Code.org: aprender a programar on-line

«Todo el mundo en este país debería aprender a como programar una computadora, porque programar te enseña a pensar».

Con esta cita de Steve Jobs, artífice de Apple, la oenegé estadounidense Code.org presenta su campaña «An hour of Code» (Una hora de código), donde se enseña a través de internet las bases para escribir un código informático.

Imagen 2Code.org  tiene el objetivo de popularizar el conocimiento de la informática, hacerla accesible en más escuelas e incrementar la participación en ella de mujeres y de estudiantes de color. Consideran que, en el siglo XXI, el aprendizaje del lenguaje informático tendría que estar al mismo nivel en el currículum escolar que otras disciplinas, como al ciencia y las matemáticas.

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«An hour of Code» es una sesión de una hora para aprender las bases de la programación. El ejercicio tiene una versión en castellano y en su introducción (subtitulada en este idioma), participan Bill Gates, Mark Zuckerberg (el fundador de Facebook) e, incluso, Barack Obama, el presidente de EEUU… Los genios de la informática también asesoran durante el ejercicio, cuya premisa es que no se necesita ser un genio para aprender a leer y escribir código. Lo cierto es que el de las computadoras un lenguaje global, la base de millones de cosas y de millones de posibilidades y esta es una herramienta de lujo para debutar en su aprendizaje.

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Otra herramienta on-line, en español, CODE ACADEMY .

Mejor educados

Luri entrevistaAsí se titula el libro que acaba de publicar el filósofo, especialista en educación, Gregorio Luri. En esta entrevista en La Vanguardia digital, con Lorena Ferro, el autor confiesa que no habría escrito este libro cuando sus hijos eran adolescentes porque se encontraba «perdido». Ahora, ya abuelo y con los hijos criados, puede reflexionar con más perspectiva sobre el tema. Tanto el libro, de la editorial Ariel (Mejor educados-Cómo ser buenos padres sin necesidad de ocultarlo), como la entrevista, que tiene este contundente título: «La paternidad contemporánea está muy neurotizada», están muy bien.

En la entrevista Luri se refiere a la tensión de los padres actuales de «querer hacerlo todo bien», de ser padres perfectos, en definitiva. Preguntado por la periodista de por qué nos ha dado por ahí, responde así:

«En primer lugar porque los hijos son el resultado de una programación. Ya no viene la cigüeña sino que las parejas cogen el calendario y deciden cuando les va bien ser padres. Y eso hace que vean incrementado su sentido de la responsabilidad. Y hay otro elemento: las posibilidades para un niño de vivir autónomamente su infancia son cada vez más reducidas. Los padres se han convertido en programadores culturales de sus hijos, buscandoles actividades para hacer. Y eso lleva a veces a ese sentimiento de angustia».

Yo añadiría también que esta obsesión por hacerlo todo bien tiene que ver con la competencia entre padres («Mi hijo hace esto y lo otro, le llevo aquí y allá, ¿y el tuyo?, ¿qué hace el tuyo?»),  sobretodo en determinados círculos sociales, y con la inseguridad inherente de ejercer esta función. Además, hoy hay tantas posibilidades, tanta oferta educativa, tantas fórmulas mágicas y métodos novedosos que nos confundimos fácilmente.

Luri también habla de la obsesión actual de que los hijos triunfen y de la incertidumbre que, por otro lado, produce a los padres esta obsesión ya que, tal y como está el panorama, es un difícil que se «triunfe» tal y como se entiende este concepto en esta sociedad. Esta obsesión, de darlo todo para que los niños «triunfen» en Estados Unidos tienen un nombre: hiperpaternidad, de la que se puede leer todo sobre ella en este artículo.

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Pero volvamos a Luri, quien aconseja algo que me parece muy sabio: que los padres NO piensen que si los niños se aburren, es su problema: «No puedes estar sobrecargándote porque entonces al mismo tiempo que queremos crear hijos autónomos, nos cargamos con su vida», dice. La autonomía es un concepto que aparece a menudo en la entrevista:

«Comparada con la de mi nieto, creo que yo tuve una infancia mucho más afortunada que la que va a tener él. Mi nieto va a tener muchos juguetes, mucha pantalla, muchas cosas, pero no va a tener la oportunidad de disponer de un pueblo y disfrutar de las cosas que tenía yo. Ahora mi hijo no puede dejar a mi nieto que salga y haga lo que quiera. Los ámbitos de autonomía de la infancia parece que han desaparecido. El progreso ha hecho del niño un dependiente total de su padre. Y eso me parece un desastre, pero es algo con lo que hay que lidiar.

