¡NO TOQUE USTED A MI HIJO!

¡NO TOQUE USTED A MI HIJO!

(basado en la historia ‘Attaboy’* del escritor y humorista americano,  DAVID SEDARIS,  colaborador habitual en el ‘New Yoker’).

El texto forma parte de su último libro, ‘Let’s Explore Diabetes with Owls’ (ed. Little Brown). Empieza con un suceso que el autor presenció en Nueva York, cuando un hombre empezó a gritar en la puerta de un supermercado este aviso: «Citizen’s arrest!». Esta expresión inglesa se traduciría como ‘arresto ciudadano’ y significa que alguien ha cometido una acción fuera de la ley y puede ser «arrestado» por otro ciudadano. En este caso, el hombre había «arrestado» a un adolescente, al cual tocaba ligeramente por el hombro, mientras repetía el «citizen’s arrest!». El adolescente había estado pintando un buzón con un rotulador enorme, que yacía a sus pies.

Cubrir de graffiti un buzón no es un crimen, sino más bien un acto de microvandalismo, pero no de deja de ser vandalismo. Sedaris narra como, al oir los gritos, emergieron del supermercado los padres de la criatura, quienes corrieron junto a su retoño. No se inmutaron, sin embargo, al oír lo que éste había estado haciendo mientras ellos compraban. Se limitaron a encararse con el hombre (quien seguía posando ligeramente la mano sobre el hombro del adolescente), y le espetaron, indignados, lo siguiente:

– ¿Quién le ha dado a usted derecho a tocar a nuestro hijo?

El hombre, un poco confundido, volvió a explicarles que el chico estaba llenando de graffiti un buzón, pero los progenitores continuaron indignados:

– No me importa lo que hacía mi hijo – le dijo la mujer -. Usted no tiene derecho a tocar a mi hijo. ¿Quién se ha creído usted que es?

Y acto seguido, indicó a su marido que llamara a la policía, cosa que, cuenta Sedaris, el marido ya estaba haciendo.

Esta situación («no toque usted a mi hijo»), es habitual en la actual cultura estadounidense. Sin embargo, como cuenta Sedaris (nacido en 1956), no siempre fue así.

En la segunda parte de su relato, el escritor recuerda una historia familiar que surge a raíz de que un chico del barrio donde vivían los Sedaris llamase «bitch» a la señora Sedaris. «Bitch» en español significa “guarra” o “perra” y, obviamente, es un insulto muy feo.

Los Sedaris eran seis hermanos y vivían en un hogar en el cual, entre otras cosas, los niños se iban a dormir con un “A la cama” y punto. Ni la puerta de la nevera ni ningún otro rincón común de la casa estaba invadidos por dibujos suyos («porque nuestros padres sabían lo que eran: una birria», aclara el escritor), y no se les permitía escoger lo que querían para comer (en contraste, añade Sedaris, con el estatus que goza el hijo de unos amigos suyos quien «solamente prueba alimentos de color blanco»).

También hubiera sido impensable que sus padres no le hubieran pegado una bronca monumental en una situación como la del adolescente graffiteando el buzón.

Sus padres, aclara de nuevo Sedaris, no eran crueles ni abusaban de su prole. Simplemente, tenían otras reglas. «Las normas eran diferentes entonces, especialmente, en lo que concernía al castigo corporal. No sólo podías pegar a tus hijos sino que podías pegar a los hijos de otra gente».

Esta norma no escrita es relevante en la historia, que debió tener lugar hacia el 1966. Cuando la señora Sedaris le explicó a su marido que un niño del barrio le había llamado «bitch» por la calle, el señor Sedaris preguntó inmediatamente a su hijo David (entonces de once años), si sabía quién era aquel niño: «Para poder ir a hablar con él».

La identidad del insultante era un  misterio. Una de las hermanas de David dijo que podría haber sido un tal Tommy Reimer, porque vivía cerca del lugar desde donde se había proferido el insulto. El señor Sedaris comentó que conocía al padre de Tommy Reiner… La señora Sedaris le dijo a su marido que «dejara estar» el tema pero, ante aquella sugerencia, el señor Sedaris respondió lo siguiente:

– ¿Qué quieres decir, ‘déjalo estar’? Un niño que usa un lenguaje como este tiene un problema y yo voy a solucionarle este problema.

Y, ahora sí, se cambió de tema.

Como todas las familias de su calle, los Sedaris cenaban a las seis de la tarde. El señor Sedaris presidía la mesa y tenía por costumbre sacarse los pantalones antes de sentarse. También solía ser era él quien abría la puerta, siempre levemente indignado, en caso de que alguien tocara el timbre mientras comían. Esa tarde, sin embargo, cuando alguien llamó, fue una de sus hijas quien se levantó antes de que él pudiera. Mientras el señor Sedaris decía en voz alta que «¡Quienquiera que sea, le dices que estamos cenando, qué narices!», se oyó claramente un «¡Hola Tommy!» desde la entrada. Entonces, como impulsado por un resorte, el señor Sedaris corrió hacia la puerta. Cuando el resto de la familia le alcanzó, Tommy (un compañero de escuela de unos diez años), estaba siendo asido por el cuello por el señor Sedaris, sus piernecitas agitándose desesperadamente unos centímetros por encima del suelo.

La familia en pleno empezó a gritar, informando al señor Sedaris que aquel Tommy no era el Tommy que supuestamente había insultado a su madre, sino otro niño. El señor Sedaris, entonces, aflojó y dejó al niño, quien cayó, rojo y jadeante, en el suelo. Casi inmediatamente, le puso la mano en el hombro y, con voz suave, le preguntó si estaba bien y quería entrar para tomarse un helado.

Cuenta Sedaris que tras el suceso nadie llamó a la policía ni fueron intercambiadas palabras desagradables entre el padre de Tommy y el suyo cuando se toparon en la calle, poco después. «¿Por qué habría hecho falta?», escribe. «Su hijo no había muerto, solamente se había quedado sin oxígeno durante un rato. Y, además: ¿Una experiencia así no le había hecho mas fuerte?»

La historia de Sedaris, además de ser un perfecto ejemplo de lo rápido que han cambiado las cosas en materia educativa en las familias (con todo lo positivo y lo negativo que ello implica), me hace pensar en una experiencia similar, de hace unos meses, cuando una tarde recogí en el casal de verano a mi hijo de once años. Mi hijo estaba muy nervioso, triste y furioso, porque uno de sus compañeros  de clase le había dicho, pocos minutos atrás, que su madre (yo) era: «Una puta». Una puta  por lo menos algo glamurosa porque, en palabras del compañero: «Coge aviones para entrevistar a gente famosa», pero una puta, al fin y al cabo.

Mi hijo tardó un poco en tranquilizarse (y yo también). En mi ingenuidad me sorprendió mucho que un crío de esta edad pudiera decir algo así a otro niño de quien supuestamente es, además, su amigo. Como venganza, juré esa misma tarde no invitarlo nunca más a una fiesta de cumpleaños. Alguien que dice algo así no merece ser invitado a ninguna fiesta. A mi hijo le pareció bien. En aquel momento, meses antes de leer la historia de la familia Sedaris, aquello me pareció un castigo justo ante la afrenta.

Nos fuimos a casa, expliqué la historia a mi marido (quien no reaccionó, ni mucho menos, como el señor Sedaris), y cenamos. Aquella noche, antes de dormirme, me pregunté si valdría la pena comentarle algo a la madre del compañero de clase, pero concluí que no, no valía la pena. Conozco algo a la madre del compañero de clase y no es del tipo que se posicione en contra de su hijo. Es más bien del tipo: “No toques a mi hijo. Bajo ninguna circunstancia”.

Han pasado los meses y, un día, hablando con mi hijo de su próxima fiesta de cumpleaños, resurgió el tema del niño en cuestión. «No va a venir», dije yo, firme en mis convicciones.  Mi hijo se quedó en silencio unos segundos para comentarme, con naturalidad, que eran «amigos» de nuevo. «Me ha pedido perdón varias veces», informó. «Me pidió perdón el día después de insultarme y también cuando empezó el curso, en septiembre», aclaró.

– ¿El día después?, ¿te pidió perdón? ¿Y otra vez a principio de curso?, pregunté.

–  Sí, me ha pedido perdón muchas veces, repitió mi hijo.

Me quedé callada.

– Bueno, ya veremos… Aún falta bastante para tu cumpleaños.

Y todavía sigo sin saber qué hacer.

*»Attaboy» es una expresión de ánimo a otra persona. Habitualmente se le dice a un niño. Lo más parecido en español sería «ándale», «aúpa» o «venga”.

Maltrato adolescente

La violencia de género también se da entre los más jóvenes. Una lacra de la que poco a poco empieza a hablarse, tras sucesos trágicos como la muerte de una chica de 14 años asesinada a puñaladas por su exnovio en  Tàrrega el octubre pasado. Además, como explicó Maria R. Sahuquillo en este excelente reportaje de ‘El País’  VICTIMAS DEL MACHISMO A LOS 15 en un año, de 2011 a 2012, los procesos judiciales por violencia machista en adolescentes se han incrementado un 30%.

Maltrato adolesecente

De todos modos, los expertos avisan de que la cifra es sólo la punta del iceberg: muchos casos se quedan sin denunciar y otras veces, las propias víctimas no llegan a identificar su situación como de maltrato.

Todavía muchas jóvenes confunden celos con amor y justifican determinadas conductas sexistas (como que les controlen qué hacen, con quién se ven, qué visten…). Actitudes posesivas y anormales que, como se lee en el reportaje, pueden acabar en palizas. Pese a los avances, la sociedad española, jóvenes incluidos, sigue siendo muy machista. Así lo explicó el sociólogo Javier Elzo, experto en adolescentes, en esta crónica de ‘La Vanguardia’ titulada «Tenemos jóvenes machistas, chicos y chicas, para rato».

Las nuevas tecnologías juegan su papel en esta violencia machista precoz. Así lo demuestra un reciente estudio de la Universidad Complutense sobre la evolución de la adolescencia española. Como se explica en este artículo de Celeste López, en ‘La Vanguardia’, casi el 29% de las menores maltratadas (de entre 13 y 19 años) «reconocen haber sufrido o estar sufriendo un control abusivo de su vida – con quien hablan, dónde van, cómo han de vestirse, qué dicen… -, por parte de su pareja o expareja». La mayor parte de este control se realiza a través del teléfono móvil.

Del procentaje de jóvenes maltratadas, más del 23% reconoce haber sido ridiculizada e insultada y aislada de sus amigos; el 11,6 menospreciada; casi el 15% ha sido atemorizada; el 6% se ha visto obligada a realizar actividades sexuales que no quería y el 3% reconoce haber sido golpeada.

A continuación, paso enlaces muy útiles para identificar el maltrato adolescente, con directrices para las afectadas y para las familias: Línea ayuda on-line Comunidad de Madrid – Vida sin violencia (información para jóvenes y adolescentes) – Assegura’t (información, en formato cómic, de la Generalitat de Catalunya). Campaña «Talla amb els mals rotllos» (corta con los malos rollos), de la Generalitat de Catalunya: ver vídeo

Y un resumen de las principales señales de alarma:

– Si no soporta a tus amigos/as y prefiere que quedéis siempre a solas (el maltrato suele comenzar con un aislamiento social).

– Si controla tu manera de vestir, hablar o comportarte.

– Si te acusa injustamente de coquetear  con otros chicos.

 – Si se muestra paternal, diciendo cosas tipo: «yo sé lo que te conviene».

– Si para conseguir lo que quiere hay veces que te hace sentir culpable.

– Si las relaciones sexuales son de dominio.

– Si te dice que sería «capaz de cualquier cosa» (como el suicidio), si le dejaras.

– Si a veces «se calienta» y te dice que le dan ganas de pegarte.

– Si intenta tener controlado tu móvil para saber con quién hablas (hay «novios» capaces de llamar entre 10 y 15 veces al día).

– Si se burla de ti y te avergüenza en público, tratándote como si fueras inferior a él.

– Si critica constantemente tus opiniones o tu forma de pensar.

– Si alguna vez se pone tan nervioso que descontrola y sientes miedo.

Cómo actuar:

– Si sientes que tu pareja te controla, aísla e intimida y/o te agrede, estás sufriendo violencia machista y, por lo tanto, en situación de riesgo.

– Explica a las personas de lo que te pasa. Pide ayuda y, si hay violencia, denuncia, llamando a uno de estos números: 016 (teléfono gratuito del Ministerio de Igualdad); 900 20 20 10 (Fundación Anar) o 112 (emergencias en Catalunya)

– Si decides romper con tu pareja, no lo hagas a solas: hazlo en un lugar público y que alguien te acompañe.

¿Les hacemos demasiado caso a los hijos?

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La hiperpaternidad se ha convertido en un modelo educativo habitual en las sociedades más acomodadas. Sin embargo, son muchos los expertos quienes creen que es necesario estar menos encima de los hijos, por su propio bien – Texto: Eva Millet

Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el cual a los niños no se les hacía demasiado caso. Sin ir muy lejos, la abuela de quien esto escribe, cuando un nieto  o nieta se ponían pesaditos, recomendaba actuar ante ellos: “Como si fueran muebles”. Una mesa, una silla o un armario. Ignorarlos hasta que se les pasara la rabieta o dejaran de dar a lata. El “ya encontrarás algo para hacer” era asimismo otra respuesta habitual al clásico “me aburro”. Se consideraba que el distraerse era tarea de los niños, no de los padres, y que uno era capaz de hacerlo solo.

El escritor inglés DH Lawrence (1885-1930) también creía que no hacerles mucho caso a los críos era lo más conveniente para su bienestar. Sus tres reglas para empezar a educarlos (“Dejarlos en paz, dejarlos en paz y dejarlos en paz”), lo atestiguan. Es una faceta de la respetada educación inglesa, que ha tenido como una de sus bases un cierto desapego con los hijos (no en vano son los inventores de las nannies y de los internados). También lo era el no comentar en público las virtudes de un retoño, lo que se consideraba totalmente inadecuado. Algo similar, aunque pasado por el tamiz más cálido del Mediterráneo, sucedía aquí: si en una reunión social alguien preguntaba por los niños, éstos estaban “bien” o “muy bien” y punto. También, hasta no hace mucho, los niños tenían tardes libres y agendas con espacios en blanco y con un vago ‘iros a jugar por ahí’ se resolvían muchos sábados y domingos.

