Cosas que una maestra de Primaria querría decir a los padres (pero no puede).

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Con motivo del final de curso, el diario inglés THE GUARDIAN publica este artículo titulado Diez cosas que los maestros querrían decir a los padres, pero no pueden. De forma anónima, una maestra de Primaria hace varias observaciones interesantes, entre las que selecciono las siguientes:

1) Tu hijo no es tu colega: La maestra escucha, con una «frecuencia preocupante», frases tipo «mi hija es mi mejor amiga». Un error, asegura: «Tus hijos no son tus amigos. Tu eres su padre y tu responsabilidad es guiarles y ponerles límites, no llevarlos a tus conflictos».

2) Déjalos ir un poco: «Nuestros hijos son, obviamente, la cosa más preciosa de nuestras vidas y es natural que luchemos para protegerlos», dice la maestra. Pero, como tantos otros pedagogos, recomienda fomentar la autonomía de los hijos: hay que darles tareas, dejarlos con sus propios recursos, como que sean ellos los que se preparen el desayuno y la cartera para el cole. Todo esto les ayudará en su paso hacia la Secundaria.

3) Los videojuegos tienen edades recomendadas por una razón: «Estoy segura», escribe la maestra, «que la XBox mantiene a su hijo de 9 años estupendamente entretenido en casa. Pero su última redacción, que trataba de operaciones de los cuerpos de elite del ejército contra un cartel de droga colombiano, era un poco perturbadora… Tambien lo fueron las quejas de los cuatro niños de 6 años a quienes no les gustaba jugar a ser víctimas de un tiroteo, con persecución de coches incluida, a la hora del patio. No puedo controlar lo que le deja ver o jugar a su hijo en casa pero, hasta que no sepa diferenciar entre las imágenes generadas por ordenador y la realidad, ¿le importará que le pase a usted las quejas de los padres de susodichos niños?»

4) Ciertos futbolistas no son un modelo a seguir: Aquí, la maestra, como es británica, pone el ejemplo de John Terry, un defensa de la Liga inglesa célebre por sus pataletas, insultos al árbitro, gesticulaciones, etc. En el mundo latino también hay varios ejemplos de la estrella del fútbol respondona y con muy baja tolerancia a la frustración. Sea como sea, la profesora dice que «es triste ver alguien de 8 años emulando este tipo de actitud en el patio»  y que ella no va a tolerarla en su clase.

5) Los novios pueden esperar: Cuesta creer, pero la maestra ha escuchado más de una vez que una madre lamente que sus hija de 8 años esté triste porque «no tiene novio». «Deja que tus hijos sean niños», les recomienda. No se puede estar más de acuerdo. 

6) Lo siento; pero su hijo/a es simplemente vago/a. «Cuando se trata de progresar, todo maestro quiere lo mejor para cada alumno de su clase. Es básicamente la razón por la que la mayoría de nosotros hacemos lo que hacemos. Pero a veces se llega a un punto en el cual empezamos a pensar que estamos tratando de empujar un objeto que es inamovible».

«Si tu hijo de 10 años no progresa como debería (…) podría ser que se debiera a que es, ejem, vago. Y no es solo su lenguaje corporal lo que me lo sugiere. Comparado con otros compañeros con habilidades similares, él va para atrás, realizando errores básicos con frecuencia. Es difícil enseñar a alguien quien no quiere aprender pero es casi imposible enseñar a alguien quien cree que lo sabe todo ya. Charlas sobre actitud y esfuerzo aparte, valdría la pena recordarles que pronto afrontarán expectativas más altas.»

7) Vale, que no haga los deberes: «Los deberes son (y siempre lo serán) un tira y afloja entre los padres y los maestros de Primaria. Muchos padres se quejan de que hay demasiados. Otros, de que hay pocos. O que son demasiado fáciles. O demasiado difíciles. Los maestros nos quejamos cuando se espera que los padres ayuden y no lo hacen y cuando lo hacen sin que se les pida. También hay quejas sobre deberes perdidos y milagrosas «reapariciones» de los mismos. Tengan por seguro que pasaré todas estas quejas a la dirección de la escuela, que es la que dicta la política de deberes del centro. Entre tanto, continuaré con los montones de tareas para corregir».

 8) La educación física es una asignatura obligatoria:  «Ha habido un gran incremento de niños que dicen que no pueden hacer educación física o traen una nota de casa ratificándolo. Algunas excusas son dudosas: de un problema de tobillo que parece durar meses a un resfriado que el alumno coge solamente un día concreto de la semana. La educación física es parte del currículum y me temo que su hijo no tiene opción en decidir si la hace o no. (…) Por favor, no lo olvide: el deporte es bueno para ellos, después de todo, y hacerlo es algo beneficioso. Como lo son los deberes y la mayoría de cosas arriba mencionadas. Gracias por leer esto y nos vemos en la escuela».

El artículo, colgado en la web del diario, ha tenido una respuesta abrumadora, con casi 1.500 comentarios, tanto a favor como en contra. Un lector dice que se trata de uno de los mejores artículos que ha leído en meses. Otra, recomienda añadir a la lista de sugerencias a los padres este comentario: «Su hijo no es un genio». Varios lamentan el anonimato de la autora mientras que una lectora se queja de que «no se diga nada positivo sobre los padres».

El bullying en casa (o cuando las peleas entre hermanos NO son normales).

bullying 3EL BULLYING EN CASA 

El acoso entre hermanos es un tema poco conocido. En parte, porque forma parte de la intimidad familiar pero, también por la negación de los padres en reconocer el problema. Texto: Eva Millet 

(publicado en el suplemento ES de LA VANGUARDIA). para leerlo en pdf, clickar aquí 0706 BULLYiNG EN CASA.

“Me pega cada día”. “Se burla constantemente de mi”. “Siempre me grita y me empuja”. “Me dice que soy gorda y fea y que no merezco tener amigos”. “Me rompe los juguetes a propósito”. “Me asusta”. “Me hace cosas horribles y lloro cada noche; a veces, tengo ganas de desaparecer”… Si estos testimonios de niños y niñas de entre once y quince años tuvieran su origen en la escuela, no habría dudas de calificarlos como casos de bullying o acoso escolar: un acto intencionado de agresión, física o psicológica, que se repite durante un periodo de tiempo y en el que un individuo o un grupo se sitúan en una situación de poder sobre otro. Sin embargo: ¿Qué pasa cuando estos testimonios suceden en casa, entre hermanos? ¿Cómo se le llama a esto?

En el mundo anglosajón cada vez son más los expertos que empiezan a utilizar el término bullying en el contexto familiar. Las relaciones fraternas, a menudo salpicadas por los celos, y en las que, por la diferencia de edad, suele haber un desequilibrio físico e intelectual, son un buen caldo de cultivo para este tipo de dinámicas. Así, este concepto, que habitualmente se aplica en los entornos educativos, expande su radio de acción.

