Shere Hite: «En familia se tendría que hablar de sexo»

Esto es lo que, entre otras cosas, me dijo la sexóloga SHERE HITE, cuando la entrevisté este agosto en Londres. La entrevista, íntegra, está en este pdf Shere Hite

Quien se tome la molestia de leerla notará que fue una cosa bastante surrealista (Shere está muy frágil de salud y los dos hombres de su vida son realmente peculiares), pero ella fue una mujer totalmente rompedora (además de una académica muy rigurosa), y todavía tiene observaciones muy interesantes sobre lo que pasa en la sociedad.

Su primer informe Hite (‘Un estudio nacional sobre la sexualidad femenina’, de 1976), sigue siendo un testimonio sociológico apasionante. Pero no lo son menos su informe sobre la sexualidad masculina y, especialmente, su informe sobre la familia: The Hite Report on the Family: Growing Up Under Patriarchy (1994), que en español yo, por lo menos, no he conseguido encontrarlo.

Mis comentarios favoritos de la entrevista fueron su reacción a mi descripción sobre la trama del best-seller ’50 sombras de Grey’. Pero hubieron más cosas, algunas relacionadas con la educación sexual: un tema tan controvertido como importante de abordar en casa (y ella tiene clarísmo cómo hacerlo). Entre otras cosas, la sexóloga denuncia la influencia del ‘porno’, tan accesible a los jóvenes hoy por internet, en la dinámica de sus relaciones íntimas.

Estas son las sugerencias de Shere Hite:

A usted la crió una abuela muy severa, que la golpeaba incluso. Me imagino que en un hogar como aquel el sexo era una cuestión tabú…

Sí. La sexualidad no era un tema que se discutía en mi casa o en ninguna casa, prácticamente… Y eso sigue igual hoy.

Siempre ha defendido la educación sexual frente al adoctrinamiento. ¿Cómo tendría que ser esa educación?

Tendría que cambiar enormemente. Hoy mucha gente consigue información sobre este tema en internet, donde hay mucha pornografía. Muchos jóvenes creen que viendo pornografía ellos serán capaces de entender lo que pasa, pero eso no es así.

¿Esta educación tendría que empezar en casa? Usted ha animado siempre a que las madres hablen con sus hijas sobre sexo…

Sí, en familia se tendría que hablar de sexo.

¿Con algún límite?

No, sin límites… No debería haberlos. Las madres deberían poder explicar a sus hijas cómo se llega al orgasmo. Es también increíble que aspectos como la primera regla de las niñas no estén marcados socialmente, que no haya algo como una fiesta cuando una joven tiene su primera menstruación, que es un momento importantísimo en la vida de toda mujer… ¿Usted lo celebraría con su hija?; ¿se celebra en España?

Bueno, conozco a alguien a quien su padre le sacó una botella de champán ese día, pero…

Eso es bueno.

Varias décadas después de su informe, la sociedad está mucho más ‘sexualizada’, pero ¿es una sexualidad sana?

No, no es sana. Los jóvenes, por ejemplo, están teniendo sus primeras relaciones íntimas antes, lo que es bueno en términos de los estereotipos, pero se sigue poniendo el énfasis en la erección. Además, la sexualidad está muy influenciada por la pornografía. Es un problema…

GURÚS DE LA CRIANZA

En la web de la BBC se publica un artículo de Alex Campbell (‘Six childcare gurus who have changed parenting’) sobre las seis figuras mediáticas que más impacto han tenido en la crianza de los hijos en los últimos cien años.

En nuestra cultura, tradicionalmente más arropada por la familia y por madres o abuelas que les decían a las madres primerizas lo que tenían que hacer con los bebés (o, directamente, lo hacían ellas), este tipo de personaje ha empezado a aparecer tardíamente: el pediatra Carlos González o el doctor Estivill serían dos buenos ejemplos hispanos. Sin embargo, en la tradición anglosajona, con las mujeres incoporadas al mercado laboral desde hace más tiempo y un cierto desapego (o sana independencia, depende del punto de vista), de la familia, estas figuras existen desde hace décadas.

Campbell destaca primero a Sir Frederick Truby King (1858 – 1938), un neozelandés especializado en salud pública, que puso especial énfasis en la importancia de una buena nutrición y una adecuada higiene doméstica para criar bien a los hijos. Autor de varios libros, consiguió reducir la mortalidad infantil en su país de forma drástica. Era un firme partidario de la rutina y la disciplina, especialmente en los primeros meses de vida: dormir, comer en las horas establecidas (preferiblemente, no por la noche), pasar un rato al aire libre cada día para fortalecerse y mimos… un máximo de diez minutos diarios. Pura filosofía victoriana.

Unos años después llegó el doctor Spock, cuyo superventas, ‘Tu hijo’, publicado en 1946, aconsejaba relajarse, ser más afectuoso con los pequeños y educar con sentido común.  El método Spock se generalizó en los 60, una década en la que nuevos avances como los pañales desechables y la implantación de electrodomésticos como la lavadora permitían que las madres, a diferencia de los tiempos de Truby King, tuvieran más tiempo para dar besos y abrazos a sus bebés.

La corriente de crianza más liberal continúo en las siguientes décadas; figuras como Donald Winnicott y la psicóloga Penelope Leach aconsejaban guiarse por el instinto, dialogar y no amonestar al niño. Fallar en el complicado proceso de educar es natural: no se puede ser una super-madre (nótese que, en aquella época, los libros de este tipo iban dirigidos a las madres, únicamente). Leach promovía una crianza centrada en los pequeños: el hijo o la hija son los protagonistas y hay que entenderlos, escucharlos y sacrificarse por ellos. «Algunos la han descrito como legendaria por hacer sentirse culpables a los padres», escribe el autor del reportaje.

Y, de nuevo como reacción a una corriente imperante, llegó Gina Ford, apodada «la reina de la rutina». En su libro ‘El bebé satisfecho’ Ford, antigua enfermera de maternidad, aboga por dejar llorar al niño en algunas circunstancias, en especial si tiene que dormir (lo que le ha hecho merecedora de todo tipo de virulentos ataques). Tildada de demasiado estrica, también recomienda no establecer contacto visual con el bebé a la hora de acostarlo («para evitar que se altere», dice).

