La preinscripción

Ayer acabó el plazo de preinscripción escolar. Como madre que (creía) estaba curtida en este tema, no he querido ponerme esta vez demasiado nerviosa. Naturalmente, no lo he conseguido. Escoger colegio es siempre una decisión importante, aunque intuyo que crea más estrés en los países con sociedades menos igualitarias que en los que existe una educación pública, universal y de calidad y, en consecuencia, el principal criterio que prima es que el colegio esté cerca de casa.

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Aquí, priman docenas de criterios: desde «la fama» (buena o mala), del centro (un concepto en ocasiones abstracto, cuyos orígenes no son claros pero es fundamental a la hora de justificar una decisión); si es público, concertado o privado; su método educativo, las instalaciones; si hay cocina propia o catering; qué tipo de gente va; qué idiomas se enseñan; si van de viaje de fin de curso; ratio de alumnos hay por clase; ¿los controlan?, ¿cómo?…

Para llegar a acumular todos estos conocimientos, los padres y madres nos pateamos, durante varias semanas, los diferentes colegios, en jornadas de puertas abiertas donde se nos presentan con mayor o menor grado de sinceridad.

Durante todo el proceso se ejerce una especie de periodismo de investigación amateur que implica discretos paseos por las inmediaciones de la escuela que gusta o tocaría en las horas de entrada y salida de los alumnos; exhaustivas navegaciones por sus webs y por foros de internet, a ver si pillamos alguna opinión esclarecedora; una búsqueda de fuentes entre padres de alumnos, a los que se les somete a un interrogatorio más o menos disimulado; entrevistas personales con los responsables de los centros; llamadas telefónicas a los mismos, intercambio de informaciones con los otros padres que, como tú, también buscan escuela y que pueden pasar de colegas a rivales en en un plis plas (especialmente, si tienen más puntos).

preinscripción 3Al final, una vez recopilados el máximo posible de datos, llega el día clave de aplicar todos esos conocimientos en un formulario plagado de códigos, numeritos y letras diminutas. Es entonces cuando entra en el juego la estadística (¿cuántas solicitudes hay?; ¿para cuántas plazas?; ¿qué probabilidades tendré con mis puntos?…) Otra disciplina, el periodismo de datos, que puede llegar a ponernos realmente nerviosos.

Palabra de una que esta noche ha dormido fatal.

Las niñas… ¿son mandonas?

Quien esto escribe fue una niña mandona. Al menos es lo que decían (y siguen diciendo) los hombres de mi familia. Es por eso muy gratificante ver que en los Estados Unidos se ha puesto en marcha una campaña para, literalmente, prohibir la palabra «mandona». Ban Bossy (algo así como «Prohibir Mandona«), tiene como misión «animar a las niñas a ser líderes» y hacer entender a los que las rodean que ser firme, asertivo, tener ideas propias e iniciativa no equivale a ser una pequeña tirana… La campaña es un proyecto de la muy brillante Sheryl Sandberg*, directora de operaciones de Facebook; las Girl Scouts y el Girls Leadership Institute, organización sin ánimo de lucro dedicada a aumentar la autoestima de las niñas y potenciar su capacidad de liderazgo. La han apoyado, entre otras, Beyoncé y la ex secretaria de Estado Condoleezza Rice.BAN BOSSY BEYONCÉ

A diferencia de otros países, en América, el aspirar al liderazgo y ser ambicioso son cosas vistas como algo positivo. Sin embargo, al igual que en otros países, el liderazgo y la ambición parecen ser un territorio masculino. Y ya desde la infancia, prácticamente. Como se explica en la web de Ban Bossy, en lo que se refiere a niñas y ambición, el patrón es claro: se las disuade del liderazgo bastante precozmente y a veces, basta una sola palabra para ello. Mientras que si a un niño que se impone o toma el mando en un juego se le llama “líder” con una sonrisa complacida, cuando es una niña la que hace lo mismo se arriesga a que la tilden de “mandona” (que viene a ser un sinónimo de otros términos como “agresiva” y “demasiado ambiciosa”). Por eso no es extraño, concluyen desde la web, que en secundaria las niñas estén menos interesadas que ellos en desempeñar roles de liderazgo, una tendencia que continúa en la edad adulta.

Mi hija tiene ahora ocho años y, si se las observa a ella y a su grupo de amigas cuando, parece muy improbable que ninguna de ellas sea jamás coartada de sus dotes innatas de liderazgo… En su mayoría son niñas con carácter, bravas, que saben muy bien lo que quieren, no tienen reparos de expresarlo y discutirlo en voz alta (quizás demasiado alta, en ocasiones) y jamás se les pasaría por la cabeza que tienen menos posibilidades de dirigir algo que sus compañeros de clase… ¿Qué ocurre, entonces? 

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El Girls Leadership Institute señala que el cambio se produce a partir de los 11-12 años, cuando empiezan lo que en EEUU se llama ‘middle school’. Es un momento en el que a las niñas les empieza a preocupar muchísimo lo que digan de ellas (y que las llamen «mandonas» es una de las cosas que nos les gusta que se diga que ellas).

Durante su trabajo de campo en las escuelas, esta organización detectó que habían niñas que, aunque durante el patio podían hacerse escuchar sin problemas, al hablar en clase apenas se las oía (por cierto, ¡también revelan que a las niñas se les da menos la palabra en clase que a los niños!). Asimismo se detectó cómo, al pedirles que hicieran una lista con sus virtudes, las niñas tendían a responder con humildísimas frases tipo «no quiero que la gente piense que soy creída»… Al parecer es una constante entre ellas su temor a ser juzgadas. Por eso, el asumir riesgos y exponerse, diciendo lo que piensan, el levantar la mano en clase, interviniendo, cuestionando… «podría no gustar a la gente». 

BAN BOSSYSandberg y las artífices de la campaña son mujeres prácticas, y por ello dan pistas para ayudar a las niñas a no perder su capacidad de liderazgo ni sentirse avergonzadas por ello. Entre otros, estos son los consejos a las niñas que pueden leerse al completo en este pdf en español Ban_Bossy_Leadership_Tips_for_girls-spanish (no muy bien traducido, me temo) y este en inglés, Ban_Bossy_Leadership_Tips_for_girls

  • Decir lo que piensan en clase: Que levanten la mano, incluso cuando no estén seguras de la respuesta.  Que  intenten no preocuparse por equivocarse. 
  • Dejar de disculparse antes de hablar: al parecer, con frecuencia, las niñas comienzan sus opiniones con disculpas (“No estoy segura de que esto sea correcto, pero…”) o con preguntas, en vez de afirmaciones («¿Martin Luther King no era un luchador por los derechos civiles?»…).

  • No hacer el trabajo de los demás: Cuando, en clase, uno de los miembros de un proyecto en grupo no trabaja lo suficiente (¡o no hace nada!), es habitual que las niñas lo hagan ellas mismas o que no digan nada al respecto. La solución:  «Aborden el problema preguntándole a su compañero/a de clase cuándo terminará sus tareas. Si no obtienen una respuesta clara, sean más directas acerca de lo que necesitan o pidan ayuda a un maestro».

  • Pedir ayuda: la gente más exitosa no consigue sola el éxito. Que no tengan miedo de pedir consejo o ayuda a maestros, entrenadores u otros adultos sobre cosas que les interesan.

  • Ponerse nuevos retos: la campaña insta a la niñas a salir de su zona de seguridad: animarlas a practicar un deporte que nunca han hecho o una asignatura que nadie esperaría que ellas hicieran. Que aprendan el lenguaje de los ordenadores (ver entrada Code.org) o tomen pequeños riesgos como «presentarse a alguien a quien no conocen».

  • No siempre es fácil decir lo que una piensa pero vale la pena: las niñas están creciendo en un mundo que todavía no tiene claro cómo encajarlas: tienen que estar seguras de sí mismas pero ser simpáticas, ser ambiciosas pero no egoístas, exitosas pero no engreídas… Las normas pueden ser confusas e injustas, lo que significa que no a todo el mundo les va a gustar que digan lo que piensan. Así que, adelante, que no se corten: que practiquen, digan y se lancen. 

La campaña BAN BOSSY, como todo, ha recibido críticas y elogios. En algunos medios importantes españoles ha salido en la sección de ‘Gente’ (cosas de tener a Beyoncé colaborando). Lo cierto es que es un buen punto de partida para ayudar a las niñas a que sean más asertivas y tengan más confianza en sus capacidades en una sociedad que sigue admirando y promocionando el modelo mujer-florero y continúa tildando de «mandonas» a las líderes.

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Sheryl Sandberg, directora operativa de Facebook desde 2008. Licenciada summa cum laude de Harvard, de 44 años, fue jefa de gabinete en el Departamento del Tesoro durante la presidencia de Bill Clinton. Bajo la batuta de Sandberg, Facebook ha incrementado sus ganancias de forma estratosférica. Su paso por dos de las compañías más exitosas del mundo (estuvo también en Google), la ha convertido en una de las multimillonarias más jóvenes, según Bloomberg. Pero más que por su fortuna, Sandberg es conocida por sus discursos sobre el «empowerment» femenino. Madre de dos hijos y defensora de las políticas de igualdad, muchos aseguran que su próximo objetivo será la política. Es autora del libro LEAN IN (Vayamos adelante), publicado en español por editorial Conecta.

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Ronan Farrow o cómo sobrevivir (con éxito) a una infancia complicada.

Publico en esta sección el perfil que escribí en La Vanguardia sobre RONAN FARROW, el único hijo biológico de Mia Farrow y (supuestamente), Woody Allen. Tras el tormentoso divorcio de sus padres, motivado por las acusaciones de abuso a una de sus hermanas y el escándalo de la relación de Allen con su otra hermana, Soon-Yi, siempre sentí curiosidad por él… ¿Cómo sales de una infancia-culebrón así? (además, aireada a los cuatro vientos en la prensa mundial) ¿Cómo debe de ser criarse con doce hermanos, en su mayoría adoptados, algunos con discapacidad? ¿Cómo debe ser no querer saber nada más de tu padre cuando tu padre es una celebridad? Ronan fue también un niño superdotado, que empezó la universidad a los once años, con todo lo que ello conlleva: las altas capacidades pueden ser un arma de doble filo, no siempre son fáciles de gestionar.