“La frase de ‘hacer como si fueran muebles’ era habitual durante mi infancia”, recuerda Antonio, un barcelonés de 66 años, abuelo de seis nietos. “Y cuando yo y mis hermanos tuvimos hijos pequeños, la utilizábamos de vez en cuando… En vez de mimarlos y consentirlos, como se hace ahora, se optaba por no hacerles tanto caso a los niños, que se distrajesen solos. No iba tan mal: considero que ahora se les presta demasiada atención”.

No es el único. Cada vez son más los expertos en educación quienes creen que se ha evolucionado del modelo ‘mueble’ al modelo ‘altar’ demasiado rápido. En pocos años, los hijos ha pasado a convertirse en el centro de la familia y, a menudo, alrededor suyo orbitan los progenitores, dispuestos a ejercer, con la mejor de las intenciones, de superpadres. Su misión es darles el máximo posible a su prole: la mejor educación, las mejores extraescolares, el mayor número de experiencias, viajes, espectáculos, actividades lúdicas y entretenimientos varios. El objetivo: que estén sobradamente preparados para un futuro que, dada tanta inversión de tiempo, dinero y esfuerzo, tiene que ser brillante.

Como tantas otras cosas, este modelo de paternidad a tope o hiperpaternidad, se origina en Estados Unidos. De este país procede también la psicóloga Madeline Levine, en cuyo libro ‘El precio del privilegio” (ed. Migue Angel Porrúa), empezó a tocar la cuestión de los niños hiperpaternizados. Su último trabajo, ‘Teach your children well’, ya se centra en los excesos cometidos en este tema, llegando a la contundente conclusión de que la actual versión norteamericana de lo que supone el éxito es “un fracaso”.

Levine lleva 30 años tratando a adolescentes en una de las zonas más ricas de San Francisco. Su experiencia le dice que el modelo de crianza basado en una constante atención y grandes expectativas por lo que los hijos hacen, estudian, llevan, tienen o logran, no funciona. En una cultura tan competitiva como la estadounidense, la paternidad se convierte en una especie de carrera sin descanso, cuya meta es lograr que el hijo o la hija triunfen. Los hiperpadres, destaca Levine, se dan especialmente en las clases más acomodadas y suelen tener un plan trazado para sus retoños desde la cuna. La atención podría acabar cuando los hijos ingresan en la universidad de élite, la soñada por los progenitores, pero incluso en estos lugares que antes solían estar poblados de jóvenes independientes, han entrado los hiperpadres. En los campus norteamericanos cada vez son más comunes los papás y mamás que acompañan a sus hijos a las entrevistas con los profesores o que se ocupan de su intendencia diaria.

Así, después de muchos años oyendo en su consulta a chicos y chicas que objetivamente lo tienen todo, pero que se sienten frustrados e infelices e instan a sus padres “a tener una vida” fuera de la suya, Levine se ha convertido en una de las abanderadas del “under parenting”, que reivindica ejercer de padres de forma menos intensa, cambiando las prioridades. “En la paternidad se llega a un punto en el cual debemos decidir si mantener el ‘status quo’, el modelo vigente, o, con nueva información, elegir otra vía”, escribe. Para ella, el escoger la otra vía es algo urgente porque “no hay duda que nuestros hijos están viviendo un mundo que no solo no es consciente de sus necesidades sino que,  de hecho, los está dañando”.

La hiperpaternidad tiene distintas formas y grados, aunque el fondo (los hijos como el eje sobre el que giran las vidas de los padres), es el mismo. Encontraríamos figuras como la de los padres-helicóptero (sobrevolando sin descanso las vidas de sus retoños), los padres-apisonadora (quienes allanan sus caminos para que no se topen con ninguna dificultad), los chófer (que pasan los días llevando a sus hijos de extraescolar en extraescolar), los hiper-protectores (cuyo fin es evitar cualquier accidente, por lo que algo antes natural para un niño, como subirse a un árbol, resulta impensable), los muy españoles padres-bocadillo (quienes persiguen a sus hijos o hijas en el parque con la merienda en la mano) y las más novedosas madres-tigre, representadas por la china-estadounidense Amy Chua, quien dirige de forma implacable las existencias de sus dos hijas. Su sistema está descrito con todo lujo de detalles en un libro, ‘Madre tigre, hijos leones’ (ed. Temas de Hoy), que se ha convertido en un desconcertante best-seller.

 La hiperpaternidad puede llegar a ser agotadora para los hijos, porque en general implica agendas frenéticas. También lo es para los padres y madres, porque son ellos y ellas quienes los llevan de una actividad a otra, hablan con frecuencia con sus maestros (llegando al enfrentamiento si fuera necesario), supervisan sus deberes y, a menudo, los hacen junto a ellos. Recogen sus cuartos, preparan su ropa y mochilas, meriendas, cenas y desayunos y ponen y sacan mesas (porque los niños van tan cansados que no tienen tiempo para este tipo de tareas). También son los que planifican sus agendas e, incluso, sus amistades, interviniendo ante el menor conflicto con ellas… La hiperpaternidad es un trajín que puede durar muchos años y que, en opinión de los expertos, coarta en los hijos algo tan vital como es la independencia. También impide el aprender a partir de los errores cometidos, algo clave en el desarrollo personal. Con todo esto y si los padres siempre quieren lo mejor para sus hijos, la pregunta es: ¿Cómo se ha llegado hasta aquí?

 “Creo que es debido a que los objetivos de los padres han evolucionado”, explica la psicóloga barcelonesa Maribel Martínez. “En tiempos de nuestros abuelos, el objetivo era que los hijos sobrevivieran a la guerra y a la posguerra, no pasaran hambre y, en cuanto antes, se pusieran a trabajar para ayudar a la familia, que solía ser numerosa. En los de nuestros padres, lo que ya se quería era asegurar que sus hijos pudieran estudiar y que tuvieran mejores posibilidades laborales… En la actual generación de padres con hijos pequeños”, prosigue esta experta en psicología familiar, “las prioridades son otras: que los hijos sean brillantes, triunfen y que tengan de todo. Parece que su éxito y su fracaso sean nuestros y que para ello, tengamos que ser los mejores padres del mundo”.

 Martínez cree que este afán por el éxito de los hijos es el resultado de las nuevas presiones sociales. “Hay mucha competencia entre padres y muchísima información y esto crea inseguridad, pero no solo a los padres”, matiza: “Nuestros hijos también viven con ansiedad, angustia incluso, tanta presión, tanta actividad, a todos los niveles”. Al igual que la doctora Levine, esta terapeuta es de la opinión que el estar tanto encima no es bueno para nadie: “La crianza empieza con los bebés quienes, obviamente, necesitan atención 24 horas… Pero los niños crecen y los padres, parece que no. Así, siguen ayudándolos a vestirse, a comer y a organizarse sus cosas. No se dan cuenta de que hay que dejarlos ir, dándoles responsabilidades, espacio propio y capacidad para tomar decisiones”.

 Una de las consecuencias más comunes de la hiperpaternidad es que los niños, al estar tan estructurados y sobreestimulados ya desde pequeñitos, se aburren muy fácilmente. En un programa de la BBC sobre este tema, Lorraine Candy, directora de ELLE Gran Bretaña y ex hipermadre, comparó las dinámicas de sus primeros dos hijos con el tercero, a quien dejó más a su libre albedrío: “Con los dos mayores, de 9 y 8 años, fui una madre a tope, totalmente influida por las corrientes de estimulación imperantes: los ocupaba toda la semana en actividades educativas, les compraba todo tipo de Baby einsteins, mozarts y similares, nos íbamos mucho de viaje, siempre arriba y abajo…” El punto de inflexión llegó cuando, un domingo, después de haber estado dando vueltas todo el fin de semana, la familia llegó a casa agotada y el mayor, al poco de entrar, le dijo: ‘¿Y ahora, mamá, qué más hacemos?’ La periodista vio que algo no iba bien. “Con mi tercer hijo, que tiene cinco años, decidí bajar totalmente el ritmo. Es un niño mucho más relajado, mucho más seguro de si mismo, juega muchísimo más solo… ¡Nada que ver!”.

 Relajarse un poco es el primer paso para salir de la espiral de la hiper paternidad. Madeline Levine, quien además de terapeuta es madre de tres hijos, recomienda darles a los niños “mucho tiempo de juego sin estructurar” para que, además de aprender a entretenerse, aprendan a gestionar sus horas. El juego es fundamental en el buen desarrollo de los niños e, irónicamente, con tanta actividad no se les da espacio para algo tan fundamental.

 La facilidad para el aburrimiento, sin embargo, no es el único resultado de una atención excesiva hacia los hijos. “Pueden haber también consecuencias psicológicas importantes”, advierte Maribel Martínez, “porque, con tanto control y seguimiento, el mensaje que acabamos dándoles a los hijos es que ‘me pongo aquí contigo, sistemáticamente, a hacer los deberes o a organizar tus tareas, porque tu solo no puedes’. Entre líneas, se les dice que no son capaces”. Martínez insiste que no hay que intervenir siempre en las vidas de los hijos, aunque sea con las mejores de las intenciones. Por ejemplo, si al niño le asustan los perros, no hay que cruzar de inmediato la calle cada vez que aparezca uno de estos animales en el horizonte (“es la mejor manera de potenciar el miedo, incluso, la fobia”). Si los padres están preocupados por el tema de la comida, el seguirlos por el parque con un bocadillo en mano o estar permanentemente encima suyo cuando comen puede acabar “con un niño agobiado que puede o dejar de comer para llamar la atención o desarrollar un trastorno alimentario”.

Mientras que algunos terapeutas anglosajones reivindican una “sana desatención”, como remedio a la hiperpaternidad, Martínez, es más partidaria de “observar sin intervenir”. “Es un concepto clave en los niños más pequeños, porque observar implica hacer activamente algo: mirar cómo tu hijo evoluciona y es capaz de superar las dificultades sin necesidad de la intervención constante de los padres”. Para ella, esta atención desde la barrera conseguirá que los niños puedan crecer, superarse y esforzarse: caerse y volverse a levantar: “Eso es lo que queremos, porque si han crecido entre algodones, si nunca han tenido que responsabilizarse de una mínima gestión de su vida, cuando llegan a la adolescencia se sienten incapaces, viven con mucho más miedo y los cambios les suponen un gran problema”.

 “Los niños no quieren unos superpapis o supermamis”, añade la psicóloga, “sino que se les quiera y que pasemos ratos gratificantes con ellos pero, a la vez, respetemos sus espacios”. Para ella, la clave es dejarlos más tranquilos y confiar en ellos porque, asegura, “son muy capaces” y es esa capacidad lo que hay que reforzar. “Los padres hemos de aprender a inmiscuirnos menos, dejarnos llevar un poco por nuestro instinto y observar cómo se espabilan, se desarrollan, buscan sus recursos y aprenden y, finalmente, reforzar ese esfuerzo, felicitarles. Este es el antídoto para este modelo de hiperparternidad”. //

 ¿SOMOS HIPERPADRES?

La hiperpaternidad tiene muchos rostros, pero para la psicóloga Maribel Martínez, las alarmas saltan si los padres hablan en plural refiriéndose a las actividades de sus hijos (“mañana tenemos examen de mates”, “el sábado tenemos partido”…), cuando tienden a responder por ellos (imitando, incluso, su voz) o si las agendas de los niños no tienen apenas horas no ocupadas. Otros signos de alarma son vestir o darle la comida a un niño de cuatro años; sentarse con uno de ocho a hacer los deberes, prepararle la mochila a uno de nueve, que un niño o niña de diez no sepa gestionar su agenda, con once no haya ido nunca a comprar algo como el pan, con doce no quiera salir solo a la calle o, con trece, no utilice aún el despertador.

NO TODO ESTÁ SIEMPRE BIEN

El refuerzo positivo, que se ha extendido en los últimos años, a veces se lleva demasiado lejos. Hay que tener en cuenta que adular no equivale a querer. Así, no hay que sentirse mal por decirle a un hijo que algo no lo está haciendo bien… cuando no lo está haciendo bien. Aprender a escribir, por ejemplo, cuesta, y si el primer día que uno hace una A sus papás ya le dicen “fantástico, estupendo…”, ¿por qué va a seguir esforzándose? “Crecer creyendo que todo se hace bien no es sano porque, entre otras cosas, impide que el individuo no alcance un nivel de esfuerzo necesario para superarse”, apunta Maribel Martínez.

(publicado en ES, LA VANGUARDIA, mayo 2013 – aquí el pdf original: Eva_niños_en_paz

 link con LA VANGUARDIA: CUIDAR A LOS HIJOS, SÍ PERO MENOS

ADOLESCENTE BUSCA SITIO

Adolsecente busca sitio

Mientras que, cuando son pequeños, a los niños se les acoge con todo tipo de actividades y propuestas lúdicas y culturales, esta oferta disminuye considerablemente cuando llegan a la adolescencia. En esta etapa vital, en la que se rechaza a los adultos ¿se les debería dejar a sus anchas o habría que ayudarles a encontrar los espacios apropiados? Por Eva Millet

(Publicado en ES LA VANGUARDIA, agosto 2013 pdf original ADOLESCENTE BUSCA SITIO)

En general, los niños son monísimos. Tanto, que durante los primeros años de sus vidas sus familias y la sociedad están dispuestas a facilitarles todo tipo de espacios y actividades para que se desarrollen plenamente. Parques con múltiples equipamientos, ludotecas, extraescolares deportivas y artísticas, casales, espectáculos, actividades en museos, clases de yoga y de idiomas, chiquiparks, talleres de cocina, excursiones, colonias, áreas en las bibliotecas… La infancia hoy es un mundo con muchas posibilidades y muchos lugares para vivirla con esos hijos e hijas pequeños a quienes les encanta estar en compañía de sus padres.

