María Montessori: Más que una maestra

Reproduzco artículo mío sobre la pedagoga María Montessori, una mujer pionera e inteligentísima, publicado en la revista Historia y Vida de enero 2014. Para la versión pdf, clickar aquí: MONTESSORI PDF

Mujer avanzada a su tiempo, revolucionó la educación hace más de un siglo con un método pedagógico aún vigente. Texto: E. M.

En 1907, María Montessori abrió las puertas de su primera escuela en la barriada de San Lorenzo, en Roma. La pedagoga tenía 37 años y un currículum inaudito para una mujer en aquella época: entre otros, había sido la primera italiana en conseguir licenciarse en Medicina.

Más de un siglo después de empezar a ser aplicado en aquella “Casa dei Bambini” romana, el “Método Montessori” es global desde hace décadas, con más de 20.000 escuelas Montessori por todo el mundo y muchos de sus principios aplicados en la enseñanza generalista.

Pervive así el legado de esta italiana nacida en 1870 en, Chiavarelle, Acona, en una familia donde la educación era tan importante que los Montessori se mudaron a Roma en 1882 para que María pudiera seguir estudiando. Sus padres, Alessandro y Renilde, querían que su vivaz hija se dedicara a la enseñanza (la única carrera abierta a las mujeres en aquella época), pero ella tenía otras ideas. Le apasionaba la ciencia y estaba determinada a estudiar Medicina. Llegó a pedir la intercesión del papa León XIII para poder ingresar en la facultad. Lo consiguió, licenciándose con veintiséis años.

Siguió vinculada a la universidad, como asistente a la cátedra de Psiquiatría. Fue durante este periodo cuando descubrió su otra vocación, la enseñanza, a través de los niños con retraso mental que vivían en el manicomio, junto a los adultos. Descubrió horrorizada que a estos niños se les trataba como enfermos mentales y creyó que, con una pedagogía adecuada, los podría sacar de allí

Así, Montessori empezó a pasar largas jornadas con ellos, implementando un proyecto educativo específico, destinado “a proteger de la extinción la llama de inteligencia” que había vislumbrado en aquellos pequeños. No se equivocaba: su trabajo logró que aquellos niños ‘anormales’ aprobaran los mismos exámenes que los considerados ‘normales’.

MARIA MONTESSORI

Su éxito llamó la atención de las autoridades educativas italianas, que le dieron diversas responsabilidades en este ámbito. Corría el cambio de siglo: una etapa febril, en la que Montessori se involucró en los movimientos feministas emergentes y estudió otras disciplinas, como la filosofía y la antropología. Es también cuando su interés pedagógico se desplaza hacia los niños de edad preescolar, a los cuales consagraría el resto de su vida.

En 1907, se le encargó la organización de una escuela en el paupérrimo barrio de San Lorenzo. De este modo se gestó la ‘Casa dei Bambini’: un centro modélico, dedicado a los niños residentes en las nuevas viviendas de protección oficial. Montessori enfocó el proyecto desde dos vertientes: la social y la pedagógica. La escuela era una gran casa, ordenada y limpia, donde dominaban el afecto y la armonía. El niño se convertía en el centro del proceso educativo, con un mobiliario a su medida y un material didáctico específico, para ayudarle a que se guiara por su instinto. Tenía sus derechos y había que defenderlos de la opresión de los adultos, así como respetar su libertad.

En épocas de escuelas de disciplina durísima, el llamado Metodo della pedagogia scientifica de Montessori fue completamente revolucionario. Pronto empezó a implementarse en otros lugares de Italia. La publicación de un libro sobre el mismo en 1909 y la incansable labor de difusión de su artífice, también permitió que llegara a otros países, como Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Holanda, donde una de sus alumnas fue Anna Frank.

En 1934, con el ascenso del Fascismo en Italia, Mussolini ordenó cerrar todas las escuelas Montessori. María se exilió a Holanda hasta que, en el 39, marchó a la India. Allí llegó a formar a 1.500 maestros y frecuentó a intelectuales como Rabindranath Tagore. En su periplo le acompañaba su hijo Mario, a quien tuvo como madre soltera en su juventud y al cual se vio obligada a ocultar durante años. Fue Mario quien estuvo con ella el día de su muerte, en su casa de Holanda, en 1952. En este entonces su pedagogía ya era mundialmente conocida, había sido tres veces candidata al Nobel de la paz y se la reclamaba en países como Ghana, donde pensaba marcharse a formar maestros poco antes de morir.

Reflexiones sobre la adolescencia: Luis Feduchi

«HACE FALTA QUE SE HABLE DE LA ADOLESCENCIA EN UN TONO POSITIVO»

Luis Feduchi Benlliure (Madrid, 1932) es un reconocido médico psiquiatra y psicoanalista. Ha dedicado buena parte de su actividad profesional al estudio y asistencia de los problemas asociados a la adolescencia. No se prodiga en los medios, por lo que no puedo dejar pasar de reseñar esta entrevista de Thaïs Gutierrez, publicada en el diario ARA. Se hizo con motivo de la participación del psiquiatra en la conversación titulada ‘Adolescencias. Transgresión, riesgo, acogida’, que tuvo lugar en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Este son algunos puntos de la charla entre Luis Feduchi y el antropólogo Lluís Duch en el CCCB, además de la entrevista en el diario ARA.