Y, por último, el reportaje cita a Jo Frost, que quizás sería ese punto medio entre la crianza tipo «Rey Sol» y la del «niño mueble». Frost, asegura el periodista, no está para aguantar tonterías. Es partidaria de las rutinas y del llanto controlado pero, también, del afecto y la recompensa. Su método es seguido por muchas familias en todo el mundo (hay versiones de su programa, ‘Supernanny’ en varios países), aunque la manera en la que se ha difundido (es un reality show), ha levantado muchas críticas.

Los seis protagonistas del artículo, así como los dos ejemplos más cercanos que cito (González y Estivill), tiene recetas distintas, en ocasiones antagónicas, para una cuestión universal como es la crianza de los niños. Lo que si tienen en común todos ellos son muchos libros vendidos (en el caso de Spock las cifra es de 50 millones), y muchos programas emitidos y/o artículos escritos, con los correspondientes beneficios que ello conlleva.

DR SPOCK

Dr Spock

JUGUETES DIFERENTES (y que no se anuncian en la tele)

jugarijugar es una web de venta (y aquiler, en algunos casos) de juguetes  muy interesante. El trabajo de categorización de los productos (por edades, líneas pedagógicas, actividades, inquietudes y gustos de los niños y niñas y tipos de juegos), es buenísimo. Muy útil, tanto para regalar como para encontrar ideas.

LOTTIE VERSUS BARBIE

En ‘The Guardian’, Rebecca Atkinson publica un clásico artículo pre-Navideño, Why I won’t be buying my daughter a Barbie at Christmas  (Porqué no voy a comprarle a mi hija una Barbie por Navidad), que no por clásico deja de ser interesante. El tema: el dilema, por el cual han pasado muchas madres, de regalarle o no una Barbie a la niña.

Atkinson recuerda cómo, de pequeña, a ella NO le compraron una Barbie, aunque la deseaba desesperadamente. Sus padres no le dieron explicaciones  de su negativa, así que tardó unos años en entender que  consideraban que esta famosísima muñeca invitaba a la tipificación y al sexismo. Mientras tanto, con su semanada, Atkinson compró, de escondidas, una Barbie (sin pelo y con sólo una pierna) en una de esas tiendas de segunda mano que tanto abundan en Inglaterra, y pasó muchas horas  felices jugando con ella.

Ahora, décadas después, su hija quiere una Barbie y Atkinson, aunque la entiende muy bien (porque ella también quería una Barbie, por encima de todas las cosas), tiene dudas.

Y estas dudas se acentúan cuando, finalmente, como adulta, se reencuentra con la muñeca. «En muchos aspectos, es la misma. Mientras que yo he envejecido y he tenido dos hijos, ella se mantiene rubia, delgada y con los ojos brillantes», escribe. «La niña que  hay en mi aún puede verle el atractivo: el pelo lustroso, los conjuntos llamativos, el glamour. De niña, no se percibe la sexualización. Sólo se ven una muñeca y cosas monas. Entiendo porqué mi hija la quiere pero, también, porqué mis padres no: el cuerpo ideal e imposible, el rostro atontado y pasivo, los pies, permanentemente de puntillas».

Pero, pese a este primera impresión, crítica, Atkinson argumenta que ella jugó con Barbies y no acabó como una bailarina de strip-tease, así que es muy posible que a su hija le suceda lo mismo. Tras conversar con algunas amigas en el mismo brete, se anima y se va a comprar la muñeca. Es entonces cuando descubre, horrorizada, que el mundo de la Barbie del siglo XXI es rosa y brillante e implica faldas microscópicas y tacones muy altos. En su versión menos agresiva, implica princesas y hadas, también con tacones muy altos y de color rosa. En su versión on-line donde, ya desesperada, busca las cada vez más ‘rara avis’ Barbies profesionales (Barbie doctora, veterinaria, paleontóloga, bombera….), se da cuenta que la muñeca que quiere su hija puede trabajar, sí, pero jamás llevando un zapato plano o un pantalón cómodo. La Barbie policía, por ejemplo, luce una ajustada falda lápiz y una blusa escotada, mientras que la  bombera lleva una chaqueta de PVC rojo, unos pantalones azules brillantes y unos zapatos con altísimas plataformas.

Se acabó. No se compra ni una Barbie.

Y aquí Atkinson encuentra una alternativa: Lottie.  Una muñeca para niñas de 3 a 9 años que ha sido lanzada al mercado hace algo más de un año y que, como se informa en su página web; «Desde su debut, ha recibido 12 premios en Estados Unidos y en el Reino Unido, con una cobertura de prensa a nivel internacional y críticas positivas en blogs de padres».

Lottie, sigue contando la web, es una muñeca diferente porque… «tiene el cuerpo de una niña: no está maquillada, no lleva joyas o tacones y se mantiene de pie (siempre útil para las niñas, tanto grandes como pequeñas)»

«Su deseo», añade el texto de la web, «es que las niñas sean niñas, haciendo las actividades que una niña haría, no creciendo muy rápido»

La muñeca es el fruto de un exhaustivo proceso de Investigación y Desarrollo llevado a cabo «con niñas, padres, minoristas, expertos en la industria, psicólogos infantiles y expertos en nutrición infantil».

Este ‘brainstorming’ tuvo tres puntos concluyentes, bastante terroríficos:

•    Las niñas se preocupan por su imagen corporal desde una edad temprana.
•    Las niñas adquieren el sentido de la sexualidad prematuramente.
•    Las niñas pierden su infancia.

Para contrarrestar estas conclusiones, Lottie se diseñó basándose en las proporciones de una niña de 9 años, a excepción de su cabeza («que se ha incrementado para que sea más fácil el manejo del pelo»). La muñeca, añaden sus artífices, «no lleva bisutería, maquillaje, tacones o tatuajes. Se puede mantener de pie». Además, «la ropa de Lottie™ permite la interacción, simulando la ropa de una niña de 9 años, más que la de un adulto. También lleva vestidos femeninos, así como ropa resistente para jugar en el jardín al aire libre. Lottie™», concluye «permite a las niñas que sean niñas y que disfruten de su niñez en todas sus facetas». ¡Larga vida a Lottie!