Dos estudios, realizados ambos en Estados Unidos, confirman esta afirmación. El primero se publicó en la prestigiosa revista norteamericana Pediatrics, bajo el título Relación entre agresiones entre hermanos y problemas mentales en la adolescencia. El trabajo, liderado por la psicóloga Corinna Tucker, entrevistó a 3.500 niños y jóvenes y descubrió que, comparativamente, se daban más situaciones de bullying en familia que en colegio: un tercio en el hogar frente a un cuarto en las aulas. El informe, que fue reseñado por la Academia Americana de Pediatría, también destacaba que mientras que el bullying entre compañeros de escuela es un problema reconocido, cuando sucede entre hermanos es despachado como algo normal.

bullying 4Las agresiones identificadas variaban del abuso psicológico al físico, en diversos grados (de los golpes al robo y rotura de juguetes, pasando por los insultos). En general, eran percibidas por los padres como algo corriente, incluso, saludable: una manera de enseñar a los hijos a lidiar ante las situaciones difíciles que les deparará la vida. Sin embargo, el estudio también concluía que los niños y niñas que habían sufrido agresiones de este tipo tenían más posibilidades de padecer problemas mentales.

“La violencia entre hermanos es un tipo de violencia prevalente en las vidas de muchos niños y niñas, pero se sabe muy poco de este fenómeno”, destacan desde la organización ‘Journal of Interpersonal Violence’, especializada en el análisis de la violencia. Esta entidad, que también ha publicado un estudio sobre el impacto del bullying en casa, denuncia asimismo que se haya hecho mucha investigación sobre esta cuestión en la escuela pero apenas se haya reparado en el acoso en familia. El ‘Journal’ entrevistó a casi una treintena de parejas de hermanos, de los cuales el 78% aseguró haber sido acosado durante su infancia (un tercio, durante varios años). Muchos aseguraron haber sido tanto víctimas como perpetradores. Como el estudio publicado en Pediatrics, este también destaca que los índices de acoso son más elevados dentro de casa que en las aulas. Asimismo, señala que el 85% de los entrevistados aseguró ver este tipo de violencia como normal.

Las relaciones entre hermanos, competidores naturales por la atención de los padres, puede ser de amor y de odio al mismo tiempo. Por ello, es lógico, casi algo natural, que hayan peleas. Sin embargo, como señaló Robin Kowalski, autor del estudio del ‘Journal’: “Hay una cosa que son los desacuerdos normales en las relaciones fraternales y otra que es el bullying”.

Bullying 1Él asegura no saber dónde marcar la línea entre los dos conceptos, mientras que Corinna Tucker utiliza el término «agresión entre hermanos” para denominar a estas situaciones. Sin embargo, en algunos casos, esta última acepción parece demasiado suave… A raíz de la difusión de los estudios en los medios internacionales, aparecieron algunos testimonios de violencia fraterna que ponen los pelos de punta. Como el de Charlotte, quien en la web de la BBC explica que, de niña, pegaba, “muy fuerte”, a su hermana menor cada día. Asegura sentirse aún mal por ello y que su culpa no la mitiga el que a ella la pegase, también con regularidad, su hermano mayor. También se siente mal Louise, otro testimonio, quien recuerda constantes peleas con su hermano durante su niñez: un “círculo vicioso” de golpes e insultos terribles, el uno al otro, que según, ella, son la consecuencia de su distanciamiento y los problemas que él tiene. “Me siento responsable y no creo que seré capaz de dejar de sentirme culpable si no consigo disculparme por las cosas que le dije”, escribe.

Un joven anónimo, de 21 años, recuerda cómo era acosado en casa por un hermano mayor que parecía “encantador” a ojos de todo el mundo pero que, cuando estaban solos, lo pegaba con regularidad. “Todavía tengo miedo de él”, afirma. June, la tercera de cinco hermanos, recuerda a su hermano mayor como “un matón y un perverso”, pero lo que peor llevaba es que su madre lo favoreciera siempre frente a los otros cuatro. A Anna también le sucedía algo similar en la infancia: su hermana los acosaba constantemente a ella y a sus otros tres hermanos, pero sus padres ignoraban sus quejas. “No me hicieron caso hasta que mi madre le oyó mandarle a mi hermano que me golpeara con una madera: si no lo hacía, le rompía un juguete”. Por su parte, Deborah, estadounidense y madre de dos chicos de 16 y 17 años, ya se ha dado cuenta de que algo pasa en su familia: “Mis dos hijos son muy populares, van a un colegio buenísimo, pero en casa tenemos un verdadero problema: el mayor es un acosador”. Entre otros, Deborah cuenta cómo le clavó un bolígrafo en el estómago a su hermano, a quien “amenaza de muerte constantemente”, pega y destroza sus pertenencias. “Tiene un temperamento psicótico”, asegura.

Algunos de estos casos, en especial este último (donde el joven también agrede a la madre), son muy extremos, pero sorprende que se haya llegado hasta situaciones como las descritas. ¿Dónde están los límites en las peleas entre hermanos? ¿Cuándo hay que decir “basta”? ¿Cuando cae la primera torta? “Yo creo que antes, mucho antes”, afirma la psicóloga Mireia Trias Folch. “Aunque estos son casos excepcionales, siempre hay que procurar que nadie pegue a nadie, porque pegar es una falta de respeto al otro en su cuerpo, y en un niño, su cuerpo es su ‘yo’. En las desavenencias y discusiones entre hermanos la línea roja está siempre en la falta de respeto”.

Trias cree que el bullying entre hermanos es un tema “áspero” y que quizás pasa más desapercibido porque los padres lo justifican con un “está celoso” o un “ya pasará”, mientras que en la escuela, donde se lleva ya una década hablando de mismo, existe mucho más control. “Por eso, lo que es muy importante es la prevención y para hacerlo, las dos herramientas principales son la educación, la de los padres, en concreto y la cultura, en un sentido más general”, afirma esta especialista. Para ella, la clave también está en poner límites, claros y sin ambigüedades: “Hoy, buscando dar una educación moderna, se intenta que los niños hagan caso con extensas explicaciones casi para adultos… Y a menudo son discursos que no sirven, o bien porque aún no tienen la edad para comprenderlos o porque ya se puede estar dentro de una espiral de violencia con el hermano”.

Para Maribel Martínez, del centro Terapia Breve-Sentirse Bien, es importante distinguir entre una relación de hermanos mal llevada y un trastorno. “En lo que corresponde al entorno familiar es importante, primero, definir lo que es el bullying: ¿Es el hermano que te coge el juguete y tu te sientes fatal? ¿Es una discusión por el programa de la tele…?” Para la psicóloga, situaciones como estas son lo habitual en la sociabilización fraterna, mientras que algunos de los casos que se mencionan en este reportaje implican un trastorno disocial. “Otra cosa”, añade, “es cómo las dinámicas familiares pueden llevar a relaciones de hermanos muy disfuncionales, con violencia incluso: es ahí donde se puede abarcar a muchas familias y donde uno se puede sentir identificado”. La línea roja, entonces, se marca a cuando hay sufrimiento: “Porque una misma situación puede ser vivida por uno como una manera de hacerse fuerte y de defenderse pero por otro, como un sufrimiento. Entonces sí que hay que actuar”.