Lo cierto es que, con 26 años, el chico parece haber salido bastante airoso de todo: su currículum es impresionante y encaja sin pestañear lo que le venga por delante, incluida su supuesta filiación con Frank Sinatra. Lean este pdf RONAN FARROW RONAN FARROW (o el texto de más abajo) y verán.

UN PERSONAJE POR SÍ MISMO

Aunque es (teóricamente), el único hijo biológico de Woody Allen y Mia Farrow, los logros del joven Ronan Farrow lo han convertido en un personaje por derecho propio. Esta semana, este joven prodigio se ha estrenado como presentador televisivo. Eva Millet

Satchel Ronan Farrow tiene 26 años pero su currículum ya suma lo que podría considerarse una vida plena. Hijo del director Woody Allen y la actriz Mia Farrow, nació en Nueva York en 1987 pero se crió en una granja en Connecticut, con un pequeño lago y un huerto orgánico, donde su madre se refugió con su prole tras su tormentosa separación de Allen, a principios de los noventa. En aquel hogar, salpicado de libros, viejas fotos de su abuela, la actriz Maureen O’Sullivan, y las palabras ‘Respeto’ y ‘Responsabilidad’ escritas en uno de los descansillos, compartió vida con parte de sus doce hermanos. La mayoría, adoptados en distintas partes del mundo. Algunos, con serias discapacidades. “Crecí sentándome en la mesa con Moses, que tiene parálisis cerebral, y con Quincy, nacida de una madre drogadicta, y con Minh, que es ciega”, describió Ronan a la periodista Maureen Orth, en la revista ‘Vanity Fair’. “Sin eso, jamás podría haber entendido lo que significa crecer ciego o con parálisis cerebral. Vi problemas y necesidades, así que lo siguiente que me planteé es; O.K., ¿qué vas a hacer al respecto?”

Lo primero, estudiar. Y para alguien superdotado como él, no resultó difícil. A los once años ingresó en la universidad de Bard, donde su madre lo llevaba y recogía en coche casi cada día. Un trayecto de hora y media en el que hablarían mucho, incrementando un vínculo ya muy estrecho. A los dieciséis años, Ronan ingresó en la facultad de derecho de Yale, de donde emergió con un trabajo en una reputada firma de abogados. No duró mucho, ya que prefirió dar el salto hacia el servicio público. En 2009, con 22 años, la primera administración Obama lo nombró consejero de asuntos humanitarios para Pakistán y Afganistán. Más adelante, Hillary Clinton, Secretaria de Estado, lo ficharía como director de la oficina de la Juventud de su Departamento. En 2012 dejó este trabajo para ir a la universidad de Oxford con una beca Rhodes, considerada la más prestigiosa del mundo, y que Bill Clinton recibió en su día.

Entre tanto ajetreo, Farrow también ha tenido tiempo de escribir un libro sobre política exterior estadounidense y numerosos artículos publicados en prestigiosos medios internacionales. Además, fue, desde de 2001 a 2009, portavoz de Unicef, acompañando a su madre, embajadora de esta organización, en numerosos viajes humanitarios por África. Ronan visitó el continente por primera vez a los diez años, pero no para ir de safari fotográfico. Conoció a Nelson Mandela, con quien conversó largo y tendido, pero también ha estado en campos de refugiados y en zonas de conflicto de Sudán y Angola. Allí hablaron con un hombre que, al ver el cinturón de Ronan, les dijo que él había tenido uno similar pero se lo había comido.

Con todo este bagaje internacional, no sorprende que su nueva andadura profesional esté vinculada a la información de este tipo. Esta semana ha estrenado ‘Ronan Farrow Daily’, un programa en directo, de una hora, en el canal de noticias MSNBC. La crítica ha recibido con elogios moderados el debut de su fotogénico presentador y el formato de un espacio que, por iniciativa de Ronan, está abierto a la participación de la audiencia vía Twitter. “La idea es que, a partir de algunas noticias, los espectadores se involucren, desarrollen la historia, solucionando las cosas, si es posible”, explicó, entusiasmado, en una entrevista promocional. Twitter, donde tiene más de 200.000 seguidores, es una de las vías con las que se comunica quien hasta ahora ha sido una persona bastante reservada. Desde esta red social ha defendido a su hermana Dylan, a la que está muy unido, y quien acusa a su padre adoptivo, Woody Allen, de haber abusado de ella de niña.

El turbio asunto, que el cineasta siempre ha negado, fue una de las causas de la separación. La otra, la relación de Allen con Soon-Yi, hija adoptiva de Mia Farrow, quien “ha dejado de existir” para el resto de la familia. Ronan tampoco tiene contacto con el director, casado con Soon-Yi desde 1997. “Es mi padre, casado con mi hermana. Eso me convierte en su hijo y en su cuñado. Es una gran transgresión moral… No puedo tener una relación con mi padre y ser moralmente consistente”. Estas declaraciones suyas las recogió ‘Life’ hace unos años. Desde entonces, en las pocas ocasiones que se ha referido a su progenitor, lo ha hecho con tuits como este: “Feliz día del padre o, como se llama en mi familia, feliz día del cuñado”, escribió en 2012.

En las entrevistas promocionales de su programa Ronan ha sorteado con aplomo el hablar del culebrón familiar. Tampoco ha pestañeado ante las preguntas sobre la posibilidad de que su padre biológico sea Frank Sinatra, como insinuó su madre hace unos meses en ‘Vanity Fair’. Con 21 años, Mia Farrow estuvo casada con Sinatra. Se separaron poco después, pero mantuvieron una estrecha relación hasta la muerte del cantante, en 1998. Mientras que Ronan ha heredado los ojos azules y la piel blanquísima de su madre, de Allen no parece haber rastro en su atractivo rostro. Muchos aseguran que es clavado al mítico intérprete, a cuyo entierro acudió junto a su madre. Ronan mantiene asimismo una buena relación con la hija y la viuda de Sinatra, Nancy, quien explicó, le cocina como una abuela. Ante el revuelo creado por su presunta filiación, respondió también así en Twitter: “Todos somos, “posiblemente”, hijos de Frank Sinatra”.

Los conflictos en Ucrania, la detención del narco “El Chapo” Guzmán y el endeudamiento de los estudiantes en Estados Unidos fueron algunos de los temas del primer programa de Farrow. Una nueva etapa para el nieto de ‘Jane’ en ‘Tarzán’, el hijo de la ‘Rosemary’ de Polanski, de uno de los genios del cine y, “posiblemente”, de uno de los mitos del espectáculo. Un joven que, pese a tan ilustre genética, se está convirtiendo en una celebridad por méritos propios. //

Los consejos para NIÑAS pequeñas de MARK TWAIN

twain 3Mundialmente conocido por novelas como Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain está considerado uno de los grandes narradores estadounidenses del siglo XIX. El escritor, que también fue impresor, minero y piloto de barco de vapor en el Mississipi, dejó la escuela al acabar quinto grado, con diez años, y se puso a trabajar como aprendiz en un periódico local. Encontró su vocación literaria a través del periodismo.

Su opinión del sistema educativo de la época fue muy baja (se le atribuye, entre sus muchas citas, ésta: «Nunca dejé que la escuela interfiriese en mi educación»). Lo cierto es que Twain tenía un espíritu rebelde y eso se reflejaba en sus ya míticos personajes, que se caracterizan por sus ansias de libertad y desafío a las normas establecidas. Ahora, la editorial Sexto Piso rescata un libro curioso, magníficamente ilustrado por Vladimir Radunsky, en la que el escritor da consejos a las niñas quienes, como siempre ha sucedido en este mundo machista, padecían aún más restricciones que los niños.

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He aquí algunos de los «Consejos para niñas pequeñas», publicados en 1865, donde el autor les da una serie de  recomendaciones bien políticamente incorrectas, invitando a las niñas pequeñas a ignorar las restricciones impuestas por la sociedad y a pensar por sí mismas. Todo un desafío:

«Si tu madre te pide que hagas algo, no está bien decirle que no. Es preferible y más conveniente darle a entender que harás lo que te ordena, y después proceder con discreción según los dictados de tu sabio criterio».

«Las niñas buenas no deben ponerle mala cara a sus maestras ante cualquier mínima afrenta. Sólo deben recurrirse a esta medida en circunstancias particularmente graves».

«Recuerda que debes sentirte agradecida a tus padres por el alimento que recibes y por el privilegio que te otorgan de quedarte en casa cuando finges estar enferma para no ir a la escuela. Por eso debes acatar sus pequeñas injusticias, complacer sus caprichitos y tolerar sus pequeñas manías mientras no te harten demasiado».

Las niñas pequeñas de Twain tienen una relación tormentosa con sus hermanitos y pueden llegar a ser insolentes con los ancianos (siempre y cuando éstos lo sean primero). En cierto modo, son un precedente de otra gran rebelde, Mafalda, que tanto hizo por quienes fuimos niñas pequeñas en el siglo XX.

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CONDENADOS POR SUS PROPIOS PADRES

Rescato este artículo, publicado en el Magazine de La Vanguardia en 2004 pero que sigue vigente, no sólo por su valor periodístico, sino porque en Estados Unidos el negocio de los centros de reeducación para adolescentes sigue moviendo mucho dinero. En un país donde existe una fuerte corriente por la mínima intervención del estado en las vidas de los ciudadanos, cada vez son más padres que optan por enviar a su hijos problemáticos a centros privados para que les solucionen los problemas de conducta o de adicción.

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Hace una década, la moda eran lugares como «Tranquility Bay»: un centro de modificación del comportamiento  bajo el paraguas de la asociación World Wide Association Of Specialty Programs and Schools (WWASP). Estos centros estaban ubicados normalmente fuera de Estados Unidos, porque lo que allí sucedía no era legal en  muchos de los estados (ni en Europa). Tranquility Bay, el más famoso de ellos, se ubicaba en Jamaica. Saltó a la fama hace unos años gracias a reportajes como este de Decca Aitkenhead, que traduje para el Magazine y que adjunto aquí (TRANQUILITY 1PDF LVG20040725050MAG2 LVG20040725052MAG3 LVG20040725054MAG4).