PISA, PISA Y PISA

Se han publicado los resultados del célebre informe PISA sobre educación, un estudio internacional que se realiza cada tres años. El PISA lo lleva a cabo la OCDE (que es la organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos), y sus siglas significan Program for International Student Assessment (y no informe «trepitja», traducción al catalán de «pisa», como dijo  hace unos días la ‘consellera’ Camps -sí, la ‘consellera’, la responsable de educación- en Baleares…) Leer para creer.

La evaluación de la OCDE comprende una serie de pruebas estandarizadas realizadas a más de 500.000 estudiantes de 15 años de más de 60 países diferentes. Las pruebas miden los conocimientos de los alumnos en matemáticas, ciencias y comprensión lectora. Este año el énfasis se ha puesto en esta primera disciplina.

En el ránking han arrasado los países asiáticos. Finlandia, la campeona en las últimas ediciones, ha caído del primer puesto y España sigue estancada en la mitad de la lista, pero ha retrocedido en el que era su aspecto más positivo: la equidad en la educación, que empieza a notar a nivel oficial las consecuencias de las recortes en la educación pública. Ver informe/España.

El PISA es un informe que proporciona diversos enfoques en los medios. Veamos algunos titulares:

EL PAIS: La distancia entre los alumnos del norte y sur de España se amplía «Los estudiantes de 15 años de Madrid, Navarra y Castilla y León son los más destacados en el informe PISA, mientras Baleares, Extremadura, Murcia y Andalucía siguen en el furgón de cola»

LA VANGUARDIA: España no alcanza la media en el informe PISA y Catalunya se mantiene «Asia arrasa en el informe de la OCDE sobre los conocimientos de alumnos de 15 años en matemáticas, ciencias y comprensión lectora | España ocupa la posición 33 de 65 y Catalunya la séptima entre las comunidades autónomas»

CADENA SER: España retrocede en equidad en la escuela, según el informe PISA «Aumenta la brecha en el rendimiento de los alumnos por razones socioeconómicos aunque Educacion asegura que ‘los ajustes no están influyendo'».

EL MUNDO España sigue ‘anclada’ a la cola de la UE en Educación. «Según el Informe Pisa, España sigue sigue «significativamente debajo de la media de la ODCDE» (compuesta por 34 países)

Como suele ser habitual, los políticos han reaccionado al informe sin asumir su responsabilidad o culpando a “los otros”. En el caso catalán, la responsable de Educación, Irene Rigau, se ha quedado tanto ancha al atribuir los peores resultados de Catalunya en el informe PISA «a la inmigración» (ver noticia). Por su parte, el Gobierno español «defiende que el informe Pisa avala el nuevo modelo de la ‘ley Wert'» (ver noticia). Una ley que ha sido tildada por mucha gente muy cualificada como de elitista o bomba para la educación pública, pero que según la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, va a garantizar «que todos los españoles puedan tener un nivel educativo que les permita disfrutar de las mismas oportunidades»

Afortunadamente, en EL PAIS de hoy se publica un artículo de Andreas Schleicher, subdirector de la OCDE para temas educativos y uno de los responsables de este informe.

El artículo íntegro ‘Afrontar el bajo rendimiento educativo’ puede leerse aquí, pero he seleccionado algunos párrafos bastante interesantes:

“A diferencia de lo que algunos apuntan, el rendimiento del estudiante en España no ha empeorado, pero tampoco ha mejorado desde que PISA se puso en marcha hace más de una década, a pesar de los aumentos significativos en inversión educativa”.

“Hemos centrado la evaluación PISA de este año en las matemáticas (…) el hecho de tener una competencia matemática deficiente sigue limitando gravemente el acceso a los puestos de trabajo mejor remunerados y más gratificantes”.

“Elevar la excelencia y mejorar la equidad no son objetivos políticos contradictorios”.

“De hecho, la variación en el rendimiento de los estudiantes españoles entre regiones es solo del 2 % —mucho menos que en la mayoría de otros países— y las diferencias entre regiones se explican principalmente por factores socioeconómicos”.

“España no va a tener mejores resultados educativos hasta que la mayoría de los profesores y escuelas en gran parte de las regiones afronten el bajo rendimiento educativo. Hay que señalar también que no se trata solo de un reto para niños pobres de barrios pobres, sino para muchos niños procedentes de muchos barrios”.

“PISA ha revelado un número alentador de características que comparten los sistemas escolares con más éxito del mundo. Estos incluyen dar a las escuelas autonomía para que puedan tener más libertad en la toma de decisiones acerca de los planes de estudio y cómo invertir los recursos; y, a su vez, hacerles más responsables de los resultados.(…). Algunos de los retos tienen que ver con la forma en que los maestros enseñan y cómo aprenden los estudiantes. Por ejemplo, los estudiantes españoles obtienen mejores resultados en tareas de opción múltiple (…) que en tareas que les requieren extrapolar lo que saben y aplicar sus conocimientos de forma creativa. Esto es importante porque el mundo moderno no premia tan solo por lo que sabe, sino por lo que se es capaz de hacer con ello».

“Existe un acuerdo generalizado sobre la importancia de la educación. Pero la verdadera prueba surge cuando la educación se compara con otras prioridades. ¿De qué manera se remunera al profesorado en contraste con otros profesionales altamente cualificados? ¿Preferirías que tu hijo escogiera la profesión docente en vez de la abogacía?”.

“La otra es la creencia en las posibilidades con las que cuentan los estudiantes. En Japón, por ejemplo, los estudiantes no solo piensan que tienen control sobre su capacidad para lograr el éxito, sino que están preparados para hacer cualquier cosa para conseguirlo: el 84% dijo que no evitaban resolver problemas que entrañaran una cierta dificultad. En cambio, en España solo la mitad de ellos compartían esta opinión”.