Sin embargo, a medida que la infancia se acaba y a los hijos y las hijas les cambia la voz y crecen y empiezan a contestar, a rebelarse y a no resultar ni tan monos ni tan grata compañía… las cosas cambian. Ya no hay tantas actividades extraescolares, ni espectáculos, ni salidas, talleres y espacios públicos para ellos. En la adolescencia, las propuestas disminuyen considerablemente: un fenómeno que, además, se solapa con una etapa en la que chicos y chicas prefieren el grupo a la familia.  Y que los dejen en paz. A sus anchas. Pero… ¿dónde?

Para empezar, no en los parques. En estos lugares donde han pasado miles de horas de niños, los adolescentes ya no son tan bien recibidos. Laura, una estudiante de primero de Periodismo, recuerda la sensación de “incomodidad” cuando, a los “trece, catorce años”, acudía con su grupo de amigos al parque del barrio. “Como todavía no podíamos llegar muy tarde a casa, íbamos a la hora en la que estaban los niños más pequeños con los abuelos… Pero no podíamos gritar, ni hacer nada. No estábamos bien. Al final, la salida era ir a unos bancos en una plaza a comer pipas o buscarnos un parque grande, donde no nos vieran”.

Algo similar les sucedía a Marta, madre de dos niños, cuando todavía los acompañaba, con doce y trece años, al parque: “La sensación era que molestaban y entiendo que unos niños más mayores jugando a pelota entre los columpios no es lo más adecuado, pero lo que ocurre es que hay una falta de espacios específicos para ellos, como pistas deportivas públicas. La oferta de actividades de este tipo son de pago en su mayoría”, lamenta.

Yonay, un estudiante de primero de ESO coincide con que, a los doce años, al parque “ya no se va a jugar” sino, “a hablar o a sentarse”. Ahora tiene la sensación que “en estos sitios sobramos un poco”. Vive en Sant Fost de Campsentelles, un pueblo de la provincia de Barcelona, y este verano (el primero tras empezar en el instituto Alba del Vallés), al buscar actividades para las vacaciones, ha percibido también que no ya no se les tiene tanto en cuenta. “Antes habían muchas cosas para mi que me divertían… Ahora esto ya no pasa. Al final me he tenido que apuntar a lo único que se ofrecía”, explica. Marta, estudiante de tercero de ESO en Barcelona, notó hace tiempo una diferencia entre lo que había “antes, cuando podíamos jugar en todas partes” y lo que se encuentra ahora.

En su tiempo libre, a Marta le gusta ir a casa de sus amigas y, con ellas, mirar tiendas e ir al cine. De vez en cuando, van a bailar en las discotecas “sin alcohol”, los viernes por la tarde. A Yonay también le gusta “quedar en casa de alguno o ir al jugar al fútbol”, pasión que mantiene desde su niñez. Tiene suerte, porque en el pueblo donde vive las casas de los amigos quedan cerca y hay un campo de fútbol. No existe, en cambio, un centro comercial como “La Maquinista”, donde le encanta ir a Aitana, de trece años, también estudiante del instituto Alba del Vallés. A Rubén, de quince años, alumno del mismo centro, lo que le gustaría es que en el pueblo hubiera una Maquinista pero, como de momento eso no es posible, pasa mucho tiempo en el Ateneo, donde hace teatro. A Ona, también de quince años, le gusta ir a la playa con sus amigas, quedar “en casas” e ir en bicicleta pero, por desear, desearía tener cerca “un centro social, un bar, un espacio para nosotros, con muchos adolescentes”. Como todos los chicos y chicas entrevistados ha percibido un cambio entre la oferta lúdica y deportiva de cuando era niña a la de ahora: “No hay muchas cosas para hacer”, concluye.

“Sí, los niños son muy ricos y les hacemos mucho caso pero, cuando crecen, las cosas se complican… Es cierto que los adultos no les proporcionamos lugares donde divertirse”, afirma la especialista en educación María de la Válgoma. Profesora de derecho y autora, entre otros, del libro ‘Padres sin derechos, hijos sin deberes’ (Ariel), de la Válgoma también ha percibido este desajuste entre las posibilidades de ocio entre la infancia y la adolescencia. “De todos modos”, puntualiza, “esta diferencia también tiene que ver con una cuestión de circunstancias: la adolescencia es la edad en la que se buscan la autonomía, la identidad, y por eso, salvo durante la muy primera adolescencia –doce, trece años- en general los jóvenes no quieren en esta etapa nada que sea proporcionado por los adultos. El grupo se convierte en su familia”.

Este cambio de actitud hace que, como explica la psicóloga Maribel Rodríguez Peinado, a muchos padres les cueste acercarse a los hijos durante la adolescencia: “Es una etapa muy compleja; los adultos no sabemos muy bien como abordarlos sin resultar entrometidos y ellos, por su parte, suelen rechazar todo lo que venga de nuestro mundo”. Esta falta de sintonía provoca que la comunicación sea difícil, lo que acentúa la sensación de incomprensión que a menudo se da en este periodo.

“El adolescente necesita su sitio y su distancia para perfilar una personalidad propia pero esto, a los padres, a menudo les cuesta mucho entender”, añade esta especialista en infancia y adolescencia. Esta rechazo por parte de los hijos produce una “sensación de pérdida” en los padres, quienes ven cómo a sus niños y niñas les cambia el carácter, cómo ya no les explican nada…. Unos cambios difíciles de asimilar para los padres aunque, también los sufren los hijos, quienes dejan de percibir a sus progenitores como las figuras que idealizaron durante la infancia. “Por eso buscan sus amigos y sus espacios, que son fundamentales para poder separarse de la familia y construirse como adultos”.

Un proceso, el de la construcción de su personalidad, donde hablan muchísimo entre ellos. “Sí, hablar es importantísimo, en esta época existe una absoluta necesidad de ello”, ratifica Maribel Rodríguez: “Necesitan compartir y contrastar mucho con los iguales estas emociones y esta ‘revolución’ de sentimientos, ideas, hormonas, incertidumbres y proyectos en la que viven”. La necesidad del acompañamiento es una respuesta natural a la sensación de soledad que, según esta experta, sufren tantos adolescentes: “Como no tienen espacio en el mundo infantil ni, tampoco, en el mundo adulto todavía, se sienten desorientados. Hay una soledad interna que necesitan compartir pero solo se sienten entendidos por los iguales. Por eso esta es también la época de los amigos íntimos”, indica.

La adolescencia es asimismo el periodo de las primeras relaciones íntimas, que se inician, como señala María de la Válgoma, a partir de los “catorce-quince años”.  “Conviene distinguir entre la primera y la segunda adolescencia, donde la necesidades son distintas. En la primera, a partir de los doce años, hay un cambio importante, con la entrada en Secundaria. El otro gran cambio se produce alrededor de los catorce-quince años: esta es la edad en que está comenzando en España la primera borrachera, y un poco después, las primeras relaciones sexuales completas”, explica la catedrática.

Dos cosas que se realizan en lugares muy distintos y cuyos emplazamientos han cambiado considerablemente en los últimos años. Si hasta no hace mucho el tema de llevar el novio o novia a dormir a casa era impensable, hoy cada vez son más los progenitores que aceptan que sus hijos o hijas duerman acompañados cuando están ellos. “Sí, hay padres más flexibles, que prefieren que sus hijos tengan relaciones íntimas en casa que en cualquier otro lugar”, dice Maribel Rodríguez. Una cuestión delicada, que si se aborda en su consulta, ella recomienda tratar a partir de lo que les haga sentir cómodos a los padres: “Si el que el novio o la novia estén en casa les causa pudor, es mejor que sean coherentes con sus sensaciones”. De todos modos, recomienda encontrar un equilibrio en este tema porque “estos padres tan permisivos, que aceptan ya el primer día la entrada de la pareja en casa, no favorecen que el hijo o la hija se tengan que ganar las cosas, sino que se que se salten etapas. Y las cosas hay que argumentarlas, ganarlas, lo que ayuda en el desarrollo”.

Lo ideal sería que estas visitas sucedieran cuando los padres estén fuera de casa.  Hacer un poco “la vista gorda”, dejando a los hijos estos espacios donde puedan estar solos en la vivienda, “pero acotando”, matiza Rodríguez. “Delimitando la habitación de los padres, por ejemplo: es algo saludable para ellos, porque los límites ayudan a definir cual es el espacio de cada uno”. La psicóloga recalca que, como sucede con los niños, los límites son fundamentales para los adolescentes. “Siempre hay que encontrar el equilibrio entre el controlarlos y darles excesiva libertad”. Y, aunque parezca contradictorio, los adolescentes necesitan esta sensación del “yo te importo”: “Quieren a los padres lejos pero, a la vez, necesitan que les demuestren que son importantes para ellos. Y esto, a veces, es algo difícil de entender, pues necesitan distancia y cuidado a la vez”.

Otra característica de la adolescencia es la necesidad que chicas y chicos tienen de estar en lugares al aire libre. Eso explicaría esas horas y horas sentados en la calle, en las escaleras, bancos o aceras. Lugares que a los adultos les parecen incomodísimos para socializar pero en los que ellos parecen sentirse muy a gusto. “La idea que tenemos de ponerles locales es bien intencionada pero ellos para reunirse, prefieren lugares abiertos, donde no tengan control ni barreras físicas. Por eso les gusta estar tanto en la calle. Si te fijas, muchas veces van a la discoteca y salen y entran y vuelven a salir….”, ilustra Maribel Rodríguez. Esta sería, en su opinión, una explicación (junto a otras de carácter socioeconómico), al fenómeno del botellón, extendido en España desde hace algo más de una década. Una práctica en la que jóvenes (se calcula que a partir de trece años), se dedican a consumir grandes cantidades de alcohol en el espacio público.

El botellón es un hábito controvertido, que desconcierta a personas con tanta experiencia en el mundo adolescente como el sociólogo Javier Elzo. Este catedrático emérito de la Universidad de Deusto y autor de varios libros sobre la adolescencia, lleva tiempo estudiando esta práctica, que achaca a la conjunción del modo de vida nórdico (durante la semana se es “un ciudadano productivo” pero, el fin de semana llega “la desbandada”, normalmente vinculada a una gran borrachera), con los casi ilimitados horarios españoles. Sin olvidar otros factores, como la cuestión económica (los jóvenes no pueden pagarse las copas en el bar), ni lo que él define como “una respuesta a una sociedad muy controladora, en la cual se pretende que todo esté muy organizado”. Así, como contestación a la ley que impide que los jóvenes no pueden beber públicamente hasta la mayoría de edad, ellos se organizan para hacerlo en otros lugares, saltándose las normas.

Elzo es de la opinión que, en esta edad, es fundamentalmente el adolescente el que busca su propio espacio, apartándose de los adultos: “Es un periodo en el que quiere salir de casa y autonomizarse y esto quiere decir entrar en su grupo natural de amigos”. El problema, recalca, es que “la inmensa mayoría de amigos, lo que hacen es eso: el botellón. Tienen que estar ahí; esa es su forma de expresarse, de probar la libertad. Es el juego (de a qué hora llego a casa, tengo eso prohibido pero lo hago…), y este juego la mayoría, afortunadamente, lo pasa sin mayores traumas pero, en el camino, se han perdido muchas otras cosas”.

Para el sociólogo “la gran pregunta es ¿cómo es posible que hayamos llegado a una situación en la cual los jóvenes entiendan como normal el encerrarse en un sitio, como ahora el Madrid Arena, con mucho ruido, haces de luces y bebiendo de esa manera?” o que se haya aceptado que las noches del fin de semana “ya no tienen límite” y que pasárselas en la calle, bebiendo sin parar, es la única opción. “Este sistema está fallando”, sentencia Elzo, quien urge a plantearse por qué se ha llegado hasta aquí e insta a buscar alternativas, urgentes, a todos los niveles. Con él coincide plenamente Maribel Rodríguez, especialmente cuando esta periodista le explica que en Barcelona ya existen “discotecas para bebés”, donde se invita a los padres a que traigan a sus hijos “a partir de cero años”, para pasar la tarde “en familia”, “escuchando a un Dj en directo y bailando, cantando y brincando como locos”… “El joven tiene que encontrarse los límites pero los adultos también”, reflexiona la psicóloga. “Los adolescentes están confundidos y perdidos porque la sociedad está perdida y los adultos somos muy responsables de lo que está pasando: el adolescente es un reflejo de nuestra sociedad”.//

ALTERNATIVAS Y ESPACIOS

 Como recuerda María de la Válgoma, los intentos de promover un ocio juvenil saludable no son nuevos. “Se intentaron ludotecas para adolescentes, sin mucho éxito. Sin embargo sí que ha sido más exitosa la iniciativa de abrir los patios de los centros escolares los días de fiesta, ya que ponen a su disposición un lugar protegido donde reunirse”.

“Las actividades deportivas tienen una importancia educativa formidable”, añade esta experta en educación. Con ella coincide Mercedes Blasco, maestra del Instituto Alba del Vallès: la práctica del deporte ha salvado esa situación de “tierra de nadie” en la que se encontraban sus hijos adolescentes: “Porque en este mundo hay una línea que no se corta nunca”, asegura. Su colega, la también profesora Ana María Pérez, destaca la influencia saludable de las actividades culturales, como la música y el teatro en esta edad, sin olvidar los beneficios que tienen las asociaciones excursionistas como pueden ser los grupos scouts o los ‘esplais’, tan populares en Cataluña. Para Javier Elzo, llenar las mañanas de los sábados y domingos con salidas al campo o actividades deportivas es otra forma de evitar prácticas como el botellón.

En los grupos excursionistas se potencia el voluntariado (cuando crecen, los chicos y chicas se convierten en monitores voluntarios de los niños más pequeños). Esta actividad es para María de la Válgoma importantísima: “Es algo que se fomenta mucho en Estados Unidos de cara a los jóvenes”. Pone como ejemplos el learning service: una metodología educativa que combina el currículo académico con el servicio a la comunidad. “Por otro lado, se está constituyendo con éxito una red de ciudades (Asset-Bassed communities) que ofrecen oportunidades a gente joven. Firman una carta de ayuda a los adolescentes”. En España existen también posibilidades para ser voluntario antes de la mayoría de edad, aunque se tiene que consultar primero con la entidad organizadora, presentando un permiso de consentimiento de los padres.