El lugar era siniestro, con una disciplina férrea y, aunque teóricamente no se permitía el castigo corporal, los castigos eran de gran perversidad (como la llamada «posición observante», donde se les obligaba a pasar horas y horas, día tras días, tumbados boca abajo, «reflexionado»: una chica llegó a pasar 18 meses así). El abuso psicológico entre compañeros era habitual, así como la incomunicación con las familias. 

Otro aspecto muy perverso del sistema era que los padres enviaban a los hijos e hijas sin una orden judicial mediante  a  lo  que, objetivamente, era un campo de detención privado. A menudo, los hijos eran semi-secuestrados en medio de la noche, puestos en un avión y mandados a Jamaica. La edad mínima de atender eran los once/doce años. Los chicos tampoco no sabían cuando iban a salir: dependía de ellos y de su comportamiento (aunque, lógicamente, cuanto más tiempo pasaran, más facturaba la empresa).

Tranquility Bay 2En general, las causas por las que un hijo o hija eran enviados a Tranquility era mantener relaciones sexuales, haber fumando marihuana o ser expulsado de la escuela… La autora del reportaje señalaba la normalidad de algunas de estas conductas entre adolescentes, además de que a menudo, detrás del envío de los hijos a este centro esaban «divorcios turbulentos y nuevos matrimonios». 

El centro fue clausurado en 2009. La empresa, que llegó a tener más de veinte repartidos por Sudamérica y algunos estados de EEUU, no se ha disuelto a causa de los muchos litigios pendientes, tanto por parte de algunos padres como adolescentes que, en su día, estuvieron en Tranquility Bay o en alguno de los otros centros de esta supuesta organización educativa. 

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CONDENADOS POR SUS PROPIOS PADRES

(versión íntegra de la traducción del reportaje, aparecido en The Observer junio 2009)

¿QUÉ SE HACE CUANDO SE TIENE UN ADOLESCENTE DESCONTROLADO? ¿A QUIEN SE ACUDE? EN LOS ESTADOS UNIDOS, LOS PADRES ENVÍAN A SUS HIJOS PROBLEMÁTICOS A TRANQUILITY BAY, UN ‘CENTRO DE MODIFICACIÓN DEL COMPORTAMIENTO’ SITUADO EN JAMAICA QUE COBRA 40.000 DOLARES ANUALES PARA ‘CURARLOS’. Por Decca Aitkenhead. Fotografías de Chris Steele-Perkins

Si se mira desde la playa desierta situada a sus pies, Tranquility Bay podría confundirse con un hotel de lujo. El centro se alza, solitario, frente a una lengua de arena curva del sur de Jamaica, tachonada de palmeras y con vistas al Caribe. Hay que acercarse más para ver a los guardias situados sobre el muro. Tras éste, 250 adolescentes viven encerrados. Casi todos son estadounidenses y, pese a estar allí como prisioneros, ninguno ha sido enviado por orden de un juez o un tribunal. Sus padres pagaron para que los secuestraran y los mandaran aquí, en contra de su voluntad, para permanecer encarcelados hasta por tres años. A veces, incluso más. No serán liberados hasta que no se les considere lo suficientemente respetuosos, educados y obedientes para volver con sus familias.

Los padres que mandan a sus hijos a Tranquility Bay firman un contrato otorgando al centro el 49% de sus derechos de custodia. Esto permite al personal jamaicano (cuyas cualificaciones no superan el bachillerato), utilizar cualquier tipo de fuerza física que crean necesaria para controlarlos. El contrato también exime de responsabilidad legal al lugar por los daños que puedan inflingirse a cualquiera de los internos. El coste de enviar a un hijo aquí oscila entre los 25.000 y los 40.000 dólares al año.

Inaugurado en 1997, Tranquility Bay no es un campo de entrenamiento militar ni un internado, sino un ‘centro para la modificación del comportamiento’ para chicos y chicas de entre 11 y 18 años. Un periodista de la revista Time lo visitó en 1998, pero desde entonces, ningún otro medio había sido admitido. Debido a este secretismo, ha habido muy poca información sobre Tranquility más allá de rumores sin fundamento. Incluso la población local sabe poquísimo, casi nada, de lo que sucede aquí.

El propietario de Tranquility Bay es un americano llamado Jay Kay. No se fia de la prensa porque, dice, “Van a por el sensacionalismo. No presentan los hechos”. Pero, por otro lado, está convencido que cualquiera que conozca este lugar lo apoyará sin reservas. Además, su negocio se está expandiendo, y está buscando otros mercados. Quizás por  ello, la pasada primavera decidió otorgar a esta periodista y al fotógrafo Chris Steele-Perkins un acceso inprecedente y exclusivo. En caso de que el reportaje no le gustara; “El infierno se congelará antes de que nadie vuelva a entrar aquí”.

La primera impresión que se tiene una vez traspasados los muros de Tranquility Bay es de una tranquilidad desconcertante. Los estudiantes se desplazan en silencio, guiados por guardias, en filas únicas, guardando entre sí una distancia de un metro.  Es una operación complicada, porque las chicas y los chicos deben permanecer separados, y está prohibido que se miren.

Tranquility tiene un lenguaje propio. El vocabulario es reconocible, pero su uso ha sido sutilmente adaptado a sus necesidades. Los chicos son ‘machos’, las chicas, ‘hembras’, y están dividos en ‘familias’ de aproximadamente veinte miembros. Las familias tienen nombres como Dignidad, Triunfo y Sabiduría, y están dirigidas por un miembro del personal conocido como ‘padre’ o  ‘madre’, a quien los chicos se dirigen como ‘papá’ o ‘mamá’. Las doscientas personas que componen el personal son todas jamaicanas.

Junto con varios guardias llamados ‘carabinas’, los padres y madres de cada familia controlan y escrutinan a los chicos las 24 horas del día. El único momento en el que un estudiante está solo es cuando va al baño, pero un carabina está esperándole junto a la puerta y, además, sabe qué ha ido a hacer, porque cuando se pide permiso para ir al lavabo, se deben levantar un dedo para un “número uno” y dos para un “número dos”.

El castigo corporal no se practica, pero el personal administra lo que aquí se llaman ‘disuasiones’. Oficialmente se utilizan para mantener a raya a un alumno descontrolado. Sin embargo, antiguos residentes de Tranquility aseguran que las disuasiones se usan a menudo como castigo. “Es un experiencia completamente degradatoria y dolorosa. La puede provocar  hablar alto o señalar. Sabes que te va a tocar cuando tres jamaicanos se acercan hacia ti y te piden que te saques el reloj. Entonces, te ponen contra el suelo, con las extremidades abiertas en forma de estrella, y empiezan a estrujarte y a estirarte brazos y piernas, presionándote los tobillos”.

Antes de enviar a sus hijos a Tranquility, los padres son aconsejados por la dirección a mantener sus planes en secreto y a contratar un servicio de escolta para el momento de anunciarlos. Por ello, muchos de los chicos saben de su existencia por vez primera cuando son despertados en sus casas por unos guardias a las cuatro de la mañana quienes los trasladan, esposados si es necesario, hasta el aeropuerto, donde los escoltarán hasta Jamaica. El chico o chica no está autorizado a hablar con sus padres hasta pasados hasta seis meses. Tampoco podrá verlos durante un año.

Una ‘hembra’ recién llegada podría ser asignada a la familia Reto. Dormirá a partir de entonces con todos sus miembros en una habitación desnuda, donde las camas son tablones de madera que cuelgan de unos clavos de la pared. El día comienza con un carabina tocando diana. Entonces hay que ponerse en silencio el uniforme y las chancletas (más incómodas en caso de tratar de escapar), y doblar la cama contra la pared. La habitación está ahora totalmente vacía. Tras unos cantos, la familia debe alinearse para que la ‘madre’ haga el recuento.

Entonces hay que caminar hasta una clase para ver un CE (un video de media hora que promueve el crecimiento emocional), que puede versar sobre porqué no se debería fumar. Tras la proyección, la familia es alineada y contada de nuevo y conducida a la cantina para desayunar, también en silencio, un plato de col hervida con pescado mientras se escucha a todo volumen una ‘cinta inspiracional’  instando, por ejemplo, a comer sano. “Si el 70 u 80% de la comida que consumes no tiene agua, estás obturándote el cuerpo. Come alimentos con un 80% de agua. Trata de hacerlo durante los próximos diez días y observa qué sucede con tu cuerpo”. La realidad es que los estudiantes no tienen opción de escoger menú: en el centro hay un plan semanal de platos básicos jamaicanos que nunca cambian. Está prohibido comer menos de la mitad de la ración.

Las rutinas matinales varían entre las familias. Algunas se duchan (tres minutos, en agua fría), otras lavan la ropa (en el exterior, en cubos y en agua fría), o se ejercitan (caminan alrededor del patio). A las 9:30 cada familia es conducida a una clase durante dos horas. En Tranquility se continúa con el currículum de los Estados Unidos, pero no se enseña. Vigilados por carabinas, los alumnos leen los libros prescritos, toman notas y hacen un test tras cada capítulo. Dos o tres profesores jamaicanos se sientan en la parte trasera de la clase en caso de que  alguien precise ayuda, pero para evaluar los tests se utilizan las respuestas enviadas desde Estados Unidos.

Tras la comida y otra cinta, vienen tres nuevas horas de estudio y un segundo video de crecimiento emocional, seguido de otro sobre una figura histórica o de relevancia. Hay un rato para practicar deporte, una reunión de cada familia y una cena con una nueva cinta inspiracional. Tras ello se inicia el llamado periodo de ‘Reflexiones’, un espacio en el que se debe anotar lo que se ha memorizado de cintas y vídeos. También es posible escribir a la familia y, aunque el personal está autorizado a leer las cartas, se puede redactar lo que se quiera. Sin embargo, en las instrucciones que Tranquility da a los padres se les recomienda no creer nada que suene a ‘manipulación’, la palabra que utiliza el centro para queja.