Estos sistemas educativos de calidad ponen especial atención en la selección y formación de su profesorado. (…) Les proporcionan un entorno propicio para el trabajo colaborativo, de manera que sean capaces de llevar a cabo buenas prácticas. Y cuando tienen que tomar decisiones sobre inversión, priorizan la calidad del profesorado sobre el número de alumnos por clase”.

En los sistemas educativos más burocráticos, se abandona a los docentes a su suerte y se les sobrecarga de normas y reglamentos sobre cómo enseñar”.

Los mejores sistemas escolares se centran en resultados, pasando de una educación centrada en la burocracia a una que mira al profesor, a la escuela, creando redes para la innovación. Y por último, pero no por ello menos importante, los (mejores) sistemas tienden a alinear la política (…)  hasta que constatan que se ha implementado de manera consistente”.

Demasiadas preguntas…

Martes, cinco y media de la tarde. Entra un padre, con su hija de la mano, en la cafetería. La niña, que debe de tener un año y medio, quizás un poquito más, llora y llora. No suena a llanto  de aburrimiento o de mimancia, sino a llanto genuino. Efectivamente: el padre informa a la camarera, una vez ha aposentado a la niña en el taburete frente a la barra, que esta acaba de caerse, en la calle. Se le ve un poco nervioso. A la niña, informa a la camarera, le está saliendo un chichón en la frente… ¿Tendría un hielo?, le pregunta.

La niña continúa llorando. No es un berrido, sino un llanto constante, grave, un punto desolado. El padre, mientras espera que le den el hielo, le pregunta a su hija:

– ¿Qué quieres tomar?

Frente a la niña hay un mostrador con donuts, croissants de mantequilla y de chocolate, bocadillos de jamón, de queso y de chorizo, magdalenas simples y salpicadas de chocolate, bolsas de patatas, chee-tos y almendras. La niña no contesta, sigue llorando.

– ¿Quieres un croissant de chocolate?

La niña sigue sin responder, llora y llora, así que el padre, aprovechando que le han traído el hielo, envuelto en una servilleta, pide un croissant de chocolate a la camarera. Entonces, vuelve a preguntarle a la niña:

– ¿Quieres un poco de hielo?

Si la niña supiera que el hielo, tras darse un golpe, es un remedio casero para parar la inflamación, quizás le hubiera contestado que sí. Pero como la niñas de esta edad normalmente desconocen los usos del hielo envuelto en servilletas y su padre tampoco le ha informado de ello, sigue llorando y sin contestar.

– ¿Quieres aguantarte tu el hielo?

Tampoco hay respuesta.

– ¿Quieres que te lo aguante yo?

Hipidos y el mismo llanto desolado. El padre, mientras le aguanta el hielo sobre la frente, consigue extraer el móvil de su bolsillo:

– ¿Quieres que llamemos a mamá?

La niña, de nuevo, no contesta. Llora. El padre llama a su mujer. Al hablar con ella, le cambia el tono de voz por completo. Hasta ahora, su voz, cada vez que se dirigía a su hija, era aguda, un punto infantil. Ahora es adulta y seria.  Informa a la esposa que su hija «se ha dado un tortazo tremendo» en la calle. Sí, iba con él, de la mano, pero se ha caído. Ha tropezado. No sabía bien cómo…  «Tiene un chichón enorme, en la frente», añade. Para después dirigirse a la niña, cambiando automáticamente el tono de voz, y preguntarle:

– ¿Quieres hablar con mamá?

Aquí sí que la niña sabe perfectamente lo que le preguntan. Coge el móvil del padre y contesta con monosílabos, hipidos y algún sollozo a las preguntas de su madre. El intercambio apenas dura medio minuto. El padre, esta vez sin preguntar, le coge el móvil a la niña, se despide de su esposa y cuelga. Es entonces cuando la camarera, que está pasando el trapo por la barra, comenta en voz alta que, realmente, la niña «tiene un chichón grandísimo». Pese a que son casi las mismas palabras que él acaba de utilizar en la charla con su mujer, el padre no está de acuerdo con esa apreciación:

– No, no es tanto… – dice – No es un chichón tan grande. Ella es que tiene la frente grande. ¿Verdad hija? ¿A qué tienes las frente grande?

Y la niña, por supuesto, sigue sin contestar. Sigue llorando.

Demasiadas preguntas para alguien de su edad. Quizás si el padre, en vez de consultarle cada una de la acciones que ha llevado a cabo desde que han entrado en la cafetería, se hubiera mostrado más seguro («Ven, siéntate, tómate un croissant de chocolate, que te gustan, mientras, te voy a poner un hielo en la frente, que te ayudará a que te duela menos el chichón» y «después, llamamos a mamá y hablas con ella, ¿de acuerdo?»), si en vez de preguntarle cada acción a una cría que ni puede (ni quiere) decidir cómo hay que gestionar su situación post-caída en la calle, la niña ya estaría más tranquila.

Pero esta es una tendencia imperante hoy: preguntarles prácticamente todo a los hijos, ya desde muy pequeños. Me lo comentó hace tiempo ya Jo Frost, la célebre supernanny inglesa, en una entrevista. Le parecía una tendencia poco pedagógica, preguntarles constantemente, hasta lo más básico, como el: ¿Quieres ir a la cama? a un niño de un año. Sin olvidar, ¿te quieres bañar?, ¿vestir?, ¿ponerte el pijama?, ¿quieres cenar?… O, si se encuentra mal (también lo he oído, lo juro), el ¿quieres tomar un Dalsy? Los niños son muy inteligentes, pero hay cosas (como lo que les conviene comer, las horas que necesitan dormir o la medicina que puede bajarles las fiebre), que aún no están capacitados para decidir.