La periodista entonces le pregunta si se puede hacer algo contra esto y el responde que «Nada». No estoy del todo de acuerdo con él, creo que hay maneras de hacerlos autónomos: pueden empezar a ir solos a casa (a partir de una edad), bajar a comprar el pan o tirar la basura, ayudar en las tareas del hogar, aprender a preparase una comida básica, a organizarse sus deberes, su ropa, su mochila… La autonomía en la infancia hoy es posible y puede fomentarse.

 

Padres mayordomo portada

En otro momento de la entrevista Luri saca a relucir un tema muuy  interesante, un poco la pregunta del millón: ¿los hijos son producto de nuestra educación o de las circunstancias?  Así contesta él: «Creo que mis padres y los padres de la gente de mi generación sabían que nunca eres responsable al 100 % de lo que hace tu hijo, y esa lección básica los padres de hoy la han olvidado. Los padres antiguos dirían “mira qué hijo me ha salido”, uno de hoy dirá “¡Qué he hecho yo!”. Los hijos, además de ser nuestros, son hijos de su tiempo y la influencia de su tiempo en ellos no la controlas, porque tú no creas su tiempo. Hay muchos elementos que no controlamos y eso a nuestros padres les tranquilizaba, pero a nosotros nos angustia».

Y para acabar, un consejo de Luri que parece «de cajón» pero no va mal recordarlo: «Los principales deberes de unos padres con respecto a su hijo es que cuando salgan de casa por la mañana lo haga bien dormido y alimentado. La falta de sueño es muy tóxica. Así que unos hábitos saludables no son negociables».

 

 

Comunicación entre padres e hijos

¿Hay que contarles todo a los hijos? ¿Esperar que ellos hagan lo mismo? ¿O es mejor reservarse unas parcelas de intimidad? ¿Qué es lo que no explican los padres y los hijos y viceversa? A estas y otras preguntas responde la periodista Mayte Rius en este artículo del suplemento ES de LA VANGUARDIA titulado La falta de comunicación entre padres e hijos. Muy interesante. Lo coloco en la sección de adolescentes porque este tema adquiere más relevancia durante esta etapa.

Déficit de naturaleza

Parece de cajón: infancia y naturaleza van juntas. No podría entenderse una niñez sin jugar al aire libre, subirse a un árbol, ir a buscar moras y piñones o explorar un bosque. Sin embargo, en el siglo XXI, esta relación niños/naturaleza no es tan fluida. De hecho, en los países más “civilizados” el “salir a que les de el aire” empieza a ser una excepción, no una norma.

niños y naturaleza

Rescato esta entrevista de Jesús Sancho, en La Vanguardia digital titulada «Los niños conocen más nombres comerciales que de plantas» a Heike Freire, autora de un libro titulado ‘Educar en verde’ (Editorial Graó). Freire, psicóloga y filosofa, tiene también un blog, http://educarenverde.blogspot.com.es/, en el que insiste en la necesidad de que los niños, hoy más que nunca, estén en contacto con la naturaleza: un derecho en la infancia. Este no-contacto, explica, tiene consecuencias a nivel de salud y comportamiento:

«Hay investigaciones que alertan sobre problemas de sedentarismo, aislamiento, exceso de tecnología y la falta de contacto con lo concreto, con las cosas vivas (…) Niños que cada vez llegan a las escuelas infantiles con más problemas de motricidad, hiperactividad o el déficit de atención, que muchos investigadores achacan a este falta de contacto con el mundo natural y a esta falta de espacio de libertad.»

Para Freire, el medio ambiente debería estudiarse igual que estudiamos matemáticas: «Los niños necesitan ese primer contacto real con las cosas y el problema es que los espacios en los que viven actualmente son espacios en los que tienen acceso a nivel puramente simbólico y, de ahí, el analfabetismo ecológico que tienen muchos hoy en día».

La autora habla también en la entrevista de iniciativas como No Child Left Inside (algo así como «ningún niño encerrado en casa»), un movimiento nacido en 2005 en los EEUU para estimular la educación medioambiental y garantizar el derecho de todo niño a tener un contacto con la naturaleza.

Su ideario, entre otros, reivindica lo que los niños deberían hacer cuando son niños. Cosas como chapotear en el agua limpia y respirar aire puro; plantar semillas y verlas crecer; subirse a un árbol y rodar por una colina de césped; hacer rebotar una piedra en el agua; descubrir la vida salvaje en el jardín trasero de casa (aquí debería ser en el parque cercano a casa) y disfrutar de la visión de un atardecer y un amanecer.