Desde las instituciones también se ha hecho un esfuerzo para fomentar aspectos como la participación juvenil y el asociacionismo con servicios como el Vivero de Proyectos Juveniles del Ayuntamiento de Barcelona, y los Puntos JIP «Joven, Infórmate y Participa». Los Espais joves i Casals de joves son equipamientos específicos que fomentan la toma de decisiones autónoma y responsable y el trabajo en grupo. Esta autonomía es importante porque, como señala la psicóloga Maribel Rodríguez: “Si en este tipo de equipamientos sienten que la dirección y gestión les vienen impuestas, en consecuencia, aparece de nuevo la crítica o el rechazo a la autoridad.”

La psicóloga destaca el esfuerzo hecho en los últimos años a nivel de equipamientos municipales para jóvenes (instalaciones deportivas al aire libre, parques de skates, circuitos, redes de vóley en la playa, muros para que puedan hacer graffiti…). Cree que estas iniciativas de procurarles sus espacios, “valen muchísimo la pena” y no deberían recortarse. “El problema es que muchas veces les hemos dados las herramientas que no son las realmente las que necesitan. Aquí entraría un diálogo con ellos, saber qué quieren”, puntualiza.

Sin olvidar otros lugares importantísimos para “estar” y conectar en esta edad, que son los espacios virtuales. Internet, los móviles y las redes sociales les han abierto un mundo enorme, donde encuentran sus espacios y a sus amigos. Su gestión es uno de los retos de padres y madres actuales y, como en todo, se recomiendan los límites y los pactos. “Los límites dan contención y seguridad y aunque el joven los viva como opresión, internamente los necesita, porque también son un acto de amor”, concluye Maribel Rodríguez.//

 

LA CRISIS CONTADA A LOS NIÑOS

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Los niños se enteran de todo y por ello, son muy conscientes del momento socioeconómico tan delicado que estamos viviendo. El aluvión de malas noticias, la ansiedad generalizada y las precarias situaciones relacionadas con la crisis tienen un impacto en los más pequeños. Es responsabilidad de los adultos proteger a los niños en este contexto: sin ocultarles la realidad, pero incrementando la sensación de seguridad y tranquilidad que necesitan de sus padres. Texto Eva Millet

Publicado en ES/LA VANGUARDIA, julio 2012 ver pdf original crisis:niños

Javier, un niño de siete años, observa cómo su madre compra un pack de seis botellas de agua mineral. “Son nueve euros, señora”, le dicen, y ella contesta con un “Uy, ¿tanto?”. “Y mi hijo, al que yo creo que no le llegan los comentarios sobre la crisis, saltó como un angustiado resorte: ‘¿Es que no podemos pagarlo mamá?’”, explica su sorprendida madre.

Volviendo del colegio, Daniel, de diez años, se echa a llorar. Está triste porque en la fiesta de su escuela se han suspendido los bailes tradicionales que hacían cada año:  una actividad en la que participaban todos los alumnos, abierta a los padres y que le encantaba. “Son los recortes. Es culpa de Mas y de Rajoy, ¿por qué lo hacen? ¿por qué recortan la escuela?”, le pregunta, indignado, a su madre. Ella no sabe que responderle y habla con el colegio, un centro público de primaria en Barcelona. Entiende que, a causa de la falta de tiempo derivada de la supresión de la sexta hora y de los recortes de personal, a la escuela no le es posible organizar una actividad de esta magnitud, que será sustituida por otra más discreta.

Lina, con nueve años, está habituada a los términos “crisis” y “paro”. “Escucha los telediarios hace tiempo y, en el cole (un centro concertado de l’Eixample), también circulan esta palabras”, explica Manuela, su madre, una traductora free-lance a quien la recesión le ha afectado desde sus inicios. La situación laboral de su marido es también delicada: le han recortado su jornada y pasa más tiempo en casa. “La niña pregunta, obviamente, porque lo ve. Hemos tratado de enfocar el tema con naturalidad: sabe que la empresa donde trabaja papá no va bien”. Desde que empezó la crisis, Manuela, una excelente gestora familiar, se puso frente al Excel y recortó por donde pudo. “Las sacamos, a ella y a su hermana, del comedor escolar, pero les mantuvimos las actividades deportivas. No les molesta comer en casa (¡más bien me ha afectado a mi!)”. Manuela cree que lo que sí les supondría un trauma a sus hijas sería el no ir de vacaciones: “Eso sí que sería gordísimo…”. Afortunadamente, un familiar les ha invitado a pasar unos días en la playa y este aspecto está a salvo este año.

Belén, de once años, se irá de vacaciones con sus abuelos, en casa de los cuales vive desde que sus padres, hace tres años, se quedaran en el paro, se separaran y su madre tuviera que alquilar el piso donde vivían porque le resulta imposible mantenerlo. También la cambiaron de escuela. Iba a un centro concertado del Maresme y ahora, como viven en Barcelona, está en una escuela pública. Se ha adaptado bien al nuevo cole, aunque come en casa (“Las becas de comedor escasean”, explica Luisa, su madre). Pese a que define a su hija como “Muy madura, muy buena niña y con mucho aguante”, ve que tantos cambios la han afectado. Al principio, bajaron las notas y, aunque ahora ha remontado: “Los problemas le salen por en el peso: cuando esta mal, come”, explica. Ella nunca ha querido ocultarle su situación (“Siempre le he dicho la verdad, me lo exige”), pero es consciente que Belén no es inmune a lo que vive: “Todo le cala, las noticias, los programas… Yo la veo asustada así que controlo lo que mira en la tele pero ¡evadirnos de la realidad es imposible!”.

En casa de Laura y Jordi, de 13 y 16 años, los cambios empezaron en la mesa: cuando su madre, Ruth, perdió su trabajo en la hostelería y empezó a trabajar como limpiadora, ganando mucho menos. El sueldo apenas le alcanza para pagar el minúsculo piso al que van a trasladarse y que, como explica Ruth: “Está que te echas para atrás”. Por ello, el tema de la compra se vigila muchísimo: la familia prácticamente solo consume marcas blancas y Ruth dedica mucho tiempo a la caza de ofertas en el supermercado: “Alimentos como la ternera o el pescado fresco, ni soñarlos. Comemos mucho peor desde la crisis, no hay duda”, se lamenta. Ruth explica que sus hijos tratan de entender la situación:  “Cuando vamos a la compra me dicen ‘esto no puede ser, mamá, porque es muy caro’, pero por otro lado, les duele el hecho de que no pueda comprarles ni unos petardos para San Juan… Todo esto les está afectando mucho”, resume.

Estas cinco historias, de circunstancias muy diferentes (algunas de poca importancia, otras bastante serias), son un minúsculo ejemplo del impacto que tiene en los más pequeños la larga situación de crisis económica que se vive en España. Estas realidades: adolescentes que no comen bien, niñas que tienen que amoldarse a súbitos cambios de colegio y domicilio o niños a quienes les preocupa que sus padres puedan pagar las cosas, son tanto producto de situaciones familiares concretas como del aluvión de informaciones pesimistas, apocalípticas en muchos casos, que ya son parte del día a día de los españoles.

Porque desde que empezó, en 2008, esta crisis enquistada y agresiva, las malas noticias están en los medios de comunicación, en la calle y las conversaciones familiares… Y si agobian a los propios adultos, ¿cómo no van a afectar a los niños? Estos, a diferencia de los mayores, no puede apagar la televisión ni tratar de comprender qué es la prima de riesgo o para qué sirven los recortes. O, sencillamente: qué es la crisis, que en tantos casos ha invadido sus vidas o las de sus familiares y compañeros. “La crisis se ha planteado a los niños como un nuevo hombre del saco: no saben exactamente qué es pero están aterrorizados por ella”, explica Jaume Clupés, presidente de la FEDAIA, la Federació d’Entitats d’Atenció i d’Educació a la Infància i l’Adolescència. “Mi nieta de 4 años me pregunta por ella: ‘¿Qué pasará?…’, me dice. No sabe lo que es pero como todos hablamos de la crisis debe de pensar que es una cosa que la atacará en cualquier momento.” Este pedagogo, responsable de coordinar las 85 entidades de la FEDAIA (que atienden a más de 35.000 niños y jóvenes desamparados o en riesgo de exclusión social), se pregunta cómo pueden maniobrar los niños en estas circunstancias, “Si a los mismos adultos nos cuesta poner orden la información que recibimos con la realidad que vivimos”.

Con él coincide la psicóloga infantil Beatriz Salzberg, quien cree que la crisis afecta a todas las familias, independientemente de la posición. “Hoy las familias españolas están viviendo en lo que Ulrich Beck llamó ‘la sociedad del riesgo’”, explica: “Una buena parte de hogares han aumentado su incertidumbre hacia el futuro. Y no transmitir esto a los hijos se hace difícil”. Para esta experta en clínica infantil, “los niños se enteran de todo”, y de lo que no se puede hablar en casa, lo hablarán en la escuela. “Yo creo que en este momento hay muy pocos niños en este país que no se han enterado del clima apocalíptico que estamos viviendo”,  concluye.

La psicóloga cree que, aunque los adultos eviten hablar de ello, los niños perciben emocionalmente, a veces sin necesidad de palabras, de que hay un empeoramiento de las condiciones de vida en su entorno. Entre otras cosas: “Se dan cuenta que hay menos actividades extraescolares o mayor ratio de alumnos por clase; lo cual implica que hay menos tiempo para cada niño. También ven que hay más irritación e incertidumbre por parte de los padres y por tanto, menos paciencia y tranquilidad para hablar con ellos, lo que es negativo para el clima familiar”.

Porque hablar con los hijos, explicar lo que está pasando, coinciden los dos expertos, es algo esencial. Pero, matizan, con prudencia. Tratando de evitar dramatismos  excesivos: “Yo creo que la realidad se ha de poner siempre al abasto de la comprensión de los niños. Hay que intentar hablar de todo aquello que implica malestar, pero no de una forma dramática ni conflictiva”, recomienda Clupés. Beatriz Salzberg también es de la opinión que compartir las dificultades familiares es importante “Pero tenemos que saber encontrar el punto para no sobrecargarlos. No son lo mismo los primeros 5 años de vida, en los que los niños tienen una relación más complicada entre realidad y fantasía, que un niño entre 9 y 12 años”.

Para ambos, la tranquilidad de los padres es fundamental para mantener la armonía en estos tiempos de crisis. A veces, los nervios provocados por situaciones derivadas de ésta hacen que se descarguen las tensiones dentro en la familia. Una tentación en la que no se puede caer porque, como explica Salzberg “Lo que no podemos es pelearnos entre nosotros y meter la crisis en el hogar”. Así, para ella lo primero es tratar de preservar el ambiente de la casa con la unidad, la tranquilidad y el diálogo. Para después, “Poder explicar a los niños que estamos pasando una situación difícil pero que esperamos poderla resolver”.

 Eso fue lo que, tras unas primeras semanas de confusión, hicieron Silvia y Fernando, un matrimonio de Barcelona con dos hijas de seis y ocho años. Hace unos meses, Fernando se quedó en el paro y la primera reacción, recuerdan: “Fue no contarlo a nadie, empezando por ellas”. Sin embargo, los cambios familiares (el padre empezó a venirlas a buscar al colegio, estaba más en casa) no pasaron inadvertidos a la niñas, a quienes no les convencía demasiado el ‘Papá entra más tarde a trabajar’ que les explicaban. “Al final decidimos contárselo; suavemente pero diciendo la verdad: les dijimos que en la empresa de su padre ya no había sitio para todos los que trabajaban allí y que ahora él está buscando otro trabajo”. Las niñas, prosigue Silvia, “están entendiendo bien la nueva situación”. La familia no tiene agobios económicos aunque las niñas, explica su madre, “Tienen obsesión con la pobreza, sobretodo si ven a alguien pidiendo en la calle: me preguntan si somos pobres o vamos a serlo… Hay que estar atentos, seguir transmitiéndoles tranquilidad”, concluye.

No bajar la guardia, coincide Beatriz Salzberg, es muy importante. “Los padres son los primeros amortiguadores de los impactos del mundo externo. Una de las cosas que los niños necesitan, que les da tranquilidad, es que los padres los pueden proteger del mundo. Un niño de 4-5 años necesita sentir que su papá y su mamá son los más poderosos…”. Evitar que se sientan vulnerables, angustiados; porque si aparece la angustia aparecen las pesadillas, los trastornos de sueño, los peleas con otros niños, los problemas en la escuela… “Un niño, cuando está muy angustiado, no puede jugar ni prestarle atención a las matemáticas porque está pensando en cómo va a vivir su familia”, describe Salzberg.

La crisis ha irrumpido sin miramientos en las familias españolas y, por ello, es fundamental que los progenitores hagan un sobreesfuerzo para proteger a sus hijos. Sin embargo, el bienestar de los niños, como señala Culpés, no es responsabilidad única de los padres. La Administración, con sus recortes en sus políticas sociales, educativas y sanitarias, es también culpable de esta precariedad que nos invade: “Y es su deber reforzar la protección a la infancia y la familia”, recuerda, “Dar políticas de atención más claras, más organizadas, y no medidas paliativas, que no son suficientes”. Pero, mientras que las soluciones políticas no llegan, ambos expertos instan a las familias a recurrir al afecto, una herramienta fundamental, gratuita y gratificante, para mantener la armonía en casa. “A los hijos hay que darles explicaciones pero también, afecto: hacerle entender al niño que es querido, que eso sigue intacto, proteger su espacio vital en la familia, dice Culpés. Beatriz Salzberg recuerda que en los años previos a la crisis “Se ha crecido mucho más económicamente que emocionalmente”. Quizás ahora sea un buen momento para revertir esta tendencia y apostar por lo emocional frente a lo material.//

LOS MÁS PERJUDICADOS.