Frost, gran defensora de las rutinas y los límites, considera que es papel de los padres guiarles en estos pasos, con firmeza y tranquilidad. «Es hora de bañarse y ponerse el pijama y, después de cenar, a la cama». Entre otros, eso les dará seguridad para poder dedicarse a otras actividades seguramente más interesantes para ellos que decidir, con año y medio, qué van a tomar o si les conviene o no bañarse esa noche… No se trata del ordeno y mando de hace unas décadas sino de encaminarlos, dirigirlos bien, sin necesidad de preguntarles todo, como el padre de la cafetería.// 

DESPISTES CON RIESGO

DESPISTES. MÁS ALLÁ DE LA ANÉCDOTA

Los despistes son esas distracciones, errores y fallos cotidianos con consecuencias en general anecdóticas. Pero también pueden ser causa de situaciones muy serias, como accidentes de tráfico y olvidos con consecuencias trágicas. Prevenirlos es posible. Texto de E.M.

Publicado en MAGAZINE LA VANGUARDIA, julio 2009 DESPISTES pdf

Ser despistado es un defecto confesable, incluso para los que olvidan constantemente las citas, pierden las llaves o tras mucho buscar, encuentran las gafas en el lugar más insólito de la casa.  Aunque molestos, los despistes son en general anecdóticos; parte de la vida cotidiana de muchos. Sin embargo, también pueden tener terribles consecuencias.

Ya es habitual que, en especial con la llegada del calor, aparezcan en los medios sucesos con final trágico sobre padres que se olvidan a sus hijos en el coche. En Sevilla, el pasado verano un niño de dos años murió deshidratado tras ser olvidado por su padre en su vehículo durante tres horas a pleno sol. En Olot, otro tremendo despiste provocó la muerte de un bebé colocado por error en un maletero.

Los descuidos con mal final son en especial muy frecuentes en piscinas y playas. Son muchos los casos de niños que se ahogan por un desliz de la atención. Muchos accidentes domésticos (de sartenes que se incendian a explosiones de gas) también tiene como origen una distracción.

Ésta es sin duda la cara más oscura del despiste, un fallo de la memoria que la Real Academia describe concisamente como “distracción, olvido, error”. Pero el neuropsicólogo Daniel Schacter, de la Universidad de Harvard, va más allá. Para él, el despiste es “un lapsus de atención que implica no ser capaz de recordar una información que nunca fue codificada por nuestro cerebro de forma adecuada (si llegó, alguna vez, a ser codificada)”. Añade que el despiste también puede ser esa información que está disponible en la memoria “pero que se puede pasar por alto en el momento en el que la necesitamos”.

Schacter lleva veinte años en investigando los aspectos psicológicos y biológicos de la memoria y la amnesia. Considera que la memoria es tanto una acción de pasado como de futuro y ha jerarquizado el olvido en siete pecados distintos. El resultado es un libro apasionante, “Los siete pecados de la memoria” (ed. Ariel), en el que incluye al despiste como uno de ellos.

Schacter revela que el tener una buenísima memoria no implica el no despistarse. Hay gente con una impresionante capacidad de almacenar datos que no puede recordar dónde ha puesto las llaves. De hecho, Schacter identifica la distractibilidad como un momento de desconexión entre la atención y la memoria. Un momento que se debe a un tercer factor, como puede ser el estrés, la acumulación de tareas o tener un asunto tan importante en la cabeza que, sencillamente, no hay espacio para nada más (un perfil, este último, en el que encaja muy bien la figura del ‘sabio despistado’). “Los despistes”, escribe Schacter “pueden producirse por preocupaciones con otros temas, que hacen que la energía mental sea absorbida por otros canales y se reduzca la efectividad en realizar tareas mundanas, pero necesarias para nuestro día a día.” Así, estos pecados de omisión de la memoria son especialmente pesados para gente muy ocupada.

La rutina es otra causa de los despistes. Los lapsus que pueden dar paso a los despistes son típicos de actividades rutinarias, que no requieren una codificación mental muy elaborada. Conducir, por ejemplo. Una acción que cuando se aprende implica una altísima atención… que decrece a medida que la práctica aumenta. Se llega a operar “en automático”, una actitud que puede implicar equivocaciones en la ruta y también, accidentes. Este ‘piloto automático’ no es el único lapsus peligroso en un coche. Según la Dirección General de Tráfico distracciones como hablar por el móvil, fumar o manipular en marcha aparatos del  vehículo son algunas de las principales causas del 38% de los accidentes de tráfico. El Servicio Catalán de Tránsito acota más la estadística y asegura que las distracciones estuvieron presentes en 20’1% de los accidentes con víctimas graves y mortales en el 2007.

La vida moderna, con una tecnología muy invasiva y mucho estrés, es una efectiva fuente de distracciones. Tras el trágico suceso del coche en Sevilla, el Defensor del Menor de Andalucía aseguró que este hecho ponía de manifiesto que la conciliación de la vida laboral y familiar no está aún resuelta y que cada vez son más los padres con demasiadas cosas en la cabeza y poca calma para el cuidado de los hijos.

Porque es precisamente la tranquilidad, el concentrarse, una de las maneras más efectivas de evitar estos lapsus. Interrupciones cuando se presta atención e informaciones excesivas son recetas perfectas para provocar el despiste. Está comprobado que muchos errores de este tipo son atribuibles a una constante dispersión de la atención, algo habitual en la vida diaria. Esta dispersión puede darse con más frecuencia en la vejez, aunque ello no es necesariamente síntoma de una enfermedad degenerativa.

También en la niñez se dan los despistes: de olvidar hacer los deberes a llevar el equipo de deporte. Su alta frecuencia, sin embargo, puede ser un síntoma del TDAH (el Trastorno por déficit de atención), que tiene tres manifestaciones claras: la hiperactividad, la impulsividad y la dificultad para mantener la atención (que provoca los despistes). Como explica Beatriz Mena, psicopedagoga de la Fundación Adana, en los niños con TDAH, el lenguaje interno -que es el que nos dice qué hacer-, es un lenguaje desorganizado: “Con muchas interferencias que hacen que la conducta no esté bien modulada: por eso vienen despistes, porque llegan disgresiones, los ruidos, que impiden concentrarse», especifica Mena.