Este movimiento nació en parte a raíz del éxito de un libro, ‘Volver a la naturaleza’,  (RBA) del periodista RICHARD LOUV, donde, entre otras cosas, denunciaba lo que ha bautizado como el «síndrome del déficit de naturaleza» que sufren millones de niños en el país que inventó los centros comerciales y, sospecho, los chiqui-parks.

Lo cierto es que ambos autores van bastante bien encaminados: los niños hoy juegan mucho menos al aire libre porque, en parte, el «aire libre» está invadido por los coches y sus padres van tan liados que tienen poco tiempo para sacarlos. Pero, también, hoy cuentan con entretenimientos mucho más seductores en casa (plays, wiis, la clásica televisión). Por otro lado, muchos progenitores prefieren tenerlos a resguardo de fríos (en invierno) y de suciedades y otros posibles peligros (el resto del año). Además, con tanta extraescolar, sus agendas van tan cargadas que no tienen demasiado tiempo para que les toque un poco el aire, francamente.

La entrevista a Freire en LV tiene un montón de «likes» y varios comentarios. Como suele pasar en estos foros, éstos son en general poco constructivos, algunos, incluso burlones:  «Voy corriendo a comprar el libro», dice uno. «Esta mujer da consejos tan revolucionarios (…) ¿Sacarlos al parque? No se me había ocurrido! Esta mujer es una eminencia!!!!».  Otro: «Normal que los niños conozcan marcas comerciales. Nacen y viven en una sociedad de consumo. Vaya descubrimiento».

Como respuesta a otro lector que dice que «que ojalá supiera el doble de lo que sé» (en referencia a su analfabetismo ecológico), otro le contesta que no sólo son  los niños los que lo sufren: «Yo soy adulto y sólo conozco diez plantas…. ¿Tan extraño es?»

Vaya, que qué pasa si no sabemos que árboles crecen en nuestra calle o en la plaza, o cómo se llaman esas flores o esas plantitas mindunguis.

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Pues, en mi modesta opinión, pasa. Este conocimiento, no solo es cultura, sino también, una manera de hacerles valorar más su entorno y de hacerles entender a los niños (que en general, ven una planta y la primera tentación es arrancarle las hojas o cortar una rama para hacerse un palo), que lo verde tiene mucho valor y debe respetarse. Cuando sabes el nombre de algo o de alguien, ya se le respeta más.

Además, la observación de la naturaleza es un entretenimiento bonito, barato y que puede unir a una familia. Suena cursi, lo sé, pero ahí fuera hay cosas maravillosas esperando a ser observadas, tocadas, olidas, percibidas y recogidas (que no arrancadas, ojo, qué manía con arrancarlo todo…).

Y no hace falta irse de safari a Kenia para disfrutar de la naturaleza. Como señala Freire, «A  veces cuando pensamos en naturaleza nos viene a la cabeza grandes imágenes de cascadas, montañas o valles verdes, pero los niños lo saben muy bien: esa hormiguita que ellos ven y esa plantita que crece en la esquina es naturaleza. Hay que  abrir las casas a esa naturaleza y entrar en contacto con ella diariamente aunque sea un rato. Tenemos una cultura de rechazo, de ver muchas veces la naturaleza como algo sucio y feo, y no debería ser así».

P1050995Por último, sólo me resta felicitar a todos aquellos padres y madres que han pasado esas interminables horas en el parque (los ojos vidriosos, la mirada perdida mientras el retoño llena el cubo de arena por enésima vez), y a todos aquellos padres y madres quienes, desafiando el “estoy cansado!!!!” y los llantos y quejidos tras los primeros cien metros, persisten en la idea de que salir a pasear, al campo, a que “les de el aire”, es fundamental.

EDUCACIÓN made in CCCB

El prestigioso Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) cuenta con un programa educativo muy interesante, abierto a la participación de escuelas, instituciones, colectivos, estudiantes y familias. En su web (en castellano y catalán) se detallan las propuestas, que van de actividades para educadores,  talleres para escuelas (como el de fotografía) a sesiones de cine en familia, con cortos de destacados autores y autoras experimentales.  Todo muy variado pero de calidad y, además, un poco distinto. Contemporáneo, obviamente.

CCCB, cine en familia

María Montessori: Más que una maestra

Reproduzco artículo mío sobre la pedagoga María Montessori, una mujer pionera e inteligentísima, publicado en la revista Historia y Vida de enero 2014. Para la versión pdf, clickar aquí: MONTESSORI PDF

Mujer avanzada a su tiempo, revolucionó la educación hace más de un siglo con un método pedagógico aún vigente. Texto: E. M.