 – Infancias cortas, adolescencias largas: La niñez cada vez es más corta. En parte, debido a aspectos biológicos, como el que la primera regla de las niñas se ha  avanzando. Hay una precocidad en el desarrollo. Por otro lado, Feduchi señala que la adolescencia llega antes también en parte por «la tendencia a imitar» de los niños. Los horarios imposibles de los padres, la práctica extinción de la vida de barrio son factores que «suman para que los niños no puedan vivir con plenitud la infancia e imiten a los más mayores».

La propia sociedad, asimismo, les empuja a crecer: «La parte infantil, sus ansiedades de todo tipo, se toleran mal y se les empuja hacia arriba». La ironía es que, por otro lado: «A la parte incipiente, adulta, del adolescente, no se le dan oportunidades de estrenarse en el mundo adulto, de incorporar una identidad». Ello hace que el adolescente se quede instalado en algo que parece que no tiene salida.

– La parte infantil y la parte adulta: «Un adolescente es alguien que tiene una parte infantil que todavía no ha terminado y una parte adulta que está empezando. Lo infantil está siempre, hay unos sentimientos que quedan toda la vida, pero hay otras cosas que sí cambian: la frustración, la necesidad. En la adolescencia hay cosas que ya puedes hacer, ya puedes esperar, hay más capacidad de frustración… El adolescente va cediendo en cosas que el niño no cede a cambio de asumir la famosa responsabilidad».

– La regresión: Pero en este proceso, indica Feduchi, el adolescente a veces necesita pararse, volver un tiempo a su parte infantil. «Es como repetir curso; el adolescente puede sentir que ‘esto va demasiado rápido para mi’. Pues repito curso y no pasa nada». El problema, señala, es cuando este retorno temporal a su parte infantil se confunde con una regresión. 

FEDUCHI CCCB

– Una relación desigual: “La del adolescente frente al adulto siempre es una relación asimétrica, porque al primero le falta experiencia, nada más que por eso. Hay que tener [esta desigualdad] muy en cuenta, respetarla, no utilizarla y, muchas veces, soportar que se tolere mal y haya conductas raras».  

– La mala fama: «Es necesario que empecemos a hablar de los adolescentes en positivo. Es algo que encuentro mucho a faltar. Siempre hablamos de los problemas de esta etapa de la vida pero nunca se habla, por ejemplo, de su capacidad creativa, de la solidaridad que expresan muchos adolescentes en esta etapa de crisis… La adolescencia es un momento en el que todo se estrena, también los valores. Es cuando aparecen la amistad, la intimidad, la solidaridad, la justícia, la lealtad… Esto tiene que decirse».

– El duelo de la adolescencia: el adolescente necesita apoyos para elaborar una etapa en la que pierde cosas (como el cuerpo infantil, los padres infantiles, la capacidad de comprender cosas de una manera…)». Situaciones que, explica Feduchi, muchos autores han denominado como ‘el duelo de la adolescencia’.

«Se habla a menudo de que los adolescentes exigen, y no preguntan, que opinan, no hablan. A veces esto los padres han de convertirlo en que el adolescente lo que está haciendo es preguntando, explicándote…» Lo que pasa es que lo hace de otro modo porque ya no puede acercarse a la parte infantil: «Pedir, no saber y preguntar es la parte infantil de la que se está desprendiendo, a veces de una manera muy dolorosa».

– Tolerar pero no transigir: Cada entorno reacciona de una manera distinta a estos cambios, a estas presiones internas que vive el adolescente. «A mi me guía mucho el grado de tolerancia que tiene el entorno del adolescente a todas estas propuestas que hace, a esta necesidad de verificarse en lo nuevo que, en muchas ocasiones, comporta un riesgo «.  [Los padres pueden decirle al adolescente]. «Yo no quiero que hagas esto, porque no me gusta, no me quedo tranquilo, etc, pero te doy a cambio esto otro y así me quedo tranquilo. Este intercambio es constante en la adolescencia». 

 «Para mí lo correcto es ser tolerante e intransigente, y, por desgracia, lo frecuente es ser intolerante y transigente. Esto último en la  política actual se lleva mucho».

– La autoridad: «Implica una necesidad de otro y también, una disponibilidad (…) Pero en la adolescencia la necesidad es una virtud bastante complicada, porque viene de la parte infantil (cuando el niño necesita constantemente, y tiene una disponibilidad a aprender y a recibir cosas nuevas). En la adolescencia, esta necesidad estorba».

«Cuando la autoridad se convierte en poder entonces el adolescente repliega esa necesidad y hace lo que en términos clínicos se llama ‘defensas narcisistas’ : niega la necesidad».

– Absentismo escolar: «¿Qué significado hay detrás de esta actitud? Hay muchos: fobia, aburrimiento, narcisismo (‘a mi no me enseña nadie’), me interesan otras cosas más que eso… Nos tendríamos que preguntar si la autoridad del maestro (por una serie de circunstancias, como los constantes recortes, de la que él no tiene la culpa), no logra crear el interés para que la necesidad infantil se pueda manifestar y sobrepase esta vergüenza que tiene la parte más adulta del adolescente de sentirse necesitado».