No hay tiempo libre, y nunca se está solo. A las diez, todo el mundo está en la cama para el ‘Cierre’: las lucen se apagan y reina el silencio, roto únicamente por las olas en la playa cercana. Los carabinas vigilan durante toda la noche. El día siguiente será exactamente igual. Y el otro, y el otro.

“Sí, idénticos”, explica Jay Kay. “Exactamente idénticos. Ahora sabes”, añade, con una sonrisa satisfecha, “porque los chicos no son felices aquí”.

Tranquility Bay es uno de los once centros afiliados a una organización con sede en Utah llamada Wwasp (World Wide Association of Speciality Programmes o Asociación mundial de programas especiales). Sus instalaciones se ubican en los Estados Unidos y en el Caribe y, aunque cada una es de propiedad independiente, todas se rigen por las directrices del Wwasp.

Jay Kay tiene 33 años y es hijo de uno de los directivos de la organización. A los 27 montó Tranquility Bay, tras pasar cuatro años como administrador de un hospital psiquiátrico juvenil también regentado por Wwasp. Anteriormente había sido guardia nocturno del psiquiátrico y empleado de gasolinera. No acabó la universidad, ni tampoco tiene ningún tipo de calificación en desarrollo infantil y juvenil, pero no cree que esto sea importante. “La experiencia es lo que importa. ¿Soy un educador experto? No. Pero sé como contratar a gente y hacer el trabajo”.

Tranquility Bay es básicamente un campo de detención privado, pero difiere en un aspecto importante: cuando un tribunal condena a un joven, la sentencia tiene un término, mientras que aquí nadie llega con una fecha de salida. Los estudiantes son considerados aptos para irse sólo cuando han demostrado que creen sinceramente que merecen estar aquí y que el centro les ha salvado la vida. Deben renunciar a su antigua personalidad, comulgar con las creencias del programa, demostrar gratitud por su salvación y vigilar a los compañeros que se resistan a hacerlo.

Un elaborado sistema de recompensa y castigo ha sido diseñado para lograr este cambio. Para poder graduarse, los internos deben avanzar del nivel 1 al 6 a base de puntos. Cada aspecto de su conducta se evalúa diariamente y, a medida que acumulan puntos, suben en el escalafón y adquieren privilegios.

En el nivel 1 está prohibido hablar, levantarse, sentarse o moverse sin permiso. Cuando se alcanza el nivel 2, se puede hablar sin autorización previa. En el 3, es posible llamar a casa (siempre bajo vigilancia). Los niveles 4, 5 y 6 implican privilegios como llevar ropa distinta y bisutería, escuchar música o comer una chocolatina. Los estudiantes de este nivel trabajan durante tres días semanales como parte del personal y deben disciplinar a los otros internos utilizando lo que en el argot de Tranquility se llaman ‘consecuencias’.

Éstas se aplican al romper una norma, e implican la pérdida de puntos. Romper una norma puede ser mover los ojos de determinada manera (lo que supone una pérdida de puntos modesta) o proferir un taco (considerada una ofensa de categoría 3, que puede descontar puntos de tal modo que un estudiante perderá todos los privilegios conseguidos).

“¿Sabes?”, dice Kay, “la duración del programa depende de cada chico. Si un padre no entiende por qué pasa aquí tanto tiempo, a lo mejor es cuestión de que le pregunte a su pequeño por qué no adelanta. Todos saben cómo se ganan los puntos”.

La estrategia de coaccionar a los chicos para que se reprogramen es el concepto del que Kay está más orgulloso, ya que cree que pone en manos de los adolescentes su redención. La decisión es suya.

“Antes creíamos que los chicos cambiarían si les decíamos qué tenían que hacer. Pero aquí, lo que hemos desarrollado es que sean ellos los que lleguen a la conclusión que deben hacerlo. Esto es lo que hace nuestro programa tan especial: es cosa suya.”

A los estudiantes que fracasan se les insta a captar el mensaje: a una chica se le ha obligado a llevar un cartel alrededor de su cuello durante todo el día que reza “Llevo tres años aquí y todavía estoy sacando mierda”.

Cuando llegan, muchos no pueden creer que no tienen alternativa a la sumisión. En estado de shock, asustados y enfadados, hay quienes, simplemente, no obedecen. Es entonces cuando descubren que hay una alternativa. Los guardias los llevan (si es necesario a la fuerza) a un cuartito vacío donde les obligan a estirarse boca abajo, los brazos pegados al cuerpo, sobre el pavimento de azulejos. Siempre vigilados, se les obliga a permanecer así, sin moverse ni hablar, durante cincuenta minutos seguidos. Una pausa de diez minutos servirá para desentumecer los músculos antes de resumir la posición. Durante estos intervalos, les son servidas comidas básicas. Durante la noche pueden dormir en el suelo del pasillo, siempre iluminado, anexo a la celda. Al amanecer, volverán a ponerse boca abajo.

A esto se le conoce como PO (posición observante). Cualquier estudiante puede ser enviado a PO, lo que lo degradará al nivel 1. Cada 24 horas, los castigados serán evaluados por un miembro del personal. Solamente una contricción sincera e incondicional les permitirá liberarse. ¿Qué pasa si no se arrepienten? “Ganan otras 24 horas”.

Un chico me contó que había pasado seis meses en posición observante. No es excepcional: “Oh no”, dice Kay, “el récord lo tiene una chica”. Estuvo, en total, 18 meses de cara al suelo.

“El propósito de la observación”, sugiere Kay, “es darles una oportunidad para pensar, para reflexionar sobre sus decisiones”. Ciertamente, es común que tras una sesión de PO un estudiante deje de luchar. En este respecto, PO funciona. De hecho, el éxito de este método puede ser entendido como una perfecta destilación de la ideología de Tranquility Bay. Si tu hijo es irrespetuoso, el mejor regalo que un padre preocupado puede darle es el encarcelamiento en un ambiente tan intolerable que hará cualquier cosa para salir. “Cualquier cosa” significa rendir su mente a la autoridad.

“Yo les digo a los padres”, explica Kay, recostándose en el asiento de su despacho, “¿Qué resultado queréis? Conseguir llegar hasta él puede ser algo feo, pero, por lo menos, con nosotros vais a llegar”.

Jim Monzingo ha logrado el resultado deseado. Veinte meses después de mandar a su hijo Josh a Jamaica ha venido a recogerlo desde Carolina del Norte. Monzino tiene cuatro hijos, una compañía de seguros y es un buen ejemplo de un prototipo de padre de Tranquility. Divorciado de la madre de Josh, ocupado y rico, supo de la existencia del lugar cuando hizo una búsqueda bajo ‘adolescente desafiante’ en internet. “De verdad: no podía más de mi hijo. Lo intentamos en un colegio militar, pero lo expulsaron. Aunque nunca tuvo problemas con la policía, estaba a un paso de tenerlos. Tenía una crisis de identidad, presiones de sus amigos y empezó con la marihuana”.

El consumo de drogas es una de las razones más comunes para mandar a alguien aquí, aunque no se aceptan chicos adictos. Escaparse de casa, acostarse con alguien o ser expulsado del colegio son otros de los motivos típicos. Algunos internos han tenido problemas con la policía y otros han pasado por un tribunal, donde sus padres han convencido al juez para que les deje mandarlos a Tranquility. Otros estudiantes han sido enviados por vestir de forma inadecuada, decir palabrotas o ir con amigos inapropiados.

“Josh era poco respetuoso con su madre”, dice Mozingo suspirando. “No conmigo, no, nunca con papá. Vivió con su madre hasta un año y medio antes de venir aquí. Yo sabía que ella iba a llamarme un día diciéndome que no podía más”.

Monzino tiene dos gemelos con su nueva mujer, y la presencia de Josh es una incomodidad en su hogar. “Yo no quería perderlo, haría cualquier cosa por él: por esto lo mandé aquí. Tratamos de hacer terapia en casa, pero, ¿sabes?”, dice riendo de forma conspiratoria, “aunque han de haber terapeutas, yo vengo de una clase social donde si tienes un problema… ¡Qué demonios!, lo resuelves y punto. Josh necesitaba aclarar sus ideas con rapidez, y lo ha hecho”.

 “Sí, claro que protestó un poco al principio”, recuerda con una cierta ternura. “Un típico caso de manipulación, tal y como nos avisaron. Decía que el personal era malo y violento, que lo pegaban y que la comida era horrible”. Manzingo ríe, encantado de corroborar la simetría entre el manual de Tranquility y las cartas de su hijo. Mientras habla, Josh se balancea cerca suyo. Sus ojos brillantes miran con devoción el rostro de su padre. Necesitó un año para alcanzar el nivel 2, pasó gran parte de este tiempo en PO, pero su padre está agradecidísimo al centro por el trato que ha recibido: “Cada vez que vengo aquí me quedo impresionado con el amor de esta gente. Este tipo de amor no puede fingirse. Este sitio está lleno de amor: desafío a cualquiera a venir y a echar un vistazo”.

Estos son unos sentimientos típicos de los progenitores de Tranquility. Monzino, por ejemplo, estaba convencido de que su hijo tenía serios problemas con las drogas antes de venir aquí. Josh está de acuerdo. ¿Qué tomabas? “Marihuana, cigarrillos. Alcohol”, parece disgustado con él mismo. “Lo que más hacía, por eso, era robar los medicamentos de mi abuela”.

Es también impactante la idea que los padres de Tranquility tienen sobre su derecho, como si éste fuera un derecho legal, a recibir el afecto de sus hijos. “Mi hija hoy es una chica muy limpia”, dice una madre de una ex alumna, “lo que le pasaba era que no le gustábamos… Pero ahora no creo que me mienta más, y esta es una sensación muy limpia”.

Divorcios turbulentos y nuevos matrimonios son la norma entre estos padres. Sus expectativas de lealtad filial, per eso, sugieren un ideal de familia americana tan perfecto y almibarado, que cualquier rebelión y desafío les resulta terrorífica. Esta cultura de la perfección crea su propia lógica: cuando el adolescente se criminaliza, Tranquility es la solución obvia.

