rematar y ayudarlos”. Cuanto antes se empiece, más destreza tendrán. ¡Y ni se les ocurrirá que los padres los vistan! La autonomía también se entrena”, recalca. De todos modos, en su consulta se ha encontrado casos de niños “de hasta ocho años” que no saben vestirse solos.

Otro aspecto que puede generar conflicto es el deseo de algunas criaturas de ir disfrazadas al colegio. “Aquí la pregunta es la misma: ¿El niño manda o hemos de ser la autoridad que les guía en lo que es correcto?” Hay progenitores que consideran una forma de expresión, de genialidad, incluso, que sus hijos quieran ir disfrazados. Brossa reflexiona: “Sí, pero creo que les enseñas poco respeto al otro. ¿Alguien ha pensado que significarán esta capa de superhéroe o la falda de princesa para la maestra? Porque son incompatibles con la bata escolar o con la hora de gimnasia. Y la maestra tiene 25 niños y el tiempo que dedica a que se quiten la prenda va en detrimento del resto” Por ello: “La capa la guardamos para jugar en casa o para Carnaval”.

Con la adolescencia, la cuestión de la autonomía debería estar resuelta, pero llega otro aspecto: los hijos se ponen cosas que nos parecen inadecuadas, espantosas, incluso. “Sí, es un clásico de la adolescencia, que no deja de ser una etapa de distanciamiento emocional con los padres pero, también, de búsqueda de identidad. Y en esta búsqueda, el referente son los iguales”, explica Brossa.

Por todo ello, la terapeuta considera que en esta etapa: “Deberíamos dejar que escojan porque están buscándose”. Y, aunque hay momentos en los que te has de plantar y decirles ‘esto no es adecuado y no te lo dejo llevar’, a veces no es tan fácil. En parte porque en muchas familias no se ha hecho antes: “Y ¿qué autoridad tienes para decirle ahora que algo no es adecuado si no se lo has dicho nunca? Es de niños cuando hay que hacerlo”.

La ropa no es la única fuente de conflicto: están también el peinado, los pendientes, piercings y tatuajes (para realizarlos antes de los 18 años se precisa el consentimiento de los padres). Aquí la experta aconseja que respiremos profundamente e intervengamos en los casos más extremos: “En la adolescencia la confrontación no funciona, funciona el diálogo”. 

Así, con el tema del piercing, un no rotundo no servirá. Brossa aboga por tratar de razonar o negociar: “Como llegar a un acuerdo: un piercing pequeño en la oreja, quizás, pero no en la lengua, porque te puedes infectar… Es importante relacionarlo con la salud”. Y explicarles que los tatuajes son marcas en la piel que duran toda la vida y que, como padres, no queremos ser cómplices de algo de lo que se pueden arrepentir.

Con la peluquería, recomienda relativizar: “Porque una cosa es teñirse el pelo de rosa y otra, tatuarse”. Así que ante la aparición del vástago con el último peinado y/o decoloración de moda, de nuevo, mucha calma. Como máximo: “Puedes decirles «el peinado no me gusta pero tú sigues igual de guapo/a»”. Nos ahorraremos discusiones.

¿Es peor la adolescencia femenina?

La transformación de niña encantadora en quinceañera insoportable es una realidad intensificada en los últimos años.
Casi de un día para otro se pasa (y no solo en las niñas) de los abrazos cariñosos al rechazo indisimulado. De las sonrisas encantadoras a los morros. De contarlo todo a no explicar nada. De la atención incondicional al “no me des la lata” (o la chapa ola vara, según el argot que corresponda). De esos “¡os quiero!” que provocaban un vuelco al corazón al “¡os odio!” (a veces con la puntilla “sois los peores padres del mundo”) que parecen partirlo en dos.
Este cambio de dulce niña a “malota” trastoca las relaciones familiares y puede llegar a vivirse como un doloroso fracaso. En especial, por parte de las madres.
De este tema, algo espinoso, sí, y de cómo hacerle frente va mi último artículo en la sección de #Parenting del Magazine de La Vanguardia. Os comparto el link, solo tenéis que clickar. ¡Gracias!

 

¿A qué edad pueden enterarse de lo qué pasa en el mundo?

Atentados, guerras, refugiados, crisis, el coronavirus… El panorama informativo actual es denso y alarmante. ¿Cuándo hay que explicarles a los hijos lo qué pasa en el mundo? ¿Y cómo?

De esto va mi nuevo artículo en la sección de PARENTING del MAGAZINE de LA VANGUARDIA. Os adelanto que en esta cuestión la precocidad no vale: los expertos coinciden que no conviene exponer a las criaturas a los infortunios del planeta de forma precoz y, especialmente, sin un acompañamiento adulto. Así que antes de los siete años, a dieta mediática.

No es sobreprotección, sino sentido común. Y (para variar), trabajo: una paternidad y maternidad responsables también implica procurarles una buena dieta mediática, como ocurre con la alimentación. Aquí va el artículo. Ojalá os sea útil.