La FEDAIA (la Federació d’Entitats d’Atenció i d’Educació a la Infància i l’Adolescència) acaba de publicar un informe que alerta sobre el empeoramiento de la pobreza infantil en Cataluña en los dos últimos años. Según el informe, cada vez son más los niños que se van a dormir sin cenar, viven en condiciones de hacinamiento, no disponen de material escolar ni de ropa apropiada, no pueden asistir a salidas escolares ni atender clases de refuerzo. “La crisis nos está llevando a una “nueva pobreza” que son las clases medias que se han quedado sin trabajo, castigadas por la situación económica: está afectando a familias que estaban bien avenidas, que mantenían un cierto equilibrio entre su trabajo y la cuestión emocional de atender a sus hijos”, explica Jaume Culpés, presidente de la Federación. También es cada vez más habitual que haya niños que no vayan de vacaciones, lo que él describe como “Una pequeña tragedia”. Asegura este experto que, lejos de ser una frivolidad, las vacaciones en la infancia: “Son una necesidad vital: una forma de salir de casa, de desconectar, de tranquilizarse, reencontrarse con los padres y concentrarse en la relación familiar. Son importantísimas”.

MÁS TIEMPO Y MÁS MESURA.

Uno de los pocos aspectos positivos de esta crisis es que a los niños ya no se les da todo y ya. La tendencia de cargar de bienes materiales a los hijos hasta casi dejarlos sin deseos, está a la baja: “Muchos padres llegaron a la conclusión que a los hijos hay que darles todo para que vivan felices”, explica la psicóloga Beatriz Salzberg. “Y yo creo que eso es confundir, no funciona, porque una niña no jugará más porque tenga cincuenta muñecas”. Hace tiempo que esta especialista se ha encontrado en su consulta con muchos niños que quisieran “Tener más tiempo con sus padres que tener padres que cuando están con ellos están pegados al móvil o tienen que trabajar un número excesivo de horas para pagar la hipoteca de la primera o de la segunda residencia”. En una extraña vuelta de tuerca, para muchas personas que están en el paro, el poder pasar mayor tiempo con sus hijos es lo único bueno de su nueva situación. Así le sucede a Alex, un directivo cuya compañía cerró hace unos meses y que hoy, por lo menos, disfruta de poder estar más horas con sus hijos. Ello le permite dedicarse más a su educación y, también, hacerles entender que tenerlo todo no es posible: “Hay que cambiar el chip. Decir que ‘no hay’, ‘no se puede’ y que no pasa nada… Haciéndolo, estoy preparando a mi hijo para un futuro”, reflexiona.

 

¿FUTUROS GENIOS O NIÑOS AGOBIADOS?

Estimulacion precoz

La estimulación precoz empieza a estar de moda en España. Cada vez son más los padres que quieren que sus hijos aprendan cuanto antes a leer, a sumar o a reconocer un cuadro de Van Gogh y cada vez son más los centros que ofrecen este tipo de actividades desde edades muy tempranas. Pero, esta práctica ¿crea niños más listos o más estresados? Por Eva Millet.

Publicado en MAGAZINE, LA VANGUARDIA – enero 2006 – ver pdf original: ESTIMULACION PRECOZ

El bebé de cuatro meses no parece muy impresionado ante la mirada fiera del retrato de Enrique VIII que su madre sostiene frente a él. La obra de Hans Holbein forma parte, junto a otros famosos cuadros (David Hockney, Van Gogh…), de un juego de bits utilizados en un taller de estimulación precoz del Colegio Monsterrat, de Barcelona.

Cerca del primer bebé, otro niño de pocos meses observa impertérrito la efigie de un faraón egipcio. Un tercero mira una palabra escrita en grandes letras sobre una cartulina rectangular. ¿Les enseñan a leer incluso antes de que empiecen a gatear? “No”, responde la madre superiora Montserrat del Pozo, directora del colegio, “la palabra es lo de menos: lo que es útil es el estímulo del negro sobre el blanco”.

Los bits de inteligencia o bits enciclopédicos son uno de los métodos más extendidos en el campo de la estimulación precoz. Aunque el pedagogo norteamericano Glen Doman empezó a utilizarlos para ayudar a niños con problemas de aprendizaje, hoy se utilizan hasta con bebés de pocas semanas. “Son fuentes de información catalogadas por temas que ya desde que nace casi, se les pasan al niño bien deprisa, de atrás hacia adelante”, explica la madre Montserrat. De este modo el niño “asimila información casi sin notarlo, jugando”. Puede ver cien al día.

 No es momento de bits en la clase que se realiza en un aula cercana, donde los ocho niños que allí están son algo más mayores (rozan o superan el año). Junto a sus madres y una psicóloga van a efectuar un programa de música y psicomotricidad. En la sala, amplia, impoluta y bien iluminada, apenas hay juguetes. Asemeja más un gimnasio (hay anillas, escaleras colgantes, un columpio, colchonetas…) que otra cosa. El primer ejercicio consiste en dar de palmas acompañando una melodía folk y contar hasta ocho (cosa que ningún niño hace). Después, se trabajan los conceptos de dentro y fuera con madres e hijos formando un corro y yendo para dentro y para afuera repetidas veces. Algún crío llora y trata de escapar. Otro, lo que quiere es bailar. “¡Campeones, campeones!”, les animan cuando acaba la actividad. “Una de las cosas que se consigue con este programa es autonomía”, explica la directora. “Y se potencia una buena lateralización: todos son ejercicios preventivos para conseguir una buena coordinación de trazo”.

 Llega la hora de la voltereta, un ejercicio que pertenece a la categoría de los vestibulares (que estimulan el equilibiro). Consiste en que el niño franquee un rulo de plástico de considerable tamaño en proporción al suyo mediante la clásica voltereta. “Esto es un premio para ellos; lo hacen sin problemas”, apunta una pedagoga. Aunque la mayoría se lanza, ayudados por sus madres, una vocecita firme repite “¡No!”, varias veces.

 “Los niños bien trabajados a nivel vestibular no se marean nunca”, continúa la madre Monsterrat, “A los dos años ya pueden esquiar y hay padres que los han llevado a la montaña rusa sin problemas”. La religiosa añade que, si en un futuro practican el puenting, tampoco se marearán.

 Tras realizar algunas “croquetas” sobre la colchoneta, la clase acaba con un ejercicio de relajación. El folk se sustituye por una música suave y los niños observan estirados el ir y venir de una sábana blanca salpicada de estrellas que un par de madres hacen cimbrear sobre sus cabezas. “Pasar de estados de carrera, eufóricos, a estados de tranquilidad supone un control muy fuerte”, observa orgullosa la directora.

 El colegio Montserrat no es el único centro en España que incluye este tipo de actividades en su currículo tanto escolar como extraescolar. En Madrid, el colegio Internacional Nuevo Centro (cuyo objetivo “es forjar alumnos sumamente cualificados y capacitados para alcanzar el triunfo personal y laboral”), apuesta por el inglés, el alemán y la informática desde los tres años e imparte un máster empresarial a partir de sexto de Primaria (11 años). En Valencia, el Iale School viene impartiendo la estimulación precoz desde hace más de una década, cuando su equipo docente, liderado por su directora, doña Marisa Marín, conoció el Centro para el desarrollo de la Inteligencia de Glen Doman, en Philadelphia. Inspirados por el lugar (donde Marín recuerda haber visto a un niño de dos años “correr durante un quilómetro seguido sin cansarse”), crearon el Iale Bebé, donde acuden niños a partir de los cuatro meses. Sin embargo, Marín aclara (como muchas personas que imparten la estimulación precoz), que éste no es el adjetivo adecuado para describirla: “Es estimulación temprana, porque potencia la inteligencia a través del movimiento y los sentidos”, explica, “La precoz es la que se aplica a los niños  con algún tipo de lesión”.

 Para la maestra, este método da “resultados sensacionales si se aplica bien: los niños ya leen palabras a los tres años y están preparados para asimilar todo lo que se les quiere enseñar”. Sin embargo puntualiza que “No se trata de crear genios ni superdotados, sino niños independientes y felices”.

 La estimulación precoz o temprana requiere el compromiso de los padres, ya que muchos de los ejercicios suponen llevarse deberes a casa. Los bits, por ejemplo, también se pasan en el hogar (hay incluso programas informáticos). “Requieren de mucho material y de una técnica que hay que conocer”, explica Marisa Marín, quien es de la opinión que, especialmente con bebés, “También hay que saber parar, dejarlos con las ganas de ver más. Hacer, por ejemplo, diez sesiones de cuatro minutos a lo largo del día”.

 Kumon, un método japonés concebido para reforzar o prevenir problemas con las matemáticas, implica, además de las clases, una sesión diaria de ejercicios en casa (vacaciones y fines de semana incluidos), durante diez o quince minutos. El método, personalizado, puede iniciarse a partir de los dos años.

 Inglés desde el año y otros idiomas, como el alemán y el chino (que viene fuerte) también desde edades muy tempranas; lectura y escritura, matemáticas, informática, violín, ajedrez y hasta química antes de que cumplan los cuatro son algunas de las actividades que se imparten en las guarderías y los colegios que han tomado la estimulación temprana como guía.

 Este tema, que en España empieza a ser familiar, lleva años aplicándose en otros países como Estados Unidos e Inglaterra, donde lleva tiempo generando debate. Mientras que los pro estimulación precoz aseguran que el niño estimulado aprende más rápido y que si no se le estimula será un niño “infradotado”; los anti consideran que poner a un pequeño tanta presión escolar tan pronto consigue, más que genios, críos estresados que se sienten fracasados tempranamente. Un estudio (“Educación y clase media”) llevado a cabo en el Reino Unido en 2003 ilustra esta última información. La muestra, que siguió a 350 estudiantes de colegios de élite durante su vida escolar, concluyó que “los padres y los centros que ponen tanta presión en los estudiantes para que triunfen hacen que éstos, en su mayoría, crezcan sintiéndose fracasados”. El estudio también observó que la presión hace que “la educación se convierta en una experiencia desgradable”.

 El término “pushy parents” (padres avasalladores) es ya común en el idioma inglés, pero las madres del taller de padres del colegio Montserrat no creen que esta definición pueda aplicarse a ellas: “Yo hago esto para que mi hijo tenga todo tipo de oportunidades”, afirma una, refiriéndose a su bebé de siete meses. “No se estresan”, asegura otra, quien puntualiza que ella “empezó tarde: a los seis meses”. “No los forzamos a nada. A estas edades todo son estímulos, pero venir aquí es dárselos de forma más ordenada”, añade una tercera, cuyo bebé debutó en el taller de padres cuando era casi un recién nacido.

 Que hay que empezar cuanto antes, que hay poco tiempo para desarrollar el cerebro y que el aprendizaje en estos primeros años es como una carrera a toda velocidad es el punto de partida entre los partidarios de la estimulación precoz. “Estamos convencidos que el fracaso escolar radica en la enseñanza infantil, por lo que una estimulación adecuada es fundamental para tener bien puestas las bases del aprendizaje. Todo niño es un genio en potencia y nosotros y los padres vamos a participar en su desarrollo”, asegura la directora del colegio Montserrat.

 Pero ¿es necesaria tanta prisa? y ¿qué tipo de estimulación debe hacerse?: ¿Bits enciclopédicos o un cubo y una pala?, ¿fichas de lectura sobre genios de la humanidad a partir de los dos años o “La caperucita Roja”? Como explica Josefina Aldecoa, escritora y directora del colegio Estilo de Madrid desde hace 46 años, todo depende de los padres. “A nuestra escuela vienen un tipo de padres que no pretenden que precozmente se enseñe al niño nada que no sea natural, que no le convenga a su desarrollo normal”, dice. En su opinión, todas esas técnicas precoces no conducen a nada, porque a los dos años no hay que pretender que un niño aprenda a contar (algo que, por otro lado, puede hacer de un modo espontáneo cuando su madre le canta los “Cinco lobitos”). “A estas edades todo lo que no se haga como un juego, no funciona: un aprendizaje sistemático ni es necesario, ni es interesante, ni corre prisa”. Aldecoa recuerda que no hay que olvidar el interés del propio niño “Quien no tiene prisa ninguna por leer o a escribir hasta que empieza a tener verdadera madurez para ello, lo que suele ocurrir a partir de los seis años: entonces, aprende en quince días, porque es el momento”.

 La maestra coincide con aquellos pedagogos y psicólogos que consideran que tantas expectativas pueden llevar a una frustración temprana: “Es de sentido común. El niño desde que nace está respirando todo: lo intelectual, lo sensorial… No hay porqué adelantar desde el punto de vista del desarrollo intelectual organizado. A los niños hay que dejarles que vivan cada etapa como es, como la piden ellos, pero sin pretender, por listos que sean, empezar a darles conocimientos ya más complicados”. Aldecoa añade incluso que, cuanto más inteligente es el niño, menos hay que forzarle: “A un niño superdotado (que habla antes que nadie, que lo ve todo…) es al que menos hay que presionarle. Al que sí hay que estar estimulándolo constantemente es al que tiene alguna deficiencia o retraso o torpeza”.

 El auge que este tipo de educación está experimentando tiene también mucho que ver con la sociedad actual, muy competitiva, y con la falta de tiempo de padres y madres, un factor que hace que se delegue en el colegio gran parte de las actividades extraescolares. Ana, por ejemplo, apuntó a su hijo de tres años a Kumon para que hiciera algo más variado de cinco a seis de la tarde, cuando todavía ha de permanecer en la escuela. En respuesta a esta demanda, cada vez son más los colegios que ofrecen servicios extraescolares de este tipo durante más horas, algo que Josefina Aldecoa ve contraproducente: “La jornada escolar es lo suficientemente larga como para poner horas extra cuando son tan pequeños. A los quince años no tiene nada que ver, pero cuando un niño es niño necesita tiempo para el hogar, para jugar y para estar tranquilo. Con tantas actividades se convierte en un trabajador que acaba agotado”//

El modelo Finlandés.

 Este país nórdico encabeza el prestigioso informe Pisa de educación desde hace más de una década. Entre otras cosas, los escolares finlandeses son los mejores del mundo en lectura y escritura, y eso que aprenden a leer a los siete años, edad en la que inician la escuela.