Una idea más clara de los tipos de familias de estos chicos emerge de las conversaciones entre grupos del nivel 5 y el 6: “Mi relación en casa era muy mala. Me iba al cuarto y evitaba a mis padres. Siempre habían discusiones y esas cosas”, sugiere Pete. “Me sentía muy mal con ellos. Su divorcio me influyó mucho. Ahora ya no estoy enfadado. Para nada. Merezco este castigo por haber actuado así.”

Susie, una neoyorquina de 16 años, está aquí “Porque practicaba el sexo y no iba al colegio. El mio era un problema de actitud, no de drogas. El problema era yo, yo y mi madre. No teníamos una relación. Nos contábamos cómo nos había ido el día y poco más”. Susie rechaza con vehemencia la posibilidad de que esta sea una fase normal en la adolescencia. “No, no era normal. Hubiera hecho lo mismo toda mi vida”. Su amiga Michele cree que “Ahora viviría en la calle. Una de las cosas más importantes que he aprendido aquí es que todo te pasa por una razón. Yo vine aquí por una razón: no estaba destinada a acabar como una vagabunda. Si mi madre no me hubiera traído aquí, hoy estaría muerta”.

Que sin Tranquility habrían muerto es un auto de fe entre todos los estudiantes. Pero, al preguntarles cómo hubiera sucedido tal cosa, no saben qué reponder. Está claro que, pese a haber sido programados con el guión de su muerte, ninguno se ha parado a preguntarse cómo hubiera sucedido. De todos modos, si no hubieran muerto, hubieran acabado pobres, un destino considerado casi tan fatal. “Tranquility me ha enseñado que yo hubiera ganado un sueldo mínimo”, dice Nick. “Este sitio me ha salvado al vida”.

“Probablemente, yo estaría viviendo con un camello o algo así de horrendo”, especula una chica. “Sin ir a ningún sitio, sin tener éxito”.

Algunos de estos estudiantes tienen ya 18 años y son legalmente libres para irse, pero sus padres se niegan a aceptarlos hasta que hayan pasado el programa de Tranquility. Lindsay Cohen, por ejemplo, tiene casi 19 años. Era una estudiante brillante con miras a Harvard hasta que un novio inadecudo la trajo aquí a los 17. En teoría, el día que cumplió 18 Tranquility le habría tenido que dar 50 dólares y pagarle la mitad de su billete de vuelta en caso de que ella quisiera irse. El porqué no lo hizo lo explica midiendo sus palabras: “Estoy acostumbrada a unas cosas que no pueden comprarse con cincuenta dólares. Además, mis padres me dijeron que, si me quedaba, me mantendrían durante la universidad. Por ello, no vale la pena irme. A veces”, murmura, “todavía creo que no era necesario venir aquí…”, se detiene un momento y dice vagamente, “Pero supongo que estas cosas pasan en la vida.”

Los estudiantes describen sus personalidades de antes del programa con adjetivos subjetivos como “ignorante” o “irrespetuoso”. Su manera de explicarse es también muy similar. Las palabras surgen como de sobres vacíos, sin contenido emocional. “Cuando llegué estaba muy enfadada”, dice Kate. Su voz es cuidada pero monótona. “Mis padres no me avisaron. Me engañaron”. Sonríe inescrutable. “Un policía me escoltó hasta el avión”.

¿Y como se siente Kate ahora? “Fantástica. El haber cambiado mi vida es algo genial” ¿Y cual es la relación con sus padres? “Fantástica”.

La única chispa que tienen Kate y los otros la encienden Kay y los carabinas, hacia quienes dirigen una débil electricidad. Estos chicos no sólo obedecen reglas. Parecen haber sido psicológicamente reconectados.

“Constantemente, el personal está tratando de saber qué estás pensando y te está diciendo qué debes pensar y comprobando que piensas lo que ellos quieren que pienses”, explica un estudiante que se marchó al cumplir los 18, “y si no piensas lo que ellos dicen, más te vale estar muerto”.

Cada día, cada familia tiene un encuentro, liderado por su representante (el trabajador que informa de ellos a sus padres cada semana). La reunión de la familia Reto recuerda a una terapia de grupo. Las chicas se sientan en un círculo. Tienen una hora para ‘compartir’ y ‘responder’.

La primera chica en levantarse confiesa que teme que reaparezca su anorexia. “Me siento asquerosa. La odio porque me siento imperfecta. No pensaba que iba a volver. No sé que hacer”. Sigue hablando, la angustia balbuceándole entre las palabras. “Estar sola me da mucho miedo, pero sé que así es cómo voy a terminar”. Empieza a llorar con fuerza, tragando aire, hablando incoherentemente. Tras diez minutos, se sienta. Hay algo extraño en la atmósfera (un dolor cálido se ha mezclado con el aire helado). Las manos se levantan para las respuestas. “Nadie piensa en ti”, dice una.”¿Qué te hace pensar que alguien iba a hacerlo”. “¿No lo entiendes?, la razón de estar aquí es para que aprendas a ser una persona fuerte. Si no te metes en líos, te vas a casa”.

Mientras profieren sus ataques, algunas chicas suenan aburridas, como camareras recitando el menú. Otras, sin embargo, parecen disfrutar. Como la que señala el acné a una que acaba de hablar y la acusa de “sentirse confortable en su propia mierda.” “Por eso tienes eso en la cara. Porque te haces daño por dentro”. El representante de la familia la mira con aprobación.

La representante del grupo Renacer toma un rol más activo en su encuentro. Sus chicos no parecen tener problemas con las respuestas (“Tu actitud es realmente mala. Ya te lo he dicho antes: eres vago. Eso es todo lo que eres”), pero se reserva un momento estelar hacia el final. Ocurre cuando un chico se levanta. Está planeando su vuelta a casa y han habido algunas discrepancias sobre la misma. Él ha dicho que no va a vivir con su madre, pero el personal creía que sí. La madre ha escrito para confirmar la versión de su hijo.

“Por ello”, dice él con contenida diplomacia, “solo quería que quedara totalmente claro que no hay otros ‘malentendidos’ que precisen de aclaración”.

Su representante familiar lo mira con dureza. El silencio se alarga y sus ojos se entrecierran.

 “¿Sabes qué”, le dice. “voy a tener que revisar tu plan de salida. Tendrá que suspenderse por el momento.”

 El chico está horrorizado. Le invade el pánico. “¡No!, no puede ser verdad”. ¿Porque me está castigando?”

 Su representante lo estudia: “No estoy castigándote. Tu me has dado la idea. Te estás castigando a ti mismo”.

¿Por qué quieren los estudiantes levantarse y confesar sus inerioridades o responder de esta manera a los otros? Scott Burkett, quien dejó Tranquility hace dos años, lo explica: “Solamente avanzas en el programa si compartes tus intimidades. Si no lo haces, no estás funcionando, y pierdes puntos. En una reunión, tu representante puede pedirte a bocajarro que le cuentes algo íntimo. Si no, te manda a PO. Entonces has de buscar con rapidez entre tu inventario de intimidades pensando cuál de ellas va a herirte menos, porque tus secretos va a ser usados en tu contra. Un chico, por ejemplo, que mencionó sus problemas con su novia al llegar… Un mes después el representante le sacó el tema, diciéndole que ella se estaba riendo de él a sus espaldas y preguntándole con cuántos se habría acostado ya. Pero si lo que le cuentas no le parece lo suficientemente profundo, el representante puede llamar a un guardia y mandarte a PO.”

Los puntos y los privilegios también se dan a los estudiantes que se chivan. Si no lo hacen, ellos también los pierden. “Hay cero confianza”, dice Scott. “No puedes fiarte de nadie. No es nosotros contra ellos, sino todos contra ti”. Scott se acuerda de un chico nuevo al que cogieron con pañuelos incriminatorios; la masturbación está estrictamente prohibida en Tranquility. “Le hicieron ponerse de pie frente a todo el mundo tras la cena y los más mayores nos abalanzamos sobre ese niño de 13 años. Fue una especie de entretenimiento nocturno. A eso me refiero cuando hablo de romper a las personas”.

Existen también seminarios de tres días, pensados para provocar la histeria colectiva. Los participantes están obligados a hacer un voto de silencio, por lo que lo que pasa allí se mantiene en secreto. Muchos consideran que estos encuentros transforman sus vidas, mientras que otros los describen como una brutal manipulación.

Los padres no pueden visitar a sus hijos en Jamaica hasta que también hayan asistido a un seminario en los Estados Unidos. Deberán asimismo atender otros con sus hijos, algo que muchos consideran lo mejor del programa. “Sensacional”, asegura Jim Mozingo, “te cambia la mente”. Sin embargo, este enfoque dual asegura que las únicas personas fuera del centro con las que los estudiantes pueden establecer contacto se vuelven parte de éste, coptados en el argot de Tranquility y su sistema de creencias. El proselitismo también se fomenta: a los padres se les descuenta un mes de cuota por cada nuevo alumno que capten.

Lo que se ha creado aquí es un mundo hermético, en el que se rechaza cualquier crítica. Si estas vienen de antiguos estudiantes, son una prueba de que todavía son manipuladores. Si un padre está descontento, los malos resultados de su hijo se deben a su ineficacia para apoyar el programa. El personal está ligado a una cláusula de confidencialidad y, si alguien decide marcharse y hablar es porque es un empleado resentido.

Solamente existe una posible filtración: un psicólogo, pagado directamente por los padres, está obligado a evaluar a cada recién llegado. También ofrece a los estudiantes la posibilidad de terapia, tanto individual como de grupo. No está empleado por el centro porque “Necesito ser independiente. Represento a la familia y al chico. Esto es muy importante”.

El doctor Marcel Chappuis ha ejercido como psicólogo juvenil para los tribunales de Utah durante 30 años, y está doctorado en psicología clínica. Sus maneras, por esto, recuerdan más a las de un parroquiano de un pub que a las de un médico. Se parece a Tom Selleck y frente a los problemas de los chicos se muestra impaciente y divertido.