En 1907, María Montessori abrió las puertas de su primera escuela en la barriada de San Lorenzo, en Roma. La pedagoga tenía 37 años y un currículum inaudito para una mujer en aquella época: entre otros, había sido la primera italiana en conseguir licenciarse en Medicina.

Más de un siglo después de empezar a ser aplicado en aquella “Casa dei Bambini” romana, el “Método Montessori” es global desde hace décadas, con más de 20.000 escuelas Montessori por todo el mundo y muchos de sus principios aplicados en la enseñanza generalista.

Pervive así el legado de esta italiana nacida en 1870 en, Chiavarelle, Acona, en una familia donde la educación era tan importante que los Montessori se mudaron a Roma en 1882 para que María pudiera seguir estudiando. Sus padres, Alessandro y Renilde, querían que su vivaz hija se dedicara a la enseñanza (la única carrera abierta a las mujeres en aquella época), pero ella tenía otras ideas. Le apasionaba la ciencia y estaba determinada a estudiar Medicina. Llegó a pedir la intercesión del papa León XIII para poder ingresar en la facultad. Lo consiguió, licenciándose con veintiséis años.

Siguió vinculada a la universidad, como asistente a la cátedra de Psiquiatría. Fue durante este periodo cuando descubrió su otra vocación, la enseñanza, a través de los niños con retraso mental que vivían en el manicomio, junto a los adultos. Descubrió horrorizada que a estos niños se les trataba como enfermos mentales y creyó que, con una pedagogía adecuada, los podría sacar de allí

Así, Montessori empezó a pasar largas jornadas con ellos, implementando un proyecto educativo específico, destinado “a proteger de la extinción la llama de inteligencia” que había vislumbrado en aquellos pequeños. No se equivocaba: su trabajo logró que aquellos niños ‘anormales’ aprobaran los mismos exámenes que los considerados ‘normales’.

MARIA MONTESSORI

Su éxito llamó la atención de las autoridades educativas italianas, que le dieron diversas responsabilidades en este ámbito. Corría el cambio de siglo: una etapa febril, en la que Montessori se involucró en los movimientos feministas emergentes y estudió otras disciplinas, como la filosofía y la antropología. Es también cuando su interés pedagógico se desplaza hacia los niños de edad preescolar, a los cuales consagraría el resto de su vida.

En 1907, se le encargó la organización de una escuela en el paupérrimo barrio de San Lorenzo. De este modo se gestó la ‘Casa dei Bambini’: un centro modélico, dedicado a los niños residentes en las nuevas viviendas de protección oficial. Montessori enfocó el proyecto desde dos vertientes: la social y la pedagógica. La escuela era una gran casa, ordenada y limpia, donde dominaban el afecto y la armonía. El niño se convertía en el centro del proceso educativo, con un mobiliario a su medida y un material didáctico específico, para ayudarle a que se guiara por su instinto. Tenía sus derechos y había que defenderlos de la opresión de los adultos, así como respetar su libertad.

En épocas de escuelas de disciplina durísima, el llamado Metodo della pedagogia scientifica de Montessori fue completamente revolucionario. Pronto empezó a implementarse en otros lugares de Italia. La publicación de un libro sobre el mismo en 1909 y la incansable labor de difusión de su artífice, también permitió que llegara a otros países, como Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Holanda, donde una de sus alumnas fue Anna Frank.

En 1934, con el ascenso del Fascismo en Italia, Mussolini ordenó cerrar todas las escuelas Montessori. María se exilió a Holanda hasta que, en el 39, marchó a la India. Allí llegó a formar a 1.500 maestros y frecuentó a intelectuales como Rabindranath Tagore. En su periplo le acompañaba su hijo Mario, a quien tuvo como madre soltera en su juventud y al cual se vio obligada a ocultar durante años. Fue Mario quien estuvo con ella el día de su muerte, en su casa de Holanda, en 1952. En este entonces su pedagogía ya era mundialmente conocida, había sido tres veces candidata al Nobel de la paz y se la reclamaba en países como Ghana, donde pensaba marcharse a formar maestros poco antes de morir.