– El sexo/la influencia de la pornografía: «Hemos banalizado el sexo, la intimidad, todo lo que pueda suponer una relación sexual, como por ejemplo, entregarse al otro, ponerse a prueba, aceptar la ayuda del otro… En el sexo se ha ido demasiado lejos, en el sentido de la banalización.»

¿Qué pasó con el niño de ‘El resplandor’?

Esta fue la pregunta que le hizo un lector a Stephen King en 1998, durante una gira literaria. King, autor de libros como ‘Carrie’, ‘Misery’ y el propio ‘El resplandor’, es un escritor estadounidense con una reconocida trayectoria, al cual no puede encasillarse únicamente en el género del terror. Es un observador certero de la vida y de sus miserias, en especial, de las miserias de la familia, que pueden ser más terroríficas que nada.

En ‘El resplandor’, que Stanley Kubrick transformó en una célebre película, King contaba la historia de la familia Torrance. El padre, un escritor frustrado y alcohólico, aceptaba un trabajo como guarda de invierno del inmenso hotel Overlook, situado en las montañas de Colorado: un lugar que quedaba convenientemente aislado por toneladas de nieve con los primeros fríos.

Allí, la familia (Jack, Wendy y su hijo Danny, de cinco años), tratará de llevar una vida normal en un lugar atípico y maléfico, que pronto se adueñará de ellos. Jack no consigue escribir y su hijo (dotado de un don, un ‘resplandor’), ve fantasmas por todos lados… Sin embargo, y pese a que se siente cercano a su padre, el niño no quiere interrumpir las largas sesiones de escritura de la novela de su progenitor (que intuye es vital para recuperar la armonía familiar), con sus problemas.

El libro acaba con el intento por parte del padre de asesinar a mujer e hijo. Desde entonces, han pasado casi cuatro décadas durante las cuales King, como explicó en esta entrevista en ‘El País’, no se sacaba a Danny Torrance de su cabeza. «Me preguntaba qué sería de él, si seguiría o no manteniendo ese talento, el resplandor de leer los pensamientos de los otros. Su madre malherida sobrevivió de milagro a la paliza de la mesa del comedor y el padre, Jack, era alcohólico como yo… Sabía que Danny debía de seguir estando rabioso con el mundo, porque su padre era un canalla, que abusaba de ellos (…)», explicó el autor a Miguel Mora.

No sorprende que King siguiera pensando en aquel personaje suyo: ¿Cómo se sobrevive a una infancia tan terrorífica como la de Danny, con fantasmas, alcohol y extrema violencia familiar?

Stephen King

Las respuestas llegan en ‘Doctor sueño’ (Plaza & Janés), la última y celebrada novela de King, que narra lo que les pasa a Danny y a su madre después de la traumática experiencia vivida. Para empezar, el autor parte de la conclusión de que «madre e hijo eran lo que hoy se describe como codependientes: gente ligada por ataduras de amor y responsabilidad a un miembro de la familia que es un adicto». Él, quien explica que era un alcohólico cuando escribió ‘El resplandor’, sabe de lo que está hablando.

DOCTOR SUEÑO

Al inicio del nuevo libro, Danny es un niño de ocho años, que sigue teniendo turbadoras habilidades para ver cosas que nadie ve y al que lo persiguen, literalmente, los fantasmas. Conserva el amigo invisible que ya tenía en el primer libro (algo «absolutamente necesario» para él) y  piensa a menudo en su padre. Le parece extraño «sentir compasión por alguien que por poco le mata», pero la compasión existe.

A medida que crece, se da cuenta que en su vida ha tenido muchas cargas (como su extraño don), pero que la principal ha sido la del padre alcohólico: «Un hombre lleno de problemas y, al final, peligroso, a quien tanto él como su madre querían profundamente: quizás debido a sus defectos» (la codependencia emocional de la que hablaba King).

Danny crece y, como su padre, se convierte en un alcohólico. Su madre, con la que tenía una buena relación, ha muerto, y él va a totalmente la deriva hasta que el azar (¿o no?), le hace recabar en una localidad de montaña, donde consigue un trabajo e ingresa en el programa de Alcohólicos Anónimos. Pone su vida en orden y empieza a ser razonablemente feliz. A partir de allí, la novela adquiere un ritmo trepidante y la historia de la infancia de Danny pasa a un segundo plano. Aparece entonces otra infancia, la de la otra protagonista de ‘Doctor sueño’, Abra Stone: una joven que posee el mismo don que Danny pero cuya niñez ha sido completamente distinta a la suya. Pese a las peculiaridades de su hija, los padres de Abra son gente equilibrada, un  matrimonio bien avenido, sereno, que comparte la crianza de su hija y nada tiene que ver con el perfil disfuncional de la familia Torrance. También aparece otro personaje curioso; John Dalton, el pediatra de la niña, que en un momento clave de la novela explica sus trucos para que la paternidad (por lo menos, durante los primeros años), funcione: tener un plan, lo más completo posible.

Ahí va el texto, parte de un diálogo entre los padres de Abra y el doctor:

– Nos tomamos un par de noches libres y… ¿Recuerdas que siempre dices que el secreto para lograr ser unos buenos padres es trazar un plan?