TODO SOBRE LAS AMPAS

Os comparto el reportaje titulado “¿Entro en el AMPA? Aventuras y desventuras de las familias más comprometidas con la escuela” publicado en la sección de PARENTING del Magazine de La Vanguardia. Aquí tenéis el link y, si no podéis acceder, aquí el texto completo:

Mucho antes de que el voluntariado se convirtiera en tendencia y las siglas invadieran nuestras vidas, estaban las AMPA; las asociaciones de madres y padres de alumnos de la escuela. Estas organizaciones son clave para el buen funcionamiento de un centro y van a tener un papel muy relevante en un curso marcado por la pandemia. Sin embargo, sus características -son voluntarias, asamblearias y heterogéneas- hacen que, a veces, las ampas generen problemas y polémicas. Y que más de un miembro de una (como quien firma estas líneas) haya proferido un desesperado ¡Socorro!

Las ampas tienen un largo recorrido en nuestra sociedad. Leticia Cardenal, presidenta de la CEAPA (la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos), me cuenta que en España se crearon en 1931, con la Segunda República. De todos modos, matiza: “Funcionaron de manera discontinua y con mucha dificultad”. De hecho, añade Lidón Gasull, directora de la FaPaC (la Federació d’Associacions de Mares i Pares d’Alumnes de Catalunya): “No fue hasta el 1975 cuando una orden del gobierno las legaliza. Hasta entonces, trabajaban en la semi-clandestinidad”.

Ese mismo año nació la FaPaC y, en 1979, en plena Transición, se creó la CEAPA. Desde entonces, las ampas no han parado. Y han evolucionando en paralelo a una sociedad en la que el interés de los padres por la escuela de sus hijos aumenta y en la que han cambiado, mucho, los modelos de familia. Esto se refleja en las siglas: primero se pasó del APA (la Asociación de padres) al AMPA (madres y padres) y ahora ya se habla de AFA (Asociación de Familias).

Son raros los colegios que no cuentan con una. Funcionan con asambleas, reuniones de asistencia muy variable en las que se vota al presidente y a la Junta. Su misión, como detalla Leticia Cardenal, es apoyar a la escuela “para resolver conflictos, organizar actividades, ofrecer formación, informar a las familias y representarlas en el Consejo Escolar y ante las administraciones”.

Pero hay más. En muchas ampas la actividad es extraordinaria. Las hay que gestionan el comedor, las extraescolares y las colonias. La compra y reciclaje de los libros de texto y el servicio de acogida. Sin olvidar el apoyo a familias con dificultades, llegando a ser el vínculo con servicios sociales.

También están las fiestas, por supuesto: eventos importantísimos en la vida social escolar que, a menudo, organiza el AMPA y que van a tener que revisarse con el coronavirus. Otra labor importante es la formación de familias, “uno de los pilares que tiene toda AMPA que funcione”, apunta Josep Manuel Prats, presidente de FAPEL (la Federació d’Associacions de Pares i Mares d’Escoles Lliures de Catalunya). Este experto destaca otras dos funciones: “colaborar en las actividades educativas y promover la participación de los padres en la gestión del centro”.

Estos y otros puntos se llevan a cabo desde la Junta, donde hay comisiones de todo tipo: de las clásicas comedor, fiestas y extraescolares a las ya más especializadas, como colonias, reciclaje de libros, apoyo a la diversidad, género y sostenibilidad… Sin olvidar algunas tan llamativas como la Comissió de Gegants, encargadas del mantenimiento de estas figuras tradicionales y de su aparición estelar en fiestas y acontecimientos señalados.

Aunque son entidades sin ánimo de lucro, hay ampas que mueven sumas importantes de dinero. Algunas actúan con total transparencia y presentan sus cuentas anuales en la asamblea. Otras, no lo hacen. Han habido, incluso, casos de corrupción, reflejados en la prensa: historias de tesoreros y presidentes que se han apropiado de sumas que van de los 29.000 euros (en Ciudad Real) a los 86.000 euros (en Rubí, Barcelona).

Algunas ampas funcionan como clubs exclusivos, donde los integrantes de la Junta parecen pasárselo bomba en petit-comité, mientras que otras (la mayoría), batallan por tener más miembros. Tan necesarias como heterogéneas, en estas entidades de carácter voluntario se pueden dar tanto éxitos como fracasos, amistades intensas y desavenencias flagrantes. Sin olvidar la relación con el centro escolar, que en ocasiones no es tan fluida como debería. En cierto modo, estas entidades no dejan de ser como un microcosmos de nuestra política, con sus virtudes y sus defectos.

Cada uno tiene una razón para incorporarse a un AMPA. Gemma Gaseni, del colegio Sant Gregori (Barcelona), se animó porqué “siempre he creído en el trabajo colectivo y en aportar mi granito de arena”. A Montse Ribas, del colegio Benviure (Castellbisbal), se lo pidieron “tantas veces” que, al final, dijo que sí. Aún no se arrepiente. El presidente de su AMPA, Josep Ramón Vall, lo hizo “porqué quería ayudar; estar un poco encima”. 