La normalidad con la que culturalmente que se ven las peleas entre hermanos es uno de los obstáculos para que el bullying en familia se reconozca como un problema. En ocasiones, los mismos que lo padecieron, como Juan, lo ven como una manera de fortalecer el carácter: “Mi hermano mayor me acosaba todo el tiempo y era terrorífico”, recuerda. “Pero considero que es parte natural de la rivalidad entre hermanos y, pese a lo mal que me sentí, ahora sé que puedo enfrentarme a lo peor de la gente”. Juan considera que el bullying fue una especie de “lección de vida” y asegura llevarse bien con su hermano, cuatro años más mayor.

Pero, ¿es necesario aprender así las cosas? Para Mireia Trias, en absoluto. “Que un hermano sea vivido como terrorífico no es parte natural de la rivalidad fraternal”, afirma, rotunda. La psicóloga añade que aunque las peleas fraternales se vean como normales, porque el de es el primer escenario de rivalidad entre semejantes en la vida, esto no justifica que la violencia haya de ser la dinámica. Por eso, insiste, los padres han de estar muy atentos. “Unos padres que procuran tener una buena salud mental y de sus vínculos familiares dejarán pasar cosas en las relaciones de los hermanos, porque hay cosas que ellos mismos han de resolver pero, también, sabrán ver en qué momento se ha de intervenir poniendo un límite, marcando una pauta moral y diciendo, por aquí no”.

La observación es fundamental también para Maribel Martínez, aunque apunta que, para los padres, “ver los defectos de los hijos es tarea difícil”. El dicho que el amor es ciego puede aplicarse sin complejos con la prole, pero resulta una débil excusa para justificar la inopia, la negación, incluso, con la que viven algunos progenitores situaciones de violencia. “Sí, son dinámicas muy penosas”, coincide Mireia Trias, quien señala que es frecuente que en una situación de maltrato físico se le diga quien la sufre que se lo está inventando, revictimizándolo.

Como ya se indicaba en el estudio de Corinne Tucker, las consecuencias de una infancia trufada de violencia fraternal no son saludables. No sólo por el impacto que implica el sufrir agresiones en un lugar teóricamente seguro, como es el hogar, sino, además, por lo que supone para un niño que los adultos pasen por alto un tema que les afecta mucho. Mireia Trias añade que el resultado de no ponerle freno puede dañar tanto al que lo ha sufrido y al que la ha infringido. “Dentro de quien la ha sufrido, hay quien tiene la resiliencia suficiente para salir pero, también, quien puede quedarse con lo que psicopatológicamente se llama estrés post-traumático. Entre los que la infringen hay desde el perfil más enfermo, hasta el que después se siente muy culpable y lo arrastra toda la vida, pensando en lo qué hizo”.

Al llamar la atención sobre una cuestión de la que se habla poco, el mensaje de los expertos para los padres es que la agresión entre hermanos no debe minimizarse, sino tratarse como algo potencialmente dañino. Poner límites claros y firmes y estar atento a las dinámicas entre los hijos son dos herramientas imprescindibles para poner coto a una violencia que se da en familia pero que, precisamente por ello, es aún más inadmisible.//

EL PUNTO MEDIO: Mientras que hay padres que parecen no querer enterarse de dinámicas de bullying entre su prole, hay otros a los que cualquier altercado entre hermanos les parece inaceptable. Entre ambos polos, señala la psicóloga Maribel Martínez, hay que encontrar el punto medio. “Por supuesto, no se puede permitir ser cómplice de una relación de acoso entre hermanos, pero es también sano dejar que sean los hijos los que resuelvan sus diferencias: es parte de la vida”. Para ella, a veces los padres se equivocan al intervenir de inmediato ante cualquier conflicto: “Como en situaciones en la que el pequeño pide ayuda y el adulto, sin verlo, ya lo ve como víctima. Al intervenir estamos potenciando que la próxima vez pase lo mismo: salvar a uno culpabilizar al otro sin saber lo que ha pasado”. La especialista advierte que cuando esto se repite en el tiempo, los padres deben cuestionarse si su actuación está cronificando o empeorando el problema. Los padres han de estar atentos, recalca, y poner el límite ante la agresión en toda regla, pero no intervenir ante la primera desavenencia.

NO SÓLO GOLPES: El acoso entre hermanos no es sólo físico. El abuso moral, ese hermano o hermana que, por ejemplo, siempre le dice al otro que todo lo hace mal, es también muy habitual. “Son el fruto de inseguridades por parte del que agrede verbalmente y esperemos que el que las recibe tenga buena autoestima para encajarlas. Pero de nuevo, el papel de los padres, que son quienes validan las conductas y actitudes de los hijos entre ellos, tienen un valor fundamental para que se de el acoso o resulte desactivado.”, comenta Mireia Trias. Para ella, esta tendencia de empequeñecer al otro no es solo producto de la competitividad natural entre hermanos sino, también, un signo de los tiempos: “Hoy los niños son tan auto-exigidos, hay tanta competitividad ya desde pequeños, que los casos de “machaque” al otro a costa de su autoestima se han agudizado”, lamenta.

Ceguera inadvertida o porqué los hijos no nos escuchan…

Una de las situaciones más comunes y más frustrantes de ser padres es decirles a nuestros hijos lo mismo, una y otra vez, y observar, impotentes, cómo parece que no nos oyen. Ni caso, vaya.

Lo que les decimos pueden ser instrucciones (haz los deberes, a la cama, a cenar…) que no tengan ningunas ganas de cumplir y de ahí su aparente sordera. Sin embargo, en ocasiones, incluso algo tan sugerente como un (hay helado de chocolate en la cocina para el que quiera), puede entrarles por un oído y salirles por el otro si el niño o niña está enfrascascado en algo (jugando, viendo la televisión, leyendo un libro…).

ceguera inadvertida 3La de no prestar atención a padres, madres y maestros es toda una habilidad infantil que, acaba de descubrirse, no es siempre intencional. Según informa la BBC en este reportaje, un equipo de científicos ingleses ha descubierto que esta falta de respuesta, ese «Es que no te había oído» (después de repetir algo cinco, seis, siete veces), no es debido a un desinterés filial sino al modo en el que se desarrolla su cerebro.

Según los expertos, muchos niños experimentan lo que se llama  inattentional blindness (que yo traduzco como «ceguera inadvertida»). Una ceguera cerebral que se traduciría en la diferencia entre ver y discernir lo que realmente está allí; entre escuchar y registrar lo que se está oyendo (algo que, seamos francos, también nos sucede a los adultos). El resultado, en los niños, es que no se enteran de lo que se les dicen fuera de su foco de atención inmediato.

«Los niños tienen mucha más falta de conciencia periférica que los adultos» dice la profesora Nilli Lavie, del Instituto de Neurociencia Cognitiva de la University College de Londres. «Los padres y educadores deben de saber que incluso el concentrarse en algo muy simple hará que los niños sean mucho menos conscientes de lo que los rodea en comparación con los adultos».