 ¿Qué se hace con los niños hasta entonces? El psicólogo y pedagogo Xavier Mergalejo, quien ha hecho su tesis doctoral sobre el sistema educativo finlandés, explica que allí “los niños son considerados como un tesoro y así se cuidan durante esos primeros años de vida”. Gracias a las ayudas gubernamentales la armonización enre la vida laboral y familiar es posible, y más de la mitad pasan esos primeros años en sus casas, con su familia o con “cuidadoras” a cargo del estado. Mergalejo revela que en todos los países nórdicos, aquellos niños que pasan más tiempo en casa obtienen mayor competencia lectora. Y es que allí la familia se considera la principal responsable de la educación de sus hijos.

 Aquellos que van a la guardería reciben estimulación, “pero basada en el juego. En Finlandia no han oído hablar de Kumon… También hay un trabajo importante de psicomotricidad y, sobretodo, de socialización: se intenta que los niños tomen conciencia de los otros, que se sientan queridos y se acepten a ellos mismos. En estas edades los profesores (un colectivo muy valorado socialmente) son gente muy empática, que conecta muy bien emocionalmente ellos”.

Por otro lado, Mergalejo destaca la extraordinaria labor sanitaria que realiza el gobierno finlandés durante los primeros siete años de vida: la detección precoz de problemas como la hiperactividad es común. Así, los niños entran en el colegio escudados por un trabajo sanitario y emocional muy fuerte, “Están listos para que se les exija, cosa que se hace” explica el pedagogo y también director del colegio Claret, de Barcelona, quien aunque es partidario de “Un trabajo bien hecho de estimulación precoz”, confiesa que cuando se analiza lo que se hace en los países nórdicos “hay algo que no cuadra”//.

¿POSITIVO O AVASALLADOR?

Tras definirse como una ex-madre avasalladora, la periodista inglesa Cassandra Jardine ha publicado un libro (“Positive, not Pushy”) en el que trata de dar las claves para tratar de estimular el potencial de los hijos de forma positiva.

–       Alabar los esfuerzos, no los resultados. No hay que esperar que tu hijo sea el mejor.

–       No ser impaciente ni tener prisa con un niño: ellos progresarán a su ritmo.

–       A la hora de medir las habilidades de tu hijo, observar qué hacen los otros niños.

–       Cuestionar los motivos por los que se le apunta a una actividad: ¿se hace para suplir una frustración del padre o la madre? Incentivar, en cambio, las actividades que ellos quieren hacer.

–       No apuntarles a demasiadas cosas a la vez: es difícil que todas le motiven.

–       No esperar que le sea dado un trato especial por parte de profesores o entrenadores, ni cuestionar su trabajo: ellos son los expertos.

–       No fanfarronear de los progresos o actividades de los hijos.

 

¿PADRES O MÁNAGERS?

Padres o mánagers?

Aunque a algunos la idea no les sea simpática, ser padres implica dirigir las vidas de los hijos. Pero en una sociedad tan competitiva y consumista como la nuestra, cada vez son más comunes los progenitores tan interesados en sacar el máximo potencial de sus hijos que se convierten en una especie de mánagers de su proles. Este afán por crear unos hijos hiperformados tiene riesgos, como olvidar la esencia de la educación.  Texto de Eva Millet

Texto: Según el diccionario, un mánager es el gerente o directivo de una empresa o sociedad. Una definición un tanto fría para extrapolarla a algo tan íntimo como la relación padres-hijos, pero no hay que olvidar que la crianza implica dirigir las vidas de los hijos de una forma firme y responsable para ayudarles a ser personas. Sin embargo, en ocasiones esta dirección se lleva tan al límite que se transforma en una inversión de futuro, en un negocio, incluso.

Es lo que hizo Joseph Jackson cuando, a golpe de látigo, creó los célebres “Jackson Five”. Hasta que sus hijos lo despidieron, fue un férreo mánager de su prole, como lo es hoy Billy Ray Cyrus de su hija Miley (‘Hannah Montana’). Él es quien gestiona la carrera de la artista, un ‘producto’ que se calcula valdrá 1 billón de dólares cuando tenga 18 años.

En el deporte abundan también los progenitores (especialmente hombres), que ejercen de entrenadores y mánagers de sus hijos. De tenistas a gimnastas, pasando por futbolistas, nadadores y pilotos. Algunos triunfan. Muchos nuncan lo logran y otros acaban sus carreras de forma abrupta; incluso despidiendo o demanando a sus padres en los tribunales.

Es cierto que éstos son ejemplos extremos, en unos campos, el deporte y el espectáculo, donde se valora el talento precoz. Sin embargo, en la competitiva sociedad del siglo XXI, donde se mezclan la incerteza laboral con un consumismo desaforado, cada vez son más los progenitores que invierten en la formación de sus hijos como si de un producto se tratara. Carl Honoré, autor de “Bajo Presión” (ed. RBA), ha detectado esta tendencia. “La cultura actual hace que como padres tengamos una presión inmensa para dar todo a nuestros hijos y hacerlos los mejores”, afirma. ”Las familias, además, se forman más tarde, por lo que se ha tenido mucho tiempo para pensar en qué modelo de hijo se quiere tener”.

Este escritor y periodista escocés destaca que en muchos casos la paternidad llega tras varios años en el mundo del trabajo. Ello hace que se importen los valores de la oficina al hogar y se apliquen los recursos de la empresa cuando se quiere mejorar el rendimiento: “Traer expertos, invertir mucho dinero, dedicar muchas horas… Estamos profesionalizando la paternidad”, concluye Honoré.

La avalancha de actividades extraescolares, los profesores particulares, los colegios que prometen forjar ¡genios! o darles conocimientos financieros en primaria, el continuo ir y venir para conseguir “niños preparados” (o “niños perfectos”, como apunta Honoré), y la imposición de amigos por parte de los padres son algunos ejemplos de esta profesionalización.

En Estados Unidos hace tiempo que existe un nombre para este fenómeno: son los “padres helicóptero”, progenitores que sobrevuelan sin descanso las vidas de sus hijos. En una sociedad competitiva como la norteamericana, en la que la educación es costosa, estos padres gestionan de forma minuciosa las carreras de su descendencia. Desde la elección de la guardería (en Nueva York, se acampa toda la noche frente al parvulario para conseguir plaza), hasta la entrada en la universidad.

La actitud de algunos padres en las escuelas (atosigando y enfrentándose a los profesores, demandando acceso ilimitado a las clases…) es tal, que algunas centros se reservan el derecho de expulsar a un alumno a causa del comportamiento de sus progenitores. Este frenesí no termina con la mayoría de edad: las universidades ya disponen ya de un personal especializado para lidiar con preguntas tipo ¿qué comerá mi hijo? o ¿con quién compartirá el cuarto? Si el niño estudia fuera, la distancia no es problema: el móvil sigue siendo el cordón umbilical para seguirle los pasos. Y si tiene problemas con la nueva dieta, como le ocurrió a una estudiante neoyorquina en Barcelona, siempre hay una madre dispuesta a tomar un avión con una maleta cargada de fibra. El hipercontrol no acaba tampoco con la licenciatura: cuenta Honoré que ya hay casos de progenitores que acompañan a sus pequeños… a las entrevistas de trabajo.

En España la paternidad extrema no es tan común, pero ya son habituales niños con agendas repletas de extraescolares y padres que aullan improperios al árbitro y al equipo contrario en los partidos. Influidos por fórmulas mágicas tipo “los niños son esponjas”, o “a más estímulos más inteligencia”, los españoles también se han apuntado a la moda de la estimulación precoz, una de las características de la hiperpaternidad. En su libro, Honoré desmiente de forma contundente estas ideas, alrededor de las cuales se ha formado una próspera industria. El autor nos recuerda que con tanta preparación temprana el niño no tiene tiempo de hacer lo que es más importante: jugar. La socióloga Eulalia Solé está de acuerdo con que una desmesurada estimulación, sobretodo en la primera infancia, suele generar un estrés contraproducente. “No sólo puede ser perjudicial para la salud sino redundar, a la larga, en una total desmotivación. Por lo demás, no está demostrado que aprender antes signifique aprender mejor, puesto que a cada edad le corresponden unas capacidades”, puntualiza.

Uno de los principales argumentos de muchos padres la hora de justificar las precoces y apretadas agendas de sus hijos es que el niño ha de tener el máximo número de armas para defenderse en un mundo tan competitivo. Aunque, como señala Eulalia Sole, ésta no es la única razón: “El afán por moldear a los hijos se entronca con el narcisismo. Si bien es lógico que se quiera capacitarlos para la competitividad a la que deberán enfrentarse, el hecho de exagerar en este sentido conduce a exhibir con orgullo los logros del hijo”, apunta.

Los defensores de la hiperpaternidad rechazan las críticas con un argumento contundente: ¿por qué puede ser perjudicial buscar lo mejor para el hijo y si éste tiene un talento para algo, potenciárselo? Para Carl Honoré, no es dañino apoyar a un niño que tiene talento, sin embargo, lo que es crucial es desarrollar esos talentos por las razones adecuadas: “No porque nos haga sentir orgullosos como padres o porque de este manera suplimos nuestras frustraciones. El interés, la pasión por esa actividad, debe de venir primero y ante todo del niño”, recalca.

Eulalia Solé cree que potenciar las aptitudes de los niños y los adolescentes es positivo. Pero conducirlos a la extenuación, física o mental, para que sean los primeros, se convierte en inclemencia, habida cuenta de que a menudo el menor de edad no actúa por propia elección. Solé añade que proyectar las aspiraciones personales en los hijos suele tener consecuencias negativas. “Los hijos no han de parecerse ni ser mejores que los padres”, opina la socióloga. “Creo que el concepto adecuado sería: no tiene porque parecerse a mi, que sea él mismo”.

Irónicamente, esta hiperpreparación de la prole suele ir acompañada de una sobreprotección. En el caso de la hiperpaternidad, ésta consiste en limpiar de obstáculos el camino hacia la excelencia del hijo (y, como los críos están tan ocupados, son los padres quienes se encargan de hacerlo). La sobreprotección impide aprender uno de los recursos fundamentales en la existencia: saber buscarse la vida, tener capacidad de reacción ante las frustraciones y los contratiempos.

Para el filósofo José Antonio Marina, el fenómeno de los padres-mánagers pertenece más al modelo norteamericano que al español. “En España la hiperpaternidad la llevan a cabo padres de un estrato social muy claro, que pueden elegir y que buscan para su hijo cosas que desde su punto de vista le van a favorecer su éxito social. Lo que puede ocurrir”, añade Marina, “es que hay padres tan preocupados por el éxito académico de los hijos que los abruman”. La sobrecarga de actividades extraescolares de algunos niños es, para Marina, el ejemplo que mejor ilustra esta tendencia. El escritor y artífice de la Universidad de Padres (www.universidaddepadres.es) distingue dos actitudes en el enfoque de estas actividades: “Para las madres son una solución práctica para el problema de la conciliación familiar mientras que para los padres, intuyo, son más una  herramienta de preparación de futuro”.

La preparación, los resultados brillantes, son los principales objetivos para una serie de progenitores para quienes las buenas notas son un sinónimo de buena educación. Pero para Marina, esta idea es un error “Porque porque la educación”, argumenta, “es la suma de la Instrucción (lo conocimientos adquiridos) y de la Formación de carácter, (es decir, los recursos para ejecutar esa instrucción como la constancia, el esfuerzo y la capacidad de frustración)”. Marina cree que esta última parte de la ecuación está siendo olvidada, por lo que “Hay personas llenas de másters pero sin los recursos fundamentales que les sirvan para aprovecharlos”.

Tanto Marina como Honoré añaden que todo este “management” de los hijos se hace a menudo en detrimento de otro aspecto esencial en la educación: la disciplina (una cuestión a la que el filósofo le ha dedicado un libro reciente “La recuperación de la autoridad”- ed.Versatil). Honoré tambén considera fundamental el reaprender a poner límites: “Derrochamos tiempo, dinero y energía en ayudar a nuestros hijos a construir un currículum demoledor desde muy pequeños, pero tendemos a ser bastante poco firmes en el frente de la disciplina. Los padres tenemos que recuperar el arte de decir ‘No’”, afirma.

Esta pérdida de la autoridad paterna hace que, en muchos casos, se abandone la dirección de los hijos en la adolescencia, cuando el hijo ya no se deja manejar. El resultado son jóvenes sobrados de conocimientos pero faltos de límites, de empatía, de recursos para buscarse la vida y aceptar frustraciones (de ese carácter del que habla Marina). Personas ahora difíciles de manejar y a las que, como reflexiona Honoré: “Corremos el peligro de abandonar a internet, sus amigos y la cultura consumista en un periodo en el que necesitan más que nunca nuestro apoyo y nuestra dirección”.//

RECUADRO 1: UNA LÍNEA MUY FINA

Para los psicólogos existe una línea muy fina entre los progenitores que quieren apoyar a sus hijos y aquellos que los quieren empujar a toda costa. He aquí algunas pistas para saber si se está yendo demasiado lejos:

–       Los padres ha de preguntarse, primero, si la inversión se hace por el hijo o por ellos (para suplir una frustración propia o por demostrar, de cara a la galería, que su hijo es especial).

–       Las enfermedades, físicas o mentales, son el signo más obvio que algo va mal. El factor emocional es decisivo. La inquietud, la inapetencia en la mesa, el dormir mal, son síntomas que deben disparar la alerta.

 

–       Honoré da otras indicaciones de un exceso de celo para con los hijos: hacerles los deberes; apabullar al árbitro o al equipo contrario en los eventos deportivos; dejarles tomar menos riesgos que los que uno tomó a su misma edad; descubrir que se duermen de camino a las actividades extraescolares; comer en el coche con regularidad cuando se va a esas actividades; que las mismas sean la principal fuente de conversación con ellos y  descubrir que los hijos se aburren con facilidad y que siempre necesitan a un adulto para que les oriente.

 

RECUADRO 2: SIN AVASALLAR

Sugerencias para equilibrar la preparación de los hijos con su tiempo libre y la convivencia familiar:

–       Ignorar la presión externa: si el hijo del vecino estudia chino e inglés a los tres años, no se ponga nervioso. Hay tiempo para todo.