Reflexiones sobre la adolescencia: Luis Feduchi

«HACE FALTA QUE SE HABLE DE LA ADOLESCENCIA EN UN TONO POSITIVO»

Luis Feduchi Benlliure (Madrid, 1932) es un reconocido médico psiquiatra y psicoanalista. Ha dedicado buena parte de su actividad profesional al estudio y asistencia de los problemas asociados a la adolescencia. No se prodiga en los medios, por lo que no puedo dejar pasar de reseñar esta entrevista de Thaïs Gutierrez, publicada en el diario ARA. Se hizo con motivo de la participación del psiquiatra en la conversación titulada ‘Adolescencias. Transgresión, riesgo, acogida’, que tuvo lugar en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Este son algunos puntos de la charla entre Luis Feduchi y el antropólogo Lluís Duch en el CCCB, además de la entrevista en el diario ARA.

 – Infancias cortas, adolescencias largas: La niñez cada vez es más corta. En parte, debido a aspectos biológicos, como el que la primera regla de las niñas se ha  avanzando. Hay una precocidad en el desarrollo. Por otro lado, Feduchi señala que la adolescencia llega antes también en parte por «la tendencia a imitar» de los niños. Los horarios imposibles de los padres, la práctica extinción de la vida de barrio son factores que «suman para que los niños no puedan vivir con plenitud la infancia e imiten a los más mayores».

La propia sociedad, asimismo, les empuja a crecer: «La parte infantil, sus ansiedades de todo tipo, se toleran mal y se les empuja hacia arriba». La ironía es que, por otro lado: «A la parte incipiente, adulta, del adolescente, no se le dan oportunidades de estrenarse en el mundo adulto, de incorporar una identidad». Ello hace que el adolescente se quede instalado en algo que parece que no tiene salida.

– La parte infantil y la parte adulta: «Un adolescente es alguien que tiene una parte infantil que todavía no ha terminado y una parte adulta que está empezando. Lo infantil está siempre, hay unos sentimientos que quedan toda la vida, pero hay otras cosas que sí cambian: la frustración, la necesidad. En la adolescencia hay cosas que ya puedes hacer, ya puedes esperar, hay más capacidad de frustración… El adolescente va cediendo en cosas que el niño no cede a cambio de asumir la famosa responsabilidad».

– La regresión: Pero en este proceso, indica Feduchi, el adolescente a veces necesita pararse, volver un tiempo a su parte infantil. «Es como repetir curso; el adolescente puede sentir que ‘esto va demasiado rápido para mi’. Pues repito curso y no pasa nada». El problema, señala, es cuando este retorno temporal a su parte infantil se confunde con una regresión. 

FEDUCHI CCCB

– Una relación desigual: “La del adolescente frente al adulto siempre es una relación asimétrica, porque al primero le falta experiencia, nada más que por eso. Hay que tener [esta desigualdad] muy en cuenta, respetarla, no utilizarla y, muchas veces, soportar que se tolere mal y haya conductas raras».  

– La mala fama: «Es necesario que empecemos a hablar de los adolescentes en positivo. Es algo que encuentro mucho a faltar. Siempre hablamos de los problemas de esta etapa de la vida pero nunca se habla, por ejemplo, de su capacidad creativa, de la solidaridad que expresan muchos adolescentes en esta etapa de crisis… La adolescencia es un momento en el que todo se estrena, también los valores. Es cuando aparecen la amistad, la intimidad, la solidaridad, la justícia, la lealtad… Esto tiene que decirse».

– El duelo de la adolescencia: el adolescente necesita apoyos para elaborar una etapa en la que pierde cosas (como el cuerpo infantil, los padres infantiles, la capacidad de comprender cosas de una manera…)». Situaciones que, explica Feduchi, muchos autores han denominado como ‘el duelo de la adolescencia’.

«Se habla a menudo de que los adolescentes exigen, y no preguntan, que opinan, no hablan. A veces esto los padres han de convertirlo en que el adolescente lo que está haciendo es preguntando, explicándote…» Lo que pasa es que lo hace de otro modo porque ya no puede acercarse a la parte infantil: «Pedir, no saber y preguntar es la parte infantil de la que se está desprendiendo, a veces de una manera muy dolorosa».

– Tolerar pero no transigir: Cada entorno reacciona de una manera distinta a estos cambios, a estas presiones internas que vive el adolescente. «A mi me guía mucho el grado de tolerancia que tiene el entorno del adolescente a todas estas propuestas que hace, a esta necesidad de verificarse en lo nuevo que, en muchas ocasiones, comporta un riesgo «.  [Los padres pueden decirle al adolescente]. «Yo no quiero que hagas esto, porque no me gusta, no me quedo tranquilo, etc, pero te doy a cambio esto otro y así me quedo tranquilo. Este intercambio es constante en la adolescencia». 

 «Para mí lo correcto es ser tolerante e intransigente, y, por desgracia, lo frecuente es ser intolerante y transigente. Esto último en la  política actual se lleva mucho».