– Naturalmente –aquel era el principal sermón de John Dalton a los padres primerizos. ¿Cómo vais a lidiar con las tomas nocturnas? Organizad un horario, de manera que uno de los dos esté de guardia, alternándose, y nadie acabe demasiado agotado. ¿Cómo os vais a manejar con el baño, las comidas, la hora de vestirse y jugar para que el niño tenga un rutina regular y, en consecuencia, reconfortante? Organizad un horario. Haced un plan. ¿Sabéis como manejar una emergencia? ¿Cualquier cosa desde una caída desde la cuna hasta una asfixia? Si tenéis un plan, lo sabréis, y nueve de cada diez cosas relacionadas con la crianza saldrán bien. 

Sorprende que en una novela de terror y suspense (el libro no se puede parar de leer), aparezcan referencias tan didácticas como esta, pero la familia, la crianza de los hijos, es una constante en la obra de King (quien está casado desde hace más de cuarenta años con la escritora Tabitha King y ya es abuelo). También es de esta opinión la escritora Margaret Atwood, quien en su crítica de ‘Doctor sueño’ en el ‘New York Times‘, asegura que, a menudo, en las novelas de King la familia es el eje que encaja todas las piezas de su narrativa.

En referencia a ‘Doctor sueño’, Atwood cree que «si uno escarba por debajo de la terrorífica trama, descubre que éste es un libro sobre familias: las familias biológicas de Abra y Dann, la «buena» familia representada por  A.A. y la mala familia del ‘Nudo Verdadero» (los malos del libro). 

Para King, continúa Atwood, en la parte más alta del ránking de los pecados estarían el maltrato infantil (especialmente por parte de hombres: en ‘Dr. Sueño’ hay un personaje que ha padecido abuso sexual continuado por parte de su padre), y la violencia hacia las mujeres (hacia las madres en particular). En esta novela, «la rabia moral y la rabia destructiva tienen las dos su centro en la familia», escribe. Una dimensión familiar que la escritora describe como «la quintaesencia del horror americano», y que señala, está asimismo reflejada en otras obras de su literatura, como ‘La caída de la casa Usher’, de Edgar Allan Poe y ‘El joven Goodman Brown’, de Nathaniel Hawthorne. 

En los festivales infantiles…. ¿Mirar, filmar o prohibir tomar fotos?

Los festivales de Navidad o de fin de curso son, en general, emocionantes. Ese momento en el que aparece nuestro hijo o hija, también emocionados (aunque dudo que tanto como los padres), cantando, bailando, tocando un instrumento, nadando o haciendo lo que hacen en las actividades en la escuela o fuera de ella, supone uno de los instantes álgidos de toda paternidad. Han valido la pena los esfuerzos económicos y de logística realizados durante los meses previos: los niños, junto a sus compañeros, cantan, bailan o nadan estupendamente y son felices. Y los padres, también.

Sin embargo, hay algunos peros en la dinámica de este tipo de eventos. El más inmediato: los padres asistentes. Progenitores que, en ocasiones, con el apoyo de abuelos y otros familiares cercanos, saludan a sus retoños en plena actuación, hablan en voz alta entre ellos en plena actuación y, por supuesto, filman o fotografían en plena actuación.

Es sabido que los festivales suelen ser largos y, el momento en el que aparecen los protagonistas, corto, en comparación con la larga espera sentados en sillas bastante incómodas. Pero ello no exime de ciertas actitudes poco ejemplares. Poco puede hacerse ante los que no callan, además de tener paciencia y emitir un ¡sshhh! de tanto en tanto. Como comentaba Carles Capdevila en el programa ‘Hoy por Hoy’, hablando sobre los festivales de fin de curso, en este caso, son los padres quienes deben educarse.

Otro aspecto importantísimo de este tipo de actos son las imágenes: en una era en la que casi todo se inmortaliza y difunde, con herramientas cada vez más sofisticadas, los festivales infantiles son objeto de una cobertura mediática exhaustiva. Padres y madres se convierten en fotorreporteros o paparazzi, un rol que algunos ejercen con gusto y otros, con dudas. Entre estas últimas destacan:

– La duda de si es mejor filmar/fotografiar o mirar (es la duda principal, porque la atención se desvía; hay que controlar lo que se graba y cómo se graba).

– Si se opta por fotografiar/filmar surge otra duda:  ¿se estará grabando todo correctamente? (a menudo, no es así)

– También puede aparecer la duda sobre dónde colocar la cámara o el móvil: ¿Filmo sentada? ¿Me pongo de pie en el pasillo? ¿Levanto la cámara o el móvil desde el asiento?…

– Algunos padres no dudan en levantar la cámara o el móvil desde el asiento e incluso, incorporarse ellos también… Ello provoca otra duda: ¿cómo decirle al padre o madre fotorreportero/a, que tapa completamente mi visión, que se siente, sin crear un pequeño conflicto diplomático?

festival fin de curso 1

En Estados Unidos y en Inglaterra estas dudas están dejando de existir porque cada vez más comunes las escuelas que prohiben filmar o retratar a los niños durante los eventos escolares abiertos a los padres.