–       A la hora de apuntarlos a una actividad, comprobar que existe un interés genuino por parte de los hijos, que no se dejan llevar.

–       No los ‘especialice’ desde pequeños: ofrézcales diversas opciones para que ellos mismo descubran lo que más les gusta hacer.

–       No deje que las actividades extraescolares sean el eje de su vida familiar.

–       Garantizar que sus hijos pasen un rato al día –una hora o dos- que no esté pautado, y en el que no interfiere la tecnología. Será un tiempo para jugar a su aire e inventar su propio entretenimiento.

–       Guarde tiempo semanalmente para pasarlo en familia. Coman juntos, diariamente, sin televisión.

Fuente: ‘Bajo Presión’, Carl Honoré (ed. RBA)

Publicado en LA VANGUARDIA MAGAZINE, Septiembre 2008 – VER PDF ORIGINAL PADRES O MANAGERS? PDF

PREVENIR LOS ABUSOS SEXUALES.

prevenir abusos

Poner voz a la existencia del abuso sexual infantil ha sido un primer paso, fundamental, para combatir esta lacra, que está más extendida de lo que se quiere admitir. Pero otro aspecto, la prevención, es también clave para evitarla. En España ya hay entidades que trabajan en este sentido, con herramientas para hacerlo tanto a nivel escolar como familiar y social.  Texto: Eva Millet

PUBLICADO EN LA VANGUARDIA MAGAZINE, MARZO 2011 — aquí está versión pdf ABUSOS PREVENCIÓN

El abuso sexual infantil es una epidemia escondida. Las estadísticas dicen que una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños pueden sufrirlo antes de cumplir los 18 años. Apenas uno de cada diez llegará a denunciarlo. El abuso no distingue entre poblaciones, estatus social, razas, ni religiones. Sus víctimas, por eso, tienen en común el ser personas con más probabilidades de padecer problemas psicológicos y relacionales en el futuro.

Si el abuso sexual infantil fuera algo tangible, como una enfermedad grave, se trataría con asiduidad en los medios de comunicación, se organizarían maratones televisivas y campañas recaudatorias. Pero el abuso sexual a menores es aún un gran tabú cultural: algo que está ahí pero que es tan terrible y provoca tanta vergüenza que no se habla de él. Este silencio es para Vicki Bernadet, artífice de la Fundación Contra el Abuso Sexual Vicki Benardet, uno de los problemas principales; “Porque hace que el abuso sea una realidad que no se asume”.

Sin embargo, poco a poco, el tema va saliendo más y más a la luz. Primero fueron las víctimas: valientes quienes se atrevieron a contar sus traumáticas experiencias en los medios, escribiendo artículos, libros y montando organizaciones como la de Vicki. Además, en los últimos años, a nivel político, se han elaborado propuestas legislativas, protocolos y planes de acción tanto a nivel estatal como de comunidades autónomas. Los innumerables casos de pederastia perpetrados por sacerdotes católicos han puesto el tema en las portadas de todo el mundo y son una muestra más de que el silencio ya no vale para una aberración que debe combatirse y, también, prevenirse. Y son los adultos, no los niños, quienes han de procurar esta prevención.

En Estados Unidos, un país pionero en la lucha contra la pederastia, la prevención es un aspecto que se tiene muy en cuenta. Y hay organizaciones sin ánimo de lucro, como ‘Darkness to Light’, especializadas en ella. “Los adultos son los responsables de la seguridad de los niños: en el coche, les ponemos los cinturones de seguridad, les damos la mano al cruzar la calle… Por qué, entonces, ¿no protegerlos también de un posible abuso sexual?”, se preguntan desde esta asociación, cuyas estadísticas indican que este tipo de protección es algo que los adultos, en gran parte por desconocimiento, no tienen en cuenta. Por ello, ‘Darkness to Light’ hace tiempo que tiene programas de prevención específicos para adultos, ya que consideran que la responsabilidad de este tema no puede dejarse en manos de los niños: “No es realista pensar que un pequeño de seis años pueda reconocer y defenderse de los avances sexuales de un mayor”, aseguran.

Con este se ha preparado un programa “Siete pasos para proteger a nuestros niños” que ha sido adaptado por la asociación española RANA (Red de Ayuda a Niños Abusados, cuya presidenta, Elizabeth Homberg, es miembro de ‘Darkness to Light’). La guía, que puede descargarse en la web de la asociación (www.asociacionrana.org), recomienda, entre otras, acciones tan sencillas como aceptar la realidad (los abusos existen), reducir al mínimo los riesgos (la mayoría de los casos de abuso sexual infantil suceden cuando un menor está a solas con un adulto y, en más del 90% de los casos el niño y su familia conocen y confían en el abusador); hablar abiertamente del tema (menos de una tercera parte de los padres ha hablado y/o mencionado el tema del abuso sexual con sus hijos); estar alerta (de señales tanto físicas como psicológicas) y, si el niño o la niña explican, reaccionar siempre con calma y evitar la incredulidad, que puede hacerles sentir aún más culpables.

Como otras organizaciones en España, RANA desarrolla desde hace unos meses en los colegios un programa de prevención del maltrato y el abuso sexual infantil llamado ‘¡Grita muy fuerte!’. Está basado en un cuento (“¡Estela, grita muy fuerte!” ed. Fineo) escrito por Isabel Olid e ilustrado por Martina Vanda, que enseña a los pequeños de entre 6 y 11 años a reaccionar ante este tipo de situaciones, pero sin alarmarles. La idea es explicar a los niños que, si alguien les hace daño o algo que no les gusta, deben decir ¡para!, ¡basta! Y si esa persona sigue haciéndolo, hay que pedir ayuda, gritar si es necesario. “Sabemos por propia experiencia que hablar de un tema como éste con los niños es difícil. Sin embargo, lo que para nosotros es un tabú insuperable, para los niños que no han sufrido abusos es un tema como cualquier otro y se puede tratar con naturalidad”, explica su autora.

El cuento es una herramienta útil, tanto para padres como para escuelas aunque, como explican desde la Fundación Vicki Bernadet, los centros todavía no están muy dispuestos a que se hable del tema en sus aulas: “Las familias deberían reclamar más información y formación en este tema, como talleres de prevención en sus escuelas, tanto para sus hijos como para ellos”,  pide Bernadet.  

Los adultos, añade la psicóloga de la Fundación, Pilar Polo, también han de estar alerta y aprender a preguntar, en especial si ven comportamientos extraños en el niño. “Si no preguntas, la gente no explica”, asegura. “Muchos de los niños que han sufrido abusos disimulan y se pasan la vida disimulando, y hay que vigilar, porque se les escapan cositas. Y si no nos lo quieren explicar a la primera, hay que tener paciencia y crear espacios de confianza… A veces el niño no está preparado para asumir su vergüenza y si lo presionamos le creamos un problema añadido”. Para la coordinadora de RANA, la también psicóloga Beatriz Benavente, esta confianza es fundamental: “La mejor educación que pueden dar los padres a sus hijos es establecer buenos vínculos, donde el diálogo se dé en todos los ámbitos. Desde muy pequeños ya podemos enseñarles que su cuerpo es suyo y que nadie se lo puede tocar sin su permiso, ni hacerle daño. Nuestros hijos tienen que saber que siempre podrán hablar con nosotros de lo que les está pasando y que nuestra responsabilidad como padres es la de protegerles”, asegura.

Y, en caso de que el niño explique o hayan sospechas, hay que actuar. “Hemos de ser capaces de saber que cuando un niño viene y dice que no quiere ir más a piano o a gimnasia no encuentre un reproche sino apoyo”, explica Vicki Bernadet. “Preguntar, acompañarle, actuar… Eso reforzará la confianza”. Y, si el niño explica o se tienen sospechas, lo que hay que hacer es asesorarse con profesionales que puedan explicar qué pasos dar (entre otros, en el Servicio de Protección al Menor, los Servicios Sociales Municipales, los Centros de Atención Primaria y la Oficina de Defensa de los Derechos del Menor). El abuso sexual de menores es un delito y debe denunciarse. Además, las estadísticas dicen que muy pocas denuncias de este tipo son falsas y que, si las víctimas reciben apoyo y ayuda psicológica, pueden superar el trauma./ /

AYUDAR A PREVENIR

La prevención tendría tres grandes etapas: la primera (de los 0 a los 8 años) y  la segunda (de los 8 a los 12 y la de mayor riesgo para sufrir abusos), serían de construcción de una actitud: que los niños sepan que su cuerpo les pertenece y puedan nombre a lo que sienten. La tercera etapa coincide con la adolescencia y es más cognitiva: se trata de que puedan entender qué ha sucedido y tengan capacidad de actuar, poniendo límites y denunciando. Para todo ello, es necesario que los menores sepan: Poner nombre a su cuerpo: En lenguaje coloquial o técnico, pero los niños han de saber cómo llamar a las partes de su cuerpo desde que empiezan a hablar. Y de forma específica. “Es muy importante”, afirma la psicóloga Pilar Polo. “Si no, cómo va explicar un niño pequeño que alguien ha entrado en su cuerpo si no sabe como nombrar sus distintas partes”.

Poner nombre a los sentimientos: A medida que crecen, los niños han de ser capaces de describir sus estados de ánimo. La adquisición de un vocabulario sentimental es fundamental, y no sólo para expresar un abuso, sino también para funcionar en la vida. Su cuerpo es suyo: el niño tiene que sentirse dueño de su cuerpo y saber que hay partes que son más intimas que otras. También hay que respetar su pudor: las partes son suyas y no son accesibles a todos. Que sepan que uno de sus derechos es a la intimidad. Hablarles claro, sin vergüenza: La pederastia existe y los niños deben saberlo. No hace falta hablar de cosas extrañas, brutales: se puede mencionar un beso distinto, una mirada que incomoda o una caricia que no es. “A veces magnificamos que los niños tendrán miedo de oir estas cosas pero la perversión la tenemos los adultos: los pequeños escuchan esto con tal ‘limpieza’ que lo elaboran bien”, asegura Vicki Bernadet.

Los adultos no siempre tienen razón: Las personas no son perfectas, tampoco los padres y las madres, ni los familiares ni maestros. “A veces les damos el mensaje que los adultos siempre tenemos la razón y no es cierto”, explica Bernadet. Transmitirles que si hay un adulto que hace alguna cosa que les molesta, no les gusta, se puede hablar de ello.

Enseñarles a decir NO: Los niños pueden decir ‘no’ sin que dejen de sentirse queridos. Su afectividad ha de ser libre. No hay que exigirle besos ni abrazos. Un beso no equivale a ser bien educado. “Hay que decirle: ¿que me dejas darte un beso? Pedirle permiso para entrar en su territorio”, explica Pilar Polo.

Preguntar: Hay que estar alerta e interesarse por los menores con preguntas como ¿Hay algo que te preocupa?, ¿alguna persona te está molestando?, ¿hay alguna cosa que te hace sentir mal?… El adulto no puede poner palabras ni nombres que el niño no ha dicho porque, si hubiera un abuso, a nivel judicial esto supondría un problema. Crear confianza: Si el niño o niña nos piden ayuda por algo, hay que intervenir: “Si el adulto lo reconforta, le soluciona su problema, si aparece un abuso, éste será otro más”, afirma Polo. “Y si los padres hacen lo que hemos dicho hasta ahora”, añade, “espontáneamente, el niño, el día el día que tenga una intromisión, como no estará acostumbrado a ella, lo dirá”.// Fuentes: Fundación Vicki Bernadet (www.fbernadet.org), Asociación RANA, Save the Children, Darkness to Light.

Otro artículo relacionado con el tema de CARINA FARRERAS, en LA VANGUARDIA . Un testimonio impresionante:“Papá, eso que me haces no está bien” PAPÁ ESO QUE 1…. PAPÁ, ESO QUE…2

Portada del cuento ¡ESTELA, GRITA MUY FUERTE! de Bel Olid y Martina Vanda.

¿HAY QUE DAR SEMANADA?

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La paga semanal a los hijos es un clásico en las relaciones familiares. Tiene muchas variantes, tanto en las cantidades que se dan como en las edades de inicio. Sin embargo, los expertos coinciden en que esta tradición puede ser una herramienta del proceso educativo pero, como en todo lo relacionado con éste, han de existir unos límites muy claros. Texto: Eva Millet

Publicado en LA VANGUARDIA MAGAZINE, junio 2010 ver pdf Semanada

Las variaciones sobre la paga a los hijos son muchas, tanto en lo que concierne a cifras y frecuencia en darla como a edades para empezarla. Hay padres, por ejemplo, que la inician a partir de los siete-ocho años: una etapa en la que el niño ya empieza a tener noción de las cantidades. Suelen darse sumas simbólicas, con la intención de que se adquiera una idea del valor del dinero y debute en el ahorro. Según algunos testimonios, esta responsabilidad temprana ha convertido a sus hijos en adolescentes que saben administrarse.

Otros, sin embargo, consideran que la paga se ha de iniciar cuando los hijos empiezan a ir solos. Las sumas que se dan en este momento, que coincide con la preadolescencia, varían entre los 10€ y los 50€ semanales (se incrementan a medida que el hijo o la hija crecen y empiezan a ir más y más solos). Por otro lado, hay padres que prefieren que sus hijos les pidan cuando lo necesiten.

Sea como sea, pese a la crisis, la paga semanal es una costumbre que continúa. Se da en muchos países y en todo tipo de familias, con independencia de su nivel económico. Un estudio realizado por la Asociación Mundial de Educadores en 2006 desveló que, en España, un 37% de niños disfrutaba de este metálico extra, mientras que en el resto de Europa el porcentaje era del 44%. El ránking de generosidad paterna lo encabezaban portugueses y franceses, con casi 5,50€ de paga semanal.

Un estudio más reciente, “Outlook Teens 2010”, sobre los hábitos de consumo de los adolescentes de entre 12 y 19 años de 8 países (como Brasil, España, Estados Unidos y Francia), eleva estas cifras. Realizado por la fundación Creafutur, el informe concluye que, de media, un teen de hoy gasta cerca de 155€ mensuales, cifra cuatro veces superior a su asignación. La ropa, la alimentación, el salir y la tecnología son las áreas prioritarias de gasto.