Lavie da el ejemplo de un niño pequeño tratando de abrocharse su abrigo cuando cruza una calle. Mientras que la mente adulta, desarrollada, no tendría un problema con ello, es muy problable que el menor no se entere de que vienen coches o de que ha cambiado el color del semáforo… «La capacidad de darse cuenta de las cosas fuera del foco de atención inmediato se desarrolla con la edad, por lo que los niños más pequeños tienen más riesgo de desarrollar la ceguera inadvertida», dice.

ceguera inadvertidaEsta atención periférica se va desarrollando con la edad (una de las cosas buenas de la adolescencia es que ya van solos por la calle porque, entre otras cosas, se dan mucha más cuenta de lo que les sucede alrededor). Sin embargo, los expertos aseguran que, entre los niños, hay aspectos positivos de esta ceguera inadvertida que tantas frustraciones paternas puede generar: el primero, que su capacidad de concentración aumenta, lo que hace que se fijen más en las cosas que hacen. Quizás esta falta de conciencia periférica sea algo «pre-diseñado» para que aprendamos, de niños, a concentrarnos, lo que será básico en la vida.

Así que, la próxima vez que los hijos no nos hagan ni caso, consolémonos. Podría tratarse de un momento de ceguera inadvertida y no de que pasan completamente de nosotros.

Los niños (entre otras cosas), son capaces de dar paseos de tres horas y llevar (ellos), su mochila.

Llueva, nieve o haga sol. Los niños de parvulario del proyecto PEQUEÑOS GRANJEROS de la Granja, una conocida granja-escuela a los pies del Montseny, cerca de Barcelona, tienen entre uno y tres años y salen, cada día, a pasear tres horas por el bosque. Si se caen, se levantan ellos mismos o los ayuda un compañero. Si llueve (ese temor de tantas madres; ¡que se moje su hijo o hija!), se ponen un chubasquero. Si nieva, disfrutan del espectáculo.

La Granja1

No se trata de imitar la educación espartana (que se iniciaba arrojando al párvulo por un barranco, a ver si sobrevivía), sino de acostumbrar a los niños a algo tan fundamental como es caminar, por un lugar, además, precioso. Los paseantes miran, tocan, se ensucian, disfrutan, no gritan si ven un insecto… «Los niños y niñas adquieren conocimientos sobre la naturaleza y potencian su psicomotricidad. Trabajamos el sí, puedo, cada día», aseguran desde La Granja. El proyecto, en fase experimental, está teniendo muy buenos resultados, tanto a nivel psicomotor como motivacional. En este reportaje de TVE puede verse como caminan y caminan, sin traumas aparentes.

La Granja 2Los padres también podemos acostumbrar a nuestros hijos a caminar. Cuesta, no hay duda: lo que teóricamente es un agradable paseo familiar puede convertirse en una pesadilla de llantos, gritos, protestas y diversas formas de cargar al niño pequeño en el camino de vuelta. Pero se puede. En Inglaterra, donde el caminar es una pasión nacional, a los niños se les educa a ello desde muy pequeños y bajo condiciones climatológicas a menudo poco agradables.

caminar 3

Por cuestiones familiares, llevo años veraneando allí y cada día, llueva o no, se sale a pasear. En la ceremonia del walk participan todos y las protestas de los pequeños son ignoradas con británica flema. En ocasiones, para distraerlos, se proponen juegos: en mi caso, el favorito es puntuar del 1 al 10 los cadáveres de conejos que a veces aparecen por los páramos. El más desagradable de los conejos muertos por mixomatosis es el que merece mayor puntuación.

En el proyecto educativo de La Granja se insiste en evitar la sobreprotección a los hijos, una tendencia  actual. La autonomía de los niños es fundamental y se consigue con cosas sencillas. De acostumbrarlos a dar paseos a levantarse solos si se caen, pasando por otro gesto rutinario importantísimo: que cada niño lleve su mochila al ir y al volver del cole.

MOCHILACada día, en miles de colegios, millones de niños, prácticamente antes de saludar al adulto que los ha venido a recoger, le tienden, como príncipes renacentistas a sus mudos servidores, su mochila. Y los mudos servidores, diligentemente, cargan con ella. Un mala costumbre que no pasa inadvertida a muchos educadores. Entre ellos, a los de La Granja, que incluso han montado este video para animar a los adultos a que acostumbren a los niños a cargar con su mochila.

mochila 2Parece una tontería, pero es un gesto importante: una «pequeña contrariedad» diaria que los hará mas fuertes. Ah, y si la mochila pesa demasiado (cosa habitual), les podemos ayudar sacándoles un par de libros. Pero cargarla… que la carguen ellos. Es pedagógico.

 

Padres, madres, hij@s y ropa: un tema que va más allá del estilismo

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Como una relación de poder: así describe el periodista Carles Capdevila los conflictos que se dan entre padres e hijos a la hora de escoger el vestuario. Este tema se tocó en el programa Hoy por Hoy de la cadena Ser, en su sección: El Aula. Adjunto el enlace para escucharlo, aunque aviso que, hasta pasado el minuto cinco, los participantes no empiezan a hablar del asunto que toca. Entonces, entre comentarios sobre leotardos y trajes de Spiderman, Capdevila se hace oír preguntándose cosas como estas:

«¿Tus hijos son tus hijos o son personas libres a las que tú educas? ¿Visten como tú quieres o como ellos quieren?» En su opinión vestir a los hijos no deja de ser una exhibición de los principios de los padres, con los que, en ocasiones, los hijos no están de acuerdo, por lo que este es un tema que expresa una relación de poder en la que acaban cediendo unos u otros.

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Preguntado por la edad a partir de la cual los niños pueden escoger sus propios modelitos, Capdevila dice que lo importante es que se vistan solos. A cambio de que se vistan, que se vistan como quieran.

Vestirse solos es una de las más importantes afirmaciones de autonomía en los niños y, por propia supervivencia familiar, se ha de tratar de que empiecen lo antes posible, aunque sea por partes. A menudo, las maestras se quejan de que, en parvulario, ellos mismos se sacan abrigos, cuelgan las carteras, se ponen y se sacan las batas y los zapatos a la hora de la siesta pero, en cuanto llegan a casa, los padres destruimos diligentemente todo el trabajo, asistiéndolos en estas tareas como si ellos nos fueran capaces.

Normalmente, hasta la pre-adolescencia, son las madres las que compran y escogen la ropa de la prole. Hay excepciones, naturalmente; precoces estilistas de moda (suelen ser niñas) que ya eligen lo que llevar desde muy pequeñas. Tienen un look fácilmente detectable y detrás de cada una suele haber un progenitor resignado o bastante orgulloso de la creatividad de su pequeña. Yo, personalmente, nunca he sido partidaria de que se vistan como ellos quieran, por razones puramente prácticas y estéticas, pero he tenido la suerte de que (en este aspecto), mis hijos han sido bastante dóciles. Pero puedo entender que, si el niño o niña se pone bravo e insiste salir a la calle vestido de futbolista o en lucir falda floreada con camiseta de rayas y leotardos lila, se acabe cediendo.

niños y ropa 8El conflicto, además, llegará tarde o temprano. Concretamente, en la adolescencia, como señala Capdevila: «Cuando de repente el hijo empieza a tener su propio criterio y de repente te das cuenta de que ocurren cosas que a ti no te gustan». Ahí es donde empiezan las broncas y las decepciones. Como la de María, una madre sevillana que llama al programa (minuto 8.30» aprox) y cuenta, con mucha gracia, como su hijo, de trece años, al que toda la vida ha llevado monísimo: «Con polos, pantalones y náuticos» ha decidido que lo suyo es el estilo «cani» o «poligonero»: chándals, camisetas fosforescentes y sin mangas, enormes bambas  y gorras gigantes.