Las razones no están relacionadas con  situaciones como las mencionadas anteriormente, sino con la protección de la privacidad de los menores y la preocupación por el mal uso de las imágenes de éstos.

Lo cierto es que, como explicaba Josie Appleton en este artículo en ‘The Guardian’, el tema es polémico: todavía más si algunas escuelas que prohiben las filmaciones venden después los dvds del evento a 15€ . «Hace diez años, nadie se lo pensaba dos veces antes de fotografiar a los niños en el campo de fútbol. Ahora, cualquier ‘click’ es sospechoso de malas intenciones. ¿Quién fotografía a ese niño y por qué? ¿Qué van a hacer con la foto? El epítome de la inocencia: padres grabando la obra de teatro de Navidad, se ha convertido en motivo de una regulación muy estricta». Appleton cuenta cómo en algunas escuelas los padres han de rellenar hasta tres formularios para conseguir una «acreditación» para fotografiar (exclusivamente) a sus hijos.

La periodista menciona también las recomendaciones de la organización inglesa Child Protection in Sport Unit (dedicada a proteger a los niños que practican deportes en edad escolar, un campo proclive al abuso sexual infantil). Entre otras cosas, en competiciones de natación, se recomienda fotografiar a los niños en bañador «únicamente de cintura u hombros para arriba».

¿Exageración? ¿Paranoia? ¿Prevención?

Appleton lo tiene claro: para ella, la proliferación de este tipo de prohibiciones no es realmente una respuesta a los presuntos pedófilos que podrían estar acechando a nuestros hijos durante las fiestas escolares. Es, en cambio, «un reflejo de la contaminación de las relaciones cotidianas entre niños y adultos» y de la actual aceptación, como señala el autor infantil Philip Pullman, de que «la actitud normal de un ser humano hacia otro es la de depredación y no de bondad»

La periodista concluye que ninguna de estas restricciones va a lograr detener que un pedófilo consiga imágenes de niños (además, señala, podría, fácilmente, adquirir el dvd en venta por 15€). No es quien realiza los abusos desonestos a quien le perjudican estas normas, sino a los padres, que pierden la oportunidad de registrar estos pequeños hitos en la vida de sus hijos: las fotografías validan las experiencias y logros de los niños y, también, de sus compañeros.// 

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Regalos: el número justo

Incluso en tiempos de crisis el exceso de regalos a los niños por Navidad/Reyes sigue siendo una tónica habitual. Las dinámicas de la sociedad de consumo y una dosis de sentido de culpa por parte de los padres han hecho que el tema de los regalos se desborde en muchas familias. En este artículo de José Andrés Rodríguez en el suplemento ES de La Vanguardia: Reyes Magos comedidos, no sólo se rescata una palabra que significa prudente/moderado, sino que se dan consejos muy útiles para afrontar la cuestión. Aquí unos cuantos:

«Los expertos en psicología infantil consideran que sus majestades los Reyes Magos de Oriente y Papá Noel suelen cometer un error importante: dejar demasiados regalos. Como señala Cristina Ramírez, profesora de Psicología Evolutiva de la Universitat de Barcelona, “hay muchos niños que reciben más de diez regalos, una cifra excesiva».

Una de las razones de este exceso, según la psicóloga: «es que hay padres que no tienen tiempo para estar con sus hijos y creen que si estos tienen muchos regalos estarán más contentos”.

Tanto, asegura, puede ser perjudicial. “Algunos tienen tantas cosas, que prácticamente no disponen de tiempo para enamorarse de ellas, jugar, descubrirlas. Consiguen todo o casi todo lo que piden, por lo que no es de extrañar que haya tantos niños y adolescentes con baja tolerancia a la frustración”.

Tres es una buena cantidad de regalos opina Maite Garaigordobil, profesora de Psicología de la Universidad del País Vasco, aunque matiza que «más que de ceñirse a una cifra concreta se trata de aplicar el sentido común». Pero asegura que «un niño que recibe diez o más juguetes está sobreestimulado”.

Ello no quiere decir que el niño o niña haya de escribir una carta pidiendo tres cosas: “Una buena opción es que pida diez cosas, por ejemplo, pero que los padres le avisen de que los Reyes sólo le traerán tres”, señala Ramírez. Eso, entre otras cosas, les servirá para entender que no todo se puede tener en esta vida.

demasiados regalso, huffingtonInclu

Otro punto interesante en este tema es la conveniencia de escribir carta a Papa Noel/Reyes. Hay expertos que consideran perjudicial el que los niños redacten su lista de deseos. En el Huffington Post canadiense la terapeuta y educadora Sara Dimerman asegura que el regalarles continuamente a los hijos lo que ellos piden implica educarles a «esperar, a dar por sentado, no a dar». Esta indulgencia excesiva les convierte en criaturas que no saben valor las cosas, tanto las nuevas como las cotidianas.

En el mismo reportaje, Beverley Cathcart-Ross, fundadora The Parenting Network, una asociación sin ánimo de lucro dedicada a ayudar a padres en apuros y prevenir el abuso infantil, lo tiene clarísimo: en Navidad hay que infundir valores y no regalar tanto. Si los niños están demasiado centrados en los regalos, sugiere poner más énfasis en las tradiciones familiares y en los valores de esta época que en lo que denomina «el botín Navideño».