– La autoridad: «Implica una necesidad de otro y también, una disponibilidad (…) Pero en la adolescencia la necesidad es una virtud bastante complicada, porque viene de la parte infantil (cuando el niño necesita constantemente, y tiene una disponibilidad a aprender y a recibir cosas nuevas). En la adolescencia, esta necesidad estorba».

«Cuando la autoridad se convierte en poder entonces el adolescente repliega esa necesidad y hace lo que en términos clínicos se llama ‘defensas narcisistas’ : niega la necesidad».

– Absentismo escolar: «¿Qué significado hay detrás de esta actitud? Hay muchos: fobia, aburrimiento, narcisismo (‘a mi no me enseña nadie’), me interesan otras cosas más que eso… Nos tendríamos que preguntar si la autoridad del maestro (por una serie de circunstancias, como los constantes recortes, de la que él no tiene la culpa), no logra crear el interés para que la necesidad infantil se pueda manifestar y sobrepase esta vergüenza que tiene la parte más adulta del adolescente de sentirse necesitado».

– El sexo/la influencia de la pornografía: «Hemos banalizado el sexo, la intimidad, todo lo que pueda suponer una relación sexual, como por ejemplo, entregarse al otro, ponerse a prueba, aceptar la ayuda del otro… En el sexo se ha ido demasiado lejos, en el sentido de la banalización.»

¿Qué pasó con el niño de ‘El resplandor’?

Esta fue la pregunta que le hizo un lector a Stephen King en 1998, durante una gira literaria. King, autor de libros como ‘Carrie’, ‘Misery’ y el propio ‘El resplandor’, es un escritor estadounidense con una reconocida trayectoria, al cual no puede encasillarse únicamente en el género del terror. Es un observador certero de la vida y de sus miserias, en especial, de las miserias de la familia, que pueden ser más terroríficas que nada.

En ‘El resplandor’, que Stanley Kubrick transformó en una célebre película, King contaba la historia de la familia Torrance. El padre, un escritor frustrado y alcohólico, aceptaba un trabajo como guarda de invierno del inmenso hotel Overlook, situado en las montañas de Colorado: un lugar que quedaba convenientemente aislado por toneladas de nieve con los primeros fríos.

Allí, la familia (Jack, Wendy y su hijo Danny, de cinco años), tratará de llevar una vida normal en un lugar atípico y maléfico, que pronto se adueñará de ellos. Jack no consigue escribir y su hijo (dotado de un don, un ‘resplandor’), ve fantasmas por todos lados… Sin embargo, y pese a que se siente cercano a su padre, el niño no quiere interrumpir las largas sesiones de escritura de la novela de su progenitor (que intuye es vital para recuperar la armonía familiar), con sus problemas.

El libro acaba con el intento por parte del padre de asesinar a mujer e hijo. Desde entonces, han pasado casi cuatro décadas durante las cuales King, como explicó en esta entrevista en ‘El País’, no se sacaba a Danny Torrance de su cabeza. «Me preguntaba qué sería de él, si seguiría o no manteniendo ese talento, el resplandor de leer los pensamientos de los otros. Su madre malherida sobrevivió de milagro a la paliza de la mesa del comedor y el padre, Jack, era alcohólico como yo… Sabía que Danny debía de seguir estando rabioso con el mundo, porque su padre era un canalla, que abusaba de ellos (…)», explicó el autor a Miguel Mora.

No sorprende que King siguiera pensando en aquel personaje suyo: ¿Cómo se sobrevive a una infancia tan terrorífica como la de Danny, con fantasmas, alcohol y extrema violencia familiar?

Stephen King

Las respuestas llegan en ‘Doctor sueño’ (Plaza & Janés), la última y celebrada novela de King, que narra lo que les pasa a Danny y a su madre después de la traumática experiencia vivida. Para empezar, el autor parte de la conclusión de que «madre e hijo eran lo que hoy se describe como codependientes: gente ligada por ataduras de amor y responsabilidad a un miembro de la familia que es un adicto». Él, quien explica que era un alcohólico cuando escribió ‘El resplandor’, sabe de lo que está hablando.

DOCTOR SUEÑO

Al inicio del nuevo libro, Danny es un niño de ocho años, que sigue teniendo turbadoras habilidades para ver cosas que nadie ve y al que lo persiguen, literalmente, los fantasmas. Conserva el amigo invisible que ya tenía en el primer libro (algo «absolutamente necesario» para él) y  piensa a menudo en su padre. Le parece extraño «sentir compasión por alguien que por poco le mata», pero la compasión existe.