ESTILO CANILa madre está desesperada: cada vez que van comprar ropa «es un show en la tienda» explica. Si le compra chándals, el niño los rompe y se los baja para enseñar el culo. Si le compra «los politos» que había lucido de crío, estos se quedan colgando en el armario, muertos de risa. La madre es criticada por su suegra y por su propia madre, por permitir que el nieto salga la calle como si «estuviera recogiendo cartones del cubo de basura», describe María. Se ha tenido que quedar en casa de una de sus abuelas porque quería ir a una primera comunión: «Con una camisa amarillo fosforito botines rosa fosforito y bermudas blancas». Los padres debieron decirle el clásico: «Así no vas» y… no fue.

Capdevila cree que el del vestir: «Es el tema que más y más divide a las generaciones. Incluso los padres más progresistas, por ejemplo, consideran que la hija va demasiado provocativa… El adolescente tiene una gran intuición y siempre va a buscar lo que más va a molestar a los padres».

Por otro lado, en el programa se menciona, al final, la tendencia de algunos de vestir a sus hijos como adultos. En especial, a las niñas, donde la moda hoy es vestirlas como pequeñas mujeres; como mini-objetos del deseo. El de las niñas sexualizadas es un tema alarmante que, además, se da, no en ambientes «poligoneros», si no en las glamurosas páginas cuché de revistas como ‘Vogue’. niños ropaSe ha escrito bastante sobre el asunto, pero destaco esta entrada ‘Hipersexualización de las niñas’ en el estupendo blog Mujeres para la salud. Para la psicóloga Elena Mayorga, es un patrón que responde a necesidades del mercado de consumo: «Hoy en día, los niños y, sobre todo, las niñas, están siendo utilizadas y “sexualizadas” como medio para vendernos a los adultos y a ellas mismas, todo tipo de productos (…) Se está exponiendo a nuestros hijos y sobre todo a nuestras hijas como “mercancía sexual” y eso en un mundo donde los abusos a menores aún es moneda común en muchos lugares, es un hecho extremadamente grave y peligroso». Otra psicóloga, Olga Carmona, denuncia cómo las niñas «van asumiendo con naturalidad perversa su condición de objetos sexuales. Así, se desarrollan mujeres frágiles, extremadamente vulnerables, inmersas en una batalla constante consigo mismas, de la cual es imposible que salgan victoriosas».

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Y, no quiero pecar de alarmista, pero oigo más y más noticas relacionadas con la demanda, cada vez mayor, de jovencitas por parte de los usuarios de la prostitución (como en este artículo de El País cuyo título lo dice todo:«Los clientes piden carne fresca»). El cómo hemos llegado hasta aquí merecería una ponencia pero, mientras tanto, el mercado, cada temporada, provee de nuevos modelos de mallas de leopardo para niñas y trikinis en tallas infantiles y con estampados de princesas, entre otros. Absolutamente innecesario.niños ropa 4trikini niñaniños ropa 5trikini 2

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Los niños, los miedos y los padres de los niños con miedos

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Leo en el diario La Vanguardia una carta de Cristina Gutiérrez Lestón, una de las fundadoras de La Granja Escuela de Santa Maria de Palautordera, en las afueras de Barcelona. Este centro, cada vez más reconocido, tiene como objetivo ofrecer una experiencia lúdica a los niños pero, también, trabajar en aspectos como su educación emocional y la gestión de los miedos.
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En su impecable carta, titulada Los miedos de los niños, Cristina explica cómo está detectando a través de su trabajo que «el miedo en los niños es algo cada día más presente en sus miradas, su manera de actuar y, lo peor de todo, en originarles un montón de creencias limitadoras».
Pone como ejemplo el miedo de una niña de cinco años, durante una estancia en la granja, ante una actividad con un caballo. «Es que me dan miedo los caballos» le dice a la monitora quien, ante el comentario, le pregunta qué es lo que, en concreto, le da miedo de los caballos… La niña responde que «la boca» lo que da pie a que la monitora le señale que «entonces, no te dan miedo los caballos, sino la boca de los caballos». A continuación, la acompaña hasta el animal para que le toque el lomo, desde no se ve la boca. La niña está encantada porque «acaba de enfrentarse a un miedo y se siente más segura y tranquila», escribe Gutiérrez. Al final del campamento, acabará subida al caballo, feliz de la vida, porque subirse a un caballo es una sensación que no debería perderse ningún niño.
Un tema interesante que también comenta Gutiérrez en su carta es que no sólo los miedos infantiles son cada vez más frecuentes, sino que cada vez son más los padres que, en vez de ayudarles a enfrentarse a esos miedos, procuran ocultárselos. Lo ilustra con un ejemplo: «Nos llama una madre. Su hijo de once años vendrá de colonias y nos pregunta si tenemos actividades donde no hayan animales». Pacientemente, ellos le preguntan por qué no quiere que el chaval participe en actividades con animales y la madre responde que a su hijo «le dan mucho miedo los animales»… La lógica se pierde aquí por partida doble: una granja-escuela implica actividades con animales así que, si decides enviar a tu hijo con miedo a los animales a una, quizás es el momento para que venza este miedo, no para llamar a la granja-escuela y pedir que no le incluyan en actividades con animales. «No les ocultemos las dificultades a los hijos porque cada día estas serán mayores», observa Gutiérrez.
El miedo ha existido siempre. Es una emoción básica y su abanico de variedades, inacabable. Hay miedos de todo tipo. Conozco a una niña de ocho años que tienen miedo… a tirar la cadena del wáter. Mis dos hijos hace unos días me despertaron a aullidos porque vieron en el pasillo a una pobre araña a la cual, seguramente, se le paró el corazón ante tales gritos. Una amiga mía me explica, con toda naturalidad, que no lleva a su hijo a que le pongan unos muy necesarios aparatos en los dientes porque el niño «tiene miedo de la radiografía».
Hay miedos clásicos: a la oscuridad, a las serpientes… Miedo contemporáneos: a volar, a perder el móvil (se ve que es uno habitual ahora). Miedos indefinidos, como el miedo «a lo que pueda pasar» o «a lo desconocido» (que está directamente relacionado con la angustia), y miedos aparentemente tan absurdos como el ya mencionado ejemplo de no tirar la cadena del lavabo. Pero su esencia es la misma. El miedo nos paraliza. Nos impide desarrollarnos como personas. Nos impide estar bien.
El filósofo José Antonio Marina, un experto en miedos, asegura que «el miedo es una enfermedad, como el dolor de estómago o la gripe y, por lo tanto, hay que tratarlo con el mismo desprecio y distanciamiento que a estas enfermedades». Cristina Gutiérrez añade que «No podemos evitar el miedo pero sí que podemos escoger nuestra reacción: somos valientes y lo afrontamos o somos cobardes y lo rehuimos». Marina tiene claro que hay que enfrentarlo, porque el miedo se aprende, pero la valentía también, asegura. De eso va su último libro, ‘Los miedos y el aprendizaje de la valentía, (editorial Ariel), del cual habla en esta entrevista en RNE, y donde da algunos consejos para que los padres ayudan a quitarles miedos a sus hijos.
No se trata de llevar a cabo tratamiento de choque tipo vieja escuela, como tirar al agua al niño que tiene miedo de ella o encerrar en un cuarto oscuro al que teme a la oscuridad, sino comprenderlos y ayudarlos a que se habitúen a ellos. En el caso de un niño que tiene miedo a los gatos, por ejemplo, se puede empezar a «insensibilizarnos progresivamente», como dice Marina, acariciando el gato frente al hijo, animándole a acariciarlo también pero sin obligarle a cogerlo… En definitiva: «un proceso de acercamiento al peligro que va poco a poco desactivando el peligro». Como hizo la monitora de la granja-escuela con la niña y el caballo.
Marina también aconsejpremiar cualquier acto de valor de nuestros hijos: «Si de repente ha ido a una habitación a oscuras, hay que jaleárselo, porque cuando un niño se da cuenta de que ha sido capaz de enfrentarse al miedo, empieza a ser valiente». Y, también, explicarles qué es realmente lo que temen. Como el miedo a las tormentas: otro clásico que atemoriza todavía a tantos adultos. «Este miedo precisa también de un acercamiento paulatino y, además, de una información: explicarles que no son peligrosas y por qué», aconseja Marina.
Con los miedos y los niños lo importante como padres es ayudarles a enfrentarse a ellos pero no evitárselos, lo que parece ser la tendencia actual. Además, como recuerda la Cristina Gutiérrez en su carta (que tanto ha dado de sí); «superar un miedo es una fuente brutal de autoestima».