A los padres en apuros económicos obligados a reducir el número de regalos, a explicarles a los niños la situación complicada. Un regalo de su elección, sazonado de algún «detallito», puede prevenir los disgustos, escribe.

Un disgusto, un trauma, más bien, fue lo que sufrió una amiga mía de la escuela, E., unas Navidades, poco después de que su padre tuviera que cerrar su empresa y la familia entera mudarse fuera de Barcelona. E., que tenía 13 años, dejó el colegio, a las amigas y llevó la situación mal, muy mal. Para colmo, nació el 25 de diciembre, el día de Navidad. Aunque los padres de E. no eran excesivos, en esa fecha solía recibir, lógicamente, unos buenos regalos. Esa Navidad/cumpleaños, con la familia en crisis, le regalaron… un peine. Todavía le brillan un poco los ojos cuando, más de treinta años después, cuenta la historia: un peine.

Peine Esther Ortega

‘Piquito’ (o el besito en los labios)

– ¡Hola mamá!
– ¡Hola hijo!
Y madre e hijo se saludan, dándose un ligero beso en los labios.
También he presenciado la versión mamá/hija, aunque en menos ocasiones. No he visto nunca la versión madre/hija o padre/hijo/a. Mi experiencia me dice que el «darse un piquito», como me definió una madre esta acción, es más bien cosa de madres e hijos varones.
Francamente, yo encuentro esta costumbre algo desconcertante. ¿Soy una carca?
Según la madre del piquito, sí, lo soy. Darse un piquito es lo más natural y afectuoso del mundo. La madre del piquito es argentina, aunque vive en Barcelona desde hace años. El que sea argentina no quiere decir nada, porque los piquitos los he visto yo entre madres no-argentinas y niños no-argentinos, pero curiosamente, la primera explicación que encuentro sobre el piquito aparece en este artículo de un suplemento de ‘Clarín’, el principal diario de la Argentina.
Besar en la boca a los chicos: ¿una mala costumbre?
El texto, autoría de Vanessa López, cuestiona una práctica «muy común entre padres e hijos pequeños». Según su autora, «lo damos sin imaginar una posible connotación sexual o la confusión que puede generar en los niños. Pero conviene estar alertas. Lo hablamos con dos psicólogas especializadas en crianza».
Y las psicólogas son rotundas. Emilia Canzutti, licenciada en psicología y especialista en «vincularidad temprana», empieza por recordarnos que «Son los papás los que comienzan con este hábito, no es una necesidad del niño”.
Por su parte, Marisa Russomando, psicóloga especializada en maternidad y crianza, asegura que “Aunque para la mayoría de los padres darle besos en la boca a sus hijos no tiene una connotación sexual, a los pequeños esto puede ocasionarle confusiones”.
Desaconseja hacerlo. “Lo ideal sería aclararles desde pequeños que ese tipo de besos está destinada a las relaciones de pareja entre adultos”, sugiere.
Las dos psicólogas coinciden en que es «importante marcar límites y dejar en claro que los besos en la boca están reservados para el vínculo de la pareja».
Ya no me siento tan carca.

Shere Hite: «En familia se tendría que hablar de sexo»

Esto es lo que, entre otras cosas, me dijo la sexóloga SHERE HITE, cuando la entrevisté este agosto en Londres. La entrevista, íntegra, está en este pdf Shere Hite

Quien se tome la molestia de leerla notará que fue una cosa bastante surrealista (Shere está muy frágil de salud y los dos hombres de su vida son realmente peculiares), pero ella fue una mujer totalmente rompedora (además de una académica muy rigurosa), y todavía tiene observaciones muy interesantes sobre lo que pasa en la sociedad.

Su primer informe Hite (‘Un estudio nacional sobre la sexualidad femenina’, de 1976), sigue siendo un testimonio sociológico apasionante. Pero no lo son menos su informe sobre la sexualidad masculina y, especialmente, su informe sobre la familia: The Hite Report on the Family: Growing Up Under Patriarchy (1994), que en español yo, por lo menos, no he conseguido encontrarlo.

Mis comentarios favoritos de la entrevista fueron su reacción a mi descripción sobre la trama del best-seller ’50 sombras de Grey’. Pero hubieron más cosas, algunas relacionadas con la educación sexual: un tema tan controvertido como importante de abordar en casa (y ella tiene clarísmo cómo hacerlo). Entre otras cosas, la sexóloga denuncia la influencia del ‘porno’, tan accesible a los jóvenes hoy por internet, en la dinámica de sus relaciones íntimas.

Estas son las sugerencias de Shere Hite:

A usted la crió una abuela muy severa, que la golpeaba incluso. Me imagino que en un hogar como aquel el sexo era una cuestión tabú…

Sí. La sexualidad no era un tema que se discutía en mi casa o en ninguna casa, prácticamente… Y eso sigue igual hoy.

Siempre ha defendido la educación sexual frente al adoctrinamiento. ¿Cómo tendría que ser esa educación?

Tendría que cambiar enormemente. Hoy mucha gente consigue información sobre este tema en internet, donde hay mucha pornografía. Muchos jóvenes creen que viendo pornografía ellos serán capaces de entender lo que pasa, pero eso no es así.