Con la llegada de la edad adulta esta imposibilidad de prestar atención es el síntoma del TDAH que más persiste de los tres. Un síntoma que repercute en especial en la vida laboral; los adultos con TDAH son personas que olvidan con frecuencia reuniones de trabajo, plazos de entrega, etc. Esta distractibilidad, sin embargo, puede ser también una valiosa “pista” para diagnosticar un trastorno que se calcula, afecta al 4% de la población.//

Trucos para evitar despistes.

Todavía no hay píldoras para estimular este campo de la memoria pero para combatir los despistes no hace falta ir a la farmacología. Hay soportes muy eficaces y sin contraindicaciones, empezando por tener un cerebro descansado y alerta.

1. Recordatorios visuales: Notas, listas, imágenes y un cordel en el dedo, entre otros, son herramientas caseras útiles para no despistarse. Pero estas ayudas externas han de cumplir, según el profesor Schacter, dos criterios: ser informativas y actuar en el momento en el que se precisa llevar a cabo la acción. Por ello el cordel en el dedo o el reloj en la otra muñeca no son tan efectivos, ya que aunque cumplen el primer criterio (son visibles, avisan de que hay algo pendiente para hacer), no especifican el qué: es fácil olvidarse qué significaban.

2. Los “Post-its”: esas notas adhesivas amarillas son grandes aliadas contra los despistes. De hecho, Russel Barkley, uno de los máximos estudiosos del TDAH, dice es que los niños con este trastorno deberían ser niños “Post-it”. Lamativas e informativas, cumplen los dos requisitos de Schacter: se ven y dan una información escrita. Todavía más si se colocan en el punto de ejecución (la nota que pone LLAVES en la puerta, por ejemplo).

3. Las nuevas tecnologías. En el mercado existen aparatos que nos avisan de cosas fáciles de olvidar: de planchas con alarmas a dispositivos que nos recuerdan que hay que regar esa plantas. En la cocina, un ambiente en el que los despistes pueden ser fatales, hay robots con alarmas y fogones con sistemas de apagado automático. Móviles, blackberries y iphones también son herramientas que ayudan a recordar. Siempre y cuando, por supuesto, no olvidemos programarlas.

¿POR QUÉ LLEGAMOS TARDE?

LOS COSTES DE LA IMPUNTUALIDAD. E.M.

(publicado en LA VANGUARDIA agosto 2007, ver pdf original Impuntualidad pdf )

Marta vive con quince minutos de retraso. A nivel particular y profesional, esta ejecutiva barcelonesa de treinta y nueve años lleva media vida cargando con ese cuarto de hora que se siente incapaz de controlar. “Soy muy impuntual y trato de buscar soluciones”, explica. “Este problema es medianamente aceptado en mi trabajo, porque siempre dependo del tráfico, del vuelo, de la reunión anterior… Pero a esas circunstancias hay que añadirle lo que yo llamo mi impuntualidad “por defecto”, esos quince minutos que son básicamente culpa mía y de los que no puedo deshacerme”.

Marta ha probado varias cosas: despertarse antes, salir de casa antes e, incluso, adelantarse el reloj (hasta 40 minutos) y, aunque cree que esto último le funcionó algo; “Al final llevaba tal lío con la hora y me pegaba unos sustos tan grandes que lo he dejado estar. Sigo con mis quince minutos”, resume.

Aunque para muchos el cuarto de hora de retraso crónico de Marta sería inadmisible, a otros les encantaría llegar ‘solamente’ quince minutos tarde. La impuntualidad de algunas personas es tal que repercute en su vida: los retrasos pueden acabar con amistades, con parejas y, también, con puestos de trabajo. De hecho, el retraso continuado puede ser motivo de despido, como se refleja en algunos convenios laborales. Un despido del que no se libraron ni estrellas como Marilyn Monroe, a quien los estudios Fox echaron por improductiva a causa de sus habituales y monumentales tardanzas a los rodajes.

El no alcanzar los plazos establecidos es también causa de malas notas de los estudiantes e, incluso, de la productividad de todo un país. Este es el caso de Perú, donde la impuntualidad está tan enquistada en la sociedad que el pasado marzo el gobierno de Alan García inició una campaña, “La hora sin demora”, para fomentar el hábito de llegar a tiempo. La campaña ha pedido a las empresas, instituciones gubernamentales y escuelas que no toleren la llamada «hora peruana», que suele traducirse en unos 60 minutos de retraso. Alan García, conocido por su puntualidad, considera que la actitud relajada de sus compatriotas daña la productividad nacional y aleja las inversiones extranjeras.

El síndrome del retraso fue definido por el psicólogo británico Dale Griffin en los años noventa, pero no es una condición psiquiátrica ni tampoco genética (como algunos argumentan con frases tipo: “Es parte de mi manera de ser” o “mi padre ya era impuntual, es algo de familia”). No, según el doctor Griffin, el ser impuntual está más bien relacionado con una visión demasiado optimista de los plazos y con la procrastinación o la acción y efecto de diferir, de aplazar las cosas.  “El acto de planear es, por definición, algo que mira al futuro con ilusión”, explica el psicólogo. “Cuando el ser humano organiza un nuevo proyecto tiende a ignorar los posibles obstáculos que se pueden presentar. Realiza una “planificación espejismo” y vuelve a caer en el retraso porque suele distorsionar el pasado a su favor: culpa a la lluvia o al tráfico de la tardanza anterior y no piensa que estas circunstancias puedan repetirse. Preveer que algo va a ir mal no es una forma natural de pensamiento, por eso tendemos a enfocar los planes creyendo que todo irá bien y llegamos tarde”. Griffin, profesor de la Universidad de Sussex, realizó un estudio durante cinco años de los hábitos de 5.000 individuos, y comprobó que la impuntualidad es una característica muy típica de la personalidad humana. “Nuestra investigación concluyó que somos malos planificadores y no solo a nivel personal, sino también en las esferas administrativas”.