 “Uno de los grupos de chicas con los que trabajo se llama Violación y Abuso. Un grupo donde se carga con mucho sentido de culpa… Muchas de ellas se vestían y actuaban de forma provocativa. Se drogaban. Se ponían en situaciones arriesgadas y la gente se aprovechaba de ellas. Ahora, aquí somos muy claros, y les decimos que son ellas las que han de saber cómo se presentan a los demás. Puede ser muy difícil ayudar a las chicas”, ríe divertido, “¡Son mucho más dramáticas que los chicos!”

Chappuis también vista a 30 internos adoptados – un porcentaje muy alto en un total de 250 alumnos. Sin bromear, me asegura que los chicos adoptados “tienen más problemas con la confianza. Ya sabes, apego y abandono. Son los más difíciles. Pero tienen que hacerse cargo de que ellos son partes del problema, que son la razón por la que los han enviado aquí.”

Al psicólogo le encanta trabajar en Tranquility “¡Es muy divertido! Sólo por la satisfacción de ver cambiar a estos chicos” También visita en otros centros de Wwasp durante dos semanas al mes. La empresa es su principal fuente de ingresos y si algún padre quiere terapia para su hijo, no hay alternativa a la suya, lo que elimina la posibilidad de que se escuche una voz externa al sistema. Por qué el doctor Chappuis se define como independiente es un misterio.

Su buen humor únicamente se altera cuando se critica el sistema. Entonces su tamaño y su bigote se vuelven amenazadores. “La gente que dice que este sitio es demasiado duro nunca ha tenido hijos problemáticos. Critican sin saber de qué hablan y si alguien me dice que tiene experiencia, le desafío: yo veo a cien chicos de este centro, yo tengo experiencia. La gente que se queja no tiene ni idea de lo que habla”.

Los padres que envían a sus hijos aquí aseguran sí saber lo que es tener un adolescente problemático, que se droga, se escapa de casa, se acuesta por ahí e incumple la ley. Consideran que Tranquility es necesario para sus hijos y, en general, están encantados con los resultados. ¿Hay alguien en mejor posición para juzgar? El sistema legal estadounidense coincide, más o menos, con su opinión. En un caso crucial, en 1998, un tribunal californiano decretó que un padre tenía el derecho legal de enviar a su hijo a Tranquility. La decisión de los progenitores se consideró sacrosanta.

Lo que sucede en este centro sería ilegal en muchos países europeos, pero Tranquility está dentro de la jurisdicción jamaicana. El sistema educativo de este país no es famoso por su progresismo, no hay ningún menor jamaicano dentro y el centro se ha convertido en una fuente de empleo e ingresos fiscales. No es difícil concluir porqué los internados de Wwasp se instalan en países extranjeros en desarrollo.

En los últimos siete años cuatro centros de la empresa han sido cerrados en cuatro países. El último fue en Costa Rica, tras una serie de denuncias  de abusos físicos y condiciones paupérrimas. Pero, a no ser que Tranquility incumpliera alguna normativa sanitaria, el gobierno jamaicano no pone ninguna pega para que siga funcionando.

La cuestión del abuso emocional es un asunto más nebuloso. Internet está plagado de mensajes de ex alumnos detallando sus problemas de alteraciones nerviosas y estrés post-traumáticos. Uno escribe: “Por lo menos una vez cada tres noches me despierto sudando y casi llorando tras haber soñado que estaba allí. Todavía hoy tengo miedo a volver”. De todos modos, muchos alumnos ya llegan emocionalmente dañados a Tranquility, en concreto, una cuarta parte se medica por desórdendes bipolares, actitud desafiante o problemas de atención.

“Muéstreme un chico que pueda probar que, alguna vez, ha sido dañado psicológicamente en este programa”, desafía Kay. “Si un médico dijera que es debido a éste, lo encontraría altamente sospechoso”.

Si alguien se lo propusiera, poco podría hacer para cerrar este negocio. Kay cree sinceramente que, dañando las vidas de estos chicos, se las está salvando. “Si yo tuviese hijos y me empezaran a dar problemas, los mandaría directos aquí. Y si tuviera que hacerlo, apretaría el gatillo sin dudar”. Los padres de Tranquility creen, sin reservas, que están haciendo lo mejor para sus hijos.

Una vez al año, el centro celebra un ‘Día divertido’. Hay deportes, comida especial; las chicas pueden trenzarse el pelo y el personal sonríe. Y hay también música. Música incesante y ensordecedora. Vuelve locos a los adolescentes. No pueden parar de bailar. Por todas partes, los alumnos bailan, de forma demencial, como si se hubiera pulsado un interruptor y una fuente de energía hubiese brotado bajo sus pies. La tía de una estudiante ha venido de visita desde Tejas. “¡No me puedo creer cómo ha cambiado!”, dice. “Es extraordinario cómo pueden cambiar la vida de alguien. Ahora mi sobrina es tan educada, que casi no la conozco. ¡Parecen todos tan felices!”

Suena una canción del cantante Usher, y la letra quema en el bochorno caribeño. “Me recuerdas a una chica que una vez conocí. Veo su rostro cada vez que te miro”. La sobrina de la tejana deja de bailar. Mientras bebe un vaso de agua, con la espalda encorvada, puede entreverse su rostro: es el de la chica más triste del mundo.//

Traducción: Eva Millet

Affluenza: la falta de límites como atenuante

La noche del 15 de junio de 2013, Ethan Couch, un adolescente norteamericano de 16 años, criado en el elegante suburbio de Forth Worth, Texas, salió de marcha. La diversión consistió en irse con algunos amigos a una tienda, robar varias cervezas, volver a casa de sus padres para organizar una fiesta y, posteriormente, coger sin permiso uno de los coches de la empresa de su padre, subirse a él con siete amigos y circular a lo loco.

La noche acabó mal: Ethan atropelló a cuatro personas, matándolas. Uno de sus amigos se quedó paralizado de por vida. La policía reveló que su límite de alcohol en la sangre triplicaba el límite permitido. También había tomado Valium.

En Texas, uno de los estados penalmente más estrictos del país, no se andan con chiquitas. La fiscalía pedía veinte años de prisión para el joven. Sin embargo, Ethan evitó la cárcel: la juez decretó diez años de libertad condicional y el ingreso en un centro privado de rehabilitación durante un «largo tiempo», sin tener contacto con sus padres. Estos se comprometían a hacerse cargo de los costes, que ascienden a 450.000 dólares anuales.

La sentencia, como se explica en este artículo de La Vanguardia, causó indignación por varias razones. La primera, porque durante el juicio, la defensa utilizó como estrategia que las acciones del joven habían sido provocadas por la falta de límites con la que había sido educado. Ethan padecía affluenza, un polémico término acuñado a finales de los 90 y que, básicamente, pone nombre a personalidades producto de un tipo de crianza opulenta y consentida, en la que jamás se le han puesto límites ni se han castigado las consecuencias de acciones incorrectas.

Ethan Couch/La Vanguardia

Estas son algunas de los argumentos, según este artículo sobre el tema en The Guardian, esgrimió por el psicólogo de la defensa:

«El adolescente (Ethan) nunca ha aprendido a disculparse si hace daño a alguien. Si dañas a alguien, le envías dinero».

«Nunca ha aprendido a que no siempre uno se sale con la suya. Tenía los coches y el dinero. Tenía unas libertades que ningún joven de su edad podría ser capaz de manejar».

El psicólogo, el doctor G Dick Miller, aseguró que emocionalmente, Ethan tenía una edad de doce años y que sus padres le habían fallado como tales. Había crecido en una familia disfuncional.

El caso Ethan es polémico por varias razones. La primera, por las dudas que hay de que la affluenza sea un trastorno mental (no está reconocido como tal por la Asociación Americana de Psiquiatría). Como señala la antropóloga Rosa Gallardo, no deja de ser otra enfermedad construida socialmente, que le remite «a otras construcciones sociales de enfermedades mentales o síndromes, como la famosa ‘alienación parental’, que ha comportado auténticos disparates en el ámbito social y judicial».

En este caso, la falta de límites ha sido un atenuante aceptado por el juez pero muchos se preguntan qué hubiera pasado si, en vez de haberse tratado de un niño rico, Ethan hubiera sido un adolescente sin medios, cuyos padres no hubieran tenido tiempo de educarlo, de ponerle límites por otras razones…

Según el New York Times, no es inusual que a los menores involucrados en casos tan serios de conducción y alcohol no se les condene a prisión, sino a libertad condicional. La rehabilitación, el dar una segunda oportunidad, a los jóvenes frente al castigo, empieza a abrirse paso en la cultura del país. Sin embargo, otras versiones, también muy autorizadas, aseguran que esta sentencia es un paso atrás y que agudiza todavía más la cultura de la excusa que impera en el país.

Ethan Couch

Otra cuestión que se planeta es qué hubiera pasado si los padres de Ethan no tuvieran los medios para pagar el carísimo centro de rehabilitación que su hijo va a atender, Newport Academy, que se parece más a un hotel de lujo que a otra cosa.

El centro, donde se dan tratamientos personalizados para un máximo de doce jóvenes (seis chicos y seis chicas), atendidos por un staff de 40 personas, representa un modelo de negocio importante en Estados Unidos. Poco tienen que ver, sin embargo, con lugares como «Tranquility Bay», un modelo de centro privado de reeducación para adolescentes que imperaba hace una década y que se parecía más a una prisión de menores que a otra cosa. A diferencia de este caso, los chicos y chicas no iban allí por una orden judicial, sino por voluntad de los padres, familias, también, de alto nivel económico. El lugar y el sistema eran tan terribles que le dedico una entrada aparte titulada CONDENADOS POR SUS PROPIOS PADRES.

Más sobre el abuso infantil

Bien por la periodista y escritora Rosa Montero, quien en esta columna de opinión de EL PAIS denuncia el silencio ante un tema tan grave como es el abuso sexual a los niños. Una plaga horrible, que existe (el número de casos denunciados es solamente la punta del iceberg) y de la que se habla poco por razones que, como destaca la autora, tienen que ver con la hipocresía y la debilidad de los propios niños.  Vale la pena leerla. También aprovecho, para quien le interese es tema, recomendar la lectura de este artículo mío sobre Cómo prevenir el abuso (aquí en pdf;  ABUSOS PREVENCIÓN); cómo explicarles a nuestros hijos e hijas que el tema, lamentablemente, existe y cómo pueden reaccionar ante él.