¿Esta educación tendría que empezar en casa? Usted ha animado siempre a que las madres hablen con sus hijas sobre sexo…

Sí, en familia se tendría que hablar de sexo.

¿Con algún límite?

No, sin límites… No debería haberlos. Las madres deberían poder explicar a sus hijas cómo se llega al orgasmo. Es también increíble que aspectos como la primera regla de las niñas no estén marcados socialmente, que no haya algo como una fiesta cuando una joven tiene su primera menstruación, que es un momento importantísimo en la vida de toda mujer… ¿Usted lo celebraría con su hija?; ¿se celebra en España?

Bueno, conozco a alguien a quien su padre le sacó una botella de champán ese día, pero…

Eso es bueno.

Varias décadas después de su informe, la sociedad está mucho más ‘sexualizada’, pero ¿es una sexualidad sana?

No, no es sana. Los jóvenes, por ejemplo, están teniendo sus primeras relaciones íntimas antes, lo que es bueno en términos de los estereotipos, pero se sigue poniendo el énfasis en la erección. Además, la sexualidad está muy influenciada por la pornografía. Es un problema…

GURÚS DE LA CRIANZA

En la web de la BBC se publica un artículo de Alex Campbell (‘Six childcare gurus who have changed parenting’) sobre las seis figuras mediáticas que más impacto han tenido en la crianza de los hijos en los últimos cien años.

En nuestra cultura, tradicionalmente más arropada por la familia y por madres o abuelas que les decían a las madres primerizas lo que tenían que hacer con los bebés (o, directamente, lo hacían ellas), este tipo de personaje ha empezado a aparecer tardíamente: el pediatra Carlos González o el doctor Estivill serían dos buenos ejemplos hispanos. Sin embargo, en la tradición anglosajona, con las mujeres incoporadas al mercado laboral desde hace más tiempo y un cierto desapego (o sana independencia, depende del punto de vista), de la familia, estas figuras existen desde hace décadas.

Campbell destaca primero a Sir Frederick Truby King (1858 – 1938), un neozelandés especializado en salud pública, que puso especial énfasis en la importancia de una buena nutrición y una adecuada higiene doméstica para criar bien a los hijos. Autor de varios libros, consiguió reducir la mortalidad infantil en su país de forma drástica. Era un firme partidario de la rutina y la disciplina, especialmente en los primeros meses de vida: dormir, comer en las horas establecidas (preferiblemente, no por la noche), pasar un rato al aire libre cada día para fortalecerse y mimos… un máximo de diez minutos diarios. Pura filosofía victoriana.

Unos años después llegó el doctor Spock, cuyo superventas, ‘Tu hijo’, publicado en 1946, aconsejaba relajarse, ser más afectuoso con los pequeños y educar con sentido común.  El método Spock se generalizó en los 60, una década en la que nuevos avances como los pañales desechables y la implantación de electrodomésticos como la lavadora permitían que las madres, a diferencia de los tiempos de Truby King, tuvieran más tiempo para dar besos y abrazos a sus bebés.

La corriente de crianza más liberal continúo en las siguientes décadas; figuras como Donald Winnicott y la psicóloga Penelope Leach aconsejaban guiarse por el instinto, dialogar y no amonestar al niño. Fallar en el complicado proceso de educar es natural: no se puede ser una super-madre (nótese que, en aquella época, los libros de este tipo iban dirigidos a las madres, únicamente). Leach promovía una crianza centrada en los pequeños: el hijo o la hija son los protagonistas y hay que entenderlos, escucharlos y sacrificarse por ellos. «Algunos la han descrito como legendaria por hacer sentirse culpables a los padres», escribe el autor del reportaje.

Y, de nuevo como reacción a una corriente imperante, llegó Gina Ford, apodada «la reina de la rutina». En su libro ‘El bebé satisfecho’ Ford, antigua enfermera de maternidad, aboga por dejar llorar al niño en algunas circunstancias, en especial si tiene que dormir (lo que le ha hecho merecedora de todo tipo de virulentos ataques). Tildada de demasiado estrica, también recomienda no establecer contacto visual con el bebé a la hora de acostarlo («para evitar que se altere», dice).

Y, por último, el reportaje cita a Jo Frost, que quizás sería ese punto medio entre la crianza tipo «Rey Sol» y la del «niño mueble». Frost, asegura el periodista, no está para aguantar tonterías. Es partidaria de las rutinas y del llanto controlado pero, también, del afecto y la recompensa. Su método es seguido por muchas familias en todo el mundo (hay versiones de su programa, ‘Supernanny’ en varios países), aunque la manera en la que se ha difundido (es un reality show), ha levantado muchas críticas.

Los seis protagonistas del artículo, así como los dos ejemplos más cercanos que cito (González y Estivill), tiene recetas distintas, en ocasiones antagónicas, para una cuestión universal como es la crianza de los niños. Lo que si tienen en común todos ellos son muchos libros vendidos (en el caso de Spock las cifra es de 50 millones), y muchos programas emitidos y/o artículos escritos, con los correspondientes beneficios que ello conlleva.