Porque en la administración los retrasos están a la orden del día. Y, aunque en vísperas de elecciones las obras públicas se intentan acabar a toda velocidad, en muchas de ellas el plazo de finalización estimada ya ha sido superado con creces: lo atestiguan muchos de los carteles –obligatorios- que se colocan frente a los trabajos a realizar. Lo mismo ocurre con las obras privadas. “Ojalá en la universidad nos hubieran explicado cómo gestionar el tiempo”, dice el arquitecto Josep Bohigas, del estudio Bopbaa. “El tema del “timing” de una obra es fundamental pero, le pasa como al presupuesto: siempre hay algún motivo por el cual no se cumple. Y, aunque existen las penalizaciones (tanto dinero por día de retraso de obra), el problema es que muchas veces cuesta saber quién es el culpable de las demoras: si la administración, el constructor, el arquitecto o el cliente, que ha querido cambiar algo a última hora.”

A veces, los retrasos no son cosa de meses, sino de años. Esto ocurre en grandes proyectos como el AVE, que más de dos décadas después de que empezara a planificarse, todavía no ha llegado a Barcelona. Según Pedro Nueno, ingeniero, profesor de Iese y con experiencia en obras públicas, el del AVE pertenece a la categoría de esos proyectos a largo plazo que no interesan incluir en los programas electorales por su poca inmediatez. Para Nueno el que estas obras no se finalicen nunca en un tiempo previsto es debido principalmente a la burocracia. “Cualquier proyecto ha de pasar infinidad de cribas y estas cribas muchas veces tienen contenidos políticos, intereses, que las retrasan. El sistema permite comportamientos que muchas veces son oportunistas y que no van en beneficio del bien común”, afirma.

Para Nueno, la burocracia no sólo continúa, sino que es un fenómeno particularmente creciente en Cataluña. “Aquí tenemos proyectos fantásticos que no prosperan ni tampoco existe un liderazgo que diga “Vamos a apostar fuerte por esto”. Y sin un liderazgo fuerte todas estas pequeñas cosas, este oportunismo del que hablaba, avanzan”. Nueno añade que el conocido “mañana, mañana” español también empeora: “Aquí, el tiempo necesario para cualquier proyecto interesante para la sociedad es infinito. No hay más que comparar con otros países: yo estoy semana sí semana no en China y veo la rapidez con la que las cosas se deciden y ejecutan allí. La velocidad es completamente distinta”.

Estos retrasos tienen, como explica Nueno, “un impacto económico brutal”. No en vano en la mayoría de los países más desarrollados del mundo (como Estados  Unidos y el norte de Europa) la puntualidad es importantísima. Aseguran expertos como el autor alemán Stefan Klen, autor de un libro sobre el manejo del tiempo, que esta puntualidad tiene mucho que ver con el  protestantismo, que impone una ética muy estricta sobre el tiempo y hace creer que perderlo es casi un pecado. Por otro lado, no hay que olvidar que países como Alemania tienen una larga y potente historia de industrialización, un sistema que exige horarios estrictos.

Si aligerar la burocracia es una fórmula para evitar las demoras a nivel público, ¿qué hacer, entonces, para evitar los retrasos privados? Existen algunos trucos: el doctor Dale Griffin recomienda que otra persona ayude a planificar el tiempo del que siempre llega tarde: su estudio comprobó que somos mucho mejores en calcular el tiempo ajeno que el propio. En la web Clsyndrome.com, fundada por un “impuntual crónico” estadounidense, se recopilan otros consejos: desde el ser realista con la capacidad de abarcar de cada uno a ser pesimista a la hora de calcular los plazos para hacer algo (darse más márgenes para prevenir obstáculos). También se recomiendan poner prioridades (¿qué es más importante, llegar puntual o lavar esos platos?), aprender a decir “no” y, también, a disculparse, aunque sea por adelantado, por llegar tarde. Porque no hay que olvidar que la impuntualidad es, además, una falta de educación.//


«Hay momentos en que matarías a tus hijos…»

Extracto de la entrevista de Kiko Amat a la periodista y escritora inglesa Caitlin Moran, publicada en el número de octubre 2013 de la revista ‘Rockdelux’. El incisivo y divertido libro de Moran, ‘Cómo ser mujer’ (Anagrama), ha arrasado. Moran es madre de dos hijas y ni ella ni el entrevistador se cortan a la hora de comentar en voz alta que, en ocasiones, la maternidad y la paternidad pueden ser un auténtico coñazo… La autora facilita sus trucos para enfrentarse al tedio que le provocan algunas situaciones hogareñas, como hacer castillos con Lego, por ejemplo.

 Eso es otra diferencia cultural entre tu país y el mío. Aquí se espera que dejes de pasarlo bien en el momento en que nacen tus niños. En la mayoría de cumpleaños infantiles en los que he estado (y, por Dios, he estado ya en unas cuantas de esas mierdas) no había alcohol.

Dios del cielo, tienes que pedir ya que te repatríen. En Inglaterra, mucho antes de contratar al payaso o al mago, o reservar la sala, lo primero que haces es comprar un montón de cajas de cava. Joder, es la única manera de soportar lo de tener niños. No hace falta decir que llevar borracha a los niños al cole, a las ocho y media de la mañana, no está bien. Pero a las siete de la tarde, el atajo más rápido para ser una madre genial es zamparte un par de copas. Es el único momento en que puede apetecerte arrodillarte y empezar a construir castillos de Lego. Después de un par de tragos te parece la cosa más increíble del mundo.

Existe un pacto de silencio entre padres del mundo (que afortunadamente tú estás contribuyendo a romper) para no admitir que estar con niños, a veces, puede ser asombrosamente aburrido. Lo que sugieres es uno de los antídotos más eficaces contra ello.

Sí. No hasta quedar en coma, por descontado, pero sí ligeramente achispado. Beber el tipo de bebida que debía beberse en la Segunda Guerra Mundial, como un té con chorrito de whisky. En la guerra todo el mundo iba un poco pispado, era la única forma de soportar el horror. Churchill iba siempre algo curda, para soportar lo de los nazis, y yo necesito estar un poco alegre para soportar los castillos de Lego. Es obvio, según lo veo.