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De madrastras, cenicientas e hijas sin madre

Ya sé que, como en la vida hay de todo, en el mundo existen buenas madrastras. Pero este es un post dedicado a las madrastras-madrastras. A las malas. A esas que, como dice el diccionario de la Real Academia Española, no son sólo la «mujer del padre respecto de los hijos llevados por este al matrimonio» sino también, la «cosa que incomoda o daña«.

Quien esto escribe vivió durante unos años con una madrastra y no guarda precisamente buenos recuerdos de la experiencia. De todos modos, nada comparable con este testimonio aparecido en The Guardian a raíz del debate que ha surgido en el Reino Unido en torno a la llamada «ley Cenicienta»; una iniciativa que contempla incluir el concepto de maltrato emocional hacia los niños en la legislación.

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El texto (cuya lectura provoca una mezcla de angustia y rabia), se titula My cruel stepmother’s abuse cast a long shadow over my childhood (El cruel maltrato de mi madrastra amargó mi niñez) y en él, su autora, Chrissie Thomas, explica cómo su quedó huérfana a los tres años y, sin que pasara demasiado tiempo, su padre se casó con su secretaria. De este modo le metió en casa una madrastra tremenda, la cual se dedicó a machacarla durante toda su niñez, con todo tipo de retorcidos métodos que alternaban la violencia física con la emocional: de romperle el peluche que le había regalado su madre a quemarle la nuca con el secador, pasando por semi-ahogarla en la bañera y obligarla a comer cosas repugnantes («A los diez años, se empeño en convertirme en gorda», escribe Thomas. «El desayuno era leche hervida con mucha crema, copos de avena –porridge– y un bocadillo de mermelada con una capa de mantequilla de un dedo de grosor. Una vez vomité en el porridge pero, como tenía tanto miedo de ella, me lo comí»).

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La pesadilla, duró años y años y (como suele ocurrir en estos casos), incluía un trato preferente al hijo biológico de la madrastra. Y, como también suele ocurrir en estos casos, (¡y creo que es la parte más escandalosa!), el padre hacía ver que no se enteraba de nada… La autora asegura que su historia es perfecta para justificar una ley que haga que «los padres y madres que priven de afecto y amor a sus hijos puedan ser procesados criminalmente». El nombre propuesto, Cenicienta, le parece estupendo. A ella, de pequeña, el cuento le daba esperanza.

Detrás de las madrastras, sobre las cuales se ha escrito mucho, hay otro perfil menos conocido sobre el cual, en cambio, se ha escrito muy poco: las hijas sin madre. Niñas y adolescentes que se quedan huérfanas y quienes, como Chrissie y quien esto escribe, crecen sin esta figura fundamental. Algo que, madrastras aparte, es una auténtica putada.

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He buscado información sobre el tema y, hasta la fecha, lo mejor que he encontrado es un texto del reconocido psiquiatra Luis Rojas Marcos, parte de su libro Antídotos de la Nostalgia. En origen apareció en un artículo de opinión de ‘El País’, hace ya años, pero el enlace no aparece por ninguna parte, así que resumiré su contenido. A mi todavía me emociona.

«Casi un millón de niñas menores de dieciocho años viven en hogares sin madre en Estados Unidos (…) A pesar de esta abrumadora realidad, se nos hace muy difícil aceptar que las madres puedan morir jóvenes. Pienso que esta resistencia colectiva se alimenta del convencimiento de que ellas son la única fuentes inagotable de amparo. Es el miedo infantil que todos llevamos dentro a que nos dejen solos y sin sustento. La muerte del padre también es traumática, pero no inspira tanto estremecimiento, tanta indignación. Hiere menos nuestras premisas fundamentales de la vida».

«Las jóvenes que perdieron a su madre tenían un falso sentido de seguridad. En su corazón albergaban la creencia de que las madres son inmortales, que una madre nunca abandona a sus hijos pequeños. Esta impensable pérdida se convierte luego en la experiencia más profunda e impactante de sus vidas, en el acontecimiento cumbre que determina su futura identidad. Muestran además un impulso casi incontrolable de contarlo (…) Recuerdo a la estudiante de medicina que me llamó un día para acordar una cita. Al pedirle que me describiera su aspecto físico para poder reconocerla me respondió con esta precisión: ‘Tengo el pelo castaño, soy más bien bajita, llevo puesto un abrigo rojo y mi madre murió cuando yo tenía catorce años»

«Las hijas sin madre que he conocido posee un sentido muy agudo de la mortalidad. Hablan de espacios interiores vacíos, de piezas que faltan, de la herida abierta que llevan en la boca del estómago. (…) Avanzan desprotegidas por la vida. Aprenden a ser madres por su cuenta. Algunas se convierten en acaparadoras emocionales. Acostumbradas a recibir menos de todo lo que quieren o necesitan, tratan de acumular lo más posible.»