Precisamente, fueron 150€ los que llevaron a un joven sevillano a denunciar a sus padres porque se negaban a subirle esta asignación mensual. El hijo, un estudiante de 22 años, vivía todavía con ellos, una de las razones por la que el juez no le dio la razón. Es un caso anecdótico, pero a la vez un buen ejemplo de la necesidad de imponer límites con los hijos en una cuestión tan importante como es el dar dinero. “Los padres tenemos la obligación de alimentar, de cuidar, de dar afecto al hijo, pero no de darle una paga semanal”, afirma Joaquím Serrabona, presidente de la sección de educación del Colegio Oficial de Psicólogos de Catalunya. “La ‘semanada’ es un acto voluntario, que puede estar muy bien como proceso de aprendizaje, para entender mecanismos básicos de la sociedad pero, cuando se convierte en una obligación, no funciona”, afirma.

Otros pedagogos opinan que la paga también puede ser una buena herramienta para equilibrar la fantasía del niño (“lo quiero todo”), con la realidad (“todo no puede ser”). Sin embargo, en los últimos años la presión por el consumo ha sido muy fuerte. Y muchos niños, como sus padres, confunden el tener con el ser: el prestigio económico con el social. “Hay mucho críos que intentan compensar sus vacíos (de afecto, de entidad, de autoestima), pidiendo cosas constantemente”, apunta Serrabona, quien considera que hay que frenar este consumismo con ejemplos vitales. Uno de ellos, tratar de evitar las continuas recompensas materiales, una herramienta habitual para educar. “Si comes todo te daré helado, si estudias te compro la ‘wi’, si te portas bien te daré un dinero…”, enumera el psicólogo. “Este tipo de mensajes de alguna forma transmiten que lo primero es el premio y cosas tan fundamentales como saber comer, aprender y tener una buena actitud, son secundarias”.

Así, la paga semanal puede ser algo positivo siempre y cuando se vincule a cumplir obligaciones que son producto del esfuerzo. A no ser que hayan serios problemas de comportamiento, no hay que recompensar a los hijos por hábitos y conductas básicos, como lavarse los dientes, recoger su ropa y aprobar. “Los premios, los extras, se dan cuando el niño hace un esfuerzo importante: como sacar unas notas excelentes o una ayuda importante en la casa”, recomienda el psicólogo. Estos extras pueden potenciarse cuando llega la adolescencia y aumenta la demanda económica. Combinar la paga con trabajos esporádicos (como clases, canguros  y  recados), es algo habitual en países como Estados Unidos y, además, una buena manera de empezar a enfrentarse a una futura vida laboral. Sin embargo, España va todavía atrasada en este respecto: según el estudio de Creafutur, el 79% de los adolescentes no ha tenido ningún contacto laboral.

Ya sea en la niñez o en la adolescencia, los expertos recomiendan siempre dar cantidades discretas de dinero a los hijos: “La sensación que ‘apenas llego’ es buena. La falta tiene la gran cualidad de que se valora más lo que se tiene”, dice Serrabona. Esta falta también impulsa otro concepto: el de la frustración, tan denostada por tantos pero tan necesaria subsistir. “Hay que aprener a asumir que no tengo suficiente para comprarme todo lo que quiero. Hay que poner limites a los excesos porque, si no, se va a la omnipotencia”, concluye el psicólogo. //

CLAVES SOBRE LA PAGA SEMANAL

Cuándo comenzar: A partir de los 7-8 años se produce un cambio mental clave en el niño: pasa de lo subjetivo a lo objetivo. Ya puede empezar a tener una noción del significado del dinero. Sin embargo, muchos padres consideran que el momento de dar una  paga empieza cuando el hijo o hija empiezan a ir solos.

Cuánto dar: La cantidad ha de ser discreta: la sensación de falta es buena y, también, una saludable dosis de realidad frente a la fantasía del “lo quiero todo”. A medida que los hijos crecen, la suma puede aumentarse, pero debería combinarse con la asignación de pequeñas tareas que les proporcionen unos ingresos extra.

Qué periodicidad: La paga suele darse cada semana, aunque hay familias que lo hacen mensualmente. Algunos hijos reciben dinero ‘a demanda’, una fórmula en la que, en opinión del doctor Serrabona, los padres siempre han de tener la última palabra: “Los hijos piden, los padres evalúan y dan lo que consideran que realmente necesitan”.

Hasta cuando. La mayoría de edad es una edad clave, aunque muchos hijos e hijas estudian, un esfuerzo que ha de recompensarse. Si trabajan y viven en casa deberían aportar algo a la familia. El final de la ayuda económica debería regirse por el principio de realidad: la noción de tener padres como apoyo es un lujo, pero hay que evitar que se convierta en una garantía para el apalanque, el acomodamiento.//

MALEDUCADOS AJENOS

La falta de límites de muchos niños puede provocar conflictos, pero no sólo en la familia directa y en la escuela. La mala educación de niños ajenos puede amargar unas vacaciones, un viaje o una mañana en el parque. Incluso, acabar con amistades o enfriar las relaciones con los abuelos. La pregunta es si vale la pena intervenir en la educación de un niño que no es nuestro y, en caso afirmativo, cuál es la mejor forma de hacerlo. Texto: Eva Millet

Publicado en el MAGAZINE de LA VANGUARDIA, febrero 2009 – version pdf MALEDUCADOS AJENOS

¿Qué pasa cuando, en el parque, un niño de unos diez años empieza a golpear un árbol con una piedra sin que sus padres intervengan? ¿O en un restaurante dos hermanos de una mesa contigua se dedican a gritar y a lanzar comida ante la mirada arrobada de sus progenitores? ¿O un nieto al cuidado de una abuela la desobedece constantemente? ¿O un amigo de un hijo, con cinco años, te da un puñetazo en el estómago?

Todas estas situaciones son reales. En algunas de ellas se actuó, aunque con distintos resultados. En el parque, el niño fue interpelado y, en vista de que su madre no venía a socorrerle, paró de machacar el árbol. En el restaurante, los padres disimularon como actores profesionales cuando otros comensales dieron un toque de atención. La abuela, aunque ya no puede más, no se atreve a decirle nada a su hija sobre el mal comportamiento del nieto; teme que ésta se enfade. En el caso del puñetazo, la agredida se dirigió al padre del niño en busca de una explicación. La tuvo: el crío “se había cruzado”, le dijo.

“Estamos ante la generación que yo llamo de los ‘niños intocables’”, afirma el pedagogo Emilio Pinto. En su libro, “La educación de los hijos como los pimientos de Padrón” (Gedisa), dedica un capítulo a esta hornada de menores sobreprotegidos, sobre los que nadie parece tener más derecho a educarlos que sus padres. “Antes la ‘tribu’ participaba en la educación”, explica Pinto, “el abuelo podía hablar del nieto, el tío del sobrino, el vecino darte un toque de atención…”  Pinto constata que hoy esto ya no ocurre. Los niños parecen ser exclusiva de los padres, quienes han perdido la humildad y la capacidad de escuchar. “No corrigen, y la educación se basa en ir corrigiendo”, añade. “Y muchas veces esas correcciones vienen desde de fuera”.

Que los padres actuales, más ricos que antes, agobiados por la falta de tiempo y con sentimiento de culpa por no poder dedicarles más, tienden a malcriar a sus retoños es vox-populi. Todo el mundo habla de lo maleducados que son los niños en la actualidad. La ironía es que la mala educación de la propia descendencia no es fácil de ver. “El ya clásico “el amor es ciego’ es una de las causas de esta actitud”, afirma Pinto. El maestro añade otros factores de ceguera: la falta de niños con quien comparar debido a la casi extinción de la familia extensa y el hecho de que muchos padres se hayan acostumbrado a vivir con normalidad ciertas actitudes que para otros de fuera no lo son. También abundan los progenitores que disimulan y los que los justifican con frases tipo “mi hijo es hiperactivo”, “tiene poca autoestima” o “un bajo nivel de tolerancia”. “Estas excusas con ‘diagnósticos’ son contraproducentes porque, precisamente, si el niño es más difícil, necesita de más gente con más herramientas para educarlo”, concluye Pinto.

Dadas las circunstancias descritas, nos sorprende que cada vez sean menos los abuelos, familiares, amigos, incluso desconocidos, que amonesten a niños ajenos o alerten a sus padres de que algo está fallando. A Rosa, madre de tres niños, un matrimonio con el que compartió un fin de semana rural se le echó encima tras hacerles una observación sobre cómo manejaban a su hijo. “El crío no era fácil: tenía reacciones violentas, insultaba a la madre y montaba numeritos”, recuerda Rosa. “Yo vi a los padres tensos y angustiados y se me ocurrió decirles que sí, su hijo era complicado, pero también estaba muy mimado. Y que quizás tenían que razonar menos con él y ponerle más límites… No se lo tomaron nada bien”.

Rosa es consciente de que podría haberse callado, pero ella había vivido una experiencia similar: “Durante una época uno de mis hijos estuvo insoportable y tanto mi madre como mi suegra nos dieron un toque de atención: estábamos malcriándolo”, recuerda. “Fue duro oírlo pero constructivo. Nos sirvió para replantearnos el tema de su educación. Y ha valido la pena”.

Pero, en general, la respuesta a un comentario ajeno sobre los hijos no es siempre tan positiva. Una situación como la de Rosa tiene el potencial de acabar con amistades de años. También las hay que encienden conflictos familiares. “Me he encontrado con muchos abuelos y abuelas que están decepcionados con sus nietos pero que no pueden decir nada sin que se monte un culebrón”, revela el doctor Josep Mombiela, quien denuncia que muchos padres “Cargan a los abuelos de responsabilidades sin darles poder frente al nieto”. Para este especialista en temas de educación, a los niños de hoy “Se les ha puesto el mundo adulto a su nivel, y esto no funciona: los hemos subido de categoría y van sobrados”. Por ello considera que los padres deben reforzar la autoridad de las personas que ayudan en la crianza (familiares, maestros, amigos, canguros…) y han de aprener a escuchar lo que éstos observan, tanto lo positivo como lo negativo.

Porque, en general, los padres tienden a defender a ultranza, a muerte, a sus hijos. “Es lo de la defensa de los polluelos”, compara Emilio Pinto, quien ha observado cómo una madre o un padre puede decir cualquier cosa sobre sus hijos:  “Pero cuando esa misma cosa la dicen otros… Entonces no gusta nada”, señala. Maite Cabello, profesora de primaria desde hace más de treinta años,  conoce bien de estas reacciones. “Cuando hay un conflicto siempre me dirijo primero al niño”, cuenta, “pero si veo que no funciona, hablo con los padres, aunque sé de antemano que se van a poner como unos energúmenos”.

Dadas las muchas susceptibilidades en este tema: ¿Vale la pena intervenir cuando un niños ajeno se comporta mal? “Sí, se ha de intervenir”, dice, rotundo, Mombiela, “y si la situación se produce en un lugar público y es otro quien toma la decisión; apoyarlo inmediatamente. En estas situaciones puedes sentirte muy solo”. Para Rocío Ramos Paúl, la ‘supernanny’ española, intervenir es importante, tanto si el niño es desconocido como si es hijo de amigos o amigo de nuestros hijos. “Si el conflicto lo protagoniza el niño tenemos que dirigirnos a él, de otra manera los padres pueden sentirse cuestionados”, aconseja. La psicóloga considera que una llamada de atención de este tipo puede ser muy positiva para el aludido: “Porque cuando un niño recibe un límite desde fuera del entorno familiar aprende que hay situaciones en las que los límites no se pueden saltar como le plazca, y que hacerlo tiene consecuencias”.

Emilio Pinto también es de la opinión que “Los adultos que educamos no debemos de callar. Aunque al padre o a la madre les moleste. Quién sabe, a lo mejor les hago pensar…” Porque, en algunos casos, ese comentario ajeno puede ser ese click que faltaba para ver la luz: “Si le has dado muchas vueltas al tema del comportamiento de tu hijo y un tercero te dice por dónde fallas, te molesta, claro, porque no has sido tú quién lo ha descubierto”, explica Josep Mombiela. “Pero, aunque la primera reacción suela ser negarlo, ese comentario o crítica puede ayudar en el proceso de solucionar el problema”.

MANERAS DE DECIR BASTA.

Si se trata de un niño desconocido: Todos los expertos entrevistados para este artículo coinciden que primero hay que dirigirse al niño que no sabe comportarse, no a los padres. Localizar sus ojos (“Yo les marco con la mirada, no con la voz”, cuenta Maite Cabello. “Acostumbra a funcionar), o pedirle directamente que cambie de actitud. La primera reacción del interpelado será mirar a los progenitores pero, como apunta Josep Mombiela: “A mi los padres me dan igual. Ni los miraré. Un niño me dijo una vez: ‘Tu no eres mi padre’ y yo le contesté: ‘Y tú los pies fuera’. Seguí con mi idea”.

Si el niño es conocido: En casa las normas las cumplen tanto los niños propios como los ajenos. De este modo los hijos observan que nuestros límites son coherentes, sólidos. En situaciones fuera del hogar, con hijos de amigos o de familiares, la forma de actuar es muy similar: dirigirse siempre primero al que infringe la norma. “Con la ventaja”, explica Rocío Ramos Paul, “que podemos retirarnos de la situación hasta que el aludido cambie el comportamiento, reconociéndole el esfuerzo a posteriori”.

Si hay que dirigirse a los padres: Mejor hacer una observación, una pregunta, que una crítica. Emilio Pinto se decanta por esta última formulación, un poco a modo psicoanalítico: (¿te gusta cómo hace esto tu hijo?, ¿os sentís bien?…). Maite Cabello recomienda siempre dirigirse de forma educada, con frases tipo: “Ya sé que a ustedes les va a molestar pero…”. El tacto es importante, porque en estas situaciones no solo hay susceptibilidad. También hay inseguridad: muchos padres que no ponen límites o justifican a sus hijos constantemente lo hacen por miedo. “Pero no de los hijos”, puntualiza Mobiela, “sino de equivocarse, de no hacerlo bien”.