A medida que crece, se da cuenta que en su vida ha tenido muchas cargas (como su extraño don), pero que la principal ha sido la del padre alcohólico: «Un hombre lleno de problemas y, al final, peligroso, a quien tanto él como su madre querían profundamente: quizás debido a sus defectos» (la codependencia emocional de la que hablaba King).

Danny crece y, como su padre, se convierte en un alcohólico. Su madre, con la que tenía una buena relación, ha muerto, y él va a totalmente la deriva hasta que el azar (¿o no?), le hace recabar en una localidad de montaña, donde consigue un trabajo e ingresa en el programa de Alcohólicos Anónimos. Pone su vida en orden y empieza a ser razonablemente feliz. A partir de allí, la novela adquiere un ritmo trepidante y la historia de la infancia de Danny pasa a un segundo plano. Aparece entonces otra infancia, la de la otra protagonista de ‘Doctor sueño’, Abra Stone: una joven que posee el mismo don que Danny pero cuya niñez ha sido completamente distinta a la suya. Pese a las peculiaridades de su hija, los padres de Abra son gente equilibrada, un  matrimonio bien avenido, sereno, que comparte la crianza de su hija y nada tiene que ver con el perfil disfuncional de la familia Torrance. También aparece otro personaje curioso; John Dalton, el pediatra de la niña, que en un momento clave de la novela explica sus trucos para que la paternidad (por lo menos, durante los primeros años), funcione: tener un plan, lo más completo posible.

Ahí va el texto, parte de un diálogo entre los padres de Abra y el doctor:

– Nos tomamos un par de noches libres y… ¿Recuerdas que siempre dices que el secreto para lograr ser unos buenos padres es trazar un plan?

– Naturalmente –aquel era el principal sermón de John Dalton a los padres primerizos. ¿Cómo vais a lidiar con las tomas nocturnas? Organizad un horario, de manera que uno de los dos esté de guardia, alternándose, y nadie acabe demasiado agotado. ¿Cómo os vais a manejar con el baño, las comidas, la hora de vestirse y jugar para que el niño tenga un rutina regular y, en consecuencia, reconfortante? Organizad un horario. Haced un plan. ¿Sabéis como manejar una emergencia? ¿Cualquier cosa desde una caída desde la cuna hasta una asfixia? Si tenéis un plan, lo sabréis, y nueve de cada diez cosas relacionadas con la crianza saldrán bien. 

Sorprende que en una novela de terror y suspense (el libro no se puede parar de leer), aparezcan referencias tan didácticas como esta, pero la familia, la crianza de los hijos, es una constante en la obra de King (quien está casado desde hace más de cuarenta años con la escritora Tabitha King y ya es abuelo). También es de esta opinión la escritora Margaret Atwood, quien en su crítica de ‘Doctor sueño’ en el ‘New York Times‘, asegura que, a menudo, en las novelas de King la familia es el eje que encaja todas las piezas de su narrativa.

En referencia a ‘Doctor sueño’, Atwood cree que «si uno escarba por debajo de la terrorífica trama, descubre que éste es un libro sobre familias: las familias biológicas de Abra y Dann, la «buena» familia representada por  A.A. y la mala familia del ‘Nudo Verdadero» (los malos del libro). 

Para King, continúa Atwood, en la parte más alta del ránking de los pecados estarían el maltrato infantil (especialmente por parte de hombres: en ‘Dr. Sueño’ hay un personaje que ha padecido abuso sexual continuado por parte de su padre), y la violencia hacia las mujeres (hacia las madres en particular). En esta novela, «la rabia moral y la rabia destructiva tienen las dos su centro en la familia», escribe. Una dimensión familiar que la escritora describe como «la quintaesencia del horror americano», y que señala, está asimismo reflejada en otras obras de su literatura, como ‘La caída de la casa Usher’, de Edgar Allan Poe y ‘El joven Goodman Brown’, de Nathaniel Hawthorne. 

En los festivales infantiles…. ¿Mirar, filmar o prohibir tomar fotos?

Los festivales de Navidad o de fin de curso son, en general, emocionantes. Ese momento en el que aparece nuestro hijo o hija, también emocionados (aunque dudo que tanto como los padres), cantando, bailando, tocando un instrumento, nadando o haciendo lo que hacen en las actividades en la escuela o fuera de ella, supone uno de los instantes álgidos de toda paternidad. Han valido la pena los esfuerzos económicos y de logística realizados durante los meses previos: los niños, junto a sus compañeros, cantan, bailan o nadan estupendamente y son felices. Y los padres, también.