DR SPOCK

Dr Spock

JUGUETES DIFERENTES (y que no se anuncian en la tele)

jugarijugar es una web de venta (y aquiler, en algunos casos) de juguetes  muy interesante. El trabajo de categorización de los productos (por edades, líneas pedagógicas, actividades, inquietudes y gustos de los niños y niñas y tipos de juegos), es buenísimo. Muy útil, tanto para regalar como para encontrar ideas.

LOTTIE VERSUS BARBIE

En ‘The Guardian’, Rebecca Atkinson publica un clásico artículo pre-Navideño, Why I won’t be buying my daughter a Barbie at Christmas  (Porqué no voy a comprarle a mi hija una Barbie por Navidad), que no por clásico deja de ser interesante. El tema: el dilema, por el cual han pasado muchas madres, de regalarle o no una Barbie a la niña.

Atkinson recuerda cómo, de pequeña, a ella NO le compraron una Barbie, aunque la deseaba desesperadamente. Sus padres no le dieron explicaciones  de su negativa, así que tardó unos años en entender que  consideraban que esta famosísima muñeca invitaba a la tipificación y al sexismo. Mientras tanto, con su semanada, Atkinson compró, de escondidas, una Barbie (sin pelo y con sólo una pierna) en una de esas tiendas de segunda mano que tanto abundan en Inglaterra, y pasó muchas horas  felices jugando con ella.

Ahora, décadas después, su hija quiere una Barbie y Atkinson, aunque la entiende muy bien (porque ella también quería una Barbie, por encima de todas las cosas), tiene dudas.

Y estas dudas se acentúan cuando, finalmente, como adulta, se reencuentra con la muñeca. «En muchos aspectos, es la misma. Mientras que yo he envejecido y he tenido dos hijos, ella se mantiene rubia, delgada y con los ojos brillantes», escribe. «La niña que  hay en mi aún puede verle el atractivo: el pelo lustroso, los conjuntos llamativos, el glamour. De niña, no se percibe la sexualización. Sólo se ven una muñeca y cosas monas. Entiendo porqué mi hija la quiere pero, también, porqué mis padres no: el cuerpo ideal e imposible, el rostro atontado y pasivo, los pies, permanentemente de puntillas».

Pero, pese a este primera impresión, crítica, Atkinson argumenta que ella jugó con Barbies y no acabó como una bailarina de strip-tease, así que es muy posible que a su hija le suceda lo mismo. Tras conversar con algunas amigas en el mismo brete, se anima y se va a comprar la muñeca. Es entonces cuando descubre, horrorizada, que el mundo de la Barbie del siglo XXI es rosa y brillante e implica faldas microscópicas y tacones muy altos. En su versión menos agresiva, implica princesas y hadas, también con tacones muy altos y de color rosa. En su versión on-line donde, ya desesperada, busca las cada vez más ‘rara avis’ Barbies profesionales (Barbie doctora, veterinaria, paleontóloga, bombera….), se da cuenta que la muñeca que quiere su hija puede trabajar, sí, pero jamás llevando un zapato plano o un pantalón cómodo. La Barbie policía, por ejemplo, luce una ajustada falda lápiz y una blusa escotada, mientras que la  bombera lleva una chaqueta de PVC rojo, unos pantalones azules brillantes y unos zapatos con altísimas plataformas.

Se acabó. No se compra ni una Barbie.

Y aquí Atkinson encuentra una alternativa: Lottie.  Una muñeca para niñas de 3 a 9 años que ha sido lanzada al mercado hace algo más de un año y que, como se informa en su página web; «Desde su debut, ha recibido 12 premios en Estados Unidos y en el Reino Unido, con una cobertura de prensa a nivel internacional y críticas positivas en blogs de padres».

Lottie, sigue contando la web, es una muñeca diferente porque… «tiene el cuerpo de una niña: no está maquillada, no lleva joyas o tacones y se mantiene de pie (siempre útil para las niñas, tanto grandes como pequeñas)»

«Su deseo», añade el texto de la web, «es que las niñas sean niñas, haciendo las actividades que una niña haría, no creciendo muy rápido»

La muñeca es el fruto de un exhaustivo proceso de Investigación y Desarrollo llevado a cabo «con niñas, padres, minoristas, expertos en la industria, psicólogos infantiles y expertos en nutrición infantil».

Este ‘brainstorming’ tuvo tres puntos concluyentes, bastante terroríficos:

•    Las niñas se preocupan por su imagen corporal desde una edad temprana.
•    Las niñas adquieren el sentido de la sexualidad prematuramente.
•    Las niñas pierden su infancia.

Para contrarrestar estas conclusiones, Lottie se diseñó basándose en las proporciones de una niña de 9 años, a excepción de su cabeza («que se ha incrementado para que sea más fácil el manejo del pelo»). La muñeca, añaden sus artífices, «no lleva bisutería, maquillaje, tacones o tatuajes. Se puede mantener de pie». Además, «la ropa de Lottie™ permite la interacción, simulando la ropa de una niña de 9 años, más que la de un adulto. También lleva vestidos femeninos, así como ropa resistente para jugar en el jardín al aire libre. Lottie™», concluye «permite a las niñas que sean niñas y que disfruten de su niñez en todas sus facetas». ¡Larga vida a Lottie!