«Todas las hijas sin madre son conscientes de que su duelos las ha marcado y endurecido, pero también las ha impulsado a seguir caminos que, en circunstancias normales, no hubieran elegido. No pocas afirman que «la gran pérdida» hizo brotar en ellas un torrente inesperado de energía vital y creativa. No debe ser simple coincidencia el hecho que docenas de mujeres notables perdieran de niñas a sus madres: Marie Curie, Gertrude Stein, Eleanor Roosevelt, Jane Fonda, Madonna, Liza Minnelli, Oprah Winfrey, Virgina Woolf… Son muchas las hijas sin madre que no sólo superan aquella privación y aquel dolor, sino que resurgen con más fuerza y vuelven a volar.»

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(Mi madre y yo, a principios de los 70) 

 

Contrastes: la madre tigre y el padre de Malala.

chua 1Publico en el suplemento QUIEN de La Vanguardia un artículo sobre Amy Chua (chua pdf), quien saltó a la fama hace un par de años gracias su biografía, “Madre Tigre, hijos leones”, donde contaba cómo había criado a sus dos hijas con la premisa de que fueran las mejores en lo que ella les dijera, costara lo que costara.

Eso implicaba, entre otras cosas, horas y horas de lecciones de violín y piano (los dos únicos instrumentos permitidos por la madre), broncas si bajaban del sobresaliente y la prohibición de ir a dormir a casa de amigas, asistir a fiestas o ver televisión. Una disciplina estricta, sazonada por los gritos de Chua, que primaba inculcar los logros sobre la autoestima porque, para ella, son los logros los que la producen. Así, si su hija de cuatro años le dibujaba una felicitación de cumpleaños que consideraba mal hecha, no tenía ningún problema en tirarla a la papelera y decirle que le hiciera otra. Tampoco en llamarla “basura” si la situación lo requería, ante el horror (y algún llanto de consternación, incluso), de las madres norteamericanas.

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El libro de Chua causó conmoción en los Estados Unidos, donde la tendencia es sobreproteger a los hijos. La madre tigre se convirtió en una celebridad pero también, en una mujer odiada, que recibía centenares de e-mails semanales vilipendiándola. Desde su página web, Chua asegura que fue la primera sorprendida ante aquellas reacciones. Allí también confiesa que el libro fue una especie de expiación: “Lo escribí en un momento de crisis, cuando mi hija menor, Lulu, se rebeló contra mí y creí que la perdía”.

Al parecer, la niña no podía más: llegó a cortarse el pelo un día, cuando su madre le prohibió ir a la peluquería porque no había acabado su horas diarias de práctica de violín. En otra ocasión, durante unas vacaciones familiares en Moscú, le montó una escena en la plaza Roja donde le dijo, a gritos, que estaba harta del violín y de recibir la estricta educación a la china que su madre había recibido. Lulu, remarcó, no quería ser como ella.

madre tigre 3Chua nació en 1962 en Champaign, Illinois. La mayor de las cuatro hijas de un matrimonio de inmigrantes chino-filipinos. En su hogar, las normas eran férreas y la prioridad, la excelencia. Se les exigía mucho y se concedía muy poco. Siempre la mejor de la clase y licenciada en Harvard, no le costó encontrar un buen empleo: primero en una prestigiosa firma de abogados y, más tarde, como docente en Yale. Por ello, cuando fue madre, tenía clarísimo que iba a educar a sus hijas “del mismo modo que me educaron a mi”.

Pero su maternidad-tigre no ha acabado de funcionar; algo que habrá sido una frustración para una perfeccionista como ella pero que, no olvidemos, también la ha hecho millonaria. De su ideología solamente me gusta la idea de que la autoestima se logra en gran parte con el esfuerzo y que no hay que decirles a los niños que algo está fantástico si, realmente, no lo está. También intuyo que la exigencia materna es puramente académica: es un misterio si las niñas Chua se hacían la cama o ayudaban en casa, por ejemplo.

malala 1Los métodos educativos de la madre-tigre contrastan con los del padre de la que es seguramente la niña más respetada del mundo: Malala Yousafzai. Coincidiendo con la elaboración del texto sobre Chua, leo un artículo en ‘The Guardian’ sobre Ziauddin Yousafzai, el padre de la famosa activista pakistaní. Yousafzai es maestro y vive con su familia en Inglaterra después de que los talibanes tirotearan a Malala por defender la escolarización de las niñas en su país. En el artículo da unas pistas interesantes sobre su rol como padre de la que hoy ya es una adolescente y un símbolo internacional.

Lejos del ansia de Chua de moldear a sus hijas como ella quería, Yousafzai asegura que él, con Malala, hizo todo lo contrario: «No me pregunten qué hice, pregúnteme qué no hice», explica. «No le corté las alas». Para él, los niños «crecen por ellos mismos. Nosotros no tenemos que hacer que crezcan».

Llama la atención el no-intervencionismo de un hombre quien siempre estuvo disconforme con el trato desigual a las mujeres de su país y es un firme defensor de su derecho a la educación. Pero sin duda, fue él quien le inculcó a Malala sus convicciones y su pasión por la importancia del poder aprender. Sospecho que a partir del respeto, el ejemplo y la firmeza, pero sin tener que someterla a horas y horas de prácticas de violines o similares.

Yousafzai dice que siempre ha visto a su hija como «una compañera, una amiga, una camarada» y que solía discutir con ella cuestiones sobre la escuela mixta que abrió en 1994 en el valle de Swat, en Pakistán. Se fiaba de «su sabiduría», dice (Malala es muy sabia, según esta entrevista de Rosa Montero en El País es «evidentemente superdotada», pero también hace falta inteligencia para educar  a niños así).

malala 2En una sociedad tan machista como la pakistaní, la actitud de Yousafzai hacia su hija y su campaña por la educación de la niñas son remarcables. Sin embargo, Yousafzai asegura que Malala es más brillante que él («siempre se ha expresado mucho mejor»). Como padre, se siente lógicamente orgulloso de su hija: «Mucha gente hablaba en favor de la educación cuando los talibanes bombardeaban escuelas en el valle de Swat, pero la voz de Malala era como un crescendo. Era la más pequeña, pero su voz era la más grande, porque hablaba por ella misma», asegura.

Pese a los éxitos indiscutibles de Malala, Yousafzai dice que, cuando era pequeña, él no tenía aspiraciones muy elaboradas de cara a su futuro. «Pensaba en su presente», afirma. Que las madres-tigre tomen nota.

Malas madres latinas y obsoletas leyes anglosajonas.

malas madres 1Con una estética impecable y un sentido del humor poco habitual alrededor de un tema siempre tan trascedente como la maternidad, ha irrumpido en la web el club de las malas madres, donde un grupo cada vez más numeroso de progenitoras intercambia experiencias sobre su malas praxis maternas.

Lo cierto es que alguien quien se preocupa en ahondar sobre lo que es una mala madre no es necesariamente una mala madre, sino más bien lo contrario, pero aquí el mensaje es desdramatizar la labor materna y solidarizarse con aquellas mujeres que, más de una vez, hemos pensado secretamente que lo estamos haciendo fatal.