Sin embargo, hay algunos peros en la dinámica de este tipo de eventos. El más inmediato: los padres asistentes. Progenitores que, en ocasiones, con el apoyo de abuelos y otros familiares cercanos, saludan a sus retoños en plena actuación, hablan en voz alta entre ellos en plena actuación y, por supuesto, filman o fotografían en plena actuación.

Es sabido que los festivales suelen ser largos y, el momento en el que aparecen los protagonistas, corto, en comparación con la larga espera sentados en sillas bastante incómodas. Pero ello no exime de ciertas actitudes poco ejemplares. Poco puede hacerse ante los que no callan, además de tener paciencia y emitir un ¡sshhh! de tanto en tanto. Como comentaba Carles Capdevila en el programa ‘Hoy por Hoy’, hablando sobre los festivales de fin de curso, en este caso, son los padres quienes deben educarse.

Otro aspecto importantísimo de este tipo de actos son las imágenes: en una era en la que casi todo se inmortaliza y difunde, con herramientas cada vez más sofisticadas, los festivales infantiles son objeto de una cobertura mediática exhaustiva. Padres y madres se convierten en fotorreporteros o paparazzi, un rol que algunos ejercen con gusto y otros, con dudas. Entre estas últimas destacan:

– La duda de si es mejor filmar/fotografiar o mirar (es la duda principal, porque la atención se desvía; hay que controlar lo que se graba y cómo se graba).

– Si se opta por fotografiar/filmar surge otra duda:  ¿se estará grabando todo correctamente? (a menudo, no es así)

– También puede aparecer la duda sobre dónde colocar la cámara o el móvil: ¿Filmo sentada? ¿Me pongo de pie en el pasillo? ¿Levanto la cámara o el móvil desde el asiento?…

– Algunos padres no dudan en levantar la cámara o el móvil desde el asiento e incluso, incorporarse ellos también… Ello provoca otra duda: ¿cómo decirle al padre o madre fotorreportero/a, que tapa completamente mi visión, que se siente, sin crear un pequeño conflicto diplomático?

festival fin de curso 1

En Estados Unidos y en Inglaterra estas dudas están dejando de existir porque cada vez más comunes las escuelas que prohiben filmar o retratar a los niños durante los eventos escolares abiertos a los padres.

Las razones no están relacionadas con  situaciones como las mencionadas anteriormente, sino con la protección de la privacidad de los menores y la preocupación por el mal uso de las imágenes de éstos.

Lo cierto es que, como explicaba Josie Appleton en este artículo en ‘The Guardian’, el tema es polémico: todavía más si algunas escuelas que prohiben las filmaciones venden después los dvds del evento a 15€ . «Hace diez años, nadie se lo pensaba dos veces antes de fotografiar a los niños en el campo de fútbol. Ahora, cualquier ‘click’ es sospechoso de malas intenciones. ¿Quién fotografía a ese niño y por qué? ¿Qué van a hacer con la foto? El epítome de la inocencia: padres grabando la obra de teatro de Navidad, se ha convertido en motivo de una regulación muy estricta». Appleton cuenta cómo en algunas escuelas los padres han de rellenar hasta tres formularios para conseguir una «acreditación» para fotografiar (exclusivamente) a sus hijos.

La periodista menciona también las recomendaciones de la organización inglesa Child Protection in Sport Unit (dedicada a proteger a los niños que practican deportes en edad escolar, un campo proclive al abuso sexual infantil). Entre otras cosas, en competiciones de natación, se recomienda fotografiar a los niños en bañador «únicamente de cintura u hombros para arriba».

¿Exageración? ¿Paranoia? ¿Prevención?

Appleton lo tiene claro: para ella, la proliferación de este tipo de prohibiciones no es realmente una respuesta a los presuntos pedófilos que podrían estar acechando a nuestros hijos durante las fiestas escolares. Es, en cambio, «un reflejo de la contaminación de las relaciones cotidianas entre niños y adultos» y de la actual aceptación, como señala el autor infantil Philip Pullman, de que «la actitud normal de un ser humano hacia otro es la de depredación y no de bondad»

La periodista concluye que ninguna de estas restricciones va a lograr detener que un pedófilo consiga imágenes de niños (además, señala, podría, fácilmente, adquirir el dvd en venta por 15€). No es quien realiza los abusos desonestos a quien le perjudican estas normas, sino a los padres, que pierden la oportunidad de registrar estos pequeños hitos en la vida de sus hijos: las fotografías validan las experiencias y logros de los niños y, también, de sus compañeros.// 

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