‘Cómo ser mujer’ habla de forma muy honesta sobre las cosas de la paternidad: el esfuerzo, el caos, el amor, las recompensas… En mi opinión, solo te has dejado una cosa: admitir que hay momentos en que matarías a tus hijos.

Sí (se carcajea). De acuerdo. Hemos de lanzar ese mensaje al mundo. Dios, la de veces que he tenido que encerrarme en el armario durante veinte minutos… Por otro lado les odias menos cuando son algo más mayores. Los míos tiene doce y diez respectivamente, ya puedes razonar con ellos, sobornarles… Pero cuando son bebés no puedes salir de casa, te vuelves loco, eres como John McCarthy, el periodista que estuvo encadenado a un radiador en el Líbano durante cinco años. Esa es una de las cosas buenas de Twitter. Me encanta Twitter por eso, porque puedes chatear con gente desde dentro del armario. Diez minutos es todo lo que necesitas. Me parece una forma muy poco civilizada de tener niños, esto del encierro. En la antigüedad hubiésemos estado en una aldea, y en cuanto el niño anduviera sus primeros pasos le habrías mandado a jugar al río. Posiblemente habría muerto ahogado, de acuerdo, la mortalidad infantil era bastante elevada por aquel entonces, o lo habría aplastado un carro o habría pillado algún tipo de plaga. Pero al menos estaría al aire libre, mientras la madre moría a los 38, de sífilis, y ese era el orden natural de las cosas. Pero ahora se les mantiene en casa todo el día, ¡con adultos! Piensa en ello. Hace años, esto nunca habría colado. Una persona hecha y derecha, que ha estado en la universidad y tiene todos esos intereses y amigos, a la que se condena a pasar todo su tiempo con alguien que no habla. Es como si pasaras varios años de tu vida con un chimpancé particularmente exigente. Nadie firmaría por esa mierda. Por eso hoy en día la gente enloquece. Y tienes que irte evadiendo de ello. De ahí: alcohol + Twitter.

Mencionas en el libro que lo de ser padre es como ser veterano de guerra. Solo hablas de tu experiencia con otros veteranos.

Es mejor no hablar del asunto, porque si les dijeras lo que realmente sucede entonces nadie tendría hijos. Y tú necesitas que los demás tengan hijos, para que así vengan contigo en la mierda de vacaciones que vas a soportar el resto de tu vida. Y así podrás quejarte de lo mierda que es todo con alguien. Nunca desalientes a nadie respecto a la paternidad. Necesitamos que sus vidas estén tan arruinadas como la nuestra en un par de años. Si no tienen hijos insistirán en seguir yendo de vacaciones a lugares estupendos y presentándose a fiestas fabulosas vestidos elegantemente. Ni hablar, colega.

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entrevista completa

«Lo que no se pueda solventar con la educación no tiene arreglo

Excelente entrevista de Marta Ricart en el Magazine de LA VANGUARDIA al psicólogo Javier Urra, autor de diversos libros (como ‘El pequeño dictador’) y ex Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid.  Para leer la versión íntegra de la entrevista, clickar aquí  (magazine LV) Estos son algunos puntos interesantes:

– “Me llama gente –explica– diciendo: ‘No puedo con mi hijo’. ¿Cuántos años tiene?: ‘Cuatro, me araña, se tira al suelo y no me hace caso…’. ¿Pero cómo no va a poder con él? ¡Haga algo, sea eficaz, que a su padre y a su abuelo no les dieron tantos cursos de pedagogía!, sabían lo que tenían que hacer: ‘Muy bonito, pues si no te levantas, te quedas ahí todo el día…’”.

– (Preguntado sobre cuáles son los mayores problemas de los niños y adolescentes): «…en España, la sobreprotección, el alcohol y otras drogas, las separaciones de los padres mal llevadas, la baja edad para dar consentimiento a las relaciones sexuales con adultos (es a los 13 años) y el mensaje de “no hay futuro”, de no hay futuro laboral o para irse a vivir un joven por su cuenta».

– (Parte de la respuesta a ¿Es usted de los que creen firmemente que la mayor parte de los problemas de la infancia se podría resolver con más y mejor educación?) Lo que yo creo es que lo que no se pueda arreglar con educación no tiene arreglo (…) Hay que (…)  educar ya desde la infancia para no levantar nunca la mano a la pareja, para no agredir a otro conductor yendo en el coche, para no cavilar ideas negativas, no pasar del amor al odio o no alimentar el rencor y la envidia… Si otro tiene mejor coche, pues vale… tú vive tu vida. Hay que enseñara proteger la naturaleza, a alimentarse bien, a hacer ejercicio, a vivir de una manera más natural. Educar es vital, y hay que aplicarse los lunes, los martes, los miércoles… (…) Hay que inculcar a los niños la idea del esfuerzo, del trabajo bien hecho, de la solidaridad; enseñarles cómo comportarse en la sociedad, el saber hacer, la delicadeza, las formas, cosas que se están perdiendo».

– «Otra cosa es que estamos haciendo una sociedad muy estresante, cuando lo que tendríamos que hacer es no tratar tanto a los niños por todo sino construir una sociedad mejor, en que el niño no tenga que ir corriendo a todas partes, aprendiendo todos los idiomas y a tocar toda clase de instrumentos, o que como papá y mamá están separados, hoy toque ir a comer a casa de papá y a cenar a la de mamá, pero pasado y el siguiente a la de los abuelos… Hay que evitar que un niño de ocho años acabe teniendo la vida estresada de sus progenitores y que cuando tenga un problema, pues nada, que lo vea el psicólogo o el psiquiatra… Es que a lo mejor no hay tal problema y basta con que intervenga la familia. Por eso me refería antes a la necesidad de educar en una vida sana y para saber sobrellevar las emociones y las situaciones de la vida. Hay que enseñar a los menores a manejarse en ese estrés y en el conflicto. ¿Se les enseña a afrontar una ruptura? Porque tienen muchas posibilidades de vivir una ruptura de pareja a lo largo de su vida; pero no se enseñan estas cosas y luego se convierten en problemones».