NIÑOS – Rosa Montero

Como es natural, me parece muy necesario que se hable de las mujeres maltratadas. Pero hay otro tipo de violencia social y doméstica que apenas mencionamos, otras víctimas que aún están mucho más desprotegidas, y son los niños (los ancianos también, pero de eso hablaré otro día). Por supuesto que si cae una red mafiosa de pedófilos todo el mundo se alegra: son delincuentes profesionales. Pero, ¿por qué será que la sociedad es tan reacia a admitir y perseguir los abusos contra los niños si son perpetrados por un familiar, un colega de trabajo, un vecino? Del caso del profesor de música y presunto sobador de niñas en el colegio Valdeluz, lo que más me preocupa y me repugna son ese director y ese jefe de estudios que supuestamente conocían lo que estaba pasando. En el mismo periódico, leo que el ministro de Economía alemán aupó a un diputado de su partido aun sabiendo que le investigaban por pedófilo. Y no hace tanto nos enteramos de que la BBC miró para otro lado mientras Saville, su presentador estrella, le metía mano a un millar de niños. Por no hablar del horror del incesto, ese infierno sepultado en la hermética intimidad del núcleo familiar. Según la Revista d’Estudis de la Violència (2008), entre un 20%-25% de mujeres y un 10%-15% de hombres españoles confesaron en diversos estudios haber sufrido abusos sexuales en la infancia; en el 39% de los casos el agresor era el padre, y en el 30% otro familiar. Calculen la dimensión de esa herida secreta. ¿Pero qué nos pasa con los niños? ¿Creemos que son propiedad inviolable de los padres, hagan con ellos lo que hagan? ¿Y es su indefensión lo que nos incita al abuso? ¿Está antes el interés del partido, de la Iglesia, de la empresa, que el de una criatura a la que nadie va a hacer caso? Qué ferocidad y cuánta hipocresía.

 

 

LOS NIÑOS A LOS QUE NUNCA SE LES DIJO NO

La noticia la recojo en el diario The Times y, también, en el South China Morning Post y en el diario The Independent, aunque se origina en Suecia.

Comenta la repercusión que allí ha tenido la publicación de un libro, recientemente traducido al inglés, titulado ‘How children took Power‘ (algo así como ‘Cómo los niños han llegado al poder’). Su autor es David Eberhard, un reconocido psiquiatra, padre de seis hijos, quien asegura que los padres y madres suecos de los últimos años han fracasado en la educación de sus hijos, creando una generación de niños rubios maleducados, mandones y consentidos.

SueciaLa tesis de Eberhard, de 47 años, es que en Suecia, tras más de tres décadas de ejercer una paternidad del tipo liberal, la educación es un desastre. Los padres se han equivocado al pretender ser amigos, que no padres, de su prole y, en especial, al no decirles “no” jamás: no ponerles límites mientras crecían. Desde que se prohibió, en 1979, el castigo físico a los pequeños (algo con lo que el autor está de acuerdo, el castigo físico, también en Suecia, es horrible y, si no, revisiten Fanny & Alexander, de Bergman), se ha ido al otro extremo, a la permisividad. «Hemos pasado de que no se permita el castigarlos físicamente a que no se permita el decirles nada que les pueda contrariar, lo que no es lo mismo», dice.

Eberhard lamenta que en su país se haya llegado al punto que cualquier forma de intervención en el niño por parte del adulto sea considerada como un tipo de abuso. “Los llamados expertos en educación consideran que con los niños se ha de negociar, no castigarlos”, añade Eberhard. “Han confundido el concepto de ser padres. Los niños no son tan frágiles como se cree”.

Suecia es seguramente uno de los países más democráticos del mundo, poco amigo de las jerarquías, y esto se ha trasladado a las familias lugares donde, Eberhard explica, niños y niñas han tomado el mando. “Naturalmente que hay que escuchar a los hijos pero en Suecia se ha ido demasiado lejos. Son ellos los que tienden a decidir todo en la casa: cuándo ir a la cama, cuándo comer, a dónde ir de vacaciones. Incluso, cuando ver la televisión”, declara.

Todo este background, este hacer a los críos el centro de las existencias, esta permisividad y sobreprotección produce, según el psiquiatra, jóvenes poco preparados para la vida adulta. “Sus expectativas son demasiado altas y la vida es demasiado dura para ellos”. Eberhard dice que el aumento dramático de trastornos de ansiedad y casos de auto-lesiones entre los jóvenes suecos, además del declive en los índices internacionales de resultados académicos (como el informe Pisa), son resultados tangibles de esta estrategia educativa liberal.

El libro y sus conclusiones han sido muy mal recibidos (“como blasfemias en una iglesia”, compara el psiquiatra), en su país. Aunque Eberhard quizás sea el primer experto sueco que lo haga, no es el primer experto que alerta sobre las consecuencias de la sobreprotección y la educación excesivamente tolerante.

Pero, de momento, no parece que vayan a haber grandes cambios en las políticas familiares del país escandinavo. El gobierno sueco ofrece, desde 2010, un curso gratuito para los nuevos padres llamado “Todos los niños en el centro”. Su principal mensaje hacia los progenitores es que el castigo no hace que, a la larga, los hijos se comporten mejor y que ponerles límites no es siempre el enfoque apropiado… “Si quieres que un niño colabore contigo, le mejor manera es tener una relación estrecha con ellos para que quieran cooperar contigo”, explica la psicóloga Kajsa Loenn-Rhodin, una de las artífices del curso. Ella rechaza la idea de Eberhard de que los niños hayan tomado el mando en las familias y considera que da más problemas el recibir una educación estricta.

Por último, acabo con esta observación del psiquiatra para ilustrar la mala educación de las nuevas generaciones de suecos. La ha percibido en restaurantes y comidas familiares: “En la mesa, gritan como si fueran adultos, te interrumpen todo el tiempo y exigen el mismo espacio que los mayores”, observa, horrorizado.

No quisiera imaginar qué libro le saldría a David Eberhard si, cualquier domingo, comiera en un restaurante de cualquier ciudad de España…

 

La política también es cosa de niños

Os adjunto el enlace a la web de LA VANGUARDIA donde se publica mi reportaje sobre niños y política que aparece el sábado en el suplemento ES. Reportaje on-line

Y aquí están el pdf: NIÑOS POLITICA PDF y el texto entero:

Niños y políticaLA POLÍTICA SE CUELA EN EL PATIO Pese a que está en su nivel más bajo, la presencia de la política en los distintos ámbitos de las sociedad es muy intensa. Y los niños no son ajenos a ella. Se debe involucrarlos, pero de forma plural y serena. Texto: Eva Millet

El día que Ana, de seis años, fue con a sus padres a la primera manifestación de su vida, tuvo un buen susto. A la salida del metro, la familia se cruzó con un policía, visión que a la niña le provocó un llanto desconsolado. Hacía unos días, había visto en el Telediario las imágenes de la carga policial contra la iniciativa ciudadana ‘Rodea el Congreso’, en Madrid. Ana identificó a aquel agente como uno de los que había salido en la tele, le “entró miedo” y rompió a llorar. Tras ser  debidamente consolada por sus padres, la manifestación (contra los recortes sociales), discurrió sin más incidentes para la familia. Desde entonces, han acudido a varios otros actos de protesta bajo la misma reivindicación.

 Tomás, de nueve años, también tiene una nutrida experiencia en actos políticos. Entre otros, ha participado en una acampada nocturna contra los recortes en educación organizada en su colegio y “en todas las manifestaciones contra este tema que han tenido lugar en nuestro barrio, Horta-Guinardó, y en Barcelona,  desde que empezaron. Él y sus compañeros han marchado con pancartas y pitos: haciendo ruido, vaya”, explica su madre, Carlota. Muy involucrada en el Ampa de su escuela y en los movimientos vecinales, Carlota cree que es muy importante involucrar también a su hijo en estas protestas: “Se están cargando la clase media de forma descarada y creo que los niños han de saber lo que pasa. No pueden vivir en la inopia”, afirma. “Además, él es absolutamente consciente: ve cómo les afectan los recortes a compañeros más débiles, escuchamos juntos la radio a la hora de desayunar … Sabe lo que pasa y si no, ¡lo pregunta!”

Hasta no hace mucho, la política no formaba parte de las existencias de niños como Ana y Nicolás, pero la situación actual, de alto voltaje político, ha provocado que, pese a su desprestigio, se hable muchísimo de lo que el diccionario describe como el “arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados”. En los medios de comunicación, en la calle, en casa y en la escuela la política está muy presente. Es casi imposible vivir ajeno a ella. Incluso los más pequeños quienes, no sólo la detectan sino que, también, reclaman saber qué pasa. “Sí, son los niños quienes nos marcan la pauta, porque no están al margen de la realidad y este tema les influye y les interesa”, asegura Irene Balaguer, presidenta de l’Associació de Mestres Rosa Sensat.

Javier López, primer secretario de las Joventuts Socialistes de Catalunya, apunta que este interés también se extiende entre la gente joven, la cual “es probablemente la más politizada desde la Transición”. Factores como la crisis económica, la corrupción, el debate entre Catalunya y España, los problemas generacionales y el futuro incierto son las causas de la mayor politización de una generación que, “paradójicamente”, apunta López, “probablemente también sea la que menos representada se sienta en términos institucionales”.