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Las web nace a partir del blog de una publicista malagueña, Laura Baena, madre de una niña de dos años y supervisora creativa en una agencia de publicidad. Baena, como tantas otras, trabaja, es madre y se ocupa de la intendencia doméstica. Como tantas otras, no llega a todo pero, lejos de achantarse, se ha dado más trabajo al fundar el exitoso club, donde comparte experiencias frustrantes con una legión de seguidoras-malas madres.

Los testimonios varían: de madres a quienes se les queman las croquetas a otras que se sienten culpables por no dar el pecho los primeros seis meses, como aconseja la OMS; de madres que no saben lo que son las pulseras de gomitas, tan de moda hora, a otras que olvidan cortarles las uñas a sus hijos y son discretamente amonestadas en la escuela; de madres que no se fían de sus suegras ni de sus maridos a madres que gritan en el mundo digital que NO querían ser madres.

malas madres 2La web no deja de ser una fiesta para celebrar un sinfín de supuestas malas maternidades y está llena de blogs, enlaces y testimonios. Entre tanta información, destaca el manifiesto del club, cuya última frase reza: «Detrás de una mala madre hay una sociedad que te mira de reojo porque ‘no cumples las normas’, tienes metas en la vida y planes en los que no entran tus hijos».

malas madres 4Y mientras las malas madres despuntan en España, en el Reino Unido se está considerando ampliar la ley que castiga las malas paternidades y maternidades. Según ha informado la BBC esta semana, el gobierno estudia una ampliación de la legislación contra el maltrato infantil para incluir en ella el concepto de crueldad emocional. La ley criminal, que se ha quedado obsoleta, no contempla como delito el abuso emocional a los niños, lo que dificulta el trabajo de los trabajadores sociales y la policía en casos de abuso, abandono y negligencia infantil.

Los supuestos de la nueva ley (conocida como «Ley Cenicienta»), que viene impulsada por la oenegé Action for Children, comprenden una serie de comportamientos de padres o tutores que van desde ignorar constantemente a los niños a no estimularlos, pasando por la denigración de los pequeños, el hacerles presenciar episodios de violencia doméstica, aplicarles castigos degradantes y corromperlos en conductas criminales o anti-sociales. 

ley cenicienta/malas madres

El reponsable de la oenegé Action for Children, Sir Tony Hawkhead, asegura, que de implementarse, el reconocer la crueldad emocional como delito supondrá un monumental paso adelante para miles de niños, ya que el abuso de este tipo puede causar un serio daño psicológico en las personas. El Gobierno británico quiere introducir la medida antes de la próximas elecciones. Posiblemente se pueda dar a conocer en el tradicional discurso de la Reina Isabel II en el Parlamento el próximo mes de junio.

 

Los papás y el fútbol de los hijos

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«Nos han robado un gol» le informa por teléfono, indignada, una madre enfundada en un voluminoso y brillante anorak de plumas a su interlocutor. Acto seguido, le pasa el móvil a su hijo quien, como si fuera un mantra, le repite al interlocutor (que deduzco debe de ser el padre) que, efectivamente, «los otros», les «han robado» un gol.

Los «otros» son el equipo de fútbol-sala de mi hijo de doce años del cual, obviamente, soy fan incondicional. Ese día ganaron un partido la mar de emocionante, donde un decisivo gol de portería a portería pudo o no haber entrado (el árbitro lo dio por bueno). El equipo de fútbol-sala de mi hijo gana unas veces, empata otras y, naturalmente, también pierde, pero ni en este último ni en ninguno de los otros casos se me ocurriría decir que «nos han robado» goles ni cosas parecidas.

La falta de deportividad y el mal comportamiento de algunos padres en los partidos de fútbol (u otros deportes) donde participan sus retoños es de sobra conocido. Gritos a los niños (propios y contrarios), insultos al árbitro y al entrenador, palabrotas… Pero parece ser que el tema se está desbocando en los últimos años (o quizás, es que se habla más de ello), y se está pasando de los siempre desagradables ataques verbales a los ataques físicos. Hace unos días, en León, un padre de un equipo de pre-benjamines (6-7 años) le dio una paliza al árbitro, mandándolo al hospital. El árbitro tenía 16 años. ¿Algo excepcional? No. En la crónica del suceso en la web sportleon.com se explica asimismo cómo, la jornada anterior; «tres colegiados tuvieron que refugiarse en los vestuarios hasta que llegó la Policía a salvarlos de quienes trataban de agredirles».

La violencia en el fútbol profesional es un problema reconocido y existen campañas a nivel internacional para promocionar el fair-play (el juego limpio), tanto dentro como fuera del campo. Pero quizás lo más eficaz sería empezar a promocionarlo desde las canchas de los más pequeños, en unas etapas en las que se aprende todo más fácilmente. Es lo que ha hecho la asociación juvenil la Rotllana, en Badalona, que ha montado una liga de barrio con una peculiaridad: se valoran los goles pero también, el juego limpio. De hecho, el fair-play tiene el mismo valor en relación a puntuación en la liga que un partido ganado o empatado.

La coordinadora, Olga Gascón, lo explica en esta intervención en la Ser, de la que hago un extracto:

– «Quisimos que no sólo se tuvieran en cuenta la competitividad sino también el fair-play. Dentro de este se valoran el respeto al árbitro, al rival y a los propios miembros del equipo; la puntualidad, la participación dentro de la liga de fútbol y el tema del juego colectivo».

futbol 4En la liga de Badalona participan 20 equipos con niños de entre 12 y 18 años. En sus inicios, el tema era horroroso: competición extrema, peleas… Así que empezaron a trabajarlo, hace dos años, dándole este nuevo enfoque. El resultado: «Las peleas ya son mínimas o nulas», explica Gascón. «Hay muy buen ambiente». La iniciativa cuenta con el soporte y colaboración de escuelas e institutos de la zona.

Desde Italia, otro país de padres futboleros y apasionados, llega otra iniciativa, ‘Genitori bordo campo’ (algo así como padres al borde del campo), que tiene como motto una indicación muy clara: los padres estamos fuera, no dentro de la cancha.

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Sabias palabras, quizás no comprensibles para todos, que ellos rematan con estos otros sabios consejos para los «genitori»:

«El entrenador entrena, el árbitro arbitra, tu DIVIÉRTETE»

«Tu misión es animar al equipo de tu hijo (…) no pensar en consejos técnicos. DISFRUTA del partido».

«El partido empieza en el vestuario, sigue en el campo y acaba en la ducha. Respeta estos momentos y DEJA QUE TU HIJO VIVA LA EXPERIENCIA DEL GRUPO»

«No discutas las decisiones del entrenador. Explica a tu hijo que su trabajo durante los entrenamientos se verá premiado y llegará su momento».

«Aprende a valorar las mejoras del equipo y de tu hijo pero no pienses sólo en el resultado. No importa si «ha ganado» o «ha perdido», piensa solamente en esto: SE HA DIVERTIDO».

nota: he respetados las mayúsculas del texto original.

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