En estas entidades suelen haber pocos hombres pero, como ocurre en la sociedad, estos suelen ostentar los cargos con más poder: “El 80% de los miembros activos de las Ampas son mujeres pero, muchas veces, son los hombres los que tienen los cargos más ejecutivos, como el de presidente”, dice Josep Manuel Prats. Lidón Gasull corrobora que “las mujeres siguen siendo, en mayor medida, las que ejecutan y, los hombres, los que ostentan los cargos, aunque son los que menos participan”. Por fortuna: “Esta tendencia está cambiando.”

Cualquiera que haya sido un miembro comprometido de un AMPA sabe que ello implica trabajo. A veces, mucho. Quien esto escribe ha visto progenitores forrar centenares de libros antes del inicio de curso, organizar fiestas con precisión germánica, además de viajes de alumnos y ciclos de conferencias. Servir chocolate con melindros para cuatrocientas personas y presentar power-points con proyectos de mejora del centro y materializarlos.

Pertenecer a un AMPA también implica, por supuesto, la asistencia a las reuniones de la Junta y a las asambleas, escenarios donde se puede encontrar un público muy variado. “Yo he visto muchas personas comprometidas, sí, pero también personas que estaban ahí solo por alimentar sus egos: opinadores que desaparecen cuando toca trabajar y gente que sólo está para enterarse de todo”, describe Mónica Pérez, del colegio Santa María de Gracia (Murcia). Ella lleva una década siendo “madre del Ampa” y trabajando a tope, pese a que sabe que es tarea poco agradecida. Como sucede en la vida, en el AMPA, en general, se reciben más quejas que cumplidos. “Si buscas agradecimiento, no es el camino… Está claro que lo tienes que hacer porque crees en la labor, no por ninguna recompensa”, sintetiza Gemma Gaseni.

Muchos de estos miembros del AMPA también han exclamado ¡socorro! En alguna ocasión. Y han experimentado sentimientos ambivalentes hacia esta institución. “Como cuando te ves a las doce de la noche haciendo listados, organizando actividades, sacrificando tu tiempo…”, ilustra Mónica Pérez. O en la asamblea anual, que tanto ha costado preparar y a la que se presentan diez personas… ¿Amor u odio? Josep Ramón Vall tiene claro que: “¡Amor! ¡Y a muerte!”, bromea. “Aunque hay días que es cansado, un poco frustrante…”, matiza. Montse Ribas también inclina la balanza hacia el amor: “Aunque, a veces, cuesta, la verdad”.

EL DECLIVE DE LA AUTORIDAD PATERNA.

“La autoridad simbólica del padre ha perdido peso, se ha eclipsado, ha llegado irremediablemente a su ocaso”, escribe el psicoanalista Massimo Recalcati, que apunta que hace tiempo que se conocen sus consecuencias del declive de la autoridad paterna. Entre ellas: “Las dificultades de los padres para cumplir con su propia función educativa” al transformarse en colegas de los hijos. Sin olvidar el desconcierto que se crea entre la prole, que necesita un padre, no un amigo.

No se trata de volver, en absoluto, esa figura autoritaria del padre padrone que cuadraba a la familia: “Su tiempo está irremisiblemente acabado”, asegura Recalcati. Pero sí que le interesa “interrogar lo que queda del padre” porque el ocaso de esta figura, sostiene, está afectando a las familias. 

Sobre este fenómeno va mi último artículo en mi sección de Parenting del Magazine de la Vanguardia. Os comparto, aquí, EL LINK. Espero que os guste.

LA INVASIÓN DE LOS NIÑOS MIMADOS

Comparto mi último artículo de la sección de Parenting del Magazine de LA VANGUARDIA. Este se lo dedico a una tipología de criatura que abunda cada vez más: los niñ@s mimados.

Muchos, además, siguen siendo mimados al alcanzar la edad adulta. Porque como explico en el reportaje, no es fácil desmimar a un niño.

Para el tema he contado con la psicóloga Maribel Martínez, que me ha hecho un perfil psicológico del niño mimado. Criaturas que:

— Se sienten merecedoras de absolutamente todo, por el mero hecho de existir.

— De exigencia constante. 

— Potencialmente muy narcisistas, egocéntricos, muy egoístas y nada empáticos.

— Su forma de estar en el mundo se resume en un «yo, yo, yo» que siempre se ha licitado (por parte de los padres).

Sin olvidar, insiste: “la tolerancia cero a la frustración” que hace la vida muy difícil, tanto para el propio hijo como para su entorno.

Porque una de las paradojas de mimar a los hijos es que el hijo mimado se hace insoportable para quienes están en su entorno, padres incluidos. 

Pasen y lean. Aquí está el artículo.

Las 5 falsas verdades más extendidas sobre el cerebro de los hijos.

“Sólo usamos un 10% del cerebro”, “Si no lo aprende en los tres primeros años, no lo hará nunca”. “Si escucha Mozart será más inteligente”… ¿De verdad? No. Absolutamente no.
Os comparto mi último artículo en la sección de Parenting del Magazine de La Vanguardia sobre los cinco neuromitos educativos (o falsas verdades) que más estrés generan en los padres (¡y en los hijos!). Aquí tenéis EL LINK.