 La cuestión del independentismo, que domina la agenda política catalana desde septiembre de 2012, también ha encendido pasiones políticas precoces. Como la que tiene lugar en la clase de quinto de primaria de Daniela, en un colegio público de Barcelona, donde desde hace unos meses se ha desatado un debate entre los que están a favor de la independencia de Cataluña y los que no. Un tema que no se toca en las aulas pero sí se discute en el patio, y en el que Daniela ha tomado partido: con diez años se ha posicionado en contra del independentismo. Su última reivindicación: colgar una bandera española en su ventana, en respuesta a la ‘estelada’ del vecino de enfrente. “¡También nos sugirió subir a Montserrat para plantar una bandera española en la cima!”, cuenta su padre, riéndose. “Pero, bromas aparte, a nosotros no nos gustan ni las banderas ni el nacionalismo, sea catalán, español o zulú… Así que le hemos dicho que en casa no se cuelgan banderas, de ningún tipo”. Tanto él como su esposa están un tanto perplejos ante el activismo de su hija, que les parece algo prematuro: “Le explicamos que cada uno piensa de una manera y que hay que respetar las distintas ideas”, continúa. “Pero que mejor eviten este tema entre los amigos: no tienen edad para hablar de política y menos en una cuestión donde, en mi opinión, las cosas son más viscerales que racionales”.

En casa de Nuria, una profesora universitaria, la política también ha irrumpido con fuerza. Su hijo, que está a punto de cumplir quince años, se ha declarado independentista. Sus padres están sorprendidos ante este posicionamiento. En parte, porque Nuria es de Madrid, y en la familia no habían tratado este tema. Por eso, Nuria cree que las nuevas ideas de su hijo proceden de su escuela, un centro religioso, concertado, en El Eixample. “Desde que se inició el curso detecto una tendencia que no me gusta nada: por lo menos en la clase de mi hijo, los profesores vierten sus opiniones pro-independencia sobre los alumnos”, asegura.

En opinión de Nuria, la escuela no es el lugar adecuado para hablar de política y menos de forma unidireccional, como ya se hizo durante tantos años. “Si la información fuera amplia, me parecería perfecto, porque les ayudaría a elegir, pero veo que se da en un solo sentido y me parece fatal”. Además, en su casa, tanto ella como su marido siempre han creído que a los hijos no había que pasarles herencias ideológicas, sino dejarles: “Más vírgenes, para que puedan decidir por ellos mismos”. Por eso, a diferencia de la madre de Tomás o los padres de Ana, jamás los han llevado a una manifestación, de ningún tipo, ni se han decantado por un partido u otro delante suyo.

Pero, aunque lo hubieran hecho, tampoco hubiera servido de garantía, porque la ideología política no siempre se transmite a través de la familia. Un estudio realizado por el politólogo Elias Dinas, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Nottingham, en Inglaterra, ha llegado a la conclusión que cuanto más politizados estén los padres, más posibilidades existen que en la vida adulta uno se involucre en política pero, también, de que se abandonen las ideas de los progenitores.

La clave, según Dinas, es que al haber más interés en la política, los hijos, a medida que crecen, buscan con más ahínco experiencias propias. El aprendizaje ideológico prosigue fuera de la familia y puede variar debido a nuevas influencias, como los medios de comunicación, el ambiente universitario, el trabajo, las amistades y las nuevas familias. Así, no siempre se producen dos George Bush padre e hijo, con ideologías casi calcadas, o dinastías como la de los Gandhi en la India. Ronald Reagan Jr, hijo del homónimo presidente Republicano estadounidense, es un periodista de ideas liberales que ha apoyado públicamente a los Demócratas. En el Reino Unido, la laborista Victoria Scott, hija del ministro conservador Sir Nicholas Scott, fue una de las más feroces críticas de su padre cuando éste intentó pasar una ley que eliminaba la discriminación positiva de los minusválidos. El asunto acabo con la carrera política de Sir Nicholas, pero él aseguró que, pese a ello, se sentía orgulloso de su hija, educada para pensar de forma crítica e independiente.

Para lograr construirse este pensamiento propio es necesaria la información, lo más plural posible. Es lo que, en estos tiempos de tanto ruido político, los expertos aconsejan se haga con los hijos. En el caso de Nuria, tras preguntarle a su hijo cómo se había informado para posicionarse políticamente y recibir como respuesta un “no he leído nada”, ella y su marido le han referido a diversos libros de historia. “Nuestro mensaje es muy claro: si tu quieres declararte posicionarte políticamente, está bien, pero antes, infórmate en muchas fuentes, y después, decide”, explica Nuria.

Pero la política no sólo se debe abordar en familia, también debe tocarse en las aulas. “La escuela tendría que recoger este interés porque tiene un papel fundamental en hacer ver que la sociedad no es homogénea; en contribuir a que se escuchen y se respeten las distintas opiniones y que cada uno se construya la suya propia, fundamentada”, afirma Irene Balaguer. “Si la escuela no hablara de los temas que a los niños les interesan, como en este caso, la política”, añade, “sería una institución muerta y aislada de la realidad”.

Tampoco, recalca la maestra, hay una edad límite para introducir esta cuestión: “Confundimos la infancia con el infantilismo y, desde muy pequeños, los niños son capaces de captar lo que los medios cuentan. Hay que hablar, tengan la edad que tengan”.  En este sentido, Balaguer recuerda la reacción de un grupo de Parvulario en el año del desastre del Prestige. Los pequeños, de tres años, estaban preocupadísimos por lo que pasaba en Galicia, por el mar y los pájaros afectados por la marea negra. Se sentían también muy solidarios con los que limpiaban las playas. “Esto quiere decir que no es que haya una edad u otra, sino que lo viven de manera diferente. Por ello, el acompañamiento que el maestro hace en función de la edad tiene un abasto distinto, pero tiene que darse”.

Lo que jamás ha de hacer el maestro, recalca, es adoctrinar. “El inculcar ideas o creencias es propio de los regímenes totalitarios. Una escuela adoctrinadora es una escuela uniformadora, que no hace personas capaces de pensar por ellas mismas. Es la anti-democracia”, enfatiza Balaguer, para quien el rol de un buen maestro “es ayudar a sus alumnos a construir su propio pensamiento”.

El mal uso histórico que se ha hecho de los niños en política (ver despiece), hace que su inclusión en ella sea un tema muy delicado, propenso a polémicas. También es controvertida la participación de los menores en actos políticos, como las manifestaciones. Sobre esto, hay opiniones a favor y en contra pero, si se decide ir, recomienda Balaguer, conviene tomarle la medida a este tipo de actos: “Hay que retirarse cuando están cansados para que algo que puede ser positivo para ellos, una expresión de movilización ciudadana, no se convierta en una tortura”. Para Javier López, participar en manifestaciones puede ser positivo: “Siempre y cuando”, matiza, “sirva para construir una conciencia ciudadana crítica”. Por eso, confiaría que entre los padres hubiera una madurez para inculcar a los hijos un principio crítico, enseñarles a preguntar, a cuestionar y a ver las pegas. “Asimismo”, recalca, “hay que separar el participar en movilizaciones a que haya un uso de forma clara de niños para hacer propaganda política”. Dos cuestiones entre las que hay, advierte: “Una línea muy fina”.

Los tiempos son convulsos y los niños no viven ajenos a esta realidad política. Por ello, los expertos reiteran que es importante hablar del tema, tanto en casa como en la escuela. Pero con serenidad y pluralidad, para que se construyan su propia opinión y no sean utilizados. Sin comprender lo que sucede, la gente tiene más probabilidades de desconectar o de ser manipulada. Además, un electorado bien informado es básico para construir una democracia más fuerte.//

USO Y ABUSO

Históricamente, los niños han sido manipulados en política. En especial, en el siglo pasado, cuando las dos ideologías dominantes, el fascismo y el comunismo, los utilizaron sin pudor con fines propagandísticos. Esta mala praxis, que persiste hoy en no pocos lugares, explica en parte la aversión actual a involucrar a los menores. Repasando algunos ejemplos, tiene su lógica: en Rumanía, durante el régimen de Nicolas Ceaucescu (1967-1989), se llegó a afirmar que “el feto era propiedad de toda la sociedad socialista”. En la Yugoslavia de Tito (1945-1980), la educación política empezaba en la edad preescolar, mientras que en Alemania el régimen Nazi hizo obligatoria la adhesión a las Juventudes Hitlerianas (HJ) a partir de los diez años.

Las juventudes fascistas tuvieron su versión en la España franquista: el Frente de Juventudes de la Falange aceptaba nuevos miembros también a partir de los diez años. Como tantas organizaciones similares, servía de vivero para los nuevos políticos, adoctrinados en este caso según los principios del Movimiento Nacional. Mientras que en Alemania esta organización ya no existe, en España todavía perduran las llamadas ‘Juventudes de la falange’. En China, el ‘Cuerpo de Jóvenes Pioneros’ es la organización infantil del Partido Comunista. Depende de la ‘Liga de la Juventud Comunista’, que tiene cerca de 90 millones de miembros y una enorme influencia en el sistema educativo nacional.

En los países democráticos, los distintos partidos políticos continúan contando con los más jóvenes, pero han aprendido de los errores del pasado. Para empezar, la edad mínima de afiliación en la mayoría de las juventudes de los partidos españoles y catalanes son los catorce años.

TRATAR LA POLÍTICA EN FAMILIA

– Ante acontecimientos electorales, explicarles a los hijos cómo funciona el sistema democrático: qué ocurre, quienes se presentan y para qué, cómo se llevan a cabo las elecciones… También se recomienda ir con ellos a votar.

 – Mirar juntos el telediario o comentar noticias del periódico. Preguntarles qué piensan. El expresarse y el escuchar informaciones y otros argumentos ayudará tanto a despertar su interés en la actualidad como a construirse un pensamiento crítico.

 – Personalizar algunas noticias: cómo les afectan a ellos, a la familia o a su entorno las distintas decisiones políticas que se toman (desde los recortes en sanidad y educación hasta la legislación medio ambiental).

 – En caso de niños más pequeños, facilitarles medios de información adecuados a su edad. Desafortunadamente, estos aquí son escasos, así que los padres también pueden seleccionar noticias del diario y comentarlas con sus hijos.

–  Y, por último, un ejercicio doloroso pero realista: Joseph Sobran, reconocido articulista político estadounidense propone “prometerles ir al cine o al zoo y, en el momento acordado para salir, sentarse en la butaca con el diario y decirles que se han cambiado los planes. Cuando los hijos protesten con un ‘¡pero nos lo prometiste!, contestarles que se trataba de una promesa… electoral”.